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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuento sobre la guerra: ¡Capitán es un héroe!


Para todas las víctimas de las minas antipersonas en Colombia.
 A ellos, verdaderos héroes que se sobreponen al dolor, 
trabajan con tesón y sueñan con un país en paz. 


Alcalde:

Quiero pedirle el favor que me ayude a encontrar a mi perrito. Él no es un perro cualquiera: ¡Capitán es un Héroe!

Se perdió el lunes mientras yo estaba en la escuela. Creo que salió a la calle a buscarme, como lo hacía allá en mi pueblo: Samaniego. Él me  esperaba en el camino y corría como un loco cuando me veía llegar al alto. En Bogotá vivimos en otra loma: Ciudad Bolívar, parece un pueblo más pobre que el mío. Tal vez, mi perro se perdió buscando algún árbol para alzar la pata y orinar, aquí no hay árboles sólo postes de la luz.

Alcalde, dese prisa, la vecina me dijo que a los perros que encuentran en las calles: los atrapan con una malla, los meten en un camión y en la perrera los matan con una inyección. ¡Yo no quiero que Capitán muera! Si mi perro está en ese horrible lugar, por favor, mándelos: ¡Qué no le hagan nada malo a mi perro!

Él no tiene la culpa de querer andar libre por las calles. Cuando Capitán era pequeño: vagaba feliz por cualquier finca de la vereda, saltaba cercas, se agarraba con otros perros, jugaba en la quebrada y corría tras las gallinas, los gatos y las ovejas. Allí vivíamos tranquilos, hasta que la guerrilla plantó minas por todos lados.

Un sábado, allá en mi tierra, cuando salimos para jugar fútbol con mis amigos, Capitán se nos adelantó y comenzó a ladrar. Al intentar dar un paso se nos paraba delante y no nos dejaba seguir, ladraba y ladraba, estaba furioso, creíamos que tenía la rabia. La única que logró cruzar fue una gallina saraviada, y en pocos segundos, tras un estallido más fuerte que el de la pólvora de las fiestas, sus plumas explotaron por todos lados.

Esa  misma semana salimos huyendo. Unos hombres, vestidos de militares con un trapo negro en la cara y un fusil al hombro,  buscaban a mi taita para matarlo. Querían asesinarlo porque se negaba a pagar la plata, que cobraba la guerrilla, por la mina que explotó la gallina saraviada.

El único animal que empacamos fue a Capitán ¿Cómo dejarlo tirado si me había salvado la vida? Aunque el chofer del bus no lo quería traer a la capital, mi taita le pagó un tiquete sólo para él, y se vino todo un día y una noche, sentado a mi lado con la jeta triste… ¡Todos estábamos tristes de abandonar el rancho!

Alcalde, sé que encontrar a mi perro en una ciudad tan gigante, costará mucho dinero. Yo sólo tengo algunas monedas ahorradas, de lo que gano jornaleando ayudando a mi papá: reciclando chatarra, botellas y papel de la basura. Aquí no tenemos tierra y mi padrecito no sabe hacer nada más que: sembrar tomate de árbol, plátanos y granadillas; o criar gallinas, conejos y ovejas.

En la capital todo es diferente. He visto en el noticiero que la policía ofrece mucha plata para encontrar a personas que hacen cosas malas: ¿Por qué no ofrece una recompensa para encontrar a un perro bueno como el mío?

Me gustaría que Capitán volviera a casa, lo hecho en falta. Ojala algún día todos podamos volver a mi pueblo. Pero si usted le salva la vida o lo topa, puede quedarse con él. De seguro estará orgulloso de tener a un perro tan valiente. Y así, el Capitán, podrá comer tres veces al día, en casa sólo hay dinero para el desayuno o la comida.

Si lo manda a trabajar con los soldados, Capitán hallará más minas en Samaniego. Él evitará que a otros les pasé lo que Rafael: un niño de mi escuela que perdió un brazo cuando estalló una mina, nunca más pudo volver a tocar el clarinete en la banda del pueblo. ¡Esas cosas hacen mucho daño! 

¡Alcalde, Ayúdeme por favor! Para que usted conozca a Capitán, y no lo confunda con otro perro, le mando una foto que le tomó la vecina. Carga un trapo amarillo amarrado al cuello. Tiene enormes ojos cafés, tan grandes como los de una vaca moza. 

Si lo encuentra, avísele a mi maestra Rosario, en el Colegio Arborizadora Alta de Ciudad Bolívar. Donde pagamos arriendo no tenemos teléfono. 

¡Gracias señor Alcalde de la capital!

Juan Inocencio Bolívar


© 2015 Liliana Mora León

Imagen: Foto de perro criollo del Albergue Zamora -http://alberguezamoradoggy.tumblr.com/

miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuento de amor a los animales : Kiko el gallito temeroso



Hace un tiempo, en una vieja granja del oeste, vivía Kiko; un gallo joven que no sabía cantar y mucho menos pelear. Era el pollo más temeroso que existió en aquel lugar, y para el dueño de casa, un gallo tan vergonzoso como ese, sólo podía tener un pronto final en el fogón.

