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sábado, 29 de mayo de 2021

Cuento sobre el amor y la familia: Carta para un ángel

 

Hay niños que no creen en los ángeles, otros que creen pero nunca han visto uno, tan sólo unos pocos han tenido el regalo de encontrarse cara a cara con un ángel. Esta es la historia de uno de ellos:

Era un mes de mayo y como cada año los niños de la escuela preparaban con entusiasmo los regalos para el día de la madre. En el curso de primero de primaria los pequeños estudiantes tenían la tarea de escribir una breve carta de amor para mamá.

Uno a uno, niños y niñas, fueron tomando hojas blancas, sacaron de sus mochilas los lápices de colores y emocionados comenzaron a hacer lindos dibujos que acompañaban con mensajes sencillos.

Pero las cosas no marchaban bien para Federico; en silencio apretaba los dientes, sostenía con fuerza un lápiz negro y rayaba con rabia una hoja blanca que se rompía con cada trazo.

La profesora al ver la frustración del niño le preguntó:

— ¿Qué te pasa Federico?

—No sé qué escribirle a mamá—respondió con enojo.

—Dile lo que sientes—explicó la maestra.

—No puedo hacerlo —dijo mientras negaba con la cabeza.

— ¡Claro que puedes! —lo motivó ella.

— ¡No! —dijo con firmeza y volvió a repetir esta vez más claro y alto—. ¡Ya dije que no puedo hacerlo! ... Además, de nada sirve escribirle una carta a mi mamá.

— ¿Por qué dices eso? —preguntó la maestra.

—Porque ella nunca va a leerla­—explicó convencido.

—Federico, también tu mamá puede leer tu carta.

—No, ella se ha ido ­—dijo el pequeño mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—…se ha ido al cielo  y allá nunca llegan las cartas.

La profesora intentó reponerse de la respuesta. Ella conocía muy bien aquel lugar donde habitan la soledad y la tristeza.

—Mi abuela dice que ahora mi mamá es un ángel y que desde el cielo me cuida —comentó el niño.

—Tu abuelita tiene razón —aseguró la maestra—. Ahora tienes una familia diferente; una familia con un ángel.

—Sí —afirmó el pequeño—; mi hermano dijo que ella era… ¡La mejor mamá del mundo! y yo le contesté que ella es ¡La mejor mamá del mundo; de toda la tierra y del cielo entero!

—Ya lo ves, tienes una súper mamá —dijo la maestra y luego le contó al chiquillo—. Yo, también perdí a mi mamá cuando cumplí los 5 años.

— ¿Tú tampoco tienes mamá? —preguntó asombrado.

— En la tierra, no; pero en el cielo, sí —aclaró la profesora—. ¿Sabías que las súper mamás que se vuelven ángeles pueden escucharnos y también leer las cartas que les escribimos?

— ¿De verdad? —exclamó Federico mientras sus ojos llorosos se abrían sorprendidos.

—Sí, al  igual que haces la carta para el niño Dios, puedes hacer una carta para tu mamá. Así ella sabrá todo lo que necesitas.       

— ¿Eso es verdad? —volvió a preguntar aún con dudas.

— ¡Claro que sí! —dijo la maestra con la certeza de la experiencia—. Inténtalo y comprobarás que es cierto. Además, una súper mamá nunca deja de trabajar por su familia, y menos por un hijo tan adorable como tú.

Federico ilusionado se limpió las lágrimas, tomó una hoja de papel, la más bonita que tenía y dibujó muy bien a su familia: al padre llevando un delicioso pastel de chocolate; el hermano mayor tocando la guitarra;  y él se pintó con una flor en la mano. En un extremo de la hoja, ubicó a la madre entre las nubes, con su cabello negro ondulado, una gran sonrisa y dos hermosas alas.

Con ayuda de la maestra Federico aprendió algunas palabras que aún no sabía deletrear y junto al dibujo escribió:

“Mami, te extraño mucho.

Pídele a Dios permiso

para volver a casa.

Te amo”

Al regresar de la escuela no dijo nada a nadie, y escondió la hoja muy bien. El sábado en la noche dobló la carta como un sobre y la marcó así: “Para mamá, mi ángel del cielo”. Una vez lista la acomodó debajo de la almohada esperando que lo dicho por la maestra fuera cierto.

Los recuerdos inundaron su pequeña cabeza de nostalgia, sería el primer día de la madre sin ella. Se durmió después de un llanto largo que intentó ahogar en el almohadón para que nadie lo escuchara.

Durante el sueño, sin saber cómo, Federico llegó a un camino que surgía en medio de las sombras. Entre  las tinieblas reconoció ese lugar: era el parque donde tantas veces había ido con mamá. Pero esta vez estaba solo, era de noche y sentía mucho miedo.

De repente, una luz brillante comenzó a encenderse y acercarse rápidamente hacia él. En el centro de la luz se fue formando un cuerpo con dos alas muy grandes. Al estar más cerca y poder ver su rostro, él la pudo reconocer: era su madre; tenía su bella cabellera suelta, un vestido blanco largo como de princesa, estaba más joven, sana, hermosa y feliz.

