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miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuento de amor a los animales : Kiko el gallito temeroso



Hace un tiempo, en una vieja granja del oeste, vivía Kiko; un gallo joven que no sabía cantar y mucho menos pelear. Era el pollo más temeroso que existió en aquel lugar, y para el dueño de casa, un gallo tan vergonzoso como ese, sólo podía tener un pronto final en el fogón.

El miedo de Kiko comenzó una mañana cuando tomaba su desayuno,  un gallo más grande y fuerte que él, se lanzó inesperadamente y le dio picotazos y golpes con sus grandes alas mientras le robaba su comida. Luego de la golpiza, lo amenazó: —Si le dices algo a tu mamá…la próxima vez te irá peor.

Con mucho valor y venciendo el miedo a lo que pudiera pasar, le contó a su mamá. Para su sorpresa, ella le respondió: ­—Ya estás grande, tienes que resolver solito tus problemas­—. Kiko se sintió triste al escucharla, estaba seguro que de ahora en adelante no tendría la ayuda de doña gallina.

Otra tarde, recibió una paliza peor que la primera. Kiko quedó mal herido, con las plumas rotas y una pata coja. Pero se armó de más valor y decidió contarle esta vez a su papá, esperando que él lo defendiera. Su padre, un famoso gallo de pelea bastante enojón, después de escucharlo, de mal genio le contestó:



 —Esa es la forma como los gallos aprender a pelear, eres un gallo y no una gallinita —se burló del hijo mientras batía sus alas y su cola, y hacía ruido como una—; la próxima vez que me vengas con esos cuentos, seré yo quien te coja a picotazos…¡Aprende a ser un gallo de verdad!¡Eres una vergüenza para esta familia!

Las palabras de papá gallo no lo dejaron nada aliviado, parecía que pelear era bueno para los demás, pero Kiko odiaba entrar a picotazos con otros gallos: ¡Él adoraba vivir en paz! Ese día decidió que era mejor callar y aguantar los golpes de los gallos granujas y grandulones.

La hora preferida para los ataques al pequeño, era la hora de la comida, y a punta de golpes lograban quitarle todo los granos de maíz que kiko quería llevar a su pico. El joven gallo estaba cada vez más flaco, daba pena verle los meros hueso cubiertos de plumas.

Su peor momento de terror, fue una noche de noviembre, cuando entró un astuto zorro al gallinero y lo agarró entre sus dientes. El animal cazador al sentirlo tan flaco y huesudo, prefirió soltarlo y  agarrar una gallina más gordita y más sabrosa. Pero Kiko, aturdido por lo ocurrido, quedó paralizado del miedo, estaba completamente mudo y desde esa noche no volvió a decir ni pio.

Todos se burlaban de él; ¡El gallo que no peleaba y no cantaba al amanecer! Pero una mañana todo cambió para Kiko. Cuando sin esperarlo, alguien lo defendió de los demás gallos que a picotazos le robaban su alimento. Miró a su defensor y encontró a un pequeño niño: Manuel, el hijo menor del dueño de la granja.

—Chite…corre…vete de aquí, aléjate, déjalo en paz —les gritaba el niño a los otros gallos y gallinas, mientras los perseguía con un palo y todos revoloteaban por ahí.

Por primera vez, Kiko pudo comer en paz y llevarse varios granos de maíz al buche…Con la barriga llena, se sentía más feliz, y con una enorme energía para correr hasta el atardecer.

Ese fue el primer día del resto de la vida de Kiko, sintió que alguien lo defendía en sus peores momentos. Sorprendido, se hizo más fuerte aquella mañana, ya no estaba solo en el mundo como él pensaba…Eso lo llenó de valor.

A la mañana siguiente, después del salir el sol, de  nuevo estaba Manuel en las puertas del gallinero. Aún en pijama y con la cara somnolienta, vigilaba que ningún gallo le quitara su comida a Kiko. Pero al intentar acercarse al gallito, éste, pensado que también lo golpearía salió huyendo y se escondió entre la paja…

El niño se puso a la tarea de aproximarse al animal. Cada día se ubicaba un paso más cerca del pollo. Hasta que un martes, cuando el gallito comía desprevenido, le tocó suavemente la cabeza. Era la primera vez que el Kiko sentía la ternura de una caricia…y de alguna manera quería estar allí cerrando sus ojos, y sintiendo aquel calorcito.

