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jueves, 20 de febrero de 2020

Un pollo un poco loco


Esta es la historia de un pollo un poco loco que quería ser millonario y cuyo final a muchos logra trasnochar.

A decir de las gallinas aquel pollo era buenmozo, con sus plumas coloridas como un ave real y una cresta roja puntiaguda que lo coronaba cual rey. Caminaba con elegancia, poniendo una pata detrás de la otra y mirando siempre adelante. Muy orgulloso se pavoneaba de aquí para allá y se dejaba admirar.

Aumentando el encanto, su cantar era de un gran tenor. Lo llegaron a llamar: El Pavarotti Emplumado. Tenía tal repertorio, que dejaba a todas las damas con el pico abierto tras escuchar sus canciones.

Pero aquel gallo odiaba madrugar a cantar. Él prefería quedarse en el nido dando vueltas antes que trabajar más horas que el sol. Así fue haciendo fama de holgazán pero a él eso no le daba mucho afán.

Lo que sí le quitaba el sueño era su gran deseo de ser millonario. Aquella obsesión no lo dejaba dormir en paz; pensaba que belleza y fortuna tenían que ir de la mano. Pero quería llegar a ser muy rico sin el sudor de sus plumas o el trinar de su gaznate.

Movido por tal deseo, preguntaba a todos sobre reinos y tesoros, y así escuchó historias como: La Leyenda del Rey Midas, El Pirata Morgan y La Gallina de los Huevos de Oro; cuentos que lo dejaron con ideas raras en la cabeza.

En sus noches de desvelos ya no contaba ovejas sino huevos en todas sus formas: fritos, revueltos, pochados, rancheros, estrellados, picantes, rellenos, frescos, fermentados, rojos, verdes, amarillos, mexicanos, napolitanos, turcos, rusos, chinos…la lista era más larga que todos los países del mundo.

Después de mucho pensar recetas y más recetas, y luego de calcular los habitantes del planeta, llegó a la conclusión que vendería más de 7 millones de millones de huevos cada día. Con tal fortuna sería el pollo más rico de la tierra, mucho más que cualquier rey o pirata.


Convencido de su plan, se dio a la tarea de producir huevos. Quería tener los más grandes, unos jamás vistos y que la gente pagaría a precio de oro.

Al escuchar sus ideas, todos en el gallinero le decían que los gallos no ponen huevos; pero él estaba convencido que convertirse en gallina sería tarea fácil.

Comprometido con su meta era el primero en llegar al desayuno y devoraba todo el maíz que encontraba, hasta que no le cabía ni un grano más en el buche.

Con el pasar de los días y los meses entendió que su plan no estaba funcionando; ningún huevo, ni grande ni chiquito, llegó a salir. Sólo ganó una gran panza de tanto comer y así fue perdiendo su esbelta figura.

Pero una batalla perdida no era el fin de la guerra. Así que ideó un nuevo plan para hacerse rico sin trabajar y repetía una frase que escuchó por allí: “Piense y Hágase Rico”

Así lo hizo, pensar era sencillo. Encontró un nido, acomodó su rabadilla y pasaba allí desde el amanecer hasta el atardecer, con los ojos cerrados imaginando huevos y dinero. Al verlo así, muchos pensaron que el gallo se había vuelto loco.

Aquel esfuerzo del pollo parecía en vano y de tanto estar sentado le dolía la puntica del rabo. Hasta que un día comenzó a sentir un fuerte retorcijón en las tripas. Cacareó y cacareó varias veces de dolor y sintió que por fin algo salió de él.

Orgulloso se levantó feliz, abrió los ojos, agachó su cabeza y miró entre sus patas esperando observar un gran huevo. Asqueado quedó cuando miró un líquido viscoso, verduzco y maloliente, que le escurría desde su cola hasta la punta de sus dedos y más allá.

Un día después, estudiando a las gallinas descubrió que cacareaban de manera distinta antes de poner un huevo. Y concluyó que aquello podía ser un conjuro mágico para crear huevos de la nada.

