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jueves, 21 de mayo de 2015

Cuento infantil: Atolón y Coralito, una rara amistad


























A veces, una amistad no comienza de la mejor manera. Y eso fue lo que le ocurrió al pelícano Atolón y al pequeño pez Coralito.

Todo sucedió una mañana de invierno, cuando Atolón se despertaba de un largo sueño. Mientras se desperezaba y extendía las alas, oyó un ruido muy singular. Eran sus tripas que sonaban tanto como una orquesta. Al poco, comenzó a bostezar, una y otra vez, abriendo su largo pico amarillo.  No había dudas...¡Tenía tanta hambre que podría comerse un tiburón!

Al mirar su enorme buche se dio cuenta que no guardaba nada que comer. Así que, antes de darse un buen baño, y a pesar del inmenso frío, decidió ponerse su bufanda azul y salir a pescar muy temprano.

Cuando se elevó sintió que el viento estaba helado, dio un vistazo por todas partes, y eligió un lugar a pocos metros de la playa. Era un sitio poco profundo de aguas tranquilas. Sobrevoló la zona, y después de mirar un rato decidió sumergir su cabeza. Con su pico potente capturó fácilmente un pez que nadaba desprevenido en el agua.

Pero, Atolón, nunca se imaginó que aquel pez le daría una gran lección de valor. De alguna manera, Coralito, el pequeño pez, logró clavar una de sus aletas en el buche de Atolón, y se aferraba a él para evitar ser devorado. Estaba completamente atorado, y el pelícano no lo podía tragar.

El pelícano, voló de regreso hasta la playa. Se posó entre las rocas, y al abrir su enorme pico observó a un llamativo pez. Era un hermoso “pez ángel llama”. Tenía un cuerpo de rojo coral muy radiante, combinado con elegantes líneas negras. Lo más atractivo, eran unas ondas de color azul encendido, que parecían brillar como una llama.

Desde pequeño Atolón había comido cientos de peces, moluscos y crustáceos, pero nunca había desayunado un pez tan hermoso y según decían otros, ¡Muy sabroso!... Había hallado un delicioso desayuno para comenzar el día.

Mientras Atolón pensaba en comida, Coralito pensaba en su vida, y en las veces que había estado en peligro. El pequeño pez, tenía muchos enemigos, entre ellos; peces de mayor tamaño y varios tipos de aves. También tenía uno grande y peligroso: el hombre. Si Coralito caía en sus redes, pasaría el resto de sus días prisionero en una celda de cristal…un acuario. Pero ahora, estaba luchando por su vida en la boca de un enorme pelícano.

Atolón intentó tragárselo, pero era inútil; no lograba que el pez bajara por su pescuezo. Luego, tosió con gran fuerza, una vez, y después otra, hasta que torció los ojos de tanto toser. Y al final, Coralito salió disparado del  buche del pelícano y cayó de cabeza sobre una roca puntiaguda.

Con el impacto del golpe, Coralito perdió el conocimiento por unos segundos. Luego, despertó y al ver las nubes, pensó que estaba en el cielo, que ya había muerto. Pero cuando miró al lado, Atolón estaba allí parado. El pez no podía creer que todavía estuviera vivo. También sabía que si no lograba entrar al agua nuevamente, en poco tiempo moriría.

Ante la mirada del pelícano, Coralito, intentaba escapar. Se arrastraba con pequeños movimientos entre las rocas, pero no lograba avanzar…Estaba acostumbrado a nadar en el agua suave del mar, pero no a arrastrarse entre las duras rocas de la playa.

Atolón admiraba a Coralito, tanto por su belleza como por su lucha por conservar la vida. En breve, el ave se abalanzo nuevamente sobre el pez. Coralito  sintió miedo, creía que había llegado su hora final. Intentó escapar, moviéndose por todos lados, pero todo su esfuerzo fue inútil. El pelícano lo capturó nuevamente.

Esta vez Atolón no lo agarró con su potente y temido pico. Lo capturó con sus alas y lo acomodó bajo las plumas de su ala izquierda. Atolón se elevó con dificultad. Voló algunos metros sin soltar al pez, mientras el pequeño agonizaba entre sus alas.

Cuando el mar se tornó de colores, y apareció la zona de los arrecifes, el pelícano descendió con un elegante clavado, y soltó el cuerpo del pez en el agua. Coralito flotó en la superficie, no se movía ni respiraba, como hacen los peces muertos.