Federico se perdió en esa mirada de ángel mientras ella acariciaba la cara del chiquillo. Al verla sus ojos profundos le transmitían toda la confianza que necesitaba. La confianza que le enseñó a caminar, a subir las escaleras y montar la bicicleta en ese mismo parque, a dormir en su propia cama, a leer en público, a superar sus temores…

El tiempo corría diferente y se mezclaban imágenes de un pasado compartido lleno de alegrías. El pequeño quería quedarse allí por siempre, refugiado entre aquellos brazos que lo protegían del miedo a seguir andando sin ella.

 Pero, después de un largo beso,  ella le dijo suavemente:

—Hijito, ya debo irme.

— ¡No te vayas mamá! ¡No te vayas ¡— dijo angustiado— ¡Quédate conmigo!

—No puedo quedarme, no tengo más permiso —le explicó mientras lo abrazaba fuerte y le decía al oído—. No tengas miedo, recuerda que eres el más valiente de nuestra familia. ¡Hijo, estoy tan orgullosa de ti! …no sabes cuánto.  

Sus palabras lo llenaron de valor, sabía que aquel encuentro era un pequeño regalo de Dios, un regalo que tenía que dejar partir nuevamente. Poco a poco ella se levantó y se fue alejando. Federico vio que su mamá tenía en la mano la carta que él había escrito; ella la acercó a su corazón como guardando un tesoro y con dulce voz le dijo:

— ¡Gracias hijo, es una carta lindísima!—y con toda la dulzura agregó—. Yo también te amo mi pequeño…Dile a papá y a tu hermano, que los amo con toda mi alma.

—Yo te amo hasta el cielo y más allá—dijo Federico señalando el firmamento.

—Siempre estaré contigo—decía ella mientras se alejaba moviendo sus alas blancas—…siempre estaré a tu lado.

En ese instante era como  si un espacio de amor sostuviera al niño, no había llanto, ni enojo, ni miedo, y con ese sentimiento de paz profunda poco a poco quedó nuevamente en total oscuridad.  

Sin tener claro cuánto tiempo había pasado, Federico percibió una tenue luz, abrió bien los ojos, ya no estaba en el parque, reconoció su habitación apenas iluminada con los primeros rayos del domingo.

Medio somnoliento, buscó rápidamente debajo de la almohada y se dio cuenta que la carta no estaba. En su lugar encontró una pluma blanca que brillaba con la misma luz celestial. Intentó tomarla con las manos pero desapareció rápidamente. Respiró profundo y sintió que una cálida ola de amor llenaba de nuevo su corazón.

Federico ahora sabía que tenía un ángel en el cielo.

¡Sí¡… ¡Era verdad! ¡Era verdad!– gritó alegre dando saltos en la cama.  

©Liliana Mora León - Mayo 2021

 En memoria de Sandra Marcela

¡La mejor mamá del mundo;

de toda la tierra

y del cielo entero!


miércoles, 3 de abril de 2019

Cuento de amor a la naturaleza: El hombre que cantaba con las aves




Esta es la historia del último atardecer de Jacinto González. Ocurrió un domingo de junio cuando la finca era un jolgorio. Todos andaban contentos con ropa recién comprada disfrutando de la fiesta.


En la cocina alrededor del fogón ardían chismes y carcajadas; en el salón los hombres se calentaban con aguardiente; y en el pasillo Jacinto volando en fiebre se arrastraba hasta el portón huyendo de la algarabía. 

Con ilusión cruzó la puerta esperando aliviar un poquito su dolor. Al salir tomó aire con la misma ansia que un recién nacido su primera bocanada, un frio helado le penetró hasta los huesos.

Fue un instante después que observó al frente suyo toda la ladera destrozada. ¡No lo podía creer! Pensando que eran visiones por la calentura en la cabeza abrió y cerró los ojos hasta comprobar que era cierto.

Sorprendido y confuso exclamó:

— ¿Dónde están los árboles?

Ante el silencio con gran esfuerzo volvió a preguntar, esta vez usando hasta el último aliento que le quedaba:

— ¿Que alguien me diga dónde están los árboles?

Su voz se extendió como en otra época, cuando cantaba como un ave caminando monte arriba por la vereda. Al oírlo nuevamente hasta el burro, el perro y las vacas callaron. 

Tras el largo eco se apagó la música y uno a uno corrieron al encuentro: viejos y jóvenes, grandes y chicos, hombres y animales. 

Todos se miraban sin pronunciar palabra alguna y los animales sin mover siquiera el rabo. Un aire de pesada culpa inundó la casa. 

Jacinto entristecido ante el paisaje plantó su mirada en el bosque ya perdido. Contó cabezas de ganado donde antes erguían frondosos arrayanes, robles y nogales. Se fueron los árboles y con ellos también marcharon las aves y su hermoso cantar.

Los labios apretados contenían el pesar y sus piernas comenzaron a temblar. Con dificultad buscó la vieja silla y permaneció allí trayendo a la memoria los años gastados cuidando aquellas tierras. Un rasgo de amargura dibujó su rostro. 

Mientras Jacinto veía su vida pasar, los otros estaban con la cabeza gacha como perro regañado esperando un sermón. El tiempo pasó y nada se escuchó, a Jacinto ya no le quedaban ganas para pelear.