Días después, Kiko se sorprendió esperando a Manuel, quien nuevamente se le acercó y le tocó su cresta, y mientras le acariciaba sus plumas, le dijo unas palabras que el pollo nunca más olvidó: ¡Eres un lindo gallito! ¡Eres un gallito muy bueno!


Sí, Kiko escuchó cosas bonitas sobre él. Y eso lo hizo sentir muy bien. Algo cambió aquel día: se paró más derechito, extendió su largo pescuezo y levantó la cabeza, ya no caminaba mirando el piso, daba pasos más firmes, y parecía más grande y fuerte…¡Sentía que él también era especial!

La amistad entre Manuel y Kiko fue creciendo poco a poco. Hasta que llegaron a ser casi inseparables. Kiko caminaba detrás del pequeño y lo acompañaba a todas partes. Y aunque los demás gallos se burlaban y lo llamaban “perrito faldero”, a él no le importaba, tenía un buen amigo, alguien que lo amaba.

Para el dueño de casa, un gallo que no cantaba merecía un pronto final. Así que, una mañana de domingo llegó a sacarlo del gallinero, para preparar con él un delicioso almuerzo. Detrás corría Manuel, que con llanto le decía a su papá:

—¡Déjalo, ese es mi gallo! —luego le gritaba—, No pueden comerse mi pollo! ¡Él es mi amigooo...!

Después de mucho llanto, el niño logró convencer a su padre de soltar a Kiko. Y aunque lo dejó libre, le puso una condición, que pensó nunca lograría cumplir:

­—Si quieres que este gallo viva, tiene que aprender a pelear y a cantar —luego agregó con voz decidida—, tienes siete días, ni uno más, ni uno menos.

Después, de lo dicho por su padre, Manuel se dio a la tarea de enseñar al gallo. Sin pensarlo y sin experiencia, se convirtió en profesor. Pero, por más que lo intentaba, no lograba que Kiko fuera un gallo de pelea.



Se le ocurrió llevar a Kiko a una granja vecina, para que aprendiera de otros gallos. Al intentarlo, dos feroces perros lo persiguieron enojados hasta la cerca. Mientras Kiko, ante el miedo de ser mordido por aquellos canes, temblaba como una gelatina y entonaba un leve Ko..Ko..Ko…

—Por lo menos...¡Hoy dijo algo! —pensó Manuel mientras Kiko todavía tembloroso y negro del miedo, sentía que algo se destrababa en su garganta.

El viernes muy temprano, Manuel tomó el gallo con una mano, y con la otra trepó con dificultad a un árbol, un roble cercano. Cuando estaba en una rama alta, lanzó el gallo al aire, pensando que ante el miedo, reaccionaría igual que lo hizo ante los perros.  Pero Kiko solo repetía Ko..Ko…Ko…. Al llegar al piso, aún vivo y con las plumas alborotadas, salió corriendo de allí, pensando que Manuel se había vuelto loco y quería matarlo con tremendo susto.

Llegó el sábado. Manuel sabía que sería el último día con su amado gallo. Sin lograr ningún canto ni pelea, el domingo moriría sin remedio.Al principio Kiko, no quería acercarse, pero al poco tiempo, volvió a recordar que él era su amigo.

Manuel, lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le pidió perdón por lanzarlo desde el árbol. Luego, llegó la diversión: jugaron, saltaron, corrieron, comieron y bebieron, hicieron una larga siesta entre el pajar y fueron felices como nunca.

Al atardecer, antes que Kiko volviera al gallinero, Manuel se despidió de su plumado amigo:

­—¡Fue un hermoso día! —y luego con  un gran abrazo y lágrimas en los ojos le dijo con voz entrecortada—¡Te extrañaré toda la vida, eres el mejor amigo que he tenido!

Kiko no entendía muy bien lo que pasaba y permaneció breves minutos entre los brazos del niño antes de entrar al gallinero.

Fue una noche larga para el niño, daba vueltas y vueltas en su cama, con los ojos abiertos, escuchando los diferentes ruidos del campo. Los perros aullaban de vez en cuando, los grillos entonaban su trinar sin descanso, y la lechuza sonaba en el viejo eucalipto...¡El único que no hacía ruido era Kiko!