Atolón, sintió pesar, pensó que sus esfuerzos por salvarle la vida al pez no habían funcionado. Pero, a los pocos segundos, Coralito comenzó nuevamente a respirar y con suaves movimientos reanudó su nado.

Coralito alzó la mirada, y vio que Atolón lo admiraba desde el cielo. No entendía que había pasado, sólo sabía que el pelícano le había salvado la vida. Al rato, Atolón emprendió el vuelo y se le vio a lo lejos pescar un buen bocado.

Desde ese día los dos fueron amigos, y aunque no se hablaban ni compartían juegos, disfrutaban de su lejana compañía. Coralito admiraba la gracia de Atolón al volar, y el pelícano siempre contempló la belleza del pequeño pez. 

Fue una rara amistad la que allí nació. Algunos habitantes del mar decían que el ángel no era el pez, sino Atolón, y que fue la llama del amor la que lo convenció de respetar la vida de Coralito, el "pez ángel llama".

Muchos turistas de todo el mundo, que bucean por los arrecifes del pacífico sur, aún pueden admirar la belleza de Coralito. Un día, un hombre valiente, logró sacarle una buena foto...mientras se protegía de los picotazos y graznidos de Atolón, que siempre anda cerca para defenderlo.

© 2015 Liliana Mora León

Imagen modificada de ilustración disponible en Pixabay

lunes, 20 de abril de 2015

Cuento infantil sobre la vida: Ágata y las estrellas



Hace muchos siglos, en un pequeño bosque del centro del África, una familia de gatas monteses comenzó el ritual de maullar en la noche oscura. Nadie sabía por qué hacían aquel ruido que a muchos lograba espantar el sueño. Hasta que Ágata, la gata menor, tuvo la valentía de contarle al mundo el motivo de tal locura.

Ágata, aprendió desde pequeña que hay palabras que no se escuchan con los oídos, y mensajes que flotan libres en el aire. Ella comprendió que se podían escuchar los luminosos mensajes de las estrellas.

La primera vez fue una noche de enero, un día al final del verano, cuando paseaba con su madre por un campo cercano a su escondite. Era el momento perfecto; del cielo colgaba una hermosa luna apenas creciendo, las nubes se habían marchado lejos, e incontables estrellas titilaban en la oscuridad. 


Ese día, la pequeña Ágata quedó sorprendida al escuchar a su madre maullarle al cielo. Nunca antes había oído a una gata hablar sola. Ella, permaneció en silencio esperando alguna respuesta, tal vez; una voz llegara del más allá, una hoja escrita cayera del cielo, o quizás un genio apareciera por arte de magia. Nada de eso ocurrió, reinó un mudo silencio de palabras, entre el ruido de los animales de la noche.



Luego de un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, la mamá de Ágata la miró a los ojos y con una enorme sonrisa gatuna le dijo: “Hija, tu destino será brillante…Serás una estrella y darás luz a muchos gatos del mundo en sus noches oscuras”. 


Cuando Ágata preguntó a su madre cómo sabía su futuro, ella le contestó: “Me lo han dicho las estrellas”. Ese día al escuchar ese hermoso mensaje del cielo, ella decidió que también quería aprender a escuchar las estrellas. Aunque, nunca se imaginó lo que tendría que vivir para que su deseo fuera una realidad. 

A medida que aprendió a escuchar las estrellas, ellas le contaron que todo estaba escrito, y nada sucedía por casualidad. Era un don especial regalado a la abuela, la madre y a Ágata. “ES un don para TRES de ELLAS”…le repetían las estrellas. 

Tampoco era casualidad que ella se llamara Ágata, pues según las tradiciones antiguas era una piedra preciosa valorada por regalar el conocimiento a todo el que creyera en ella. Esa gatica era una auténtica joya... 

Pero había un problema, Ágata sería la última gata de su familia con el don de hablar con las estrellas, por eso tendría que utilizarlo con gran sabiduría para el bien de todos los gatos y gatas de la tierra. Lo que ella hiciera con su talento, podría llegar a cambiar las noches del mundo. 

Con el tiempo, a pesar de vivir sus siete vidas, murieron de viejas la abuela y después la madre de Ágata. Al quedar sola, sintió una profunda tristeza y la embargó un sentimiento de abandono. Lo que a ella le causaba pesar a sus vecinos una gran alegría, pues solo quedaba una gata maullando en la noche.