Una densa niebla que bajo del cielo le cerró los ojos y no podía ver más allá de su nariz. Entre el frío y el silencio se acababa el día y su vida se le iba. 

Y cuando todo parecía ya perdido, un último rayo del sol volvió a disipar la oscuridad de su alma, al escuchar el melodioso cantar de un turpial montañero que lo llamaba: 

—Turu-pio, turu-pio,... turu-pio, turu-pio....Turu-pio, turu-pio...

Su cara se iluminó con renacida paz y antes de partir alcanzó a susurrar:

¡Sííí, vueelan... vuelan más alto que las montañas!

© 2019 Liliana Mora León

lunes, 2 de enero de 2017

Cuento sobre el perdón y la reconciliación: El mejor consejo para dormir feliz



Una mañana de domingo en la granja, doña Oveja presenció la pelea entre don Conejo y doña Coneja y los escuchó alegar así:

— Está claro que tú ya no me quieres —dijo el conejo—. Ahora cuidas más a las flores del jardín que a mí.

— Pues tú, sólo quieres estar con tus amigotes ­—respondió ella muy enojada—. A casa sólo llegas en la noche a comer, mientras yo permanezco sola todo el día haciendo los oficios.

— Prefiero estar con ellos que discutiendo contigo —refunfuñó el conejo—. Además, tú todo el tiempo tratas de controlarme: ¡Me prohibiste hasta comer zanahorias!

— Agradece que me preocupo por tu salud —respondió ella con rabia—. Mírate: ¡Estás barrigón por ser tan glotón!

— Tú no te quedas atrás: ¡Tienes más arrugas que un acordeón! —respondió él en venganza—. ¡Ya no eres la conejita graciosa con la que me casé!

— ¡Viejo gruñón¡ ¡Eres un desagradecido! —gritó ella con enojo—. Algún día te abandonaré y sabrás lo que valgo.

— ¡Vieja cansona! ¡Eres una amargada! —exclamó furioso—. Con gusto el que se marcha ya… soy yo.

De inmediato torcieron la boca, fruncieron el ceño, se dieron la espalda y salieron dando saltos en direcciones opuestas. Ella fue a contarles a sus vecinas lo sucedido, él a distraerse jugando con sus amigos.

Esa noche al volver a casa evitaron las miradas y el silencio reinó. Al ir a la cama por más que lo intentaron no pudieron dormir tranquilos: ¡El enojo les había robado el sueño! Y aunque contaron una, dos, tres… y hasta mil ovejas, no lograron cerrar los ojos.

Tras varios días sin conciliar el sueño doña Coneja, visiblemente cansada, le pidió a doña Oveja el mejor consejo para dormir. La pacífica y dulce oveja, conocedora de la pelea y de la causa de las noches de insomnio, le respondió rápidamente y sin dudar:

— ¡Pídele perdón a tu pareja antes que llegue la noche, así dormirás feliz!

Luego, llegó don Conejo ojeroso y somnoliento y le solicitó el mismo consejo. Doña Oveja le dio una respuesta igualita:

— ¡Pídele perdón a tu pareja antes que llegue la noche, así dormirás feliz!

Toda la tarde los conejos recordaron la pelea. En sus cabezas resonaban las palabras que los hacían sentir muy mal —glotón, barrigón, cansona, amargada…­— ¡Aún les dolía el corazón!

Después, también llegaron como ecos sus propias palabras, las que habían  pronunciado sin pensar en un momento de ira ¡Ambos desearon haber callado a tiempo!

Al atardecer del día, don Conejo llegó temprano con el deseo de pedirle perdón a doña Coneja. La buscó por toda la casa pero no la encontró. Pensó que lo había abandonado, sintió un vacío enorme y comenzó a llorar desconsolado tirado en su cama. Tras varios minutos de chillar y chillar a moco tendido, abrió los ojos y observó encima de la almohada una nota pequeña que decía:


¡Lo siento mucho!
¡Por favor, si aún me amas, búscame en nuestro árbol!

Con amor: 
Tu conejita.

Don Conejo feliz se secó las lágrimas, limpió los mocos, peinó su pelo y practicó frente al espejo cómo meter su enorme panza. Dándose prisa cruzó todo el jardín y corrió hasta el gran árbol: el mismo donde un día le había prometido a doña Coneja amor eterno.

Al llegar, ella estaba esperándolo con su mejor vestido y una bella sonrisa que la hacía lucir más joven. Los dos se miraron y entre lágrimas se pidieron perdón.

Ese día como muestra de su amor: doña Coneja le regaló a don Conejo una zanahoria deliciosa; él la disfrutó como si fuera la última sobre la faz de la tierra. Él, por su parte, la alegró con una bella flor. Era una hermosa margarita cuyos pétalos le confirmaron a doña Coneja que… ¡Él todavía la amaba!

En la noche, antes de caer en un profundo sueño, los dos se hicieron una nueva promesa: 
¡Nunca más irían a la cama sin antes pedirse perdón!... 

© 2015 Liliana Mora León

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuento sobre la guerra: ¡Capitán es un héroe!


Para todas las víctimas de las minas antipersonas en Colombia.
 A ellos, verdaderos héroes que se sobreponen al dolor, 
trabajan con tesón y sueñan con un país en paz. 


