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jueves, 30 de octubre de 2014

Cuento sobre el amor: La última mariposa mágica


Cuenta la abuela, que hace mucho tiempo, volaban en estas tierras mariposas mágicas. Eran hermosas mariposas de cuerpo luminoso, y grandes alas azules con pequeños bordes rojos. Dice, que cuando volaban parecían estar tocando una bella melodía, que hipnotizaba a todo aquel que las veía.
Según la abuela, ella conoció una mariposa mágica, hace muchos, muchos años, antes que la gran ciudad creciera tanto, y se comiera al pequeño pueblo con sus árboles viejos y frondosos, miles de flores silvestres y pequeñas quebradas de aguas cristalinas.
Ella cree que fue un hechizo o algo así, pero cuando la vio por primera vez, nunca más dejó de pensar en la mariposa azul. Más, desde el día que la abuela de la abuela le contó, que las mariposas mágicas concedían un deseo a todo aquel que lograra amarlas.
Desde niña la abuela tenía un gran deseo: conocer el verdadero amor, y sabía con certeza que eso era lo que le pediría a la mariposa azul. Así que comenzó a plantar hermosas flores en el jardín de su casa y a dispersar semillas silvestres por todos los prados cerca de su hogar.
Con los meses, cientos de flores fueron creciendo, entre ellas: lavandas, margaritas, pensamientos, azucenas y azaleas. Llegaron muchos tipos de mariposas que disfrutaban del néctar de las flores de la abuela, pero no aparecía por ningún lado su anhelada mariposa azul.
Pero un día, después de varios años de paciente espera, vio por primera vez una mariposa azul. La mariposa se posó por unos instantes en una margarita y con su trompa tomaba el néctar de la flor, luego emprendió nuevamente el vuelo alejándose del lugar.
La mariposa regresó varias veces al jardín, se alimentaba de una flor y descansaba brevemente tomando el sol. La abuela intentaba atraparla con las manos pero la mariposa era muy rápida y emprendía el vuelo antes que pudiera lograrlo.
Una mañana mi abuela estaba decidida a capturarla para pedirle su deseo. Ya conocía las flores preferidas de la mariposa azul y la esperó allí, muy quieta y sin hacer ningún ruido. Cuando vio la mariposa posarse en una flor cercana, le arrojó rápidamente una vieja red que encontró en la casa. 

Después de mucho esperar por fin logró atraparla. No había ningún movimiento. Con mucha cautela abrió la red para evitar que la mariposa escapara antes de pedirle el deseo. Pero la mariposa no podía huir, tenía un ala rota, la red era tan pesada que logró dañarla. A pesar que intentaba volar una y otra vez, sus esfuerzos eran en vano y no lograba emprender el vuelo.

Mi abuela cuenta que entristeció enormemente cuando vio esa hermosa mariposa sin poder volar. Ese día lloró amargamente y se lamentó haberla lastimado, y le decía una y otra vez palabras que salían del fondo de su corazón: —Lo siento, lo siento mucho, no quería hacerte daño, perdóname por favor…te amo bella mariposa.

En ese momento, no sabía si la mariposa moriría prontamente, así que decidió pedirle su deseo antes que fuera demasiado tarde. Mirando a la frágil mariposa que sufría por su ala herida, sin dudarlo un segundo le dijo:

—Te he esperado mucho tiempo mientras he cuidado miles de flores para ti. Tú eres una hermosa mariposa mágica, que concede un deseo del corazón, yo te pido con amor y gratitud por tu gran belleza que... puedas volver a volar.

En ese momento ocurrió la magia; una de las lágrimas de la abuela se convirtió en esfera de luz y rodó rápidamente hasta el ala de la mariposa, al llegar a ella toda la mariposa se encendió en una hermosa luz, y pronto logró emprender su melodioso vuelo.

La abuela estaba feliz de verla nuevamente volar. Era verdad, la mariposa concedía el deseo. Ese fue el último día que vio a la mariposa azul en su jardín. 

Aunque la abuela pensó que con el vuelo de la mariposa, su deseo había terminado, no fue así. Ese día, conoció a su nuevo vecino, un joven de alma buena, que con el tiempo fue su gran amor...mi abuelo.

A veces cuando ayudo a la abuela a arreglar sus flores me dice:

—Aunque nunca veas una mariposa azul, no olvides que la magia está en el verdadero amor.

Y yo, cuando miro a la abuela y al abuelo juntos, sé que es así.

© 2014 Liliana Mora León

Imagen gif: http://www.canalgif.net/Gifs-animados/Insectos-y-gusanos/Mariposas.asp?Page=4

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuento sobre la discapacidad: Un sueño hecho canción



Ramón es un joven que ama cantar. Desde que descubrió la música comenzó a tararear canciones. Las clases de música de los martes y viernes, son sus preferidas. Ahora toca la guitarra, pero sin duda, lo que más adora es cantar.