Las cosas no eran fáciles, y en esos momentos de dificultad la gatica recordaba las palabras de mamá: “cada don trae su pequeña cuota de dolor”. Al principio, sintió incomprensión de los demás gatos. Algunos al verla durante largas horas observando el cielo y maullando decían muchas cosas: que se había vuelto loca, que era una lunática, y que perdía el tiempo haciendo nada. 

Al principio ella no se desanimaba, sabía que lo que hacía era importante aunque nadie lo entendiera. Dedicaba cada minuto de sus largas noches a escuchar las estrellas y guardaba sus mensajes, donde se esconden los mejores tesoros; en el corazón. 

Ágata soportaba con paciencia todas las pruebas. No importaba el mal clima; las altas temperaturas de verano, bajo el frío del invierno, durante la fuerte lluvia o las tenebrosas tormentas, aún en medio de los rayos, ella permanecía cada noche afuera en su tarea. Sabía que su vida era corta y no podía desperdiciar el tiempo.

Más de una vez, se enfrentó a diversos enemigos nocturnos más grandes y peligrosos. Primero, luchó contra una enorme serpiente que intentaba comérsela de un bocado. Otra noche, trepar a un árbol la salvó de ser cazada por unas feroces y hambrientas hienas. Frecuentemente la correteaban jaurías de perros salvajes que la perseguían por diversión, pero ella lograba escapar.

Después de un largo tiempo haciendo lo mismo noche tras noche, Ágata, sintió que todo lo que hacía no tenía ningún sentido ¿Para qué tanto conocimiento?¿A quién le sirve todo lo que aprendo?  Se preguntaba ella. Desmotivada de una labor que parecía inútil, decidió abandonar la tarea y dedicarse hacer lo mismo que los demás gatos.

Al comentarle a las estrellas su decisión de abandonar sus encuentros de cada noche, las estrellas le contestaron: "El mayor don de cada gato es la libertad...pero no olvides que no se puede huir al destino"

A partir de ese día ella no volvió a mirar las estrella, y solo daba pequeños paseos nocturnos antes de ir a dormir. Pero una noche, cuando intentaba atrapar un ratón que se escondió entre varias piedras, molestó sin querer a un pequeño pero mortal explorador nocturno, un alacrán albino. 

El temido animal, la hirió con su gran aguijón inyectándole su peligroso veneno. Cuando vio al alacrán tuvo mucho miedo, sabía que ningún gato había sobrevivido a una picadura así. En pocos segundos, Ágata sintió un dolor insoportable en su pata, luego una sensación de ardor y en breves minutos, comenzó a sentir un adormecimiento que subía de su pata a otras partes del cuerpo.

Estaba segura que si no encontraba una cura inmediata en pocos minutos moriría. Sabia que las únicas que podían conocer un remedio eran las estrellas. Así que, apenada, pero motivada por el insoportable dolor, les preguntó a ellas. Fueron las estrellas de la constelación escorpión, las que le contaron a la gata que hierba silvestre tenía que masticar para curarse. Ella se arrastró con mucha dificultad hasta encontrarla, y allí tragó una y otra vez la amarga planta.

A los pocos días Ágata se había recuperado y estaba de nuevo con los pequeños astros luminosos de la noche. Ahora estaba convencida que las estrellas lo sabían todo y así como le habían salvado su vida, podía ella llegar a salvar la vida de otros gatos.

La gata aprendía de las estrellas, a la vista de muy pocos amigos y de muchos críticos. Pero quienes la conocían de cerca, observaron que mientras más hablaba con las estrellas más cosas sabía. Y así, poco a poco fue haciéndose fama de buena consejera y cada vez más gatos la buscaban para que los guiara en sus momentos difíciles…sus noches oscuras. 

Respondía toda clase de inquietudes. Algunos le preguntaban sobre el amor, otros con que gato o gata emparentarse, la forma de criar a los gaticos, la manera de vencer a un enemigo, cómo curar enfermedades, picaduras de alacrán y de serpientes, y cientos de problemas que aquejaban a los gatos. 