Alcalde:

Quiero pedirle el favor que me ayude a encontrar a mi perrito. Él no es un perro cualquiera: ¡Capitán es un Héroe!

Se perdió el lunes mientras yo estaba en la escuela. Creo que salió a la calle a buscarme, como lo hacía allá en mi pueblo: Samaniego. Él me  esperaba en el camino y corría como un loco cuando me veía llegar al alto. En Bogotá vivimos en otra loma: Ciudad Bolívar, parece un pueblo más pobre que el mío. Tal vez, mi perro se perdió buscando algún árbol para alzar la pata y orinar, aquí no hay árboles sólo postes de la luz.

Alcalde, dese prisa, la vecina me dijo que a los perros que encuentran en las calles: los atrapan con una malla, los meten en un camión y en la perrera los matan con una inyección. ¡Yo no quiero que Capitán muera! Si mi perro está en ese horrible lugar, por favor, mándelos: ¡Qué no le hagan nada malo a mi perro!

Él no tiene la culpa de querer andar libre por las calles. Cuando Capitán era pequeño: vagaba feliz por cualquier finca de la vereda, saltaba cercas, se agarraba con otros perros, jugaba en la quebrada y corría tras las gallinas, los gatos y las ovejas. Allí vivíamos tranquilos, hasta que la guerrilla plantó minas por todos lados.

Un sábado, allá en mi tierra, cuando salimos para jugar fútbol con mis amigos, Capitán se nos adelantó y comenzó a ladrar. Al intentar dar un paso se nos paraba delante y no nos dejaba seguir, ladraba y ladraba, estaba furioso, creíamos que tenía la rabia. La única que logró cruzar fue una gallina saraviada, y en pocos segundos, tras un estallido más fuerte que el de la pólvora de las fiestas, sus plumas explotaron por todos lados.

Esa  misma semana salimos huyendo. Unos hombres, vestidos de militares con un trapo negro en la cara y un fusil al hombro,  buscaban a mi taita para matarlo. Querían asesinarlo porque se negaba a pagar la plata, que cobraba la guerrilla, por la mina que explotó la gallina saraviada.

El único animal que empacamos fue a Capitán ¿Cómo dejarlo tirado si me había salvado la vida? Aunque el chofer del bus no lo quería traer a la capital, mi taita le pagó un tiquete sólo para él, y se vino todo un día y una noche, sentado a mi lado con la jeta triste… ¡Todos estábamos tristes de abandonar el rancho!

Alcalde, sé que encontrar a mi perro en una ciudad tan gigante, costará mucho dinero. Yo sólo tengo algunas monedas ahorradas, de lo que gano jornaleando ayudando a mi papá: reciclando chatarra, botellas y papel de la basura. Aquí no tenemos tierra y mi padrecito no sabe hacer nada más que: sembrar tomate de árbol, plátanos y granadillas; o criar gallinas, conejos y ovejas.

En la capital todo es diferente. He visto en el noticiero que la policía ofrece mucha plata para encontrar a personas que hacen cosas malas: ¿Por qué no ofrece una recompensa para encontrar a un perro bueno como el mío?

Me gustaría que Capitán volviera a casa, lo hecho en falta. Ojala algún día todos podamos volver a mi pueblo. Pero si usted le salva la vida o lo topa, puede quedarse con él. De seguro estará orgulloso de tener a un perro tan valiente. Y así, el Capitán, podrá comer tres veces al día, en casa sólo hay dinero para el desayuno o la comida.

Si lo manda a trabajar con los soldados, Capitán hallará más minas en Samaniego. Él evitará que a otros les pasé lo que Rafael: un niño de mi escuela que perdió un brazo cuando estalló una mina, nunca más pudo volver a tocar el clarinete en la banda del pueblo. ¡Esas cosas hacen mucho daño! 

¡Alcalde, Ayúdeme por favor! Para que usted conozca a Capitán, y no lo confunda con otro perro, le mando una foto que le tomó la vecina. Carga un trapo amarillo amarrado al cuello. Tiene enormes ojos cafés, tan grandes como los de una vaca moza. 

Si lo encuentra, avísele a mi maestra Rosario, en el Colegio Arborizadora Alta de Ciudad Bolívar. Donde pagamos arriendo no tenemos teléfono. 

¡Gracias señor Alcalde de la capital!

Juan Inocencio Bolívar


© 2015 Liliana Mora León

Imagen: Foto de perro criollo del Albergue Zamora -http://alberguezamoradoggy.tumblr.com/

martes, 22 de septiembre de 2015

Cuento corto de pollitos: La diferencia entre el gallo y la gallina


En la escuela de la granja la profesora preguntó a los pollitos:

­—Chiquillos, me pueden decir: ¿Cuál es la diferencia entre papá gallo y mamá gallina?

Es muy fácil —dijo el primer pollito, hijo de una gallina que trabajaba poniendo huevos­—. Papá gallo, cuando el sol comienza a brillar canta sin parar: Quiquiriquí, Quiquiriquí, Quiquiriquí… Mamá gallina no lo hace así, ella cacarea cuando hace la tarea: Coo, Coo, Coo, Cooooooo…

Luego, respondió el segundo pollito:

— Papá gallo es más grande, muy fuerte y tiene una enorme cresta como la corona de un rey  —explicó el hijo de un orgulloso gallo de pelea—. Mamá gallina es más chica, suave y redondita. Y, con sólo mirarnos, sin decirnos ni pío, nos pone a correr detrás de ella.