Paró oído, aprendió sílaba por sílaba, repitió una y otra vez, y tras horas de ensayo pasó del agudo y potente Kikirikííí de tenor emplumado, a un grave y quejoso cro cro croooo de gallina clueca.

Con tan mala fortuna que aquel conjuro tampoco funcionó, y de su barriga mágica ningún huevo salió. Pero eso sí, de tanto imitar a las gallinas, se puso ronco y daba pena escucharlo cantar como un gallo con gripa.


Ahora estaba casi mudo, al irse su voz marcharon con ella sus viejas fanáticas. Dolido del rechazo de aquellas pollas, que en otra época escurrían las babas por él, decidió que si no podía poner huevos como una gallina bien podría robárselos.

Poco a poco fue perdiendo la cordura y ganando la locura. Y así cual bandido, pensó en su modus operandi. Comenzó con las gallinas más nobles y despistadas, y después que la pobre abandonaba el nido, con el huevo aún caliente, lo robaba y escondía en su caleta.

Luego, envalentonado fue más atrevido, y no esperaba que la gallina se marchara, sino a pico armado las amenazaba para que le entregaran sus huevos, y así lo hacía de nuevo.

Después de un tiempo, cuando logró juntar un buen botín, decidió que lo vendería en el mercado negro. Esa noche, se armó tal alboroto en el gallinero que el gallo pensó que lo lincharían.

Pero no fue así; el ladronzuelo era otro, un viejo zorro que daba vueltas alrededor del gallinero lambiéndose la trompa. Tenía tan llena la barriga que, tras sonreír, se marchó muy tranquilo.

A la mañana siguiente, el gallo salió presuroso y tamaña sorpresa lo esperaba en su escondite: cáscaras rotas y huevos revueltos por todos lados. Al ver que no quedaba ni uno bueno el fortachón lloró un montón.

Tras varios días retomando fuerzas volvió a robar. Esta vez fue por un botín mayor; observó a una gallina que se alejaba, la siguió sigiloso y pudo comprobar que tenía un nido con muchos…muchos huevos.

El corazón se le aceleró al pensar que por ellos pagarían gran dinero. Por fin su suerte había cambiado de la noche a la mañana.


Esperó con paciencia a que doña gallina saliera a beber agua y cuando la vio lejana, se apresuró a saquear aquel nido. Todo marchaba de maravilla, pero cuando estaba en el hurto uno de los huevos comenzó a romperse y de él se asomaba la cabeza de un pollito que comenzó a piar desesperado: pio pio pio pio pio….

Al escuchar el llamado angustioso que no paraba, mamá gallina corrió como gacela. Embravecida llegó al nido, y nadie sabe a ciencia cierta qué pasó en ese lugar, pero aquel ladrón salió con el orgullo mal herido y sin ganas de volver a robar.

El siguiente amanecer, mucho antes que brillara el sol, comenzó el canto lloroso de un gallo que nunca calla, y que sólo pueden escuchar...¡Los locos que quieren ser ricos sin trabajar!



Liliana Mora León © 2020

miércoles, 5 de abril de 2017

Cuento sobre el amor al prójimo: El amor de mamá gallina


En la granja, los pollitos se preguntaban si mamá gallina los quería tanto como antes. Parecía que en los últimos días, ella ya no los amaba igual. Había decidido que ninguno de sus hijos volvería a dormir bajo sus alas.

Aunque, los pollitos ya estaban bastante crecidos, adoraban dormir bajo el calor de mamá. Pero ella, siendo una gallina con mucho conocimiento, sabía que había llegado el tiempo para que durmieran cada uno en su propia cama.

Desde que salía el sol hasta que se escondía, mamá gallina trabajaba en el jardín. En las primeras horas del día, ella escarbaba la tierra con su pico, buscaba allí y allá, y conseguía gusanos y lombrices para sus pollitos. Una vez alimentados y felices, ella continuaba su labor.

Mamá gallina era la más trabajadora de toda la granja, no tomaba ningún descanso, ni se daba una siesta, como sí lo hacían: la vaca, la oveja, el cerdo y otros más. Ella nunca paraba, exploraba todos los prados seleccionando la paja más fina para construir una cama para cada hijo.