En ocasiones, uno que otro felino le consultaba con intenciones malvadas, querían aumentar su poder para dominar a otros gatos, adueñarse de territorios ajenos o atrapar con magia a una gata o gato que deseaban. Le ofrecían a Ágata enormes fortunas para que los aconsejara, pero ella los rechazaba. De la boca de la gata sólo salían los mensajes de las estrellas, nunca dijo nada que perjudicara a otros gatos. 

La sabiduría de Ágata, a medida que envejecía, le trajo fama y fortuna, aún sin ella buscarlas. Venían gatos de todo el mundo buscando su ayuda. Pero una preocupación se apoderó de la gata en sus últimos años. ¿Quién aconsejaría a los gatos después de su muerte? 

Le preguntó a las estrellas qué tenía que hacer, y ellas le contestaron: “Las respuestas a todas tus preguntas ya existen, sólo necesitas estar en silencio para escucharlas”  Después de meditarlo en silencio durante varias semanas, encontró que la única manera era enseñarles a otros gatos cómo desarrollar el mismo don. 

Pero antes de hacerlo, ella consultó a las estrellas, quienes al unísono le contestaron: “Todo don fue hecho para compartirlo con los demás" Desde ese momento y hasta el final de sus días, Ágata se dedicó a enseñar a otros gatos lo que aprendió de su abuela, su madre y de las estrellas. Y siempre decía a sus estudiantes: "Hay dones con los que se nace, y hay dones que se hacen"

Antes de morir la pequeña Ágata, viendo la tristeza de todos sus crecientes amigos les dijo: Recuerden que “Si hay un lugar en el cielo para 10.000.000.000.000.000.000.000.000 de estrellas, también hay un lugar para cada gato”. 

Después de su muerte, sus estudiantes le enseñaron a cientos, luego a miles y después se multiplicaron a millones de gatos. Y hoy después de tantos siglos, no existe un lugar en la tierra sin gatos que maúllen preguntándole a las estrellas…Todo gracias a Ágata, la gata que cambió las noches del mundo. 

© 2015 Liliana Mora León
Fuente de imagen animada:
http://decentscraps.blogspot.com/2014/04/animation_8.html

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuento: El mejor regalo para una princesa



Hace muchos años en un reino lejano, existía un Rey muy anciano. Al final de sus días, él conservaba un deseo sin realizar: casar a su hija, la única heredera de la corona.  

Pero la tarea, no era nada fácil. Desde que llegó a la edad de casarse, la princesa había rechazado a varios de sus pretendientes. Ella era diferente a otras princesas. Tenía una hermosura sin igual, con grandes rizos dorados, una piel de porcelana y ojos azules, tan profundos como el mar. A pesar de su gran belleza, brillaba en sencillez, no ostentaba lujos, y las joyas le parecían cosas inútiles.

La princesa disfrutaba de la naturaleza, del canto de los pájaros y las flores del jardín. Más de una vez, disfrazada como alguna de sus damas de compañía, escapaba entre la servidumbre para visitar un lago cercano al palacio. Era el lugar que más amaba de su reino, allí admiraba las bellas aves que migraban en algunos meses del año.

Una tarde mientras paseaba por la orilla del lago, creyó que había sido descubierta. Ella tropezó con un joven que asombrado pareció reconocerla, pero al final él siguió su camino y ella continúo tranquila con sus escapadas del palacio.

Llegaba el final de la vida del rey, así que ordenó a sus pregoneros visitar cada rincón de su tierra y otros reinos, dando este  mensaje: “El hombre más valiente que presente la joya más preciada para la princesa se casará con ella”.

Llegó la fecha convocada por el Rey, y así uno a uno, fueron llegando los caballeros a la corte, todos de familias nobles y muy ricos:

—Princesa, presento a vuestra merced esta corona de diamantes— dijo un noble príncipe que viajó desde un país lejano—, ha pertenecido a mi familia desde hace varios siglos, es la joya más valiosa que poseemos.

Luego, fue el turno para el segundo hombre:

—Honorable princesa, que mejor que un anillo con un enorme rubí, para realzar la belleza de sus delicadas manos de seda  —se expresó un rico comerciante —, he realizado un viaje hasta Asia donde invertí una fortuna para comprar una joya digna de una reina.

Después se presentó un hombre, alto y muy decidido:

—Su majestad, como conoceréis he viajado por el mar y conquistado tierras extranjeras —dijo el explorador con aplomo y orgullo—, a muestra de los tesoros encontrados os traigo este collar de esmeraldas, un botín obtenido en una gran batalla contra los nativos de otro continente.

