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sábado, 1 de octubre de 2016

Cuento de amor a la naturaleza: ¡Los patos no sabemos volar!



Te voy a contar un cuento, que no es un cuento; y aunque no lo creas, y pienses que no es verdad, tiene mucho de realidad:

En una ciudad conocida como Bogotá, existen pequeños pantanos de agua llamados Humedales Algunos tienen nombres de animales, por ejemplo: El Burro, La Vaca y La Conejera; aunque en realidad en ellos no viven ni burros, ni vacas, ni conejos. Pero sí hay aves, muchas aves especiales.

En los humedales de la sabana habitan algunos pájaros que no existen en ningún otro lugar del planeta. ¿Te imaginas? Ni en China, ni en India, ni en Canadá, sólo en Bogotá.  

Doña Pata, es una de ellas. Es un ave bonita y también elegante. Al entrar al agua nada tan rápido que parece una campeona de olimpiadas. Pero lo malo es que no puede volar. Por más que intenta elevarse del piso no logra subir ni un metro.

Y aunque los patos de su especie no surcan los cielos, ella está muy orgullosa de pertenecer a su familia. Sabe que quedan muy pocos. Teme que algún día no exista nadie con su raro y enredado apellido. 

Doña Pata, no quiere terminar como su primo: el “Pato Zambullidor Andino”. Nunca lo volvieron a ver. De él sólo queda el recuerdo y algún viejo retrato pintado a mano. ¡Se extinguió!

Las amigas de doña Pata, unas aves que vuelan alto y conocen cada rincón de la ciudad,  le han dicho que: ¡Los humedales están desapareciendo! Le contaron también que a la “Tingua Bogotana”, un ave de hermosas plumas verdeazuladas y delgadas patas de bailarina, ahora poco la ven.

Preocupadas le chismosearon que llevan mucho tiempo, pero muchísimo, sin escuchar la serenata del pájaro "Cucarachero" Nadie sabe qué ha pasado con él, todos extrañan su alegre e inconfundible cantar: Tuiiti, Tuiiti, Tuiiti…


Doña Pata, teme que su familia también desaparezca de la tierra. Ahora que calienta sus tres huevos intenta por todos los medios limpiar su pantano. Con el pico atrapa lo que  más puede y lo lleva hasta el cesto de la basura. Agarra de todo: bolsas de papas fritas, botellas de gaseosa, miles de empaques de golosinas y muchas cosas más.

Cada día, como por arte de brujería, una nueva montaña de basura aparece. Aquel trabajo no tiene final. El humedal permanece con un asqueroso sabor que le hace doler las tripas, y un apestoso olor que le da ganas de vomitar.

— ¿Por qué los humanos no dejan la basura en su lugar?, se pregunta mientras lucha por encontrar comida en aquel sitio contaminado.

Cansada de trabajar sin descanso, y al escuchar la noticia que los gobernantes de su ciudad, aprobaron construir edificios en su humedal, doña Pata decidió buscar un nuevo hogar. Uno más limpio donde sus hijos puedan crecer sanos y su familia viva feliz.

— ¿Conocen un río cercano? —­preguntó a sus amigas las aves.

— Querida, tiene que salir por la puerta amarilla, camina hasta la esquina, cruza la calle y al frente encuentra el “Río Claro” —le indicó una de ellas.

Doña Pata estaba feliz. Nunca se imaginó que existiera un río tan cerca, y sobretodo, uno de aguas claras. Ella se dio prisa, empacó sus tres huevos y salió con paso rápido y afanado.

Era la primera vez que salía del humedal y con miedo enfrentó ese nuevo mundo. Al llegar a la gran avenida observó unos objetos gigantes movedizos. Eran como gusanos de metal de color rojo intenso que zigzagueaban por el asfalto. Estaban repletos de humanos con cara de preocupación.


En un aviso pintado en el costado de uno de esos extraños objetos, doña Pata leyó: “Prohibidos los patos”

— ¡En esta ciudad no quieren a los patos! —exclamó con tristeza.

Luego, al ver miles de autos de diferentes colores y tamaños que corrían a gran velocidad se preguntó:

— ¿Cómo voy a cruzar sin morir aplastada?