Pero, al intentar entrar la paja al gallinero, se dio cuenta que otras gallinas y el gallo Quiquiriquí, no querían más habitantes en ese lugar. Ella estaba muy enojada, sabía que sus pollitos serían cazados por algún zorro o perro salvaje si dormían afuera.

Entonces, encaró a las gallinas y a don gallo que se abalanzaron contra sus pollitos. Con fuertes picotazos los defendía a todos. Era tal el amor por sus hijos, que sacó fuerzas profundas y logró elevarse del suelo más de un metro. Como un pájaro grande, volaba con sus alas abiertas, así alejó a las otras gallinas de sus pollitos. Al verla parecía tener el valor de un águila…un águila con cresta.

Se armó tal alboroto, que todos los animales se enteraron de la pelea. En la historia de la granja, nadie había visto a una gallina tan valiente, defendiendo el derecho de sus polluelos a tener un lugar en el gallinero. La vaca la admiró como al toro más fuerte, y la oveja le temió como al lobo más feroz.

Poco a poco, uno a uno, los que se oponían fueron cediendo. El último en rendirse fue el gallo, quien al final dio un Quiquiriquí y voló de allí. Después de una larga lucha, mamá gallina pudo ingresar con cada uno de sus pollitos. ¡Había ganado esa batalla!

Al terminar la gran pelea, mamá gallina aunque cansada y algo malherida, construyó con mucho amor las camas para sus hijos. Consiguió la paja más delicada y la organizó hasta lograr un suave colchón. 

Así, en la primera noche en el gallinero, cada uno de los pollitos eligió su cama preferida. Luego, ella los acomodó, les dio un pico de buenas noches, y permaneció en la oscuridad protegiendo a sus chiquillos.           

Al avanzar la madrugada, mamá gallina observó que sus pollitos tiritaban de frío. No tenían mantas ni cobijas que utilizar, y las plumas de los pequeños aún eran chicas y delgadas para protegerlos de la baja temperatura. Tampoco podían dormir bajo sus alas, habían crecido mucho y algunos quedarían fuera.

Mamá gallina lo pensó un poco, y halló una solución. Trabajó con mucho cuidado, y sudó de dolor hasta que terminó la tarea. Al poco tiempo, los pollitos dejaron de temblar y pudieron dormir tranquilos.

En el amanecer, cuando el gallo inició su canto, y el sol comenzó a brillar, uno a uno fueron despertando los pollitos. ¡Todos quedaron asombrados al descubrir que una manta hecha de suaves plumas los protegía!

Ninguno sabía de dónde había aparecido una cobija tan calientita. Pero, al buscar a mamá gallina la encontraron…¡Sin plumas tiritando en un rincón!

Los pollitos no salían de la sorpresa, y ya no dudaron del amor de mamá. Sentían que...¡Mamá gallina era la mejor del mundo!

Ese día, todos en la granja comprendieron que: ¡El amor de mamá gallina no tenía límites!

© 2015 Liliana Mora León

jueves, 5 de noviembre de 2015

Microcuento infantil: El zorro bueno



El zorro bueno sólo huevos comió... 
Hasta que un día ni una gallina halló

© 2015 Liliana Mora León

martes, 22 de septiembre de 2015

Cuento corto de pollitos: La diferencia entre el gallo y la gallina


En la escuela de la granja la profesora preguntó a los pollitos:

­—Chiquillos, me pueden decir: ¿Cuál es la diferencia entre papá gallo y mamá gallina?

Es muy fácil —dijo el primer pollito, hijo de una gallina que trabajaba poniendo huevos­—. Papá gallo, cuando el sol comienza a brillar canta sin parar: Quiquiriquí, Quiquiriquí, Quiquiriquí… Mamá gallina no lo hace así, ella cacarea cuando hace la tarea: Coo, Coo, Coo, Cooooooo…

Luego, respondió el segundo pollito:

— Papá gallo es más grande, muy fuerte y tiene una enorme cresta como la corona de un rey  —explicó el hijo de un orgulloso gallo de pelea—. Mamá gallina es más chica, suave y redondita. Y, con sólo mirarnos, sin decirnos ni pío, nos pone a correr detrás de ella.