En ocasiones Ramón se ofrecía para cantar, pero siempre le respondían: —¡NO! !TÚ NO!— Algunos estudiantes dicen que es “raro” o “lento”, y los maestros temen que olvide las canciones o suene desentonado. 

Por lo general, Ramón vivía aislado del resto y era victima frecuente de las bromas y los malos tratos de otros estudiantes. Pero él tenía un gran sueño que lo mantenía motivado a pesar de todo.

El concurso de música del colegio era la gran oportunidad que tenía Ramón para cumplir su sueño. Los concursantes tenían que enviar una grabación de su canción y utilizar un seudónimo. Los sobres con los nombres reales, permanecerían sellados hasta el día de la premiación.

Así que puso manos a la obra. Después de pensarlo, eligió la canción, la ensayó una y otra vez, y con la ayuda de su padre la grabó. El mismo quedó sorprendido cuando escuchó su voz por primera vez en una grabación, estaba tan feliz, que brincó de alegría por todos lados al sentir que podía ser el ganador.

Después de varias semanas de una larga espera, por fin llegó el día de la premiación. La calificación del jurado era importante, pero también contarían los aplausos del público para definir al ganador.

Al iniciar la canción de Ramón, nadie lograba reconocer aquella hermosa voz; grandiosa, clara y con una fuerza increíble. Al concluir la canción todos comenzaron a aplaudir emocionados, nunca habían escuchado en el colegio algo así.

—¡Uff, tengo suerte que nadie sepa quién canta! —pensaba Ramón—, de lo contrario nadie me aplaudiría, ellos creen que soy un tonto.

Aún faltaba la decisión final del jurado, quienes después de deliberar un corto rato, dieron así el nombre del ganador:

— Por decisión unánime del jurado el ganador del concurso de la canción es: “Soñador”.

—¡Ese es! ¡Ese es! ¡Ese es! —coreaban todos mientras aplaudían.

Después de más vivas y más aplausos, todos guardaron silencio a la espera de conocer el nombre real de “Soñador”. Mientras; el rector subió a la tarima, abrió el sobre sellado, y sin salir del asombro expresó:

—El ganador del concurso del mejor cantante es… Ramón Pérez García, de séptimo grado.

Al oír el nombre, los compañeros de salón y profesores de Ramón, quedaron asombrados y con la boca abierta, ¡No lo podían creer! Nunca imaginaron que aquel joven pequeño, con ojos achinados y extremadamente tímido, fuera el ganador.

Cuando salió feliz a recibir el premio, los más sorprendidos fueron aquellos que lo molestaban diciéndole: “Ramón el mongol”, no porque fuera de Mongolia, sino porque nació con una rara enfermedad que algunos despectivamente llaman “mongolismo”. Ellos recibieron una gran prueba que él no era ningún tonto.

Desde ese día, todo cambió para Ramón, ya no era el chico raro y lento que muchos discriminaban, sino un gran triunfador. Todos querían tenerlo de amigo, más aún, después que ganó un concurso en la televisión nacional. 

Ramón, sigue cosechando éxitos y demostrando al mundo que alcanzar los sueños es posible para quien cree en ellos...no importa lo que piensen o digan los demás.

©Liliana Mora León

jueves, 18 de septiembre de 2014

Cuento sobre la perseverancia: El viaje al Cotopaxi




En la excursión de fin de curso, el profesor daba las explicaciones al grupo antes de iniciar el ascenso de la montaña:

—El Cotopaxi es una montaña majestuosa del Ecuador. Según los datos históricos, ha perdido gran parte de su nieve por el calentamiento global —dijo el profesor—. Nadie sabe a ciencia cierta, en cuanto tiempo perderá toda la nieve. ¡Esta puede ser su última oportunidad para conocerla!

Después de las palabras del profesor, todos los chicos bajaron del autobús, organizaron sus morrales y comenzaron a subir la montaña;  estaban llenos de ganas y entusiasmo por conocer la nieve en su país tropical. Pero con el avance del tiempo, los pasos eran muy lentos con cada metro que se ascendía; respirar costaba más trabajo y avanzar era una tarea realmente complicada.

Muchos se fueron quedando por el camino, algunos decidieron devolverse al autobús; otros llegaron solo hasta el primer refugio y decidieron quedarse allí, tomando una bebida caliente.