Y, como si ocurriera un milagro, como por un acto de magia, extendió sus alas y comenzó a volar sobre la gran avenida encima de todo el tráfico.

—¡Pero si los patos no sabemos volar! —exclamó doña Pata, aquello le pareció increíble.

Era la primera vez que cruzaba el cielo, y un furioso viento de agosto le hizo dar una voltereta cual cometa, y uno de sus huevos saltó al aire. Ajustando su rumbo descendió veloz para alcanzarlo y logró atraparlo antes que llegara al suelo. Pero sin darse cuenta aterrizó estrellada contra un arbusto de arrayan.

Dolorida se levantó, revisó sus huevos y respiró aliviada al verlos sin rasguños. Después de un descanso, siguió las indicaciones de sus amigas hasta llegar al “Canal del Río Claro”.  Caminó por el puente para admirar el río desde arriba, pero lo que observó la dejó con el pico abierto:

Más, y más, y más basura… ¡Basura por todos lados! Aquello era un depósito de trastos viejos, camas, colchones, mesas, cartones, ladrillos, ropa, llantas, mugre y mugre y más mugre…Y, nuevamente, en el fondo, el agua gris verdosa maloliente que le daba tanto dolor de panza.

— ¿Dónde está el Río Claro? —se preguntó—. ¡Guácala, esto huele muy mal! —, dijo mientas se tapaba el pico con las plumas de sus alas.

Siendo un animal muy inteligente, no se dio por vencida y se le ocurrió una brillante idea:

— ¡Ya sé! Caminaré hasta la cima de la montaña, e iré al páramo donde nacen los ríos. Allí encontraré agua pura.

Doña Pata, emprendió nuevamente el camino, era fácil orientarse mirando la gran montaña que estaba parada justo donde el sol salía cada mañana.

Al rato, encontró un nuevo peligro: eran dos gatos callejeros, de cuerpo negro y patas blancas, tenían grandes ojos amarillos que asustaban en la noche y les daban mirada de malosos:


—¡Esta es nuestra calle! —gritó uno  de ellos.

—¡Lárguese  de aquí! —Masculló el otro—. Devuélvase por donde vino.

—Tranquilos amigos... no se preocupen —respondió doña Pata mientras protegía sus huevos—. Yo sólo quiero llegar a la cima de la montaña.

—¡Nosotros odiamos los patos con su horrible Cuac, Cuac, Cuac! —agregó el gato más viejo.

Luego, la corretearon sin cesar y le lanzaban arañazos con sus garras. En medio de la pelea, acorralada en un rincón, temblando de miedo y con sus huevos pegados al corazón,  ella sintió que su cuerpo cambiaba y sus alas crecían rápidamente:

— ¡Esto es maravilloso! ¡Estoy volandooooo! —resopló asombrada mientras veía a los gatos mirando al cielo con cara de bobos.

Después de pasar tremendo susto reanudó el viaje. A medida que subía la montaña, menos gente había y el agua más limpia parecía. Y lo mejor de todo, no encontró ni una pizca de basura.

Tras varias horas de camino, con las patas ya cansadas, las plumas sudorosas y el pico seco, se enfrentó al mayor enemigo que encontró en el viaje: el hombre. Un cazador experimentado con un rifle en el hombro le disparó varias balas, pero ninguna logró dar en el blanco. Ella no comprendía qué pasaba, y tras escuchar un nuevo estallido, apuró el vuelo y logró escapar de una muerte segura. Sin duda, ¡era su día de suerte!

Después de varios kilómetros subiendo y subiendo la montaña, por fin llegó al “Humedal El Paraíso”. Era el cielo de los animales en la tierra. Cruzó una enorme puerta sin pagar la entrada y leyó en un pequeño aviso: ¡Bienvenidos todos los patos!...


Ilusionada entró al que sería su nuevo hogar. Aquel era un sitio hermoso. El ruido del agua fluyendo era una melodía que nunca había escuchado ¡Era un lago de ensueño!

Cansada de tan extenso viaje guardó rápidamente sus huevos, y con una enorme sed se lanzó presurosa al agua. ¡Estaba helada pero sabrosa! Al sumergir la cabeza encontró deliciosos gusanos y peces pequeños, eran todo un manjar.

