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sábado, 29 de mayo de 2021

Cuento sobre el amor y la familia: Carta para un ángel

 

Hay niños que no creen en los ángeles, otros que creen pero nunca han visto uno, tan sólo unos pocos han tenido el regalo de encontrarse cara a cara con un ángel. Esta es la historia de uno de ellos:

Era un mes de mayo y como cada año los niños de la escuela preparaban con entusiasmo los regalos para el día de la madre. En el curso de primero de primaria los pequeños estudiantes tenían la tarea de escribir una breve carta de amor para mamá.

Uno a uno, niños y niñas, fueron tomando hojas blancas, sacaron de sus mochilas los lápices de colores y emocionados comenzaron a hacer lindos dibujos que acompañaban con mensajes sencillos.

Pero las cosas no marchaban bien para Federico; en silencio apretaba los dientes, sostenía con fuerza un lápiz negro y rayaba con rabia una hoja blanca que se rompía con cada trazo.

La profesora al ver la frustración del niño le preguntó:

— ¿Qué te pasa Federico?

—No sé qué escribirle a mamá—respondió con enojo.

—Dile lo que sientes—explicó la maestra.

—No puedo hacerlo —dijo mientras negaba con la cabeza.

— ¡Claro que puedes! —lo motivó ella.

— ¡No! —dijo con firmeza y volvió a repetir esta vez más claro y alto—. ¡Ya dije que no puedo hacerlo! ... Además, de nada sirve escribirle una carta a mi mamá.

— ¿Por qué dices eso? —preguntó la maestra.

—Porque ella nunca va a leerla­—explicó convencido.

—Federico, también tu mamá puede leer tu carta.

—No, ella se ha ido ­—dijo el pequeño mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—…se ha ido al cielo  y allá nunca llegan las cartas.

La profesora intentó reponerse de la respuesta. Ella conocía muy bien aquel lugar donde habitan la soledad y la tristeza.

—Mi abuela dice que ahora mi mamá es un ángel y que desde el cielo me cuida —comentó el niño.

—Tu abuelita tiene razón —aseguró la maestra—. Ahora tienes una familia diferente; una familia con un ángel.

—Sí —afirmó el pequeño—; mi hermano dijo que ella era… ¡La mejor mamá del mundo! y yo le contesté que ella es ¡La mejor mamá del mundo; de toda la tierra y del cielo entero!

—Ya lo ves, tienes una súper mamá —dijo la maestra y luego le contó al chiquillo—. Yo, también perdí a mi mamá cuando cumplí los 5 años.

— ¿Tú tampoco tienes mamá? —preguntó asombrado.

— En la tierra, no; pero en el cielo, sí —aclaró la profesora—. ¿Sabías que las súper mamás que se vuelven ángeles pueden escucharnos y también leer las cartas que les escribimos?

— ¿De verdad? —exclamó Federico mientras sus ojos llorosos se abrían sorprendidos.

—Sí, al  igual que haces la carta para el niño Dios, puedes hacer una carta para tu mamá. Así ella sabrá todo lo que necesitas.       

— ¿Eso es verdad? —volvió a preguntar aún con dudas.

— ¡Claro que sí! —dijo la maestra con la certeza de la experiencia—. Inténtalo y comprobarás que es cierto. Además, una súper mamá nunca deja de trabajar por su familia, y menos por un hijo tan adorable como tú.

Federico ilusionado se limpió las lágrimas, tomó una hoja de papel, la más bonita que tenía y dibujó muy bien a su familia: al padre llevando un delicioso pastel de chocolate; el hermano mayor tocando la guitarra;  y él se pintó con una flor en la mano. En un extremo de la hoja, ubicó a la madre entre las nubes, con su cabello negro ondulado, una gran sonrisa y dos hermosas alas.

Con ayuda de la maestra Federico aprendió algunas palabras que aún no sabía deletrear y junto al dibujo escribió:

“Mami, te extraño mucho.

Pídele a Dios permiso

para volver a casa.

Te amo”

Al regresar de la escuela no dijo nada a nadie, y escondió la hoja muy bien. El sábado en la noche dobló la carta como un sobre y la marcó así: “Para mamá, mi ángel del cielo”. Una vez lista la acomodó debajo de la almohada esperando que lo dicho por la maestra fuera cierto.