El miedo de Kiko comenzó una mañana cuando tomaba su desayuno,  un gallo más grande y fuerte que él, se lanzó inesperadamente y le dio picotazos y golpes con sus grandes alas mientras le robaba su comida. Luego de la golpiza, lo amenazó: —Si le dices algo a tu mamá…la próxima vez te irá peor.

Con mucho valor y venciendo el miedo a lo que pudiera pasar, le contó a su mamá. Para su sorpresa, ella le respondió: ­—Ya estás grande, tienes que resolver solito tus problemas­—. Kiko se sintió triste al escucharla, estaba seguro que de ahora en adelante no tendría la ayuda de doña gallina.

Otra tarde, recibió una paliza peor que la primera. Kiko quedó mal herido, con las plumas rotas y una pata coja. Pero se armó de más valor y decidió contarle esta vez a su papá, esperando que él lo defendiera. Su padre, un famoso gallo de pelea bastante enojón, después de escucharlo, de mal genio le contestó:



 —Esa es la forma como los gallos aprender a pelear, eres un gallo y no una gallinita —se burló del hijo mientras batía sus alas y su cola, y hacía ruido como una—; la próxima vez que me vengas con esos cuentos, seré yo quien te coja a picotazos…¡Aprende a ser un gallo de verdad!¡Eres una vergüenza para esta familia!

Las palabras de papá gallo no lo dejaron nada aliviado, parecía que pelear era bueno para los demás, pero Kiko odiaba entrar a picotazos con otros gallos: ¡Él adoraba vivir en paz! Ese día decidió que era mejor callar y aguantar los golpes de los gallos granujas y grandulones.

La hora preferida para los ataques al pequeño, era la hora de la comida, y a punta de golpes lograban quitarle todo los granos de maíz que kiko quería llevar a su pico. El joven gallo estaba cada vez más flaco, daba pena verle los meros hueso cubiertos de plumas.

Su peor momento de terror, fue una noche de noviembre, cuando entró un astuto zorro al gallinero y lo agarró entre sus dientes. El animal cazador al sentirlo tan flaco y huesudo, prefirió soltarlo y  agarrar una gallina más gordita y más sabrosa. Pero Kiko, aturdido por lo ocurrido, quedó paralizado del miedo, estaba completamente mudo y desde esa noche no volvió a decir ni pio.

Todos se burlaban de él; ¡El gallo que no peleaba y no cantaba al amanecer! Pero una mañana todo cambió para Kiko. Cuando sin esperarlo, alguien lo defendió de los demás gallos que a picotazos le robaban su alimento. Miró a su defensor y encontró a un pequeño niño: Manuel, el hijo menor del dueño de la granja.

—Chite…corre…vete de aquí, aléjate, déjalo en paz —les gritaba el niño a los otros gallos y gallinas, mientras los perseguía con un palo y todos revoloteaban por ahí.

Por primera vez, Kiko pudo comer en paz y llevarse varios granos de maíz al buche…Con la barriga llena, se sentía más feliz, y con una enorme energía para correr hasta el atardecer.

Ese fue el primer día del resto de la vida de Kiko, sintió que alguien lo defendía en sus peores momentos. Sorprendido, se hizo más fuerte aquella mañana, ya no estaba solo en el mundo como él pensaba…Eso lo llenó de valor.

A la mañana siguiente, después del salir el sol, de  nuevo estaba Manuel en las puertas del gallinero. Aún en pijama y con la cara somnolienta, vigilaba que ningún gallo le quitara su comida a Kiko. Pero al intentar acercarse al gallito, éste, pensado que también lo golpearía salió huyendo y se escondió entre la paja…

El niño se puso a la tarea de aproximarse al animal. Cada día se ubicaba un paso más cerca del pollo. Hasta que un martes, cuando el gallito comía desprevenido, le tocó suavemente la cabeza. Era la primera vez que el Kiko sentía la ternura de una caricia…y de alguna manera quería estar allí cerrando sus ojos, y sintiendo aquel calorcito.

Días después, Kiko se sorprendió esperando a Manuel, quien nuevamente se le acercó y le tocó su cresta, y mientras le acariciaba sus plumas, le dijo unas palabras que el pollo nunca más olvidó: ¡Eres un lindo gallito! ¡Eres un gallito muy bueno!


Sí, Kiko escuchó cosas bonitas sobre él. Y eso lo hizo sentir muy bien. Algo cambió aquel día: se paró más derechito, extendió su largo pescuezo y levantó la cabeza, ya no caminaba mirando el piso, daba pasos más firmes, y parecía más grande y fuerte…¡Sentía que él también era especial!

La amistad entre Manuel y Kiko fue creciendo poco a poco. Hasta que llegaron a ser casi inseparables. Kiko caminaba detrás del pequeño y lo acompañaba a todas partes. Y aunque los demás gallos se burlaban y lo llamaban “perrito faldero”, a él no le importaba, tenía un buen amigo, alguien que lo amaba.