Doña Pata veía cientos de aves surcar el cielo y sintió que los árboles desprendían un agradable aroma. De pronto, sin esperarlo, escuchó un ruido muy fuerte. Tras el estruendo, volvió el horroroso olor, aquel que pensaba había dejado atrás.

Asustada pegó un gran brinco, abrió los ojos y cuando miró alrededor lo reconoció: estaba en su viejo humedal, entre el agua sucia y la basura. El ruido ensordecedor del tractor le señalaba que los humanos estaban construyendo el nuevo barrio. Mientras, ella permanecía en el nido calentando sus tres huevos.

Al ver aquello exclamó con preocupación:

—¡¿Qué pasará con mi familia si los patos no sabemos volar?!
                                                                  
 © 2014 Liliana Mora León

lunes, 20 de abril de 2015

Cuento infantil sobre la vida: Ágata y las estrellas



Hace muchos siglos, en un pequeño bosque del centro del África, una familia de gatas monteses comenzó el ritual de maullar en la noche oscura. Nadie sabía por qué hacían aquel ruido que a muchos lograba espantar el sueño. Hasta que Ágata, la gata menor, tuvo la valentía de contarle al mundo el motivo de tal locura.

Ágata, aprendió desde pequeña que hay palabras que no se escuchan con los oídos, y mensajes que flotan libres en el aire. Ella comprendió que se podían escuchar los luminosos mensajes de las estrellas.

La primera vez fue una noche de enero, un día al final del verano, cuando paseaba con su madre por un campo cercano a su escondite. Era el momento perfecto; del cielo colgaba una hermosa luna apenas creciendo, las nubes se habían marchado lejos, e incontables estrellas titilaban en la oscuridad. 


Ese día, la pequeña Ágata quedó sorprendida al escuchar a su madre maullarle al cielo. Nunca antes había oído a una gata hablar sola. Ella, permaneció en silencio esperando alguna respuesta, tal vez; una voz llegara del más allá, una hoja escrita cayera del cielo, o quizás un genio apareciera por arte de magia. Nada de eso ocurrió, reinó un mudo silencio de palabras, entre el ruido de los animales de la noche.



Luego de un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, la mamá de Ágata la miró a los ojos y con una enorme sonrisa gatuna le dijo: “Hija, tu destino será brillante…Serás una estrella y darás luz a muchos gatos del mundo en sus noches oscuras”. 


Cuando Ágata preguntó a su madre cómo sabía su futuro, ella le contestó: “Me lo han dicho las estrellas”. Ese día al escuchar ese hermoso mensaje del cielo, ella decidió que también quería aprender a escuchar las estrellas. Aunque, nunca se imaginó lo que tendría que vivir para que su deseo fuera una realidad. 

A medida que aprendió a escuchar las estrellas, ellas le contaron que todo estaba escrito, y nada sucedía por casualidad. Era un don especial regalado a la abuela, la madre y a Ágata. “ES un don para TRES de ELLAS”…le repetían las estrellas. 

Tampoco era casualidad que ella se llamara Ágata, pues según las tradiciones antiguas era una piedra preciosa valorada por regalar el conocimiento a todo el que creyera en ella. Esa gatica era una auténtica joya... 

Pero había un problema, Ágata sería la última gata de su familia con el don de hablar con las estrellas, por eso tendría que utilizarlo con gran sabiduría para el bien de todos los gatos y gatas de la tierra. Lo que ella hiciera con su talento, podría llegar a cambiar las noches del mundo. 

Con el tiempo, a pesar de vivir sus siete vidas, murieron de viejas la abuela y después la madre de Ágata. Al quedar sola, sintió una profunda tristeza y la embargó un sentimiento de abandono. Lo que a ella le causaba pesar a sus vecinos una gran alegría, pues solo quedaba una gata maullando en la noche.

Las cosas no eran fáciles, y en esos momentos de dificultad la gatica recordaba las palabras de mamá: “cada don trae su pequeña cuota de dolor”. Al principio, sintió incomprensión de los demás gatos. Algunos al verla durante largas horas observando el cielo y maullando decían muchas cosas: que se había vuelto loca, que era una lunática, y que perdía el tiempo haciendo nada. 