Tras escuchar a sus amigos, habló el pollito más pequeño de la clase:

—Cuando llueve papá gallo da un gran brinco, sale corriendo, se esconde rápido en el gallinero y en un rincón comienza a temblar. En cambio, mamá gallina nos guarda bajo sus alas hasta que la lluvia se va... ¡Mamá gallina no le tiene miedo a nada!

© 2015 Liliana Mora León

lunes, 11 de mayo de 2015

Cuento sobre la familia: El Cuaderno de la Esperanza



Era un día triste, el más triste de toda mi corta vida. Ese sábado, papá me dio la peor noticia, una que jamás me esperaba: enviaría a mi abuelo Polo a vivir en un ancianato.

Lo peor, era saber que lo mandarían a un pueblo lejano. Me acostumbre a tener al abuelo cerca y a visitarlo en bicicleta todas las semanas. Pero eso había llegado a su final. ¡No se había marchado y ya lo extrañaba!

¿Dónde queda “El olvido”? ¿Cómo se llega a “El olvido”? le preguntaba a todos y nadie conocía aquel lugar. Papá dijo que lo encontró por internet, según él: un buen precio para un buen lugar. Pero lo que temo es que internado allí, al final todos olviden al abuelo.

Yo quería estar con el abuelo todo el tiempo que nos quedaba. Y mientras lo ayudaba a hacer su equipaje, le dije que no quería que se marchara. Aunque intenté contener el llanto, las lágrimas me ganaron y comencé a llorar. 

Polo, como siempre,  me consolaba y me decía que todo estaría bien, que podía visitarlo en las vacaciones…Pero, para mí, las vacaciones estaban muy lejanas.

Luego de escuchar mi llanto, el abuelo me pidió que lo acompañara a la biblioteca,  buscó entre sus libros, y después de un tiempo tomó uno con sus manos. Admirado, le pregunté porque había escogido el libro más feo y viejo de todo el lugar.

Él se sentó en su sofá amarillo, y sonriendo me contó la siguiente historia:

"Este no es un libro, es el...¡Cuaderno de la Esperanza!

Cuando yo tenía tu edad, mis padres, me enviaron a la ciudad a estudiar en un internado. Siendo tan chico, yo no comprendía porque querían alejarme de ellos. Solamente me dijeron que era lo mejor para mi futuro.

Mis padres eran campesinos, pero querían  una vida diferente para mí. Eran personas sin mucho dinero, y decidieron vender la mejor parte de su finca, para pagarme un buen colegio en la gran ciudad.

Así llegué, un niño del campo entre los niños de la ciudad. Mi piel quemada por el sol resaltaba entre las pieles blancas de los compañeros. Yo, hablaba como la gente de mi pueblo; cambiando unas letras por otras, comiéndome algunas vocales, y diciendo dichos raros que nadie comprendía. Por eso, muchos chicos se burlaban de mí.

El primer año, soporté diversas travesuras de algunos niños de la clase, decididos a hacer hasta lo imposible, para que me expulsaran del colegio. Pero, yo siempre tenía un ángel guardián que me protegía, y sus planes fallaban.

Al finalizar año, unos pocos días antes del examen final, mi cuaderno de español desapareció de mi pupitre. ¡Eso sí era una gran tragedia para mí! Necesitaba una buena nota en el cuaderno y en el examen, de lo contrario perdería el curso y el cupo en el colegio.

Tenía miedo, mucho miedo. Si no lograba pasar la asignatura, todos los esfuerzos de mis padres quedarían en la nada…Lo que más temía era desilusionarlos, terminar con sus sueños, y volver al pueblo como un gran fracasado...

Pedí prestado el cuaderno de español a varios de mis compañeros de clase, pero todos se negaron. Estarían estudiando el fin de semana para la prueba final. Saqué algunos libros de la biblioteca y estudie todo el tiempo sobre gramática y ortografía. En el fondo, estaba decepcionado. Según mis cálculos, aunque obtuviera el máximo puntaje en el examen sin la nota del cuaderno perdería el año.

El lunes en la mañana, al llegar al salón de clases, vi que mi pupitre tenía la tapa levantada. Corrí hasta allí pensando que nuevamente habrían robado alguno de mis cuadernos. Pero lo que encontré fue una gran sorpresa: ¡Un regalo estaba escondido entre mis cuadernos! 

Al principio pensé que era un obsequio de mis padres. Pero el paquete no tenía ningún remitente. Tan solo estaba escrito mi nombre…No había dudas, era para mí, nadie más en el salón se llamaba como yo: Apolinar Sastoque.

Tomé el paquete y observé que estaba empacado con un viejo papel de regalo, arrugado de tanto uso. Luego, le quite las cintas, y al abrirlo vi este cuaderno que te estoy mostrando. Como puedes ver está hecho a mano, con caratulas de duro cartón.