Los recuerdos inundaron su pequeña cabeza de nostalgia, sería el primer día de la madre sin ella. Se durmió después de un llanto largo que intentó ahogar en el almohadón para que nadie lo escuchara.

Durante el sueño, sin saber cómo, Federico llegó a un camino que surgía en medio de las sombras. Entre  las tinieblas reconoció ese lugar: era el parque donde tantas veces había ido con mamá. Pero esta vez estaba solo, era de noche y sentía mucho miedo.

De repente, una luz brillante comenzó a encenderse y acercarse rápidamente hacia él. En el centro de la luz se fue formando un cuerpo con dos alas muy grandes. Al estar más cerca y poder ver su rostro, él la pudo reconocer: era su madre; tenía su bella cabellera suelta, un vestido blanco largo como de princesa, estaba más joven, sana, hermosa y feliz.

Federico se perdió en esa mirada de ángel mientras ella acariciaba la cara del chiquillo. Al verla sus ojos profundos le transmitían toda la confianza que necesitaba. La confianza que le enseñó a caminar, a subir las escaleras y montar la bicicleta en ese mismo parque, a dormir en su propia cama, a leer en público, a superar sus temores…

El tiempo corría diferente y se mezclaban imágenes de un pasado compartido lleno de alegrías. El pequeño quería quedarse allí por siempre, refugiado entre aquellos brazos que lo protegían del miedo a seguir andando sin ella.

 Pero, después de un largo beso,  ella le dijo suavemente:

—Hijito, ya debo irme.

— ¡No te vayas mamá! ¡No te vayas ¡— dijo angustiado— ¡Quédate conmigo!

—No puedo quedarme, no tengo más permiso —le explicó mientras lo abrazaba fuerte y le decía al oído—. No tengas miedo, recuerda que eres el más valiente de nuestra familia. ¡Hijo, estoy tan orgullosa de ti! …no sabes cuánto.  

Sus palabras lo llenaron de valor, sabía que aquel encuentro era un pequeño regalo de Dios, un regalo que tenía que dejar partir nuevamente. Poco a poco ella se levantó y se fue alejando. Federico vio que su mamá tenía en la mano la carta que él había escrito; ella la acercó a su corazón como guardando un tesoro y con dulce voz le dijo:

— ¡Gracias hijo, es una carta lindísima!—y con toda la dulzura agregó—. Yo también te amo mi pequeño…Dile a papá y a tu hermano, que los amo con toda mi alma.

—Yo te amo hasta el cielo y más allá—dijo Federico señalando el firmamento.

—Siempre estaré contigo—decía ella mientras se alejaba moviendo sus alas blancas—…siempre estaré a tu lado.

En ese instante era como  si un espacio de amor sostuviera al niño, no había llanto, ni enojo, ni miedo, y con ese sentimiento de paz profunda poco a poco quedó nuevamente en total oscuridad.  

Sin tener claro cuánto tiempo había pasado, Federico percibió una tenue luz, abrió bien los ojos, ya no estaba en el parque, reconoció su habitación apenas iluminada con los primeros rayos del domingo.

Medio somnoliento, buscó rápidamente debajo de la almohada y se dio cuenta que la carta no estaba. En su lugar encontró una pluma blanca que brillaba con la misma luz celestial. Intentó tomarla con las manos pero desapareció rápidamente. Respiró profundo y sintió que una cálida ola de amor llenaba de nuevo su corazón.

Federico ahora sabía que tenía un ángel en el cielo.

¡Sí¡… ¡Era verdad! ¡Era verdad!– gritó alegre dando saltos en la cama.  

©Liliana Mora León - Mayo 2021

 En memoria de Sandra Marcela

¡La mejor mamá del mundo;

de toda la tierra

y del cielo entero!


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuento sobre la guerra: ¡Capitán es un héroe!


Para todas las víctimas de las minas antipersonas en Colombia.
 A ellos, verdaderos héroes que se sobreponen al dolor, 
trabajan con tesón y sueñan con un país en paz. 