Para el dueño de casa, un gallo que no cantaba merecía un pronto final. Así que, una mañana de domingo llegó a sacarlo del gallinero, para preparar con él un delicioso almuerzo. Detrás corría Manuel, que con llanto le decía a su papá:

—¡Déjalo, ese es mi gallo! —luego le gritaba—, No pueden comerse mi pollo! ¡Él es mi amigooo...!

Después de mucho llanto, el niño logró convencer a su padre de soltar a Kiko. Y aunque lo dejó libre, le puso una condición, que pensó nunca lograría cumplir:

­—Si quieres que este gallo viva, tiene que aprender a pelear y a cantar —luego agregó con voz decidida—, tienes siete días, ni uno más, ni uno menos.

Después, de lo dicho por su padre, Manuel se dio a la tarea de enseñar al gallo. Sin pensarlo y sin experiencia, se convirtió en profesor. Pero, por más que lo intentaba, no lograba que Kiko fuera un gallo de pelea.



Se le ocurrió llevar a Kiko a una granja vecina, para que aprendiera de otros gallos. Al intentarlo, dos feroces perros lo persiguieron enojados hasta la cerca. Mientras Kiko, ante el miedo de ser mordido por aquellos canes, temblaba como una gelatina y entonaba un leve Ko..Ko..Ko…

—Por lo menos...¡Hoy dijo algo! —pensó Manuel mientras Kiko todavía tembloroso y negro del miedo, sentía que algo se destrababa en su garganta.

El viernes muy temprano, Manuel tomó el gallo con una mano, y con la otra trepó con dificultad a un árbol, un roble cercano. Cuando estaba en una rama alta, lanzó el gallo al aire, pensando que ante el miedo, reaccionaría igual que lo hizo ante los perros.  Pero Kiko solo repetía Ko..Ko…Ko…. Al llegar al piso, aún vivo y con las plumas alborotadas, salió corriendo de allí, pensando que Manuel se había vuelto loco y quería matarlo con tremendo susto.

Llegó el sábado. Manuel sabía que sería el último día con su amado gallo. Sin lograr ningún canto ni pelea, el domingo moriría sin remedio.Al principio Kiko, no quería acercarse, pero al poco tiempo, volvió a recordar que él era su amigo.

Manuel, lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le pidió perdón por lanzarlo desde el árbol. Luego, llegó la diversión: jugaron, saltaron, corrieron, comieron y bebieron, hicieron una larga siesta entre el pajar y fueron felices como nunca.

Al atardecer, antes que Kiko volviera al gallinero, Manuel se despidió de su plumado amigo:

­—¡Fue un hermoso día! —y luego con  un gran abrazo y lágrimas en los ojos le dijo con voz entrecortada—¡Te extrañaré toda la vida, eres el mejor amigo que he tenido!

Kiko no entendía muy bien lo que pasaba y permaneció breves minutos entre los brazos del niño antes de entrar al gallinero.

Fue una noche larga para el niño, daba vueltas y vueltas en su cama, con los ojos abiertos, escuchando los diferentes ruidos del campo. Los perros aullaban de vez en cuando, los grillos entonaban su trinar sin descanso, y la lechuza sonaba en el viejo eucalipto...¡El único que no hacía ruido era Kiko!

Poco antes que saliera el sol, los gallos lejanos comenzaron a cantar. Manuel saltó de la cama y corrió al gallinero, convencido de poder detener a su papá; quien al punto de las seis de la mañana estaba en las puertas del lugar, listo y preparado para llevarse a Kiko.

El pequeño niño, se aferró fuertemente a la camisa de su papá y tirado en el piso evitaba que  su padre avanzara fácilmente…Kiko lo observaba todo desde adentro.

El padre de Manuel, bastante enojado, daba gritos al pequeño y con una mano tomó la correa de sus pantalones y le dio un gran latigazo en la cola. El niño lloró muy fuerte por el dolor, y entre lágrimas y sollozos pedía: ¡Canta Kiko!¡Canta Kiko!¡Canta…por favor!

¡Pero Kiko no cantó! En ese momento,  el gallito se lanzó contra el padre de Manuel y le daba picotazos…parecía el gallo más bravo de pelea de toda la región…luchó y luchó hasta que logró que el hombre soltara al niño…Todos los animales se quedaron admirados al ver el valor de aquel gallito.



Una vez liberado Manuel de su rabioso padre, Kiko subió al lugar más alto del gallinero: extendió su cuello, respiró profundo, abrió su picó y cantó una vez y después otra: Quiquiriquí… Quiquiriquí… Quiquiriquí…¡Entonó su canto tan fuerte que se escuchó hasta el pueblo más lejano!

Manuel, a pesar del fuerte dolor, estaba feliz y sonrió al escuchar a su amigo cantar…¡Lo habían logrado!. Kiko se salvó de terminar cocinado en el fogón.

Desde ese día ningún animal de la granja volvió a maltratar a Kiko. ¿Quién querría meterse con el gallo que venció al hombre?. Tampoco el padre de Manuel volvió a golpear al niño, cada vez que lo intentaba, estaba allí su más fiel defensor.