Tras escuchar a sus amigos, habló el pollito más pequeño de la clase:

—Cuando llueve papá gallo da un gran brinco, sale corriendo, se esconde rápido en el gallinero y en un rincón comienza a temblar. En cambio, mamá gallina nos guarda bajo sus alas hasta que la lluvia se va... ¡Mamá gallina no le tiene miedo a nada!

© 2015 Liliana Mora León

miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuento de amor a los animales : Kiko el gallito temeroso



Hace un tiempo, en una vieja granja del oeste, vivía Kiko; un gallo joven que no sabía cantar y mucho menos pelear. Era el pollo más temeroso que existió en aquel lugar, y para el dueño de casa, un gallo tan vergonzoso como ese, sólo podía tener un pronto final en el fogón.

El miedo de Kiko comenzó una mañana cuando tomaba su desayuno,  un gallo más grande y fuerte que él, se lanzó inesperadamente y le dio picotazos y golpes con sus grandes alas mientras le robaba su comida. Luego de la golpiza, lo amenazó: —Si le dices algo a tu mamá…la próxima vez te irá peor.

Con mucho valor y venciendo el miedo a lo que pudiera pasar, le contó a su mamá. Para su sorpresa, ella le respondió: ­—Ya estás grande, tienes que resolver solito tus problemas­—. Kiko se sintió triste al escucharla, estaba seguro que de ahora en adelante no tendría la ayuda de doña gallina.

Otra tarde, recibió una paliza peor que la primera. Kiko quedó mal herido, con las plumas rotas y una pata coja. Pero se armó de más valor y decidió contarle esta vez a su papá, esperando que él lo defendiera. Su padre, un famoso gallo de pelea bastante enojón, después de escucharlo, de mal genio le contestó:



 —Esa es la forma como los gallos aprender a pelear, eres un gallo y no una gallinita —se burló del hijo mientras batía sus alas y su cola, y hacía ruido como una—; la próxima vez que me vengas con esos cuentos, seré yo quien te coja a picotazos…¡Aprende a ser un gallo de verdad!¡Eres una vergüenza para esta familia!

Las palabras de papá gallo no lo dejaron nada aliviado, parecía que pelear era bueno para los demás, pero Kiko odiaba entrar a picotazos con otros gallos: ¡Él adoraba vivir en paz! Ese día decidió que era mejor callar y aguantar los golpes de los gallos granujas y grandulones.

La hora preferida para los ataques al pequeño, era la hora de la comida, y a punta de golpes lograban quitarle todo los granos de maíz que kiko quería llevar a su pico. El joven gallo estaba cada vez más flaco, daba pena verle los meros hueso cubiertos de plumas.

Su peor momento de terror, fue una noche de noviembre, cuando entró un astuto zorro al gallinero y lo agarró entre sus dientes. El animal cazador al sentirlo tan flaco y huesudo, prefirió soltarlo y  agarrar una gallina más gordita y más sabrosa. Pero Kiko, aturdido por lo ocurrido, quedó paralizado del miedo, estaba completamente mudo y desde esa noche no volvió a decir ni pio.

Todos se burlaban de él; ¡El gallo que no peleaba y no cantaba al amanecer! Pero una mañana todo cambió para Kiko. Cuando sin esperarlo, alguien lo defendió de los demás gallos que a picotazos le robaban su alimento. Miró a su defensor y encontró a un pequeño niño: Manuel, el hijo menor del dueño de la granja.

—Chite…corre…vete de aquí, aléjate, déjalo en paz —les gritaba el niño a los otros gallos y gallinas, mientras los perseguía con un palo y todos revoloteaban por ahí.

Por primera vez, Kiko pudo comer en paz y llevarse varios granos de maíz al buche…Con la barriga llena, se sentía más feliz, y con una enorme energía para correr hasta el atardecer.