Alcalde:

Quiero pedirle el favor que me ayude a encontrar a mi perrito. Él no es un perro cualquiera: ¡Capitán es un Héroe!

Se perdió el lunes mientras yo estaba en la escuela. Creo que salió a la calle a buscarme, como lo hacía allá en mi pueblo: Samaniego. Él me  esperaba en el camino y corría como un loco cuando me veía llegar al alto. En Bogotá vivimos en otra loma: Ciudad Bolívar, parece un pueblo más pobre que el mío. Tal vez, mi perro se perdió buscando algún árbol para alzar la pata y orinar, aquí no hay árboles sólo postes de la luz.

Alcalde, dese prisa, la vecina me dijo que a los perros que encuentran en las calles: los atrapan con una malla, los meten en un camión y en la perrera los matan con una inyección. ¡Yo no quiero que Capitán muera! Si mi perro está en ese horrible lugar, por favor, mándelos: ¡Qué no le hagan nada malo a mi perro!

Él no tiene la culpa de querer andar libre por las calles. Cuando Capitán era pequeño: vagaba feliz por cualquier finca de la vereda, saltaba cercas, se agarraba con otros perros, jugaba en la quebrada y corría tras las gallinas, los gatos y las ovejas. Allí vivíamos tranquilos, hasta que la guerrilla plantó minas por todos lados.

Un sábado, allá en mi tierra, cuando salimos para jugar fútbol con mis amigos, Capitán se nos adelantó y comenzó a ladrar. Al intentar dar un paso se nos paraba delante y no nos dejaba seguir, ladraba y ladraba, estaba furioso, creíamos que tenía la rabia. La única que logró cruzar fue una gallina saraviada, y en pocos segundos, tras un estallido más fuerte que el de la pólvora de las fiestas, sus plumas explotaron por todos lados.

Esa  misma semana salimos huyendo. Unos hombres, vestidos de militares con un trapo negro en la cara y un fusil al hombro,  buscaban a mi taita para matarlo. Querían asesinarlo porque se negaba a pagar la plata, que cobraba la guerrilla, por la mina que explotó la gallina saraviada.

El único animal que empacamos fue a Capitán ¿Cómo dejarlo tirado si me había salvado la vida? Aunque el chofer del bus no lo quería traer a la capital, mi taita le pagó un tiquete sólo para él, y se vino todo un día y una noche, sentado a mi lado con la jeta triste… ¡Todos estábamos tristes de abandonar el rancho!

Alcalde, sé que encontrar a mi perro en una ciudad tan gigante, costará mucho dinero. Yo sólo tengo algunas monedas ahorradas, de lo que gano jornaleando ayudando a mi papá: reciclando chatarra, botellas y papel de la basura. Aquí no tenemos tierra y mi padrecito no sabe hacer nada más que: sembrar tomate de árbol, plátanos y granadillas; o criar gallinas, conejos y ovejas.

En la capital todo es diferente. He visto en el noticiero que la policía ofrece mucha plata para encontrar a personas que hacen cosas malas: ¿Por qué no ofrece una recompensa para encontrar a un perro bueno como el mío?

Me gustaría que Capitán volviera a casa, lo hecho en falta. Ojala algún día todos podamos volver a mi pueblo. Pero si usted le salva la vida o lo topa, puede quedarse con él. De seguro estará orgulloso de tener a un perro tan valiente. Y así, el Capitán, podrá comer tres veces al día, en casa sólo hay dinero para el desayuno o la comida.

Si lo manda a trabajar con los soldados, Capitán hallará más minas en Samaniego. Él evitará que a otros les pasé lo que Rafael: un niño de mi escuela que perdió un brazo cuando estalló una mina, nunca más pudo volver a tocar el clarinete en la banda del pueblo. ¡Esas cosas hacen mucho daño! 

¡Alcalde, Ayúdeme por favor! Para que usted conozca a Capitán, y no lo confunda con otro perro, le mando una foto que le tomó la vecina. Carga un trapo amarillo amarrado al cuello. Tiene enormes ojos cafés, tan grandes como los de una vaca moza. 

Si lo encuentra, avísele a mi maestra Rosario, en el Colegio Arborizadora Alta de Ciudad Bolívar. Donde pagamos arriendo no tenemos teléfono. 