La familia del gallito estaba muy feliz. Su padre, el famoso gallo de pelea, sacaba el pecho orgulloso de tener un hijo tan valiente. Quería que Kiko participara en peleas, llegara a ser un gran campeón y ganara trofeos y medallas. Pero su hijo, nunca más volvió a pelear...

Desde que descubrió su voz, lo que Kiko amaba era cantar. En cada amanecer, desde el gallinero, despertaba con melodioso canto a todos en la granja y también a sus vecinos. 

—¡El amor hace cantar a cualquiera! ­— pensaba Manuel, cuando desde su cama escuchaba a su amigo.

Kiko, fue el único gallo que en la granja murió de viejo. Manuel lo despidió con lágrimas y flores, y lo enterró bajo el viejo roble, aquel desde el cual lo lanzó un día al aire. Para recordar su tumba, en una pequeña tabla de madera, le escribió con un lápiz negro de la escuela: “Kiko, mi más valiente amigo, al que nunca le gustaron las peleas”.

Liliana Mora León

jueves, 21 de mayo de 2015

Cuento infantil: Atolón y Coralito, una rara amistad


























A veces, una amistad no comienza de la mejor manera. Y eso fue lo que le ocurrió al pelícano Atolón y al pequeño pez Coralito.

Todo sucedió una mañana de invierno, cuando Atolón se despertaba de un largo sueño. Mientras se desperezaba y extendía las alas, oyó un ruido muy singular. Eran sus tripas que sonaban tanto como una orquesta. Al poco, comenzó a bostezar, una y otra vez, abriendo su largo pico amarillo.  No había dudas...¡Tenía tanta hambre que podría comerse un tiburón!

Al mirar su enorme buche se dio cuenta que no guardaba nada que comer. Así que, antes de darse un buen baño, y a pesar del inmenso frío, decidió ponerse su bufanda azul y salir a pescar muy temprano.

Cuando se elevó sintió que el viento estaba helado, dio un vistazo por todas partes, y eligió un lugar a pocos metros de la playa. Era un sitio poco profundo de aguas tranquilas. Sobrevoló la zona, y después de mirar un rato decidió sumergir su cabeza. Con su pico potente capturó fácilmente un pez que nadaba desprevenido en el agua.

Pero, Atolón, nunca se imaginó que aquel pez le daría una gran lección de valor. De alguna manera, Coralito, el pequeño pez, logró clavar una de sus aletas en el buche de Atolón, y se aferraba a él para evitar ser devorado. Estaba completamente atorado, y el pelícano no lo podía tragar.

El pelícano, voló de regreso hasta la playa. Se posó entre las rocas, y al abrir su enorme pico observó a un llamativo pez. Era un hermoso “pez ángel llama”. Tenía un cuerpo de rojo coral muy radiante, combinado con elegantes líneas negras. Lo más atractivo, eran unas ondas de color azul encendido, que parecían brillar como una llama.

Desde pequeño Atolón había comido cientos de peces, moluscos y crustáceos, pero nunca había desayunado un pez tan hermoso y según decían otros, ¡Muy sabroso!... Había hallado un delicioso desayuno para comenzar el día.

Mientras Atolón pensaba en comida, Coralito pensaba en su vida, y en las veces que había estado en peligro. El pequeño pez, tenía muchos enemigos, entre ellos; peces de mayor tamaño y varios tipos de aves. También tenía uno grande y peligroso: el hombre. Si Coralito caía en sus redes, pasaría el resto de sus días prisionero en una celda de cristal…un acuario. Pero ahora, estaba luchando por su vida en la boca de un enorme pelícano.

Atolón intentó tragárselo, pero era inútil; no lograba que el pez bajara por su pescuezo. Luego, tosió con gran fuerza, una vez, y después otra, hasta que torció los ojos de tanto toser. Y al final, Coralito salió disparado del  buche del pelícano y cayó de cabeza sobre una roca puntiaguda.

Con el impacto del golpe, Coralito perdió el conocimiento por unos segundos. Luego, despertó y al ver las nubes, pensó que estaba en el cielo, que ya había muerto. Pero cuando miró al lado, Atolón estaba allí parado. El pez no podía creer que todavía estuviera vivo. También sabía que si no lograba entrar al agua nuevamente, en poco tiempo moriría.

Ante la mirada del pelícano, Coralito, intentaba escapar. Se arrastraba con pequeños movimientos entre las rocas, pero no lograba avanzar…Estaba acostumbrado a nadar en el agua suave del mar, pero no a arrastrarse entre las duras rocas de la playa.

Atolón admiraba a Coralito, tanto por su belleza como por su lucha por conservar la vida. En breve, el ave se abalanzo nuevamente sobre el pez. Coralito  sintió miedo, creía que había llegado su hora final. Intentó escapar, moviéndose por todos lados, pero todo su esfuerzo fue inútil. El pelícano lo capturó nuevamente.

Esta vez Atolón no lo agarró con su potente y temido pico. Lo capturó con sus alas y lo acomodó bajo las plumas de su ala izquierda. Atolón se elevó con dificultad. Voló algunos metros sin soltar al pez, mientras el pequeño agonizaba entre sus alas.