Poco antes que saliera el sol, los gallos lejanos comenzaron a cantar. Manuel saltó de la cama y corrió al gallinero, convencido de poder detener a su papá; quien al punto de las seis de la mañana estaba en las puertas del lugar, listo y preparado para llevarse a Kiko.

El pequeño niño, se aferró fuertemente a la camisa de su papá y tirado en el piso evitaba que  su padre avanzara fácilmente…Kiko lo observaba todo desde adentro.

El padre de Manuel, bastante enojado, daba gritos al pequeño y con una mano tomó la correa de sus pantalones y le dio un gran latigazo en la cola. El niño lloró muy fuerte por el dolor, y entre lágrimas y sollozos pedía: ¡Canta Kiko!¡Canta Kiko!¡Canta…por favor!

¡Pero Kiko no cantó! En ese momento,  el gallito se lanzó contra el padre de Manuel y le daba picotazos…parecía el gallo más bravo de pelea de toda la región…luchó y luchó hasta que logró que el hombre soltara al niño…Todos los animales se quedaron admirados al ver el valor de aquel gallito.



Una vez liberado Manuel de su rabioso padre, Kiko subió al lugar más alto del gallinero: extendió su cuello, respiró profundo, abrió su picó y cantó una vez y después otra: Quiquiriquí… Quiquiriquí… Quiquiriquí…¡Entonó su canto tan fuerte que se escuchó hasta el pueblo más lejano!

Manuel, a pesar del fuerte dolor, estaba feliz y sonrió al escuchar a su amigo cantar…¡Lo habían logrado!. Kiko se salvó de terminar cocinado en el fogón.

Desde ese día ningún animal de la granja volvió a maltratar a Kiko. ¿Quién querría meterse con el gallo que venció al hombre?. Tampoco el padre de Manuel volvió a golpear al niño, cada vez que lo intentaba, estaba allí su más fiel defensor.

La familia del gallito estaba muy feliz. Su padre, el famoso gallo de pelea, sacaba el pecho orgulloso de tener un hijo tan valiente. Quería que Kiko participara en peleas, llegara a ser un gran campeón y ganara trofeos y medallas. Pero su hijo, nunca más volvió a pelear...

Desde que descubrió su voz, lo que Kiko amaba era cantar. En cada amanecer, desde el gallinero, despertaba con melodioso canto a todos en la granja y también a sus vecinos. 

—¡El amor hace cantar a cualquiera! ­— pensaba Manuel, cuando desde su cama escuchaba a su amigo.

Kiko, fue el único gallo que en la granja murió de viejo. Manuel lo despidió con lágrimas y flores, y lo enterró bajo el viejo roble, aquel desde el cual lo lanzó un día al aire. Para recordar su tumba, en una pequeña tabla de madera, le escribió con un lápiz negro de la escuela: “Kiko, mi más valiente amigo, al que nunca le gustaron las peleas”.

Liliana Mora León

jueves, 21 de mayo de 2015

Cuento infantil: Atolón y Coralito, una rara amistad


























A veces, una amistad no comienza de la mejor manera. Y eso fue lo que le ocurrió al pelícano Atolón y al pequeño pez Coralito.

Todo sucedió una mañana de invierno, cuando Atolón se despertaba de un largo sueño. Mientras se desperezaba y extendía las alas, oyó un ruido muy singular. Eran sus tripas que sonaban tanto como una orquesta. Al poco, comenzó a bostezar, una y otra vez, abriendo su largo pico amarillo.  No había dudas...¡Tenía tanta hambre que podría comerse un tiburón!

Al mirar su enorme buche se dio cuenta que no guardaba nada que comer. Así que, antes de darse un buen baño, y a pesar del inmenso frío, decidió ponerse su bufanda azul y salir a pescar muy temprano.

Cuando se elevó sintió que el viento estaba helado, dio un vistazo por todas partes, y eligió un lugar a pocos metros de la playa. Era un sitio poco profundo de aguas tranquilas. Sobrevoló la zona, y después de mirar un rato decidió sumergir su cabeza. Con su pico potente capturó fácilmente un pez que nadaba desprevenido en el agua.