¡Gracias señor Alcalde de la capital!

Juan Inocencio Bolívar


© 2015 Liliana Mora León

Imagen: Foto de perro criollo del Albergue Zamora -http://alberguezamoradoggy.tumblr.com/

martes, 17 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor y la familia: Flores amarillas para mamá



Dedicado a mi amiga Milena y a su hijo Julian.


Mi papá murió hace 3 meses, y desde ese día he visto a mi mamá muy triste. Ella llora en silencio, la veo en las mañanas con los ojos chiquitos, la nariz  roja y la voz muy ronca. Ella no necesita decirme nada…sé que hizo durante la noche.

Ahora ya no se viste bonito como antes, no usa su perfume preferido y el cabello lo tiene todo desarreglado. Parece que la sonrisa la perdió en algún lado, y aún no logra encontrarla.

Yo, trato de ser valiente. ¡Extraño tanto a papá, me siento muy solo! Pero no quiero llorar para que mi mamá no se preocupe también por mí.

Aunque soy un niño poco divertido, intento ser gracioso para despertar en ella alguna leve sonrisa. Ahora, no soy tan desaplicado en clases como antes y hago menos travesuras en casa.

Me propuse ahorrar para comprarle a mi madre una bonita flor para el día de la mujer. Sería el primer año, sin que mi papá, le regalara flores amarillas.

Guardé cada moneda durante más de un mes, llevaba el dinero siempre en mi chaqueta del colegio. No quería que mamá lo encontrara en mi cuarto.

Pero, antes del día, sin darme cuenta, el dinero se me cayó cuando jugaba en el recreo. Lo busqué por toda la escuela, pero no puede encontrarlo ¡Todo estaba arruinado!...mamá no tendría sus flores amarillas como cada año.

El sábado en la noche le oré al niño Dios. De rodillas al lado de mi cama, le pedí que le trajera a mi mamita un bello regalo. Le dije a Dios lo que más le gustaba a ella: los helados de fresa, los chocolates, un vestido bonito y  las flores amarillas. Dios sabría qué regalo la haría más feliz. 

Ese domingo en la mañana me levanté rápido de la cama, y con un par de saltos ya estaba en la sala, pero nada pasó. No había paquetes en la chimenea, ni en la entrada de la casa y nadie había llamado a mamá para darle una sorpresa; parecía que Dios se había olvidado de mi oración.

Como cada domingo, fuimos con mi madre, a visitar la tumba de mi papá. Durante todo el camino al cementerio, esperaba que un milagro pasara. Miraba con atención en cada semáforo, en los carteles de la calle y en el cielo. Yo, buscaba por todos lados una señal de Dios...¡Pero no vi nada!

Por fin, después de un larguísimo camino, llegamos al cementerio. Al entrar, compramos las flores violetas que le gustaban a papá, las que mantenía siempre en su escritorio. 

Mientras caminábamos, le pregunté a mamá, cómo se llamaban las flores preferidas de papá, y me dijo: "siemprevivas". ¡Me gusta ese nombre, siemprevivas! Aunque, no entiendo porque unas flores pueden vivir por siempre,... pero no mi papá.

Al ver tantas flores por todos lados, me puse muy triste, recordé que mi mamá hoy no tendría su regalo.

Pero al llegar a la tumba de papá, con una gran sorpresa me encontré:  En el césped del lugar, junto al nombre de papá... ¡Nació una bella flor amarilla para mi mamá! 

Yo, estaba muy feliz...¡Dios me había escuchado! Tomé la flor y con un enorme beso se la di a mi mamá.

Ella quedó asombrada, sabía que aquella flor sólo podía ser un regalo de papá. La llevó a su corazón, y la escuché decir: "gracias amor mio", y con su mano mandó un beso al cielo, allí donde ahora está papá.      

Y después de tanto tiempo... por fin ¡La vi de nuevo sonreír!        

¡Gracias Dios! ¡Gracias Papá! Ahora sé que no estoy solo.

© 2015 Liliana Mora León

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor a los animales: ¡Mi gato se ha vuelto loco!