Cuando el mar se tornó de colores, y apareció la zona de los arrecifes, el pelícano descendió con un elegante clavado, y soltó el cuerpo del pez en el agua. Coralito flotó en la superficie, no se movía ni respiraba, como hacen los peces muertos.

Atolón, sintió pesar, pensó que sus esfuerzos por salvarle la vida al pez no habían funcionado. Pero, a los pocos segundos, Coralito comenzó nuevamente a respirar y con suaves movimientos reanudó su nado.

Coralito alzó la mirada, y vio que Atolón lo admiraba desde el cielo. No entendía que había pasado, sólo sabía que el pelícano le había salvado la vida. Al rato, Atolón emprendió el vuelo y se le vio a lo lejos pescar un buen bocado.

Desde ese día los dos fueron amigos, y aunque no se hablaban ni compartían juegos, disfrutaban de su lejana compañía. Coralito admiraba la gracia de Atolón al volar, y el pelícano siempre contempló la belleza del pequeño pez. 

Fue una rara amistad la que allí nació. Algunos habitantes del mar decían que el ángel no era el pez, sino Atolón, y que fue la llama del amor la que lo convenció de respetar la vida de Coralito, el "pez ángel llama".

Muchos turistas de todo el mundo, que bucean por los arrecifes del pacífico sur, aún pueden admirar la belleza de Coralito. Un día, un hombre valiente, logró sacarle una buena foto...mientras se protegía de los picotazos y graznidos de Atolón, que siempre anda cerca para defenderlo.

© 2015 Liliana Mora León

Imagen modificada de ilustración disponible en Pixabay

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor a los animales: ¡Mi gato se ha vuelto loco!



Tengo un gato un poco raro. Desde hace varios meses, parece que otro animal se apoderó de él. Y para que me creas lo que te digo, te voy a contar las locuras que hace. Al final tú decides si quieres tener un gato loco como el mío.

Antes, mi gato pasaba largas horas durmiendo en el sofá, y hasta roncaba como mi papá. Pero ahora, aunque tiene los ojos cansados y está bastante somnoliento, se niega darse una siesta. Hoy, parece un trompo y está dando vueltas y vueltas en el jardín intentando agarrarse la cola.

Su saludo cuando llego de la escuela, ya no es como antes; olvidó cómo dar el pequeño maullido, mover elegantemente su cola y restregar su olor en mi pantalón. Eso quedó atrás, se convirtió en un saltarín y parece más un sapo que un gato, lo cual dada su gran destreza para brincar, le queda muy bien.

De comida ni hablemos. No ha vuelto a recibir el atún, su plato preferido. Al abrirle una lata, lo huele profundamente y lo deja de lado. Para completar, la leche ya no le sienta bien. Mi mamá dice que se volvió intolerante a la lactosa   —parece que eso le pasa a todos los mayores—, y es posible que sea así, porque está bastante flatulento y con gases muy ruidosos y apestosos.

A veces lo pillo buscando huesos en el contenedor de la basura, y después que agarra uno no lo suelta por nada del mundo; lo muerte y lo muerte, una y otra vez,  aunque con sus débiles dientes nunca logra romperlo por completo. Da pena verlo luchar contra aquellos huesos sin nunca ganar una victoria. Su casa ya parece un cementerio, llena de huesos a medio roer por todos lados.

Sus juegos preferidos no son los mismos, abandonó su amado ratón de plumas, y no se pule las uñas con la alfombra dura y vieja de la entrada. Ahora, corre detrás de cualquier pelota o calcetín que lanzo al aire, y aunque intenta atraparlos con la boca siempre falla. Al final muy a su pesar, tiene que utilizar sus patas delanteras para capturarlos y moverlos.

Preocupados por él, lo hemos llevamos al doctor. El veterinario, lo subió a una camilla, le miró los ojos, le abrió la boca (pobre doctor con ese mal aliento de mi gato), exploró sus orejas, palpo su panza, lo paró en dos patas, y le movió la cola por todos lados.

Al final, después de un exhaustivo examen y muchas preguntas a mamá,  el veterinario nos dijo: 

—Físicamente su gato no tiene nada, está saludable, es completamente normal— Al oír aquello, respiramos aliviados, pero antes que diéramos un nuevo suspiro de aliento el doctor agregó: —Todo parece indicar que... ¡Su gato se ha vuelto loco!

—¿Se ha vuelto loco? — preguntó mamá bastante asombrada.

—Sí, se ha vuelto loco —respondió el doctor con mucha seguridad—. Y no hay nada que podamos hacer por él, esto no tiene cura.

Salimos desilusionados de allí con nuestro gato loco en los brazos. Yo estaba muy triste. No quería perder a otra mascota.

Queríamos contarle a la abuela y pasamos por su casa. Ella, aunque no es médico, siempre da recetas para todo. No sé si eso lo aprende en la tele, escuchando la radio, leyendo sus libros sobre plantas o mirando al doctor OZ, pero ella lo sabe todo. Era posible que también supiera como curar a gatos locos.