En su interior, tiene hojas de diferentes tamaños, unas más chicas y otras más grandes. Algunas rayadas y otras en cuadritos. Unas con líneas negras y gruesas, y otras delgadas de suaves azules. Este cuaderno es todo un carnaval de formas y colores.

Pero lo que más me sorprendió, cuando lo vi por primera vez, y que me dejó sin palabras fue su contenido. En la primera página, además de mi nombre y apellidos, figuraba en letras en relieve la palabra: E S P A Ñ O L. Adentro; están escritos a mano, todos los contenidos que habíamos visto en la materia.

¡Quedé con la boca abierta! Algún compañero había gastado todo su fin de semana, haciendo este cuaderno. Busqué con más detalle y encontré una pequeña nota que decía: “Estoy feliz de que estés aquí”.

La frase cambió mi vida en  aquel lugar. Fue bonito sentir que alguien, me quería tanto para hacer algo así. Ese acto me llenó de ilusiones. Por eso, lo llamé “el cuaderno de la esperanza” y lo he llevado conmigo a todas partes. Gracias a un desconocido, pude pasar el curso y los sueños de mis padres aún eran posibles.

Yo estaba decidido a encontrar al responsable de aquel acto de bondad. Al principio no puede identificarlo. Hasta que un día, el maestro de matemáticas me dio una buena pista: regañaba fuertemente a uno de mis compañeros, porque se le estaban cayendo las hojas escritas de su cuaderno.

Esa noche, salí de mi cuarto y  me escapé hasta el salón. Revisé el pupitre del compañero y encontré sus cuadernos; a todos les habían arrancado varias hojas. Luego, cuando vi detenidamente su letra, lo reconocí : ¡Era la misma persona!

Yo, quería hacer algo para él. Tomé mi pegante y me dedique a unir cada una de las hojas flojas de sus cuadernos. La tarea me llevó toda noche. Y al finalizar, le dejé una pequeña nota que decía: “Gracias, sé que fuiste tú”.

Cuando él llegó a la clase y leyó la nota quedó  muy sorprendido; miró atrás, me vio a los ojos y simplemente sonrío. Así nació una hermosa amistad que ha durado toda la vida.

Por eso, querido nieto, estoy seguro que en el nuevo lugar, en ese ancianato también  encontraré personas que estén felices de que yo esté allí… ¡Siempre ha sido así! "

Luego, agregó el abuelo: A pesar de vivir casi toda mi vida en la ciudad, sigo siendo un niño del campo, de un pueblo tan lejano como “El Olvido”. ¡Será bueno sentirme como en mi primera casa!.."

Después de escuchar la historia del abuelo, me quedé más tranquilo. Pensé que guardaría en su maleta su preciado cuaderno, pero no fue así. Lo puso en mis manos, me dio un beso y me dijo:

Este cuaderno de la esperanza ahora es para ti. Recuerda siempre que: aún en los peores momentos, algo muy bueno puede ocurrir.

Al día siguiente el abuelo se marchó a "El Olvido", aunque intentó disimular, sé que también estaba triste. Pero, ahora tengo la esperanza que allí encuentre alguien que lo ame tanto como yo y lo cuide mientras llegan mis vacaciones.

© 2015 Liliana Mora León

martes, 17 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor y la familia: Flores amarillas para mamá



Dedicado a mi amiga Milena y a su hijo Julian.


Mi papá murió hace 3 meses, y desde ese día he visto a mi mamá muy triste. Ella llora en silencio, la veo en las mañanas con los ojos chiquitos, la nariz  roja y la voz muy ronca. Ella no necesita decirme nada…sé que hizo durante la noche.

Ahora ya no se viste bonito como antes, no usa su perfume preferido y el cabello lo tiene todo desarreglado. Parece que la sonrisa la perdió en algún lado, y aún no logra encontrarla.

Yo, trato de ser valiente. ¡Extraño tanto a papá, me siento muy solo! Pero no quiero llorar para que mi mamá no se preocupe también por mí.

Aunque soy un niño poco divertido, intento ser gracioso para despertar en ella alguna leve sonrisa. Ahora, no soy tan desaplicado en clases como antes y hago menos travesuras en casa.

Me propuse ahorrar para comprarle a mi madre una bonita flor para el día de la mujer. Sería el primer año, sin que mi papá, le regalara flores amarillas.

Guardé cada moneda durante más de un mes, llevaba el dinero siempre en mi chaqueta del colegio. No quería que mamá lo encontrara en mi cuarto.

Pero, antes del día, sin darme cuenta, el dinero se me cayó cuando jugaba en el recreo. Lo busqué por toda la escuela, pero no puede encontrarlo ¡Todo estaba arruinado!...mamá no tendría sus flores amarillas como cada año.

El sábado en la noche le oré al niño Dios. De rodillas al lado de mi cama, le pedí que le trajera a mi mamita un bello regalo. Le dije a Dios lo que más le gustaba a ella: los helados de fresa, los chocolates, un vestido bonito y  las flores amarillas. Dios sabría qué regalo la haría más feliz. 

Ese domingo en la mañana me levanté rápido de la cama, y con un par de saltos ya estaba en la sala, pero nada pasó. No había paquetes en la chimenea, ni en la entrada de la casa y nadie había llamado a mamá para darle una sorpresa; parecía que Dios se había olvidado de mi oración.

