Mostrando entradas con la etiqueta VALOR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VALOR. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de mayo de 2021

Cuento sobre el amor y la familia: Carta para un ángel

 

Hay niños que no creen en los ángeles, otros que creen pero nunca han visto uno, tan sólo unos pocos han tenido el regalo de encontrarse cara a cara con un ángel. Esta es la historia de uno de ellos:

Era un mes de mayo y como cada año los niños de la escuela preparaban con entusiasmo los regalos para el día de la madre. En el curso de primero de primaria los pequeños estudiantes tenían la tarea de escribir una breve carta de amor para mamá.

Uno a uno, niños y niñas, fueron tomando hojas blancas, sacaron de sus mochilas los lápices de colores y emocionados comenzaron a hacer lindos dibujos que acompañaban con mensajes sencillos.

Pero las cosas no marchaban bien para Federico; en silencio apretaba los dientes, sostenía con fuerza un lápiz negro y rayaba con rabia una hoja blanca que se rompía con cada trazo.

La profesora al ver la frustración del niño le preguntó:

— ¿Qué te pasa Federico?

—No sé qué escribirle a mamá—respondió con enojo.

—Dile lo que sientes—explicó la maestra.

—No puedo hacerlo —dijo mientras negaba con la cabeza.

— ¡Claro que puedes! —lo motivó ella.

— ¡No! —dijo con firmeza y volvió a repetir esta vez más claro y alto—. ¡Ya dije que no puedo hacerlo! ... Además, de nada sirve escribirle una carta a mi mamá.

— ¿Por qué dices eso? —preguntó la maestra.

—Porque ella nunca va a leerla­—explicó convencido.

—Federico, también tu mamá puede leer tu carta.

—No, ella se ha ido ­—dijo el pequeño mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—…se ha ido al cielo  y allá nunca llegan las cartas.

La profesora intentó reponerse de la respuesta. Ella conocía muy bien aquel lugar donde habitan la soledad y la tristeza.

—Mi abuela dice que ahora mi mamá es un ángel y que desde el cielo me cuida —comentó el niño.

—Tu abuelita tiene razón —aseguró la maestra—. Ahora tienes una familia diferente; una familia con un ángel.

—Sí —afirmó el pequeño—; mi hermano dijo que ella era… ¡La mejor mamá del mundo! y yo le contesté que ella es ¡La mejor mamá del mundo; de toda la tierra y del cielo entero!

—Ya lo ves, tienes una súper mamá —dijo la maestra y luego le contó al chiquillo—. Yo, también perdí a mi mamá cuando cumplí los 5 años.

— ¿Tú tampoco tienes mamá? —preguntó asombrado.

— En la tierra, no; pero en el cielo, sí —aclaró la profesora—. ¿Sabías que las súper mamás que se vuelven ángeles pueden escucharnos y también leer las cartas que les escribimos?

— ¿De verdad? —exclamó Federico mientras sus ojos llorosos se abrían sorprendidos.

—Sí, al  igual que haces la carta para el niño Dios, puedes hacer una carta para tu mamá. Así ella sabrá todo lo que necesitas.       

— ¿Eso es verdad? —volvió a preguntar aún con dudas.

— ¡Claro que sí! —dijo la maestra con la certeza de la experiencia—. Inténtalo y comprobarás que es cierto. Además, una súper mamá nunca deja de trabajar por su familia, y menos por un hijo tan adorable como tú.

Federico ilusionado se limpió las lágrimas, tomó una hoja de papel, la más bonita que tenía y dibujó muy bien a su familia: al padre llevando un delicioso pastel de chocolate; el hermano mayor tocando la guitarra;  y él se pintó con una flor en la mano. En un extremo de la hoja, ubicó a la madre entre las nubes, con su cabello negro ondulado, una gran sonrisa y dos hermosas alas.

Con ayuda de la maestra Federico aprendió algunas palabras que aún no sabía deletrear y junto al dibujo escribió:

“Mami, te extraño mucho.

Pídele a Dios permiso

para volver a casa.

Te amo”

Al regresar de la escuela no dijo nada a nadie, y escondió la hoja muy bien. El sábado en la noche dobló la carta como un sobre y la marcó así: “Para mamá, mi ángel del cielo”. Una vez lista la acomodó debajo de la almohada esperando que lo dicho por la maestra fuera cierto.