Pero, Atolón, nunca se imaginó que aquel pez le daría una gran lección de valor. De alguna manera, Coralito, el pequeño pez, logró clavar una de sus aletas en el buche de Atolón, y se aferraba a él para evitar ser devorado. Estaba completamente atorado, y el pelícano no lo podía tragar.

El pelícano, voló de regreso hasta la playa. Se posó entre las rocas, y al abrir su enorme pico observó a un llamativo pez. Era un hermoso “pez ángel llama”. Tenía un cuerpo de rojo coral muy radiante, combinado con elegantes líneas negras. Lo más atractivo, eran unas ondas de color azul encendido, que parecían brillar como una llama.

Desde pequeño Atolón había comido cientos de peces, moluscos y crustáceos, pero nunca había desayunado un pez tan hermoso y según decían otros, ¡Muy sabroso!... Había hallado un delicioso desayuno para comenzar el día.

Mientras Atolón pensaba en comida, Coralito pensaba en su vida, y en las veces que había estado en peligro. El pequeño pez, tenía muchos enemigos, entre ellos; peces de mayor tamaño y varios tipos de aves. También tenía uno grande y peligroso: el hombre. Si Coralito caía en sus redes, pasaría el resto de sus días prisionero en una celda de cristal…un acuario. Pero ahora, estaba luchando por su vida en la boca de un enorme pelícano.

Atolón intentó tragárselo, pero era inútil; no lograba que el pez bajara por su pescuezo. Luego, tosió con gran fuerza, una vez, y después otra, hasta que torció los ojos de tanto toser. Y al final, Coralito salió disparado del  buche del pelícano y cayó de cabeza sobre una roca puntiaguda.

Con el impacto del golpe, Coralito perdió el conocimiento por unos segundos. Luego, despertó y al ver las nubes, pensó que estaba en el cielo, que ya había muerto. Pero cuando miró al lado, Atolón estaba allí parado. El pez no podía creer que todavía estuviera vivo. También sabía que si no lograba entrar al agua nuevamente, en poco tiempo moriría.

Ante la mirada del pelícano, Coralito, intentaba escapar. Se arrastraba con pequeños movimientos entre las rocas, pero no lograba avanzar…Estaba acostumbrado a nadar en el agua suave del mar, pero no a arrastrarse entre las duras rocas de la playa.

Atolón admiraba a Coralito, tanto por su belleza como por su lucha por conservar la vida. En breve, el ave se abalanzo nuevamente sobre el pez. Coralito  sintió miedo, creía que había llegado su hora final. Intentó escapar, moviéndose por todos lados, pero todo su esfuerzo fue inútil. El pelícano lo capturó nuevamente.

Esta vez Atolón no lo agarró con su potente y temido pico. Lo capturó con sus alas y lo acomodó bajo las plumas de su ala izquierda. Atolón se elevó con dificultad. Voló algunos metros sin soltar al pez, mientras el pequeño agonizaba entre sus alas.

Cuando el mar se tornó de colores, y apareció la zona de los arrecifes, el pelícano descendió con un elegante clavado, y soltó el cuerpo del pez en el agua. Coralito flotó en la superficie, no se movía ni respiraba, como hacen los peces muertos.

Atolón, sintió pesar, pensó que sus esfuerzos por salvarle la vida al pez no habían funcionado. Pero, a los pocos segundos, Coralito comenzó nuevamente a respirar y con suaves movimientos reanudó su nado.

Coralito alzó la mirada, y vio que Atolón lo admiraba desde el cielo. No entendía que había pasado, sólo sabía que el pelícano le había salvado la vida. Al rato, Atolón emprendió el vuelo y se le vio a lo lejos pescar un buen bocado.

Desde ese día los dos fueron amigos, y aunque no se hablaban ni compartían juegos, disfrutaban de su lejana compañía. Coralito admiraba la gracia de Atolón al volar, y el pelícano siempre contempló la belleza del pequeño pez. 

Fue una rara amistad la que allí nació. Algunos habitantes del mar decían que el ángel no era el pez, sino Atolón, y que fue la llama del amor la que lo convenció de respetar la vida de Coralito, el "pez ángel llama".

Muchos turistas de todo el mundo, que bucean por los arrecifes del pacífico sur, aún pueden admirar la belleza de Coralito. Un día, un hombre valiente, logró sacarle una buena foto...mientras se protegía de los picotazos y graznidos de Atolón, que siempre anda cerca para defenderlo.