Todas las joyas eran hermosas, y los hombres valerosos, pero la princesa no lograba decidirse. Ninguno había despertado su corazón. 

En ese momento, se escuchó un alboroto a la entrada del salón. Era un joven que deseaba entregar su regalo a la princesa. El Rey ordenó a los guardias que permitieran la entrada al muchacho.

Al entrar, la princesa vio a un joven alto y apuesto, con ropas sencillas pero pulcras. El joven, se postró ante la princesa y así le habló:

—Su majestad, soy un humilde granjero, no poseo tesoros, ni riquezas, ni títulos. Tampoco he ganado batallas en otros continentes —se expresó el joven—, pero vendí todo lo que poseía para comprar una vieja barca y realizar un viaje a una tierra remota. En el largo camino recorrido, vencí muchos obstáculos, para poner a sus pies este sencillo presente que espero alegre su corazón.

En ese momento, el joven colocó en el piso la bolsa tejida de fibras de paja que llevaba en su espalda, y un raro ruido salió de ella. —todos se preguntaban qué tesoro podía estar en un empaque tan ordinario y qué ruido era ese—. De allí, el joven saca con delicadeza un presente que la princesa con una gran sorpresa, observó con admiración: 

Era un hermoso Cisne Negro. Un ave majestuosa, de plumaje negro azabache y un elegante pico rojo. Un animal nunca antes visto en el reino.

Cuando la princesa vio tan hermosa ave, miró a los ojos al muchacho, y lo reconoció: él era el hombre con quien había tropezado aquella vez en el lago. El joven enamorado de la princesa, le había guardado su secreto, y se limitaba a cuidarla desde lejos de bandidos y ladrones.

La princesa, después de admirar cada presente, por fin se decidió:

  —Todos los honorables caballeros son dignos de desposar a cualquier princesa. Pero sólo uno ha traído el único presente capaz de alegrar mis días. Sólo uno me conoce tan bien para saber lo que más adoro. Sólo uno ha guardado mis secretos. Y sólo uno lo ha dado todo por conseguir este amor. 

En ese momento la princesa se inclinó y tomó entre sus manos al Cisne Negro y agregó: —Este es el hombre con el cual me casaré.

Dos lágrimas de alegría corrieron por las mejillas del joven. Mientras, asombrados y murmurando, los demás caballeros abandonaron indignados el salón. 

El Rey estaba orgulloso de la princesa, quien eligió el amor siguiendo los latidos de su corazón. Él podía morir en paz, ahora estaba tranquilo…ella gobernaría con justicia e igualdad.

El joven granjero y la princesa se casaron, en una hermosa pero sencilla boda a orillas del lago. Su historia corrió por todo el reino. Muchas leyendas surgieron sobre el ave, algunos, acostumbrados sólo a ver cisnes blancos, decían que era cosa de brujería. Otros, opinaban que el joven era un hechicero que había engañado a la princesa, sólo así un plebeyo podía conquistar a un princesa de tal belleza. 

Pero al final de los tiempos y después de una vida larga y fecunda juntos, brilló la verdad: el gran hechizo que hizo el joven granjero era su amor sincero.


© 2014 Liliana Mora León
imagendede.com

martes, 7 de octubre de 2014

Cuento sobre la vida: Los papeles del Teatro
























En la clase de teatro, la maestra explicaba a los estudiantes que el color tenía la capacidad de representar el estado de ánimo de las personas. 

Luego, colocó muchas hojas de papel, cada una de un color diferente e indicó al grupo:

—Jóvenes, cada uno elija un color que represente sus sentimientos en este momento.

—Yo elijo blanco, como mi balón —dijo el chico deportista más famoso del colegio—, me eligieron para la selección de fútbol de menores ¡Soy todo un campeón!

—Amarillo oro, es el mío —escogió un joven cuya familia era multimillonaria—, ¡Estoy feliz! Mi madre prepara una fiesta fabulosa para mi próximo cumpleaños.

—Rosa —prefirió el muchacho más popular por ser super guapo— ¡Me siento fantástico! Logré una nueva campaña de modelaje para el verano.

Cuando los estudiantes más sociables y populares terminaron de participar, llegó el turno para los más callados de la clase. Ninguno de ellos quería escoger un color, pero ante la amenaza de un cero de la maestra, no les quedó otra opción.