Los recuerdos inundaron su pequeña cabeza de nostalgia, sería el primer día de la madre sin ella. Se durmió después de un llanto largo que intentó ahogar en el almohadón para que nadie lo escuchara.

Durante el sueño, sin saber cómo, Federico llegó a un camino que surgía en medio de las sombras. Entre  las tinieblas reconoció ese lugar: era el parque donde tantas veces había ido con mamá. Pero esta vez estaba solo, era de noche y sentía mucho miedo.

De repente, una luz brillante comenzó a encenderse y acercarse rápidamente hacia él. En el centro de la luz se fue formando un cuerpo con dos alas muy grandes. Al estar más cerca y poder ver su rostro, él la pudo reconocer: era su madre; tenía su bella cabellera suelta, un vestido blanco largo como de princesa, estaba más joven, sana, hermosa y feliz.

Federico se perdió en esa mirada de ángel mientras ella acariciaba la cara del chiquillo. Al verla sus ojos profundos le transmitían toda la confianza que necesitaba. La confianza que le enseñó a caminar, a subir las escaleras y montar la bicicleta en ese mismo parque, a dormir en su propia cama, a leer en público, a superar sus temores…

El tiempo corría diferente y se mezclaban imágenes de un pasado compartido lleno de alegrías. El pequeño quería quedarse allí por siempre, refugiado entre aquellos brazos que lo protegían del miedo a seguir andando sin ella.

 Pero, después de un largo beso,  ella le dijo suavemente:

—Hijito, ya debo irme.

— ¡No te vayas mamá! ¡No te vayas ¡— dijo angustiado— ¡Quédate conmigo!

—No puedo quedarme, no tengo más permiso —le explicó mientras lo abrazaba fuerte y le decía al oído—. No tengas miedo, recuerda que eres el más valiente de nuestra familia. ¡Hijo, estoy tan orgullosa de ti! …no sabes cuánto.  

Sus palabras lo llenaron de valor, sabía que aquel encuentro era un pequeño regalo de Dios, un regalo que tenía que dejar partir nuevamente. Poco a poco ella se levantó y se fue alejando. Federico vio que su mamá tenía en la mano la carta que él había escrito; ella la acercó a su corazón como guardando un tesoro y con dulce voz le dijo:

— ¡Gracias hijo, es una carta lindísima!—y con toda la dulzura agregó—. Yo también te amo mi pequeño…Dile a papá y a tu hermano, que los amo con toda mi alma.

—Yo te amo hasta el cielo y más allá—dijo Federico señalando el firmamento.

—Siempre estaré contigo—decía ella mientras se alejaba moviendo sus alas blancas—…siempre estaré a tu lado.

En ese instante era como  si un espacio de amor sostuviera al niño, no había llanto, ni enojo, ni miedo, y con ese sentimiento de paz profunda poco a poco quedó nuevamente en total oscuridad.  

Sin tener claro cuánto tiempo había pasado, Federico percibió una tenue luz, abrió bien los ojos, ya no estaba en el parque, reconoció su habitación apenas iluminada con los primeros rayos del domingo.

Medio somnoliento, buscó rápidamente debajo de la almohada y se dio cuenta que la carta no estaba. En su lugar encontró una pluma blanca que brillaba con la misma luz celestial. Intentó tomarla con las manos pero desapareció rápidamente. Respiró profundo y sintió que una cálida ola de amor llenaba de nuevo su corazón.

Federico ahora sabía que tenía un ángel en el cielo.

¡Sí¡… ¡Era verdad! ¡Era verdad!– gritó alegre dando saltos en la cama.  

©Liliana Mora León - Mayo 2021

 En memoria de Sandra Marcela

¡La mejor mamá del mundo;

de toda la tierra

y del cielo entero!


jueves, 20 de febrero de 2020

Un pollo un poco loco


Esta es la historia de un pollo un poco loco que quería ser millonario y cuyo final a muchos logra trasnochar.

A decir de las gallinas aquel pollo era buenmozo, con sus plumas coloridas como un ave real y una cresta roja puntiaguda que lo coronaba cual rey. Caminaba con elegancia, poniendo una pata detrás de la otra y mirando siempre adelante. Muy orgulloso se pavoneaba de aquí para allá y se dejaba admirar.

Aumentando el encanto, su cantar era de un gran tenor. Lo llegaron a llamar: El Pavarotti Emplumado. Tenía tal repertorio, que dejaba a todas las damas con el pico abierto tras escuchar sus canciones.