© 2015 Liliana Mora León

Imagen modificada de ilustración disponible en Pixabay

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor a los animales: ¡Mi gato se ha vuelto loco!



Tengo un gato un poco raro. Desde hace varios meses, parece que otro animal se apoderó de él. Y para que me creas lo que te digo, te voy a contar las locuras que hace. Al final tú decides si quieres tener un gato loco como el mío.

Antes, mi gato pasaba largas horas durmiendo en el sofá, y hasta roncaba como mi papá. Pero ahora, aunque tiene los ojos cansados y está bastante somnoliento, se niega darse una siesta. Hoy, parece un trompo y está dando vueltas y vueltas en el jardín intentando agarrarse la cola.

Su saludo cuando llego de la escuela, ya no es como antes; olvidó cómo dar el pequeño maullido, mover elegantemente su cola y restregar su olor en mi pantalón. Eso quedó atrás, se convirtió en un saltarín y parece más un sapo que un gato, lo cual dada su gran destreza para brincar, le queda muy bien.

De comida ni hablemos. No ha vuelto a recibir el atún, su plato preferido. Al abrirle una lata, lo huele profundamente y lo deja de lado. Para completar, la leche ya no le sienta bien. Mi mamá dice que se volvió intolerante a la lactosa   —parece que eso le pasa a todos los mayores—, y es posible que sea así, porque está bastante flatulento y con gases muy ruidosos y apestosos.

A veces lo pillo buscando huesos en el contenedor de la basura, y después que agarra uno no lo suelta por nada del mundo; lo muerte y lo muerte, una y otra vez,  aunque con sus débiles dientes nunca logra romperlo por completo. Da pena verlo luchar contra aquellos huesos sin nunca ganar una victoria. Su casa ya parece un cementerio, llena de huesos a medio roer por todos lados.

Sus juegos preferidos no son los mismos, abandonó su amado ratón de plumas, y no se pule las uñas con la alfombra dura y vieja de la entrada. Ahora, corre detrás de cualquier pelota o calcetín que lanzo al aire, y aunque intenta atraparlos con la boca siempre falla. Al final muy a su pesar, tiene que utilizar sus patas delanteras para capturarlos y moverlos.

Preocupados por él, lo hemos llevamos al doctor. El veterinario, lo subió a una camilla, le miró los ojos, le abrió la boca (pobre doctor con ese mal aliento de mi gato), exploró sus orejas, palpo su panza, lo paró en dos patas, y le movió la cola por todos lados.

Al final, después de un exhaustivo examen y muchas preguntas a mamá,  el veterinario nos dijo: 

—Físicamente su gato no tiene nada, está saludable, es completamente normal— Al oír aquello, respiramos aliviados, pero antes que diéramos un nuevo suspiro de aliento el doctor agregó: —Todo parece indicar que... ¡Su gato se ha vuelto loco!

—¿Se ha vuelto loco? — preguntó mamá bastante asombrada.

—Sí, se ha vuelto loco —respondió el doctor con mucha seguridad—. Y no hay nada que podamos hacer por él, esto no tiene cura.

Salimos desilusionados de allí con nuestro gato loco en los brazos. Yo estaba muy triste. No quería perder a otra mascota.

Queríamos contarle a la abuela y pasamos por su casa. Ella, aunque no es médico, siempre da recetas para todo. No sé si eso lo aprende en la tele, escuchando la radio, leyendo sus libros sobre plantas o mirando al doctor OZ, pero ella lo sabe todo. Era posible que también supiera como curar a gatos locos.

Le contamos la historia con todos los detalles. Ella, callada como siempre, lo pensó muy bien, y después como toda una experta en la materia me dijo:

 —Es verdad, tu gato está loco   —nos reconfirmó la abuela mientras yo me negaba a aceptarlo—. Pero no cualquier locura   —agregó ella, yo pensaba que no podía ser peor—. No todas las locuras son iguales, y él está loco, muy loco.

­ —¿Loco? ¿muy loco?...no entiendo nada abuela.

Y ella me respondió:

—Mira hijo, normalmente un gato no es un perro y un perro no es un gato. Pero ahora tu gato es un perro.   