Ese fue el primer día del resto de la vida de Kiko, sintió que alguien lo defendía en sus peores momentos. Sorprendido, se hizo más fuerte aquella mañana, ya no estaba solo en el mundo como él pensaba…Eso lo llenó de valor.

A la mañana siguiente, después del salir el sol, de  nuevo estaba Manuel en las puertas del gallinero. Aún en pijama y con la cara somnolienta, vigilaba que ningún gallo le quitara su comida a Kiko. Pero al intentar acercarse al gallito, éste, pensado que también lo golpearía salió huyendo y se escondió entre la paja…

El niño se puso a la tarea de aproximarse al animal. Cada día se ubicaba un paso más cerca del pollo. Hasta que un martes, cuando el gallito comía desprevenido, le tocó suavemente la cabeza. Era la primera vez que el Kiko sentía la ternura de una caricia…y de alguna manera quería estar allí cerrando sus ojos, y sintiendo aquel calorcito.

Días después, Kiko se sorprendió esperando a Manuel, quien nuevamente se le acercó y le tocó su cresta, y mientras le acariciaba sus plumas, le dijo unas palabras que el pollo nunca más olvidó: ¡Eres un lindo gallito! ¡Eres un gallito muy bueno!


Sí, Kiko escuchó cosas bonitas sobre él. Y eso lo hizo sentir muy bien. Algo cambió aquel día: se paró más derechito, extendió su largo pescuezo y levantó la cabeza, ya no caminaba mirando el piso, daba pasos más firmes, y parecía más grande y fuerte…¡Sentía que él también era especial!

La amistad entre Manuel y Kiko fue creciendo poco a poco. Hasta que llegaron a ser casi inseparables. Kiko caminaba detrás del pequeño y lo acompañaba a todas partes. Y aunque los demás gallos se burlaban y lo llamaban “perrito faldero”, a él no le importaba, tenía un buen amigo, alguien que lo amaba.

Para el dueño de casa, un gallo que no cantaba merecía un pronto final. Así que, una mañana de domingo llegó a sacarlo del gallinero, para preparar con él un delicioso almuerzo. Detrás corría Manuel, que con llanto le decía a su papá:

—¡Déjalo, ese es mi gallo! —luego le gritaba—, No pueden comerse mi pollo! ¡Él es mi amigooo...!

Después de mucho llanto, el niño logró convencer a su padre de soltar a Kiko. Y aunque lo dejó libre, le puso una condición, que pensó nunca lograría cumplir:

­—Si quieres que este gallo viva, tiene que aprender a pelear y a cantar —luego agregó con voz decidida—, tienes siete días, ni uno más, ni uno menos.

Después, de lo dicho por su padre, Manuel se dio a la tarea de enseñar al gallo. Sin pensarlo y sin experiencia, se convirtió en profesor. Pero, por más que lo intentaba, no lograba que Kiko fuera un gallo de pelea.



Se le ocurrió llevar a Kiko a una granja vecina, para que aprendiera de otros gallos. Al intentarlo, dos feroces perros lo persiguieron enojados hasta la cerca. Mientras Kiko, ante el miedo de ser mordido por aquellos canes, temblaba como una gelatina y entonaba un leve Ko..Ko..Ko…

—Por lo menos...¡Hoy dijo algo! —pensó Manuel mientras Kiko todavía tembloroso y negro del miedo, sentía que algo se destrababa en su garganta.

El viernes muy temprano, Manuel tomó el gallo con una mano, y con la otra trepó con dificultad a un árbol, un roble cercano. Cuando estaba en una rama alta, lanzó el gallo al aire, pensando que ante el miedo, reaccionaría igual que lo hizo ante los perros.  Pero Kiko solo repetía Ko..Ko…Ko…. Al llegar al piso, aún vivo y con las plumas alborotadas, salió corriendo de allí, pensando que Manuel se había vuelto loco y quería matarlo con tremendo susto.