Le contamos la historia con todos los detalles. Ella, callada como siempre, lo pensó muy bien, y después como toda una experta en la materia me dijo:

 —Es verdad, tu gato está loco   —nos reconfirmó la abuela mientras yo me negaba a aceptarlo—. Pero no cualquier locura   —agregó ella, yo pensaba que no podía ser peor—. No todas las locuras son iguales, y él está loco, muy loco.

­ —¿Loco? ¿muy loco?...no entiendo nada abuela.

Y ella me respondió:

—Mira hijo, normalmente un gato no es un perro y un perro no es un gato. Pero ahora tu gato es un perro.   

Realmente al escuchar la respuesta de la abuela, pensé que esa enfermedad era altamente contagiosa, ahora la que parecía estar loca era la abuela. Pero al ver mi cara de desconcierto ella me explicó:

—No todas las locuras son iguales ­—dijo mientras acariciaba a mi felpudo—. Y tu gato está loco…loco de amor por ti.

— ¿Loco de amor por mí?, pero abuela ¿qué locura estás diciendo?

­— Sí, tu gato te ama tanto que quiso volverse un perro cuando vio tu tristeza al morir tu viejo perro —respondió ella—­. Él quería que volvieras a sonreír. Intentó con esmero cada cosa que hacía tu perro, hasta que un día olvidó en verdad quien era.

Yo, quedé sin palabras un buen rato. Para mí, sólo los perros eran capaces de amar tan profundamente, así que cuando murió el mío, sentí que nadie me amaría tanto como él. Pero ahora este gato loco, me demostraba todo lo contrario.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – le pregunté a la abuela.

— Ámalo tanto como él a ti — fue la única respuesta de la abuela. No había pócimas, agüitas, ni yerbas para ayudarlo.

Últimamente, paso mi tiempo libre  enseñando a mi gato como olvidar ser un perro. Y creo que hemos avanzado un poco, se ve más feliz...pasa más tiempo durmiendo en el sofá que jugando en el jardín.

Desde ese día algo en mí cambió. Sé que aunque un amigo se marche, siempre encontraré otro que también me ame, eso sí, a su manera. 

Y ahora,  ¿Qué me dices tú? ¿quieres un gato tan loco como el mío?

©Liliana Mora León

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuento: El mejor regalo para una princesa



Hace muchos años en un reino lejano, existía un Rey muy anciano. Al final de sus días, él conservaba un deseo sin realizar: casar a su hija, la única heredera de la corona.  

Pero la tarea, no era nada fácil. Desde que llegó a la edad de casarse, la princesa había rechazado a varios de sus pretendientes. Ella era diferente a otras princesas. Tenía una hermosura sin igual, con grandes rizos dorados, una piel de porcelana y ojos azules, tan profundos como el mar. A pesar de su gran belleza, brillaba en sencillez, no ostentaba lujos, y las joyas le parecían cosas inútiles.

La princesa disfrutaba de la naturaleza, del canto de los pájaros y las flores del jardín. Más de una vez, disfrazada como alguna de sus damas de compañía, escapaba entre la servidumbre para visitar un lago cercano al palacio. Era el lugar que más amaba de su reino, allí admiraba las bellas aves que migraban en algunos meses del año.

Una tarde mientras paseaba por la orilla del lago, creyó que había sido descubierta. Ella tropezó con un joven que asombrado pareció reconocerla, pero al final él siguió su camino y ella continúo tranquila con sus escapadas del palacio.

Llegaba el final de la vida del rey, así que ordenó a sus pregoneros visitar cada rincón de su tierra y otros reinos, dando este  mensaje: “El hombre más valiente que presente la joya más preciada para la princesa se casará con ella”.

Llegó la fecha convocada por el Rey, y así uno a uno, fueron llegando los caballeros a la corte, todos de familias nobles y muy ricos:

—Princesa, presento a vuestra merced esta corona de diamantes— dijo un noble príncipe que viajó desde un país lejano—, ha pertenecido a mi familia desde hace varios siglos, es la joya más valiosa que poseemos.

Luego, fue el turno para el segundo hombre:

—Honorable princesa, que mejor que un anillo con un enorme rubí, para realzar la belleza de sus delicadas manos de seda  —se expresó un rico comerciante —, he realizado un viaje hasta Asia donde invertí una fortuna para comprar una joya digna de una reina.

Después se presentó un hombre, alto y muy decidido:

—Su majestad, como conoceréis he viajado por el mar y conquistado tierras extranjeras —dijo el explorador con aplomo y orgullo—, a muestra de los tesoros encontrados os traigo este collar de esmeraldas, un botín obtenido en una gran batalla contra los nativos de otro continente.

Todas las joyas eran hermosas, y los hombres valerosos, pero la princesa no lograba decidirse. Ninguno había despertado su corazón. 

En ese momento, se escuchó un alboroto a la entrada del salón. Era un joven que deseaba entregar su regalo a la princesa. El Rey ordenó a los guardias que permitieran la entrada al muchacho.