Como cada domingo, fuimos con mi madre, a visitar la tumba de mi papá. Durante todo el camino al cementerio, esperaba que un milagro pasara. Miraba con atención en cada semáforo, en los carteles de la calle y en el cielo. Yo, buscaba por todos lados una señal de Dios...¡Pero no vi nada!

Por fin, después de un larguísimo camino, llegamos al cementerio. Al entrar, compramos las flores violetas que le gustaban a papá, las que mantenía siempre en su escritorio. 

Mientras caminábamos, le pregunté a mamá, cómo se llamaban las flores preferidas de papá, y me dijo: "siemprevivas". ¡Me gusta ese nombre, siemprevivas! Aunque, no entiendo porque unas flores pueden vivir por siempre,... pero no mi papá.

Al ver tantas flores por todos lados, me puse muy triste, recordé que mi mamá hoy no tendría su regalo.

Pero al llegar a la tumba de papá, con una gran sorpresa me encontré:  En el césped del lugar, junto al nombre de papá... ¡Nació una bella flor amarilla para mi mamá! 

Yo, estaba muy feliz...¡Dios me había escuchado! Tomé la flor y con un enorme beso se la di a mi mamá.

Ella quedó asombrada, sabía que aquella flor sólo podía ser un regalo de papá. La llevó a su corazón, y la escuché decir: "gracias amor mio", y con su mano mandó un beso al cielo, allí donde ahora está papá.      

Y después de tanto tiempo... por fin ¡La vi de nuevo sonreír!        

¡Gracias Dios! ¡Gracias Papá! Ahora sé que no estoy solo.

© 2015 Liliana Mora León

viernes, 19 de septiembre de 2014

Cuento sobre el amor y la familia: Una estrella de oro



Fue una noche de septiembre con un cielo inmensamente estrellado, la que el abuelo eligió para despedirse del pequeño Juan. Quería darle a su amado nieto un recuerdo para toda la vida, algo que jamás olvidaría.

—Juan, esta noche quiero darte un regalo especial —dijo el abuelo.

—¿Qué regalo abuelo?—preguntó el pequeño muy feliz—, ¡Pero si todavía no es la navidad!

—No es navidad, es cierto, pero todos los días son buenos para recibir un regalo —respondió el abuelo seguro que para las fiestas de fin de año él ya no estaría en casa.

Mientras Juan esperaba sentado en la vieja canoa del abuelo, él sacó de su bolsillo un objeto de metal dorado que destelló levemente a la luz de la luna. Lo tomó en la mano y con su pañuelo lo frotó suavemente haciendo que brillara aún más.

—¡Qué estrella más bonita! —respondió Juan muy emocionado—, ¡Gracias abuelo!¡Nunca he visto una igual!

—Es una estrella que hice especialmente para ti —respondió el abuelo que tenía un gran don para hacer objetos hermosos con sus manos.

—¡Es muy brillante! —dijo el niño asombrado que su estrella brillaba más que las del cielo.­ 

—La estrella brilla así porque es de oro —le explicó el abuelo al nieto.

—¿De verdad es de oro? —preguntó Juan extrañado de tener tal fortuna—. ¡Pero si somos muy pobres!

—Sí, está hecha de pequeñas chispitas de oro que recogí en el río durante toda mi vida—explicó el abuelo­—. Esta estrella es toda la riqueza material que puedo heredarte.

—¡Gracias... Gracias... Gracias abuelo! —repetía sin cesar—. La cuidaré siempre... ¡Esta estrella es mi tesoro!

—Querido Juan, con el tiempo descubrirás cuál es el verdadero tesoro del hombre  —le dijo el abuelo mientras caminaban de regreso a casa con pasos lentos y descansos seguidos.

En ese momento Juan no sabía que la estrella era la despedida y el último regalo del abuelo, quien algunas semanas antes de la navidad dejó la tierra para subir al cielo.

Juan fue creciendo, y a pesar que el abuelo ya no estaba sentía que siempre lo acompañaba. Cada vez que miraba la estrella recordaba algún momento de felicidad vivido con el abuelo, esos recuerdos eran como chispitas de oro que lo animaban cuando estaba triste.

Con el paso de los años Juan comprendió el mayor tesoro que le había dejado el abuelo: "su amor" que a pesar del tiempo seguía brillando más que su estrella de oro. 

©Liliana Mora León

sábado, 26 de julio de 2014

Cuento sobre el perdón y la familia: El solitario Juan




Juan tenía una familia muy numerosa, que vivía en una casa bastante pequeña. Entre tanta gente y tan poco espacio, era frecuente que los niños discutieran por la pérdida de algún juguete, o pelearan por la invasión de los pequeños “espacios propios”.


A pesar de las peleas, casi todos se reconciliaban a los pocos minutos y volvían a jugar como antes. Juan era la excepción; había decidido no volver a jugar con cada uno de sus hermanos y hermanas que de alguna manera lo molestaran. 

Cualquier razón era buena para pelear: tomar un juguete suyo, ponerle un apodo, reírse de él o algo que no le gustara.