Realmente al escuchar la respuesta de la abuela, pensé que esa enfermedad era altamente contagiosa, ahora la que parecía estar loca era la abuela. Pero al ver mi cara de desconcierto ella me explicó:

—No todas las locuras son iguales ­—dijo mientras acariciaba a mi felpudo—. Y tu gato está loco…loco de amor por ti.

— ¿Loco de amor por mí?, pero abuela ¿qué locura estás diciendo?

­— Sí, tu gato te ama tanto que quiso volverse un perro cuando vio tu tristeza al morir tu viejo perro —respondió ella—­. Él quería que volvieras a sonreír. Intentó con esmero cada cosa que hacía tu perro, hasta que un día olvidó en verdad quien era.

Yo, quedé sin palabras un buen rato. Para mí, sólo los perros eran capaces de amar tan profundamente, así que cuando murió el mío, sentí que nadie me amaría tanto como él. Pero ahora este gato loco, me demostraba todo lo contrario.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – le pregunté a la abuela.

— Ámalo tanto como él a ti — fue la única respuesta de la abuela. No había pócimas, agüitas, ni yerbas para ayudarlo.

Últimamente, paso mi tiempo libre  enseñando a mi gato como olvidar ser un perro. Y creo que hemos avanzado un poco, se ve más feliz...pasa más tiempo durmiendo en el sofá que jugando en el jardín.

Desde ese día algo en mí cambió. Sé que aunque un amigo se marche, siempre encontraré otro que también me ame, eso sí, a su manera. 

Y ahora,  ¿Qué me dices tú? ¿quieres un gato tan loco como el mío?

©Liliana Mora León

viernes, 12 de septiembre de 2014

Cuento sobre la amistad: Chiky y Nando en la tina


Chiky y Nando son buenos amigos. Chiky, es un pequeño elefante, que nació en África,  el menor de su familia. Nando, es un pato con lindas y suaves plumas amarillas y un elegante pico naranja.

Los dos amigos tienen algo en común: ¡Aman Nadar! Nando, nada en su tina de baño, que para él es como una gran piscina. Pero Chiky, por su tamaño necesita de un río o el mar para poder nadar, y ambos quedan muy lejos de su nueva casa.

Una tarde muy calurosa, Chiky observó a Nando mientras nadaba en su tina. Sintió nostalgia de su amada África, dónde libremente tomaba un baño cuando sentía calor. Ahora, en ese baño, él también quería refrescarse, así que le preguntó a Nando:

—Amigo ¿Me prestas tu tina para darme un buen baño?

A lo que el pequeño Nando le respondió:

—Me gustaría hacerlo, pero es muy pequeña, y tú eres grandísimo. 

—He visto muchas veces el tamaño, y creo que podemos compartirla aunque estemos un poco incómodos —dijo Chiky—. Además, amigo mío, ¡Ya no soporto tanto calor!

Nando escuchó las palabras de su amigo, y tenía miedo que su amada tina se rompiera en mil pedazos por el peso de Chiky. Observó a su amigo elefante y notó que sudaba por todos lados. Además, se veía muy triste. El pequeño Nando pensó que era por estar tan lejos sus padres, que aún vivían en África. 

Para Nando era importante ayudar a su amigo, así que  a pesar del miedo de perder su hermosa tina, le respondió:

—Bueno, está bien, tienes razón hace mucho calor y los dos necesitamos un buen chapuzón.

Chiky, estaba emocionado, ingresó al agua fría con extremo cuidado, primero una pata y después la otra, se sentó en su enorme cola y comenzó a disfrutar de un rico baño con agua y jabón.

Nando quedó tranquilo cuando no le pasó nada a su tina; además se sorprendió al ver a su amigo tomar el jabón con su trompa y llevarlo a cada parte de su enorme cuerpo.

¡Eso sí es un buen baño! —dijo Nando—. Yo no tengo trompa ni manos para coger el jabón, por eso nunca lo uso.

—Si quieres, yo puedo enjabonarte —le propuso Chiky—. Así tus plumas quedarán mucho más limpias y tendrás un delicioso olor a perfume.

—¡Claro que sí quiero! —contestó Nando­­— ¡Voy a quedar muy guapo!