Pero aquel gallo odiaba madrugar a cantar. Él prefería quedarse en el nido dando vueltas antes que trabajar más horas que el sol. Así fue haciendo fama de holgazán pero a él eso no le daba mucho afán.

Lo que sí le quitaba el sueño era su gran deseo de ser millonario. Aquella obsesión no lo dejaba dormir en paz; pensaba que belleza y fortuna tenían que ir de la mano. Pero quería llegar a ser muy rico sin el sudor de sus plumas o el trinar de su gaznate.

Movido por tal deseo, preguntaba a todos sobre reinos y tesoros, y así escuchó historias como: La Leyenda del Rey Midas, El Pirata Morgan y La Gallina de los Huevos de Oro; cuentos que lo dejaron con ideas raras en la cabeza.

En sus noches de desvelos ya no contaba ovejas sino huevos en todas sus formas: fritos, revueltos, pochados, rancheros, estrellados, picantes, rellenos, frescos, fermentados, rojos, verdes, amarillos, mexicanos, napolitanos, turcos, rusos, chinos…la lista era más larga que todos los países del mundo.

Después de mucho pensar recetas y más recetas, y luego de calcular los habitantes del planeta, llegó a la conclusión que vendería más de 7 millones de millones de huevos cada día. Con tal fortuna sería el pollo más rico de la tierra, mucho más que cualquier rey o pirata.


Convencido de su plan, se dio a la tarea de producir huevos. Quería tener los más grandes, unos jamás vistos y que la gente pagaría a precio de oro.

Al escuchar sus ideas, todos en el gallinero le decían que los gallos no ponen huevos; pero él estaba convencido que convertirse en gallina sería tarea fácil.

Comprometido con su meta era el primero en llegar al desayuno y devoraba todo el maíz que encontraba, hasta que no le cabía ni un grano más en el buche.

Con el pasar de los días y los meses entendió que su plan no estaba funcionando; ningún huevo, ni grande ni chiquito, llegó a salir. Sólo ganó una gran panza de tanto comer y así fue perdiendo su esbelta figura.

Pero una batalla perdida no era el fin de la guerra. Así que ideó un nuevo plan para hacerse rico sin trabajar y repetía una frase que escuchó por allí: “Piense y Hágase Rico”

Así lo hizo, pensar era sencillo. Encontró un nido, acomodó su rabadilla y pasaba allí desde el amanecer hasta el atardecer, con los ojos cerrados imaginando huevos y dinero. Al verlo así, muchos pensaron que el gallo se había vuelto loco.

Aquel esfuerzo del pollo parecía en vano y de tanto estar sentado le dolía la puntica del rabo. Hasta que un día comenzó a sentir un fuerte retorcijón en las tripas. Cacareó y cacareó varias veces de dolor y sintió que por fin algo salió de él.

Orgulloso se levantó feliz, abrió los ojos, agachó su cabeza y miró entre sus patas esperando observar un gran huevo. Asqueado quedó cuando miró un líquido viscoso, verduzco y maloliente, que le escurría desde su cola hasta la punta de sus dedos y más allá.

Un día después, estudiando a las gallinas descubrió que cacareaban de manera distinta antes de poner un huevo. Y concluyó que aquello podía ser un conjuro mágico para crear huevos de la nada.

Paró oído, aprendió sílaba por sílaba, repitió una y otra vez, y tras horas de ensayo pasó del agudo y potente Kikirikííí de tenor emplumado, a un grave y quejoso cro cro croooo de gallina clueca.

Con tan mala fortuna que aquel conjuro tampoco funcionó, y de su barriga mágica ningún huevo salió. Pero eso sí, de tanto imitar a las gallinas, se puso ronco y daba pena escucharlo cantar como un gallo con gripa.


Ahora estaba casi mudo, al irse su voz marcharon con ella sus viejas fanáticas. Dolido del rechazo de aquellas pollas, que en otra época escurrían las babas por él, decidió que si no podía poner huevos como una gallina bien podría robárselos.

Poco a poco fue perdiendo la cordura y ganando la locura. Y así cual bandido, pensó en su modus operandi. Comenzó con las gallinas más nobles y despistadas, y después que la pobre abandonaba el nido, con el huevo aún caliente, lo robaba y escondía en su caleta.

Luego, envalentonado fue más atrevido, y no esperaba que la gallina se marchara, sino a pico armado las amenazaba para que le entregaran sus huevos, y así lo hacía de nuevo.