­—Verde sapo —dijo uno bastante apenado—, la chica que me gusta ni siquiera me mira —calló un rato antes de decir con la voz partida—, me ha dicho que…“ella no besa sapos”.

­—Rojo encendido —agregó un estudiante de baja estatura—, estoy furioso con el grandulón que en el recreo me golpea y se lleva mis onces.

Por último, le llegó el turno al “nuevo”, un estudiante que gracias a sus notas ganó una beca para estudiar en el prestigioso colegio. Eran varios los apodados que le tenían por no tener tanto dinero como los demás: “Pobretón”, “Rata” o “Don Nadie”.

—Negro —habló con voz baja y apagada— y tan oscuro como el tiempo que he estado en este colegio —dijo mientras retenía con fuerza unas lágrimas para no dejarlas rodar por sus mejillas, no quería que se notara que le dolían aquellos apodos y el rechazo del grupo.

Luego de escuchar los comentarios de los estudiantes la profesora dijo:

—En la vida, nuestras emociones y situaciones son cambiantes —explicó la maestra, mientras recogía uno o uno los papeles escogidos por los estudiantes.
Después, los reorganizó y repartió nuevamente en el grupo.

—Ahora, cada uno tiene otro color —explicó la profesora—, pero uno del grupo contrario al que inicialmente escogieron. La tarea es representar a la persona que en la primera parte eligió el color, comprendiendo sus sentimientos y actuando su vida.

Al campeón de fútbol esta vez le tocó el color rojo, y representó al chico solitario golpeado por el más grande. A su vez, el más pequeño saboreó la gloria de ser el más famoso futbolista del colegio y tener todo un equipo para defenderlo, ante cualquiera que intentara golpearlo.

El modelo rosa, pasó a ser el verde sapo, a quien nadie quiere besar. Por el contrario, el chico que se creía feo y poco atractivo, asumió el papel del modelo admirado y deseado por todas las chicas.

Al joven multimillonario, esta vez le tocó el negro, y sintió la tristeza de estudiante rechazado por ser pobre. En esa clase, por fin le brilló el oro al estudiante nuevo, quien imaginó su primera fiesta de cumpleaños con todos los chicos de la clase... ¡Era fantástico ser aceptado!

Una vez finalizado el ejercicio, un grupo de los estudiantes sonreían y otros estaban muy pensativos. Luego, la maestra les dijo:

— La vida es como una obra de teatro. Así como hoy cambiamos los colores, la vida nos pueda girar las circunstancias en cualquier momento. Por eso; si hoy tienes colores alegres compártelos con los que no los tienen; y si hoy te tocaron los colores tristes, tampoco olvides que son temporales.

¡En la vida todo pasa y no puedes permanecer siempre en el mismo papel! —concluyó la maestra.

Es verdad, pocas cosas cambiaron en el grupo después de esa clase de teatro, pero para algunos estudiantes, esos pocos minutos revivieron la esperanza de una mañana mejor.

Y tú ¿qué color tienes el día de hoy?

©Liliana Mora León

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuento sobre la creatividad: ¿Cómo darías luz a la noche?


















En una hermosa noche de luna llena y cielo estrellado, tres amigos compartían sueños e ilusiones, e imaginaban locas historias de ficción.

Uno de ellos preguntó:

— Si la noche fuera muy oscura ¿Cómo darían luz a la noche?

Después de pensarlo un poco habló el primero, un chico muy inteligente, amante de la tecnología y los experimentos:

—Yo, subiría a la luna con una escalera larguísima. Una vez allí, le colocaría una pila enorme, que se recargue de día con la luz del sol. Así habría luna llena todo el año.

Después dijo el segundo, un chico amante de la diversión, de los viajes y la aventura:

—Yo, traería a Polaris, la famosa estrella polar que guía a todos los viajeros. Como queda tan lejos de la tierra, la atraparía con una red potente y la colgaría más cerca. Alumbraría tanto como la luna, pero con forma de estrella.

Por último, habló una niña poseedora de una gran imaginación, amante de las historias de fantasía y de la naturaleza:

­—Yo quisiera tener una varita mágica y convertirme en una gran luciérnaga. Tendría mis alas para volar libre a cualquier lugar. Y también poseería una luz propia, que prenda y apague como las luces de navidad. ¡Yo sería  una estrellita de la tierra!