Llegó el sábado. Manuel sabía que sería el último día con su amado gallo. Sin lograr ningún canto ni pelea, el domingo moriría sin remedio.Al principio Kiko, no quería acercarse, pero al poco tiempo, volvió a recordar que él era su amigo.

Manuel, lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le pidió perdón por lanzarlo desde el árbol. Luego, llegó la diversión: jugaron, saltaron, corrieron, comieron y bebieron, hicieron una larga siesta entre el pajar y fueron felices como nunca.

Al atardecer, antes que Kiko volviera al gallinero, Manuel se despidió de su plumado amigo:

­—¡Fue un hermoso día! —y luego con  un gran abrazo y lágrimas en los ojos le dijo con voz entrecortada—¡Te extrañaré toda la vida, eres el mejor amigo que he tenido!

Kiko no entendía muy bien lo que pasaba y permaneció breves minutos entre los brazos del niño antes de entrar al gallinero.

Fue una noche larga para el niño, daba vueltas y vueltas en su cama, con los ojos abiertos, escuchando los diferentes ruidos del campo. Los perros aullaban de vez en cuando, los grillos entonaban su trinar sin descanso, y la lechuza sonaba en el viejo eucalipto...¡El único que no hacía ruido era Kiko!

Poco antes que saliera el sol, los gallos lejanos comenzaron a cantar. Manuel saltó de la cama y corrió al gallinero, convencido de poder detener a su papá; quien al punto de las seis de la mañana estaba en las puertas del lugar, listo y preparado para llevarse a Kiko.

El pequeño niño, se aferró fuertemente a la camisa de su papá y tirado en el piso evitaba que  su padre avanzara fácilmente…Kiko lo observaba todo desde adentro.

El padre de Manuel, bastante enojado, daba gritos al pequeño y con una mano tomó la correa de sus pantalones y le dio un gran latigazo en la cola. El niño lloró muy fuerte por el dolor, y entre lágrimas y sollozos pedía: ¡Canta Kiko!¡Canta Kiko!¡Canta…por favor!

¡Pero Kiko no cantó! En ese momento,  el gallito se lanzó contra el padre de Manuel y le daba picotazos…parecía el gallo más bravo de pelea de toda la región…luchó y luchó hasta que logró que el hombre soltara al niño…Todos los animales se quedaron admirados al ver el valor de aquel gallito.



Una vez liberado Manuel de su rabioso padre, Kiko subió al lugar más alto del gallinero: extendió su cuello, respiró profundo, abrió su picó y cantó una vez y después otra: Quiquiriquí… Quiquiriquí… Quiquiriquí…¡Entonó su canto tan fuerte que se escuchó hasta el pueblo más lejano!

Manuel, a pesar del fuerte dolor, estaba feliz y sonrió al escuchar a su amigo cantar…¡Lo habían logrado!. Kiko se salvó de terminar cocinado en el fogón.

Desde ese día ningún animal de la granja volvió a maltratar a Kiko. ¿Quién querría meterse con el gallo que venció al hombre?. Tampoco el padre de Manuel volvió a golpear al niño, cada vez que lo intentaba, estaba allí su más fiel defensor.

La familia del gallito estaba muy feliz. Su padre, el famoso gallo de pelea, sacaba el pecho orgulloso de tener un hijo tan valiente. Quería que Kiko participara en peleas, llegara a ser un gran campeón y ganara trofeos y medallas. Pero su hijo, nunca más volvió a pelear...

Desde que descubrió su voz, lo que Kiko amaba era cantar. En cada amanecer, desde el gallinero, despertaba con melodioso canto a todos en la granja y también a sus vecinos. 

—¡El amor hace cantar a cualquiera! ­— pensaba Manuel, cuando desde su cama escuchaba a su amigo.

Kiko, fue el único gallo que en la granja murió de viejo. Manuel lo despidió con lágrimas y flores, y lo enterró bajo el viejo roble, aquel desde el cual lo lanzó un día al aire. Para recordar su tumba, en una pequeña tabla de madera, le escribió con un lápiz negro de la escuela: “Kiko, mi más valiente amigo, al que nunca le gustaron las peleas”.

Liliana Mora León