Chiky enjabonó con mucho cuidado a su pequeño amigo, hasta que no salió más mugre. Después los dos amigos se enjuagaron, y disfrutaron de la tina; reían y cantaban muy contentos. Fue divertido jugar con las burbujas de jabón que Chiky soplaba con su larga trompa. 

Ese día, los amigos vivieron el mejor baño de sus vidas, al final los dos salieron ganando: Nando quedó muy guapo...como él quería, y Chiky se pudo refrescar y reír como cuando vivía en su amada África.

©Liliana Mora León

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuento sobre la creatividad: ¿Cómo darías luz a la noche?


















En una hermosa noche de luna llena y cielo estrellado, tres amigos compartían sueños e ilusiones, e imaginaban locas historias de ficción.

Uno de ellos preguntó:

— Si la noche fuera muy oscura ¿Cómo darían luz a la noche?

Después de pensarlo un poco habló el primero, un chico muy inteligente, amante de la tecnología y los experimentos:

—Yo, subiría a la luna con una escalera larguísima. Una vez allí, le colocaría una pila enorme, que se recargue de día con la luz del sol. Así habría luna llena todo el año.

Después dijo el segundo, un chico amante de la diversión, de los viajes y la aventura:

—Yo, traería a Polaris, la famosa estrella polar que guía a todos los viajeros. Como queda tan lejos de la tierra, la atraparía con una red potente y la colgaría más cerca. Alumbraría tanto como la luna, pero con forma de estrella.

Por último, habló una niña poseedora de una gran imaginación, amante de las historias de fantasía y de la naturaleza:

­—Yo quisiera tener una varita mágica y convertirme en una gran luciérnaga. Tendría mis alas para volar libre a cualquier lugar. Y también poseería una luz propia, que prenda y apague como las luces de navidad. ¡Yo sería  una estrellita de la tierra!

Esa noche, los pequeños descubrieron que no es necesario que te gusten las mismas cosas para ser amigos. Ellos aprendieron que existen diversas soluciones para un mismo problema, todo depende de dar rienda suelta a la imaginación.

Y tú: ¿Cómo darías luz a la noche?...de seguro tienes otra idea maravillosa.


©Liliana Mora León

martes, 26 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor al prójimo: Mishka "un regalo de amor"

Cathi, una periodista de un país muy rico, viajó a la India, y mientras caminaba cerca al hotel un niño se le acercó y le dijo:
—Señora, por favor, cómpreme un par de zapatos.
Ella bajó la cabeza para ver quien le hablaba. Al hacerlo, vio a un pequeño niño, con la ropa rota y muy sucia, y los pies descalzos.
—Por favor señora, necesito zapatos —volvió a repetir el niño.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la mujer.
—Mishka —respondió el niño, y sabiendo que su nombre era especial agregó—; y significa “regalo de amor”.
—Mi nombre es Cathi —se presentó ella, mientras sonreía del ingenio del pequeño—, y hoy te daré ese regalo que me pides.
Al frente del lugar había un almacén, entraron y compraron los zapatos que el niño eligió. Al salir, Mishka dio las gracias y se marchó muy contento.
Otro día, nuevamente el niño, al verla salir del hotel, le pide un par de zapatos.
—¿Qué hiciste los que te compré? —preguntó Cathi.
—Los he regalado porque me quedaron pequeños —dijo Mishka algo apenado, pero con una leve sonrisa.
—Bueno, está bien —respondió Cathi después de poner a prueba su generosidad—. Yo también, más de una vez, compré zapatos que después me apretaron los pies.
Entraron a la tienda y compraron un nuevo par de zapatos, esta vez más grandes que los anteriores. El niño salió feliz con su regalo.
El tercer día, ocurre la misma escena, pero esta vez Mishka le pedía zapatos a otro turista. Cathi, como buena periodista decide poner atención a lo que pasaba y escuchó:
—Me parece que esos zapatos son de niña —le dijo el hombre a Mishka.
—Señor, estos son los zapatos que me gustan, así se usan en la India —respondió Mishka con algo de picardía.
El hombre decidió comprarle los zapatos al gusto del niño, al fin de cuentas eran zapatos muy baratos, y qué sabía él de la moda en la India.
Cathi al ver a Mishka salir del almacén y separarse del turista, lo siguió sigilosa, para no ser descubierta.
—¿Mishka está engañando a los turistas? ¿Trabajará para algún ladrón que explota a los niños?, se preguntaba Cathi  mientras lo seguía por diversas calles de la ciudad.
Al final, llegaron a un callejón sin salida; era un sitio sucio y oscuro, que se veía bastante peligroso. Mishka dio un silbido, y después otro más fuerte, y de la nada comenzaron a llegar niños y niñas; todos muy pobres y más pequeños que Mishka.
Una niña sin zapatos salió presurosa dando brincos y diciendo:
—Mishka, ¿Me has traído mis zapatos?
—Sí —respondió el niño con una gran sonrisa—, por fin he podido traerlos, me los ha comprado un turista.
Cathi observó en el rostro de la niña una gran felicidad al probarse  sus zapatos, y aunque sus pies eran mucho más pequeños, inmediatamente salió a correr con  ellos. Al fijarse bien, también reconoció que dos niños llevaban puestos los zapatos que ella le había comprado a Mishka, mientras él seguía descalzo.
Ese día Cathi descubrió porque Mishka era: “Un regalo de amor”.
 ©Liliana Mora León