Esa noche, los pequeños descubrieron que no es necesario que te gusten las mismas cosas para ser amigos. Ellos aprendieron que existen diversas soluciones para un mismo problema, todo depende de dar rienda suelta a la imaginación.

Y tú: ¿Cómo darías luz a la noche?...de seguro tienes otra idea maravillosa.


©Liliana Mora León

viernes, 22 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor y la vida: Un ángel en la tierra

Había una niña que se llamaba Bella, y desde muy chica, brillaba por su mirada radiante, una sonrisa contagiosa y una luz que todo lo iluminaba. Quienes la conocían siempre decían: “Que bello angelito”. 

A los cinco años, ella hacía lo mismo que cualquier niña de su edad: jugar, bailar, cantar, dibujar, saltar, reír y otras cosas divertidas. Pero de noche, desplegaba sus alas de ángel y viaja en sueños a sitios extraordinarios, dónde descubría el mundo y sus fantásticos habitantes.
Una noche viajó al pasado, y llegó al Jardín Colgante de Babilonia, allí conoció a una hermosa mariposa, quien le contó que dicho jardín había sido el regalo de un rey para su amada reina que estaba muy triste, pero ahora eran solo ruinas. También le contó a Bella, que una mariposa tan sólo vive unas semanas o unos pocos meses, su vida era muy corta.
—¡Que pesar que las cosas lindas duren tan poco! —dijo Bella a la mariposa.
—En la tierra todo pasa —le dijo la mariposa a la niña— por eso: No olvides valorar el tiempo.
Otra noche, voló a un desierto de África dónde esperaba encontrar algún animal fuerte y gigante, como un rinoceronte o un león; pero no fue así,  halló a un pequeño ratón, despierto y trabajando muy feliz entre la arena y las piedras. 
—Siendo tan pequeño ¿cómo puedes vivir en tan peligroso lugar? —preguntó Bella al ratoncito.
­El diminuto animal, le contó como fabricaba su madriguera en la arena y almacenaba comida para poder sobrevivir, su secreto era trabajar cuando los otros dormían.
—Si no eres muy grande, tienes que ser más inteligente —le respondió el ratón­­—,y para ser inteligente: No olvides aprender de todos, aún de los más pequeños.
El último viaje fantástico fue a la India. Allí sí vio a un enorme animal. Era un elefante, tan fuerte como 20 caballos,  con grandes orejas y una larga trompa. Él era el amo de la manada, y le dijo un secreto extraordinario: hace  miles de años los elefantes podían volar.
—¿Por qué ya no pueden volar? —preguntó la niña.
—Porque se necesitan alas para volar —respondió con nostalgia el elefante—, y las nuestras se convirtieron en dos grandes orejas cuando dejamos de amar.
—Por eso, pequeña niña si no quieres dejar de volar no olvides practicar la bondad.
Y así, Bella fue creciendo con todas las enseñanzas de sus nocturnos amigos. Aprovechaba al máximo cada día, aprendía de todos y lo más importante amaba con el corazón, lo cual la hacía parecer un ángel en la tierra. 

 © 2014 Liliana Mora León
Imágenes: http://pixel-kawaii.blogspot.com/

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuento sobre la perseverancia: La flor de los sueños