Después de un tiempo, cuando logró juntar un buen botín, decidió que lo vendería en el mercado negro. Esa noche, se armó tal alboroto en el gallinero que el gallo pensó que lo lincharían.

Pero no fue así; el ladronzuelo era otro, un viejo zorro que daba vueltas alrededor del gallinero lambiéndose la trompa. Tenía tan llena la barriga que, tras sonreír, se marchó muy tranquilo.

A la mañana siguiente, el gallo salió presuroso y tamaña sorpresa lo esperaba en su escondite: cáscaras rotas y huevos revueltos por todos lados. Al ver que no quedaba ni uno bueno el fortachón lloró un montón.

Tras varios días retomando fuerzas volvió a robar. Esta vez fue por un botín mayor; observó a una gallina que se alejaba, la siguió sigiloso y pudo comprobar que tenía un nido con muchos…muchos huevos.

El corazón se le aceleró al pensar que por ellos pagarían gran dinero. Por fin su suerte había cambiado de la noche a la mañana.


Esperó con paciencia a que doña gallina saliera a beber agua y cuando la vio lejana, se apresuró a saquear aquel nido. Todo marchaba de maravilla, pero cuando estaba en el hurto uno de los huevos comenzó a romperse y de él se asomaba la cabeza de un pollito que comenzó a piar desesperado: pio pio pio pio pio….

Al escuchar el llamado angustioso que no paraba, mamá gallina corrió como gacela. Embravecida llegó al nido, y nadie sabe a ciencia cierta qué pasó en ese lugar, pero aquel ladrón salió con el orgullo mal herido y sin ganas de volver a robar.

El siguiente amanecer, mucho antes que brillara el sol, comenzó el canto lloroso de un gallo que nunca calla, y que sólo pueden escuchar...¡Los locos que quieren ser ricos sin trabajar!



Liliana Mora León © 2020

viernes, 20 de marzo de 2015

Fábula sobre el amor propio: La Princesa Rosa del Mar

Esta es la increíble historia de un pequeña ballena que no se  creía especial, hasta que un día, algo extraordinario cambió su vida.

Desde sus primeros años, supo que era diferente: su piel era rosa y no azul como todas las demás. Su madre, que la amaba tanto le decía: —todas las Princesas son Rosa— y ella creía en las palabras de mamá.

Pero al entrar a la escuela muchas ballenas azules se burlaban de su color rosa, y en tono de chiste le decían : —Ballena rosa eres horrorosa—, y otras tantas cosas que la hacían sentir que era fea.

La pequeña tampoco cantaba tan bien como las demás ballenas. Desentonaba bastante y su canto era muy raro; nadie comprendía lo que decía. Y algunas ballenas en coro le cantaban: —Ballena si no está muda, canta como tartamuda...—. Ella permanecía en silencio escuchando y escuchando y escuchando...

Además, era muy temerosa, y su miedo comenzó cuando siendo niña escuchó que el mar era un monstruo inmenso, negro y profundo,  que se comía a las ballenas que se alejaban de casa. Todas sus compañeras de clase eran expertas nadadoras y ante su negativa a nadar lejos le gritaban: —La ballena rosa es una perezosa...

Así, fue creciendo la ballenita; escuchando las burlas de las demás. Pero ella se negaba a sentir rabia o rencor. Su madre le había enseñado que era necesario guardar en el corazón sólo las cosas bonitas. Y así lo hizo siempre. Pero ante tanta crítica, durante varios años, sentía que no valía nada, que su vida no era importante para nadie.

Hasta que un mes de agosto, cuando ya era una joven, todo cambió para ella. Llegó a su mar, una ballena reina, quien recorría el océano buscando a “La Elegida”. Según los libros sagrados de las ballenas, existía en el mundo sólo una ballena capaz de salvarlas de la extinción.

El tiempo final estaba cerca, y los adivinos decían que un gran maremoto acabaría con las ballenas del mar. La reina llegó al lugar donde los magos decían que habitaba “La Elegida”. Así que convocó una gran asamblea donde tenían que asistir todas las ballenas jóvenes de ese mar.

Con cantos y más cantos, fueron convocadas las ballenas, pero la pequeña, que creía que no valía lo suficiente se quedó en casa. Se presentaron una a una ante la reina. Algunas hacían demostraciones de su fuerza, otras entonaban cantos que se escuchaban a miles de kilómetros. Pero ninguna tenía la gran señal.