martes, 15 de julio de 2014

Cuento sobre la amistad y la bondad: Sofía y su único amigo

La pequeña Sofía vivía en una lujosa mansión, llena de cuartos y más cuartos. 

Ella disponía de los mejores juguetes que el dinero pudiera comprar, pero no con quien jugar.

No tenía hermanos, ya que sus padres eran gente muy ocupada, y una hija era mejor que nada.


Amigos no conocía, sus padres evitaban que jugara con cualquiera.

Los perros y los gatos, tampoco estaban invitados, podían ensuciar tan hermoso lugar.

Adquirió fama de niña traviesa, y de sus aventuras más de una vez no salió ilesa.

Jugar a las escondidas, era su pasatiempo preferido. Y aunque nadie la buscara, ella seguía encontrando nuevos sitios para esconderse.

Una tarde, Sofía no aparecía. La madre comenzó a buscarla por todos lados: en cada uno de los 11 cuartos, en los 5 baños, la cocina, la despensa, la sala de visitas, el estudio, el cuarto de juegos, el comedor auxiliar y el principal...No lograba encontraba en esa casa tan inmensa.

Buscó en los muebles de la cocina, en la lavadora, llegó a revisar hasta en las cestas de la ropa sucia, pero no estaba por ningún lugar. Parecía que se hubiera esfumado.

De pronto, al entrar nuevamente al cuarto de Sofía, la madre escuchó un ruido en el armario. Al abrir la puerta, encontró allí a la pequeña en un rincón, muy acurrucadita y con un pequeño gatico entre sus brazos.

Al ver a su mamá, con una voz muy bajita, le dice:

—¡Silencio mamá, que está dormido!

—¿Dónde encontraste ese animal? —preguntó la madre bastante enojada.

—Entró por la ventana —respondió la niña.

—Tienes que dejarlo afuera, no puedes tener en casa a un animal callejero—ordenó la madre.

—¡No!¡Este es mi gato! —respondió la niña mientras lo apretaba fuerte contra su pecho, intentando que no saliera corriendo.

Unas lágrimas corrían por las mejillas de Sofía mientras su madre intentaba quitarle el pequeño gato.


—Por favor mamá, permite que se quede, él es mi amigo —imploró la niña—. Es mi único amigo.

Esas últimas palabras resonaron en la cabeza de la madre, "mi único amigo".

—Nosotros tenemos una enorme casa y él no tiene dónde vivir. Tú me has dicho que tenemos que ayudar a los necesitados y él necesita una casa y quien lo cuide—agregó Sofía.

Eso era verdad, en varias ocasiones la madre hablaba de ayudar a otros, intentando que Sofía no se volviera una niña egoísta entre tanto lujo y comodidad. Las palabras de la pequeña la hicieron recapacitar:

—Bueno, está bien, puedes quedarte con él —respondió la madre—. Tienes razón hija, hay que ayudar al otro sin mirar a quién, y si llega a nuestra casa no podemos cerrarle las puertas.

—¡Ni las ventanas! —respondió Sofía muy feliz de poder conservar a su único amigo.

© 2014 Liliana Mora León