Al entrar, la princesa vio a un joven alto y apuesto, con ropas sencillas pero pulcras. El joven, se postró ante la princesa y así le habló:

—Su majestad, soy un humilde granjero, no poseo tesoros, ni riquezas, ni títulos. Tampoco he ganado batallas en otros continentes —se expresó el joven—, pero vendí todo lo que poseía para comprar una vieja barca y realizar un viaje a una tierra remota. En el largo camino recorrido, vencí muchos obstáculos, para poner a sus pies este sencillo presente que espero alegre su corazón.

En ese momento, el joven colocó en el piso la bolsa tejida de fibras de paja que llevaba en su espalda, y un raro ruido salió de ella. —todos se preguntaban qué tesoro podía estar en un empaque tan ordinario y qué ruido era ese—. De allí, el joven saca con delicadeza un presente que la princesa con una gran sorpresa, observó con admiración: 

Era un hermoso Cisne Negro. Un ave majestuosa, de plumaje negro azabache y un elegante pico rojo. Un animal nunca antes visto en el reino.

Cuando la princesa vio tan hermosa ave, miró a los ojos al muchacho, y lo reconoció: él era el hombre con quien había tropezado aquella vez en el lago. El joven enamorado de la princesa, le había guardado su secreto, y se limitaba a cuidarla desde lejos de bandidos y ladrones.

La princesa, después de admirar cada presente, por fin se decidió:

  —Todos los honorables caballeros son dignos de desposar a cualquier princesa. Pero sólo uno ha traído el único presente capaz de alegrar mis días. Sólo uno me conoce tan bien para saber lo que más adoro. Sólo uno ha guardado mis secretos. Y sólo uno lo ha dado todo por conseguir este amor. 

En ese momento la princesa se inclinó y tomó entre sus manos al Cisne Negro y agregó: —Este es el hombre con el cual me casaré.

Dos lágrimas de alegría corrieron por las mejillas del joven. Mientras, asombrados y murmurando, los demás caballeros abandonaron indignados el salón. 

El Rey estaba orgulloso de la princesa, quien eligió el amor siguiendo los latidos de su corazón. Él podía morir en paz, ahora estaba tranquilo…ella gobernaría con justicia e igualdad.

El joven granjero y la princesa se casaron, en una hermosa pero sencilla boda a orillas del lago. Su historia corrió por todo el reino. Muchas leyendas surgieron sobre el ave, algunos, acostumbrados sólo a ver cisnes blancos, decían que era cosa de brujería. Otros, opinaban que el joven era un hechicero que había engañado a la princesa, sólo así un plebeyo podía conquistar a un princesa de tal belleza. 

Pero al final de los tiempos y después de una vida larga y fecunda juntos, brilló la verdad: el gran hechizo que hizo el joven granjero era su amor sincero.


© 2014 Liliana Mora León
imagendede.com

jueves, 30 de octubre de 2014

Cuento sobre el amor: La última mariposa mágica


Cuenta la abuela, que hace mucho tiempo, volaban en estas tierras mariposas mágicas. Eran hermosas mariposas de cuerpo luminoso, y grandes alas azules con pequeños bordes rojos. Dice, que cuando volaban parecían estar tocando una bella melodía, que hipnotizaba a todo aquel que las veía.
Según la abuela, ella conoció una mariposa mágica, hace muchos, muchos años, antes que la gran ciudad creciera tanto, y se comiera al pequeño pueblo con sus árboles viejos y frondosos, miles de flores silvestres y pequeñas quebradas de aguas cristalinas.
Ella cree que fue un hechizo o algo así, pero cuando la vio por primera vez, nunca más dejó de pensar en la mariposa azul. Más, desde el día que la abuela de la abuela le contó, que las mariposas mágicas concedían un deseo a todo aquel que lograra amarlas.
Desde niña la abuela tenía un gran deseo: conocer el verdadero amor, y sabía con certeza que eso era lo que le pediría a la mariposa azul. Así que comenzó a plantar hermosas flores en el jardín de su casa y a dispersar semillas silvestres por todos los prados cerca de su hogar.
Con los meses, cientos de flores fueron creciendo, entre ellas: lavandas, margaritas, pensamientos, azucenas y azaleas. Llegaron muchos tipos de mariposas que disfrutaban del néctar de las flores de la abuela, pero no aparecía por ningún lado su anhelada mariposa azul.
Pero un día, después de varios años de paciente espera, vio por primera vez una mariposa azul. La mariposa se posó por unos instantes en una margarita y con su trompa tomaba el néctar de la flor, luego emprendió nuevamente el vuelo alejándose del lugar.
La mariposa regresó varias veces al jardín, se alimentaba de una flor y descansaba brevemente tomando el sol. La abuela intentaba atraparla con las manos pero la mariposa era muy rápida y emprendía el vuelo antes que pudiera lograrlo.
Una mañana mi abuela estaba decidida a capturarla para pedirle su deseo. Ya conocía las flores preferidas de la mariposa azul y la esperó allí, muy quieta y sin hacer ningún ruido. Cuando vio la mariposa posarse en una flor cercana, le arrojó rápidamente una vieja red que encontró en la casa. 