Tengo un gato un poco raro. Desde hace varios meses, parece que otro animal se apoderó de él. Y para que me creas lo que te digo, te voy a contar las locuras que hace. Al final tú decides si quieres tener un gato loco como el mío.

Antes, mi gato pasaba largas horas durmiendo en el sofá, y hasta roncaba como mi papá. Pero ahora, aunque tiene los ojos cansados y está bastante somnoliento, se niega darse una siesta. Hoy, parece un trompo y está dando vueltas y vueltas en el jardín intentando agarrarse la cola.

Su saludo cuando llego de la escuela, ya no es como antes; olvidó cómo dar el pequeño maullido, mover elegantemente su cola y restregar su olor en mi pantalón. Eso quedó atrás, se convirtió en un saltarín y parece más un sapo que un gato, lo cual dada su gran destreza para brincar, le queda muy bien.

De comida ni hablemos. No ha vuelto a recibir el atún, su plato preferido. Al abrirle una lata, lo huele profundamente y lo deja de lado. Para completar, la leche ya no le sienta bien. Mi mamá dice que se volvió intolerante a la lactosa   —parece que eso le pasa a todos los mayores—, y es posible que sea así, porque está bastante flatulento y con gases muy ruidosos y apestosos.

A veces lo pillo buscando huesos en el contenedor de la basura, y después que agarra uno no lo suelta por nada del mundo; lo muerte y lo muerte, una y otra vez,  aunque con sus débiles dientes nunca logra romperlo por completo. Da pena verlo luchar contra aquellos huesos sin nunca ganar una victoria. Su casa ya parece un cementerio, llena de huesos a medio roer por todos lados.

Sus juegos preferidos no son los mismos, abandonó su amado ratón de plumas, y no se pule las uñas con la alfombra dura y vieja de la entrada. Ahora, corre detrás de cualquier pelota o calcetín que lanzo al aire, y aunque intenta atraparlos con la boca siempre falla. Al final muy a su pesar, tiene que utilizar sus patas delanteras para capturarlos y moverlos.

Preocupados por él, lo hemos llevamos al doctor. El veterinario, lo subió a una camilla, le miró los ojos, le abrió la boca (pobre doctor con ese mal aliento de mi gato), exploró sus orejas, palpo su panza, lo paró en dos patas, y le movió la cola por todos lados.

Al final, después de un exhaustivo examen y muchas preguntas a mamá,  el veterinario nos dijo: 

—Físicamente su gato no tiene nada, está saludable, es completamente normal— Al oír aquello, respiramos aliviados, pero antes que diéramos un nuevo suspiro de aliento el doctor agregó: —Todo parece indicar que... ¡Su gato se ha vuelto loco!

—¿Se ha vuelto loco? — preguntó mamá bastante asombrada.

—Sí, se ha vuelto loco —respondió el doctor con mucha seguridad—. Y no hay nada que podamos hacer por él, esto no tiene cura.

Salimos desilusionados de allí con nuestro gato loco en los brazos. Yo estaba muy triste. No quería perder a otra mascota.

Queríamos contarle a la abuela y pasamos por su casa. Ella, aunque no es médico, siempre da recetas para todo. No sé si eso lo aprende en la tele, escuchando la radio, leyendo sus libros sobre plantas o mirando al doctor OZ, pero ella lo sabe todo. Era posible que también supiera como curar a gatos locos.

Le contamos la historia con todos los detalles. Ella, callada como siempre, lo pensó muy bien, y después como toda una experta en la materia me dijo:

 —Es verdad, tu gato está loco   —nos reconfirmó la abuela mientras yo me negaba a aceptarlo—. Pero no cualquier locura   —agregó ella, yo pensaba que no podía ser peor—. No todas las locuras son iguales, y él está loco, muy loco.

­ —¿Loco? ¿muy loco?...no entiendo nada abuela.

Y ella me respondió:

—Mira hijo, normalmente un gato no es un perro y un perro no es un gato. Pero ahora tu gato es un perro.   

Realmente al escuchar la respuesta de la abuela, pensé que esa enfermedad era altamente contagiosa, ahora la que parecía estar loca era la abuela. Pero al ver mi cara de desconcierto ella me explicó:

—No todas las locuras son iguales ­—dijo mientras acariciaba a mi felpudo—. Y tu gato está loco…loco de amor por ti.