Solamente tres estudiantes continuaron el ascenso. Ninguno sabía que tanto tiempo faltaba para llegar a la cima. Uno de los jóvenes ya cansado comenzó a preguntase:¿qué pasará si el autobús nos deja?¿quién vendrá a rescatarnos si nos pasa algo?¿existirá algún animal peligroso cerca a la cima?... Lleno de dudas y miedos, decidió parar y no continuar el ascenso, a pesar de la insistencia de sus amigos.

Mientras él se hacía preguntas y preguntas, veía a sus compañeros continuar el camino y desaparecer en la distancia. Después de casi una hora ya estaba oscureciendo; el sol se había ocultado y la noche estaba llegando. De pronto, el joven comenzó a escuchar voces, pensó que eran otros caminantes que descendían. Poco a poco se fueron acercando al sitio donde él estaba, y al escuchar con atención reconoció las voces de sus amigos.

Ellos ya regresaban felices y hablaban de lo hermosa que era la nieve en la cima de la montaña; de la sensación de estar allá arriba con el sonido del viento; de lo blanca y radiante que era la nieve y de lo mucho que se divirtieron jugando con ella.

El joven entristeció enormemente, le faltaba tan poco para llegar a la cima. Lamentaba haberse dado por vencido antes de tiempo.

—Por miedo he perdido ésta oportunidad —pensó para sí mismo—. Pero la próxima vez no abandonaré la subida y conoceré la nieve del Cotopaxi —se propuso a sí mismo antes de regresar al refugio.


©Liliana Mora León

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuento sobre la perseverancia: La flor de los sueños

Hace muchos años en una hermosa tarde del mes de agosto, Ana ensayaba en el jardín sus últimos pasos de baile, mientras su madre descansaba tomando el sol. Nunca se imaginó que ese día descubriría algo mágico.
—Mamá, cuando sea grande quiero ser una gran bailarina —le dice Ana.
—Hija, si es lo que más te gusta hacer, hazlo siempre que quieras —le responde la madre.
—Sííí…, adoro bailar, y quiero ser muy famosa y salir en la televisión —dice Ana, dando vueltas y vueltas, como si ya estuviera ante las cámaras.
—La vida es el tiempo que te regalan para cumplir tus sueños —le responde la madre—. Y cuando haces lo que amas, eres feliz.
La madre se levantó de la mecedora donde descansaba y caminó a un lugar del jardín, donde estaban esparcidas flores amarillas y otras que parecían pequeños globos blancos, desde allí le dijo:
—Ven Ana, quiero enseñarte algo mágico.
Ante la magia, Ana abandonó inmediatamente la danza y corrió al rincón de las flores.
—¿Sabes cómo se llama ésta flor? —le preguntó la madre.
—No lo sé—respondió la niña—. Es una flor muy rara.
—Sí, es rara porque es una flor mágica —dice la madre, mientras toma una del suelo.
—¿Por qué es mágica? —preguntó la niña, sorprendida de que una flor de su jardín pudiera producir magia.
—Es mágica porque es la flor de los sueños ­—responde la madre—. Puedes pedirle un deseo para que algún día se convierta en realidad. ¿Quieres pedir el tuyo? —preguntó la madre.
—Sí, claro que sí —responde Ana, muy emocionada.
—Toma la flor con tus manos y colócala frente a tu cara, cierra los ojos y desde el corazón pídele lo que sueñas,…luego sopla y cuando termines abre los ojos.
Ana, siguió las indicaciones de su madre, y pidió ser una gran bailarina. Sopló muy fuerte y profundo, tan fuerte y profundo como su deseo de ser bailarina, y al abrir sus ojos el globo blanco había desaparecido completamente.
—Así como el viento fuerte de agosto eleva las cometas, elevará también tus sueños, y los hará llegar muy lejos —explicó la madre.
—¿Es tan fácil? —preguntó Ana.
­—Es fácil, pero debes estar muy atenta y nunca abandonar tu sueño —explica la madre—. Cada espiga blanca que hoy lanzaste al cielo, son las semillas de tus sueños. A lo largo de tu vida debes descubrir las señales que te mostrarán el camino para alcanzarlo.
­—Mamá, y ¿cómo sabré que voy bien? —preguntó Ana.
—Hija, cuando el camino que eliges trae alegría a tu corazón es el camino correcto.
Desde ese día, Ana amó a las pequeñas flores que crecían libres en cualquier lugar de la ciudad, y cada vez que las veía recordaba su sueño de niña. Eran tantas, que se alegraba que todos pudieran tener una para pedir por sus sueños.
Después de muchos años de practicar y practicar, y de seguir las señales que en su corazón sentía, Ana llegó a ser una famosa bailarina, y siempre agradeció a su madre el enseñarle la magia de creer en las flores de los sueños.


             © 2014 Liliana Mora León