Juan, lo decidió y así lo hizo, era un chico muy testarudo. Al principio, peleó con los más traviesos de la casa, pero después, poco a poco fue encontrando motivos para romper las relaciones con los demás. Día a día estaba más solo, y pasaba largo rato escondido en su pequeño espacio: un tubo de cemento en el jardín.

Al ver lo que estaba pasando, el padre de Juan fue a hablar con él en su escondite, y le preguntó:

—­¿Por qué peleaste con todos tus hermanos?

—¡Son un fastidio! —respondió Juan con una gran mueca y mal humor—.¡Viven todo el tiempo molestándome!

—Pero esa no es una razón para seguir disgustado y aislado de todos —le explicó el padre.

—Es mejor así, aquí nadie me molesta ­­—aclaró el niño con gran orgullo.

—Sí, tienes razón, viviendo solo y encerrado, no tienes quien te ofenda —confirmó el padre—. Pero también, alejas toda la alegría que puedes tener jugando con tus hermanos.

—Pero me cuesta mucho olvidar lo que me hicieron y volver a jugar con ellos —responde el niño.

—Hijo, en la vida todo se aprende—dijo el padre mientras con amor lo sacaba de su escondite y lo abrazaba dándole confianza—. Y aquí en nuestra familia, con tantos hermanos y hermanas, tendrás muchas oportunidades para aprender a perdonar. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí, papá —exclamó Juan—. Pero...¡No sé cómo!

—Hijo, antes acumulabas las ofensas de tus hermanos —explica el padre—. Qué te parece si ahora haces todo lo contrario y te dedicas a guardar en tu memoria los lindos detalles que ellos tienen contigo. Verás que siempre tienes razones para darles las gracias.

—Está bien, papá —respondió Juan—. Además, me aburro mucho estando tan solo. 

Desde ese día, Juan apreciaba cada cosa buena que sus hermanos hacían por él; desde enseñarle a jugar fútbol, explicarle como pasar un nivel de un videojuego, ayudarle con alguna tarea o simplemente llevarle la comida a la mesa.
Ahora Juan está mucho más feliz y se alegraba de tener una familia tan numerosa.


© 2014 Liliana Mora León

martes, 15 de julio de 2014

Cuento sobre la amistad y la bondad: Sofía y su único amigo

La pequeña Sofía vivía en una lujosa mansión, llena de cuartos y más cuartos. 

Ella disponía de los mejores juguetes que el dinero pudiera comprar, pero no con quien jugar.

No tenía hermanos, ya que sus padres eran gente muy ocupada, y una hija era mejor que nada.


Amigos no conocía, sus padres evitaban que jugara con cualquiera.

Los perros y los gatos, tampoco estaban invitados, podían ensuciar tan hermoso lugar.

Adquirió fama de niña traviesa, y de sus aventuras más de una vez no salió ilesa.

Jugar a las escondidas, era su pasatiempo preferido. Y aunque nadie la buscara, ella seguía encontrando nuevos sitios para esconderse.

Una tarde, Sofía no aparecía. La madre comenzó a buscarla por todos lados: en cada uno de los 11 cuartos, en los 5 baños, la cocina, la despensa, la sala de visitas, el estudio, el cuarto de juegos, el comedor auxiliar y el principal...No lograba encontraba en esa casa tan inmensa.

Buscó en los muebles de la cocina, en la lavadora, llegó a revisar hasta en las cestas de la ropa sucia, pero no estaba por ningún lugar. Parecía que se hubiera esfumado.

De pronto, al entrar nuevamente al cuarto de Sofía, la madre escuchó un ruido en el armario. Al abrir la puerta, encontró allí a la pequeña en un rincón, muy acurrucadita y con un pequeño gatico entre sus brazos.

Al ver a su mamá, con una voz muy bajita, le dice:

—¡Silencio mamá, que está dormido!

—¿Dónde encontraste ese animal? —preguntó la madre bastante enojada.

—Entró por la ventana —respondió la niña.

—Tienes que dejarlo afuera, no puedes tener en casa a un animal callejero—ordenó la madre.

—¡No!¡Este es mi gato! —respondió la niña mientras lo apretaba fuerte contra su pecho, intentando que no saliera corriendo.

Unas lágrimas corrían por las mejillas de Sofía mientras su madre intentaba quitarle el pequeño gato.


—Por favor mamá, permite que se quede, él es mi amigo —imploró la niña—. Es mi único amigo.

Esas últimas palabras resonaron en la cabeza de la madre, "mi único amigo".

—Nosotros tenemos una enorme casa y él no tiene dónde vivir. Tú me has dicho que tenemos que ayudar a los necesitados y él necesita una casa y quien lo cuide—agregó Sofía.

Eso era verdad, en varias ocasiones la madre hablaba de ayudar a otros, intentando que Sofía no se volviera una niña egoísta entre tanto lujo y comodidad. Las palabras de la pequeña la hicieron recapacitar:

—Bueno, está bien, puedes quedarte con él —respondió la madre—. Tienes razón hija, hay que ayudar al otro sin mirar a quién, y si llega a nuestra casa no podemos cerrarle las puertas.

—¡Ni las ventanas! —respondió Sofía muy feliz de poder conservar a su único amigo.

© 2014 Liliana Mora León