— ¿Loco de amor por mí?, pero abuela ¿qué locura estás diciendo?

­— Sí, tu gato te ama tanto que quiso volverse un perro cuando vio tu tristeza al morir tu viejo perro —respondió ella—­. Él quería que volvieras a sonreír. Intentó con esmero cada cosa que hacía tu perro, hasta que un día olvidó en verdad quien era.

Yo, quedé sin palabras un buen rato. Para mí, sólo los perros eran capaces de amar tan profundamente, así que cuando murió el mío, sentí que nadie me amaría tanto como él. Pero ahora este gato loco, me demostraba todo lo contrario.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – le pregunté a la abuela.

— Ámalo tanto como él a ti — fue la única respuesta de la abuela. No había pócimas, agüitas, ni yerbas para ayudarlo.

Últimamente, paso mi tiempo libre  enseñando a mi gato como olvidar ser un perro. Y creo que hemos avanzado un poco, se ve más feliz...pasa más tiempo durmiendo en el sofá que jugando en el jardín.

Desde ese día algo en mí cambió. Sé que aunque un amigo se marche, siempre encontraré otro que también me ame, eso sí, a su manera. 

Y ahora,  ¿Qué me dices tú? ¿quieres un gato tan loco como el mío?

©Liliana Mora León

viernes, 19 de septiembre de 2014

Cuento sobre el amor y la familia: Una estrella de oro



Fue una noche de septiembre con un cielo inmensamente estrellado, la que el abuelo eligió para despedirse del pequeño Juan. Quería darle a su amado nieto un recuerdo para toda la vida, algo que jamás olvidaría.

—Juan, esta noche quiero darte un regalo especial —dijo el abuelo.

—¿Qué regalo abuelo?—preguntó el pequeño muy feliz—, ¡Pero si todavía no es la navidad!

—No es navidad, es cierto, pero todos los días son buenos para recibir un regalo —respondió el abuelo seguro que para las fiestas de fin de año él ya no estaría en casa.

Mientras Juan esperaba sentado en la vieja canoa del abuelo, él sacó de su bolsillo un objeto de metal dorado que destelló levemente a la luz de la luna. Lo tomó en la mano y con su pañuelo lo frotó suavemente haciendo que brillara aún más.

—¡Qué estrella más bonita! —respondió Juan muy emocionado—, ¡Gracias abuelo!¡Nunca he visto una igual!

—Es una estrella que hice especialmente para ti —respondió el abuelo que tenía un gran don para hacer objetos hermosos con sus manos.

—¡Es muy brillante! —dijo el niño asombrado que su estrella brillaba más que las del cielo.­ 

—La estrella brilla así porque es de oro —le explicó el abuelo al nieto.

—¿De verdad es de oro? —preguntó Juan extrañado de tener tal fortuna—. ¡Pero si somos muy pobres!

—Sí, está hecha de pequeñas chispitas de oro que recogí en el río durante toda mi vida—explicó el abuelo­—. Esta estrella es toda la riqueza material que puedo heredarte.

—¡Gracias... Gracias... Gracias abuelo! —repetía sin cesar—. La cuidaré siempre... ¡Esta estrella es mi tesoro!

—Querido Juan, con el tiempo descubrirás cuál es el verdadero tesoro del hombre  —le dijo el abuelo mientras caminaban de regreso a casa con pasos lentos y descansos seguidos.

En ese momento Juan no sabía que la estrella era la despedida y el último regalo del abuelo, quien algunas semanas antes de la navidad dejó la tierra para subir al cielo.

Juan fue creciendo, y a pesar que el abuelo ya no estaba sentía que siempre lo acompañaba. Cada vez que miraba la estrella recordaba algún momento de felicidad vivido con el abuelo, esos recuerdos eran como chispitas de oro que lo animaban cuando estaba triste.

Con el paso de los años Juan comprendió el mayor tesoro que le había dejado el abuelo: "su amor" que a pesar del tiempo seguía brillando más que su estrella de oro. 

©Liliana Mora León