La reina preguntó si faltaban otras ballenas por presentarse. Ante lo cual, le informaron que sólo quedaba una ballena pequeña y temerosa, que no sería capaz de cumplir la gran misión. La reina insistió para que la trajeran ante ella.

Con miedo y mucha vergüenza, la pequeña rosa se presentó. Como no quería que la reina la viera con su piel de un color tan raro, se cubrió con una enorme vela de tela blanca que encontró en el mar.

Al verla, todos soltaron una enorme carcajada…parecía un gran fantasma. Uno de los asistentes le dijo a la reina: —Su majestad: he aquí ¡La ballena más tenebrosa! —y en tono de burla continuó—, perdón…¡La más temblorosa de este mar!  (Ja…ja…ja…reían todos, menos la reina).

Enredada con la inmensa tela, la pequeña nadó con dificultad hasta donde estaba la reina. Pero poco antes de llegar, una fuerte ola logró llevarse lejos la vela y la pequeña quedó desnuda en su piel rosa.

­La reina la observó con admiración, y  al verla temblar de miedo le dijo:

—No temas pequeña, nada malo te pasará— y luego agregó —Aunque no lo creas, Tú eres La Elegida. Tienes la gran señal que hablan todos los textos sagrados: Eres la ballena que en su piel lleva el color del amor…el rosa.

La pequeña ballena se negó a aceptarlo.

­—Pero si soy muy pequeña —dijo.

—La valentía de una ballena no está en lo grande que sea su cuerpo, sino en lo grande de su corazón —agregó la reina con seguridad—. El amor es la fuerza más poderosa que existe.

­—Su majestad, yo tampoco sé cantar muy bien —insinúo la ballena con su tímida voz—. Todos dicen que canto muy mal, y a veces ni yo entiendo lo que canto.

—Tu canto es diferente, porque tiene que ser entendido por todas las ballenas del mundo y no sólo por las de tu especie —expresó la reina—, es un don que te permitirá cumplir la importante tarea que te espera.

­­—Mi soberana ¿Cómo voy a salvar a todas las ballenas si soy tan miedosa y le temo al mar?

—Es normal que sientas temor —respondió la reina—, el miedo es el sentimiento que nos permite sobrevivir, y ese potente sentir tuyo te alertará del peligro y te guiará en tu misión.

Todos estaban asombrados de que la pequeña ballena rosa fuera la elegida. En ese momento, callaron y se sintieron mal al pensar en todas las veces que se habían mofado, ahora sus vidas dependían de ella.

Después de más y más excusas, la pequeña ballena no tuvo más que decir y partió con la reina al palacio del gran mar. Allí, asesorada por varios consejeros y maestros, comenzó a prepararse para su destino.

Muchas artes y talentos adquirió en aquel lugar: aprendió como nadar miles de kilómetros sin descanso; a cantar en todas las lenguas de las ballenas; a respirar profundo; a nadar muy hondo; y a comprender el movimiento de las olas y los sonidos del mar.

Cuando pasó todas las pruebas y estaba completamente preparada, partió a su gran misión. Nadó por todos los mares del planeta. En su camino conoció peces raros, delfines que también eran rosa, tiburones de muchas especies e infinidad de animales marinos asombrosos. También, observó los mares de siete colores y los más hermosos arrecifes del mundo. Se sintió muy afortunada de poder ver tanta belleza y nadar en libertad.

En su ruta encontró cientos de familias de ballenas, quienes la respetaron por su loable tarea y la alentaron a continuar su camino. Un día, en las costas del Japón, vio un mar de color rojo intenso, era la primera vez que veía algo así. Se acercó a la costa, y la ballenita lloró, lloró y lloró…al ver cientos de ballenas muertas atravesabas por arpones. No entendía porque los hombres podían hacer algo así.

Ella escapó varias veces de las redes de los pescadores, que la devolvían al mar por su pequeñez y por el raro color de su piel. Los hombres pensaban que una piel rosa era señal de que estaba enferma; nadie compraría su carne, sus aletas o su aceite en los mercados. Por primera vez, ella se sintió afortunada de ser diferente.

Un amanecer, mientras navegaba por el océano pacífico, en un instante el mar se volvió muy oscuro y no podía ver nada. Un fuerte movimiento la arrojó con fuerza al fondo del mar y un sentimiento de miedo se apoderó de su corazón. Ella estaba en la oscuridad total del mar profundo…era como si su mayor pesadilla de la niñez se hiciera realidad. Por un momento quedó paralizada, no sabía qué hacer. Pensó que el mar se la tragaría.