Hace muchos años en una hermosa tarde del mes de agosto, Ana ensayaba en el jardín sus últimos pasos de baile, mientras su madre descansaba tomando el sol. Nunca se imaginó que ese día descubriría algo mágico.
—Mamá, cuando sea grande quiero ser una gran bailarina —le dice Ana.
—Hija, si es lo que más te gusta hacer, hazlo siempre que quieras —le responde la madre.
—Sííí…, adoro bailar, y quiero ser muy famosa y salir en la televisión —dice Ana, dando vueltas y vueltas, como si ya estuviera ante las cámaras.
—La vida es el tiempo que te regalan para cumplir tus sueños —le responde la madre—. Y cuando haces lo que amas, eres feliz.
La madre se levantó de la mecedora donde descansaba y caminó a un lugar del jardín, donde estaban esparcidas flores amarillas y otras que parecían pequeños globos blancos, desde allí le dijo:
—Ven Ana, quiero enseñarte algo mágico.
Ante la magia, Ana abandonó inmediatamente la danza y corrió al rincón de las flores.
—¿Sabes cómo se llama ésta flor? —le preguntó la madre.
—No lo sé—respondió la niña—. Es una flor muy rara.
—Sí, es rara porque es una flor mágica —dice la madre, mientras toma una del suelo.
—¿Por qué es mágica? —preguntó la niña, sorprendida de que una flor de su jardín pudiera producir magia.
—Es mágica porque es la flor de los sueños ­—responde la madre—. Puedes pedirle un deseo para que algún día se convierta en realidad. ¿Quieres pedir el tuyo? —preguntó la madre.
—Sí, claro que sí —responde Ana, muy emocionada.
—Toma la flor con tus manos y colócala frente a tu cara, cierra los ojos y desde el corazón pídele lo que sueñas,…luego sopla y cuando termines abre los ojos.
Ana, siguió las indicaciones de su madre, y pidió ser una gran bailarina. Sopló muy fuerte y profundo, tan fuerte y profundo como su deseo de ser bailarina, y al abrir sus ojos el globo blanco había desaparecido completamente.
—Así como el viento fuerte de agosto eleva las cometas, elevará también tus sueños, y los hará llegar muy lejos —explicó la madre.
—¿Es tan fácil? —preguntó Ana.
­—Es fácil, pero debes estar muy atenta y nunca abandonar tu sueño —explica la madre—. Cada espiga blanca que hoy lanzaste al cielo, son las semillas de tus sueños. A lo largo de tu vida debes descubrir las señales que te mostrarán el camino para alcanzarlo.
­—Mamá, y ¿cómo sabré que voy bien? —preguntó Ana.
—Hija, cuando el camino que eliges trae alegría a tu corazón es el camino correcto.
Desde ese día, Ana amó a las pequeñas flores que crecían libres en cualquier lugar de la ciudad, y cada vez que las veía recordaba su sueño de niña. Eran tantas, que se alegraba que todos pudieran tener una para pedir por sus sueños.
Después de muchos años de practicar y practicar, y de seguir las señales que en su corazón sentía, Ana llegó a ser una famosa bailarina, y siempre agradeció a su madre el enseñarle la magia de creer en las flores de los sueños.


             © 2014 Liliana Mora León

miércoles, 13 de agosto de 2014

Poema infantil: El abuelo en el tobogán



Me lanzo de pies, como un ciempiés
A veces de lado, comiendo un helado
Con la boca abajo, me da más trabajo
Si voy de cabeza, se va la tristeza.

Me dicen grandote, que soy cabezote
Que tengo cogote, también un bigote
Que soy monigote, como Don Quijote
Que no tengo edad, y quizás es verdad

Me miré al espejo, y me vi muy viejo
El pelo con canas, ¡Vaya cosas banas!
Estoy ya más chico, parezco un mico
Y todo me tiembla, casi como un flan.

Yo soy un abuelo, no tengo consuelo
Llegar hasta el suelo, me vuelve mozuelo
Pegarme un desliz, me hace feliz
¡Seguiré jugando, y rodando hasta el fin!

© 2015 Liliana Mora León

domingo, 13 de julio de 2014

Cuento sobre el trabajo en equipo: El sol recto-curvo


La maestra María, dividió a sus estudiantes en dos grupos; uno de niñas y el otro de niños. Ambos tenían una tarea que completar: dibujar un hermoso sol, con una cara muy sonriente y unos rayos fuertes. 

Pero, había una condición: las niñas solo podían utilizar líneas curvas para construir el dibujo, y los niños hacerlo con líneas rectas.

A las niñas les quedó muy linda la cara del sol, redondita con unos ojos hermosos y expresivos, y una boca muy sonriente. Intentaron de mil maneras hacer los rayos largos y fuertes, pero tan sólo consiguieron que el sol quedara como un girasol.

El sol de los niños tenía unos rayos muy derechitos que parecían funcionar muy bien, pero no logró ser redondo, puntas le sobraban por todos lados. De la sonrisa del sol…ni hablar, siempre puntiaguda y parecía estar malhumorado.

Después del intento, la maestra, propuso a la clase dibujar entre todos el sol. Las niñas pintarían lo que necesitara líneas curvas y los niños las rectas. Fue un trabajo un poco más lento, ya que cada uno tenía que hacer una parte del dibujo y esperar su turno para hacerlo.

Al final de la clase... ¡Un hermoso sol apareció! 

© 2014 Liliana Mora León

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