Después de mucho esperar por fin logró atraparla. No había ningún movimiento. Con mucha cautela abrió la red para evitar que la mariposa escapara antes de pedirle el deseo. Pero la mariposa no podía huir, tenía un ala rota, la red era tan pesada que logró dañarla. A pesar que intentaba volar una y otra vez, sus esfuerzos eran en vano y no lograba emprender el vuelo.

Mi abuela cuenta que entristeció enormemente cuando vio esa hermosa mariposa sin poder volar. Ese día lloró amargamente y se lamentó haberla lastimado, y le decía una y otra vez palabras que salían del fondo de su corazón: —Lo siento, lo siento mucho, no quería hacerte daño, perdóname por favor…te amo bella mariposa.

En ese momento, no sabía si la mariposa moriría prontamente, así que decidió pedirle su deseo antes que fuera demasiado tarde. Mirando a la frágil mariposa que sufría por su ala herida, sin dudarlo un segundo le dijo:

—Te he esperado mucho tiempo mientras he cuidado miles de flores para ti. Tú eres una hermosa mariposa mágica, que concede un deseo del corazón, yo te pido con amor y gratitud por tu gran belleza que... puedas volver a volar.

En ese momento ocurrió la magia; una de las lágrimas de la abuela se convirtió en esfera de luz y rodó rápidamente hasta el ala de la mariposa, al llegar a ella toda la mariposa se encendió en una hermosa luz, y pronto logró emprender su melodioso vuelo.

La abuela estaba feliz de verla nuevamente volar. Era verdad, la mariposa concedía el deseo. Ese fue el último día que vio a la mariposa azul en su jardín. 

Aunque la abuela pensó que con el vuelo de la mariposa, su deseo había terminado, no fue así. Ese día, conoció a su nuevo vecino, un joven de alma buena, que con el tiempo fue su gran amor...mi abuelo.

A veces cuando ayudo a la abuela a arreglar sus flores me dice:

—Aunque nunca veas una mariposa azul, no olvides que la magia está en el verdadero amor.

Y yo, cuando miro a la abuela y al abuelo juntos, sé que es así.

© 2014 Liliana Mora León

Imagen gif: http://www.canalgif.net/Gifs-animados/Insectos-y-gusanos/Mariposas.asp?Page=4

miércoles, 13 de agosto de 2014

Una historia de amor entre los animales: Wang y BeeGee

Era un amor de verdad, el que existía entre Wang y BeeGee. Se conocieron desde muy jóvenes en el zoológico de Johannesburgo. Fue el destino el que los unió, Wang nació en Japón, y ella en Canadá. Recorrieron miles de kilómetros, y varios continentes para enlazar sus vidas en Sudáfrica, al otro extremo de la tierra.
Crecieron juntos, y desde los seis meses compartían juegos. Poco o poco se hacían más grandes; el fuertemente valiente y ella bellamente tierna. Eran la pareja más bonita del lugar, quienes los visitaban no podían dejar de verlos, ellos eran divertidos y cariñosos. Poco a poco el amor fue creciendo entre los dos.
Como toda pareja enamorada, siempre se expresaban su afecto. A él le gustaba que ella le rascara la cabeza suavemente, y a ella que él la abrazara con dulzura. Y a pesar de todos los años que vivieron juntos, eso nunca cambió.
Ellos compartieron toda su vida, encerrados en un pequeño espacio. Soñaban con vagar libremente por la tundras de Canadá, el país de BeeGee. Pero esto nunca ocurrió. Ellos debían permanecer en África, dónde tantos los admiraban.
Aunque se amaron, nunca pudieron tener hijos, ya que necesitaban el frío para poder tenerlos. BeeGee hubiera sido una excelente mamá, capaz de pasar cinco meses sin comer por cuidar a sus pequeños…pero eso tampoco pudo ser.
El tiempo pasó, y la vejez les llegó a los dos y con ella las enfermedades. Ella se fue primero, su corazón dejó de latir en un mes de enero. Él, pasó sus últimos días extrañando a su amada, y dejó de hacer las cosas que más disfrutaba. Muchos intentaron llenarlo de regalos y premios para hacerlo feliz, pero nada parecía aliviar su tristeza.
Hasta que un día, una mañana de agosto, lo encontraron acostado en el lugar donde siempre dormía su amada, había muerto de soledad. Ese día el mundo estaba de luto, había muerto el Ultimo Oso Polar del África.
Después de 30 años de cautiverio, no había nadie más en aquella jaula. Cientos de periodistas cubrieron la noticia. Wang y BeeGee, nunca se imaginaron que sus vidas harían historia, y de su amor se hablaría en los mejores diarios del mundo.
Niños y niñas, padres, profesores, grupos amantes de los animales de todo el mundo, llegaron esa tarde al zoológico. Todos querían decirles adiós, y como muestra de agradecimiento, por tantos años de alegría, les hicieron una última promesa: 
¡No visitarían más osos polares en cautiverio!
                     © 2014 Liliana Mora León

Nota: Cuento basado en la historia real de Wang y BeeGee, osos polares del zoológico de Johannesburgo.
Foto: http://www.fotos-bonitas.com/animales-enamorados/