Luego, recordó el consejo de uno de sus maestros, y respiró muy profundo, una y otra vez. Hasta que logró calmarse. Ahora lo sabía: había llegado la hora del gran maremoto. Cerró los ojos y sintió en su piel la dirección hacia la cual se movía la onda, esas serían las primeras ballenas a las que tenía que avisar y así lo hizo.

La pequeña ballena, se llenó de toda su fuerza para resistir a los movimientos del furioso mar, nadó con mucha dificultad hasta que logró salir a la superficie y respirar de nuevo. Después, con todo el aliento comenzó a emitir su canto, una y otra vez. Este fue tan potente que en pocos minutos pudo dar aviso a varias manadas de ballenas migratorias que pararon su marcha para escuchar el canto, cambiar de dirección y ponerse a salvo. 

Y así lo hizo en cada una de las réplicas del terremoto, y de nuevos maremotos, salvando a cientos de ballenas en todos los mares. Pero a su paso, alertaba también a todos los animales del océano, y gracias a ella diversas especies marinas sobrevivieron al desastre. Sólo los hombres que no entendían el canto de las ballenas, no lograron huir del peligro.

Algunos animales que la vieron en aquella época, decían que a medida que pasaba el tiempo, más rosa se tornaba su piel, y mientras más vidas salvaba, más potente era su canto. Era como si el gran espíritu del mar la acompañara siempre, y el amor se hiciera más fuerte en su corazón.

Los habitantes del mar cuentan que la ballena rosa ha sido la más valerosa de todos los tiempos y todos los mares. Y aunque ella nunca lo supo, por su gran valentía,  la llamaron: “La Princesa Rosa del Mar”.

Desde hace muchísimos años nadie la volvió a ver. No se sabe qué pasó con ella. Pero, muchos aseguran que aún se escucha el eco de su inconfundible canto. 

© 2015 Liliana Mora León


Te invito a escuchar los hermosos cantos de las ballenas.
Alguno puede ser el canto de "La Princesa Rosa del Mar"

viernes, 26 de septiembre de 2014

Cuento sobre el valor: El pajarito valiente


Erase un país lejano, destinado a ser gobernado por una bella princesa, la única hija del rey.

—Hija tienes que aprender a ser valiente —le decía el Rey a su hija, cuando tan sólo tenía cinco años.

Siendo tan chica, no entendía muy bien que significaba “ser valiente”, así que una tarde mientras daba un paseo por los jardines del palacio con su madre le preguntó:

—Mamá ¿Qué es ser valiente?

—¿Ser valiente? —preguntó la Reina mientras buscaba una respuesta que la niña pudiera entender.

—Papá me dice que toda princesa tiene que ser valiente —explicó la chiquilla—, pero no entiendo que es.

En ese momento observaron un pajarito en el suelo, y vieron que tenía un ala malherida. La reina intentó con cautela capturarlo para ayudarlo, pero el pajarito corrió rápidamente. Era un pájaro silvestre acostumbrado a vivir en libertad.

La reina persiguió al ave por un buen rato. Cuando el pajarito se sintió acorralado, comenzó a lanzar pequeños picotazos para alejar las manos que querían atraparlo, pero sus esfuerzos fueron en vano. Finalmente, la Reina logró cogerlo.

En un instante, cuándo la reina abrió la mano para observarlo,  el pajarito sacó nuevamente fuerzas, tomó un impulso y comenzó a volar. Con el ala herida el vuelo para él fue difícil y le costó muchísimo trabajo subir a la copa de un árbol cercano, dónde se puso a salvo.

—¿Viste lo que hizo el pajarito? —preguntó la reina a la niña.

—¡Sí! —respondió asombrada la princesa— ese pajarito tan pequeñito, tenía un ala herida, pero luchó tanto que logró escapar.

La madre le respondió:

­—Hija… ¡Eso es ser valiente!

La princesa, preocupada por el animalito, lo buscaba con frecuencia entre las ramas del árbol, y le dejaba cerca semillas y agua. Hasta que un día, el pajarito emprendió el vuelo llevando en su pico una bella flor.  

La princesa nunca olvidó al pajarito, y cuando llegó a ser Reina fue reconocida por su gran valentía, defendiendo a su reino de muchos invasores y piratas que querían robarle su libertad.

©Liliana Mora León