Al principio ella no se desanimaba, sabía que lo que hacía era importante aunque nadie lo entendiera. Dedicaba cada minuto de sus largas noches a escuchar las estrellas y guardaba sus mensajes, donde se esconden los mejores tesoros; en el corazón. 

Ágata soportaba con paciencia todas las pruebas. No importaba el mal clima; las altas temperaturas de verano, bajo el frío del invierno, durante la fuerte lluvia o las tenebrosas tormentas, aún en medio de los rayos, ella permanecía cada noche afuera en su tarea. Sabía que su vida era corta y no podía desperdiciar el tiempo.

Más de una vez, se enfrentó a diversos enemigos nocturnos más grandes y peligrosos. Primero, luchó contra una enorme serpiente que intentaba comérsela de un bocado. Otra noche, trepar a un árbol la salvó de ser cazada por unas feroces y hambrientas hienas. Frecuentemente la correteaban jaurías de perros salvajes que la perseguían por diversión, pero ella lograba escapar.

Después de un largo tiempo haciendo lo mismo noche tras noche, Ágata, sintió que todo lo que hacía no tenía ningún sentido ¿Para qué tanto conocimiento?¿A quién le sirve todo lo que aprendo?  Se preguntaba ella. Desmotivada de una labor que parecía inútil, decidió abandonar la tarea y dedicarse hacer lo mismo que los demás gatos.

Al comentarle a las estrellas su decisión de abandonar sus encuentros de cada noche, las estrellas le contestaron: "El mayor don de cada gato es la libertad...pero no olvides que no se puede huir al destino"

A partir de ese día ella no volvió a mirar las estrella, y solo daba pequeños paseos nocturnos antes de ir a dormir. Pero una noche, cuando intentaba atrapar un ratón que se escondió entre varias piedras, molestó sin querer a un pequeño pero mortal explorador nocturno, un alacrán albino. 

El temido animal, la hirió con su gran aguijón inyectándole su peligroso veneno. Cuando vio al alacrán tuvo mucho miedo, sabía que ningún gato había sobrevivido a una picadura así. En pocos segundos, Ágata sintió un dolor insoportable en su pata, luego una sensación de ardor y en breves minutos, comenzó a sentir un adormecimiento que subía de su pata a otras partes del cuerpo.

Estaba segura que si no encontraba una cura inmediata en pocos minutos moriría. Sabia que las únicas que podían conocer un remedio eran las estrellas. Así que, apenada, pero motivada por el insoportable dolor, les preguntó a ellas. Fueron las estrellas de la constelación escorpión, las que le contaron a la gata que hierba silvestre tenía que masticar para curarse. Ella se arrastró con mucha dificultad hasta encontrarla, y allí tragó una y otra vez la amarga planta.

A los pocos días Ágata se había recuperado y estaba de nuevo con los pequeños astros luminosos de la noche. Ahora estaba convencida que las estrellas lo sabían todo y así como le habían salvado su vida, podía ella llegar a salvar la vida de otros gatos.

La gata aprendía de las estrellas, a la vista de muy pocos amigos y de muchos críticos. Pero quienes la conocían de cerca, observaron que mientras más hablaba con las estrellas más cosas sabía. Y así, poco a poco fue haciéndose fama de buena consejera y cada vez más gatos la buscaban para que los guiara en sus momentos difíciles…sus noches oscuras. 

Respondía toda clase de inquietudes. Algunos le preguntaban sobre el amor, otros con que gato o gata emparentarse, la forma de criar a los gaticos, la manera de vencer a un enemigo, cómo curar enfermedades, picaduras de alacrán y de serpientes, y cientos de problemas que aquejaban a los gatos. 

En ocasiones, uno que otro felino le consultaba con intenciones malvadas, querían aumentar su poder para dominar a otros gatos, adueñarse de territorios ajenos o atrapar con magia a una gata o gato que deseaban. Le ofrecían a Ágata enormes fortunas para que los aconsejara, pero ella los rechazaba. De la boca de la gata sólo salían los mensajes de las estrellas, nunca dijo nada que perjudicara a otros gatos. 

La sabiduría de Ágata, a medida que envejecía, le trajo fama y fortuna, aún sin ella buscarlas. Venían gatos de todo el mundo buscando su ayuda. Pero una preocupación se apoderó de la gata en sus últimos años. ¿Quién aconsejaría a los gatos después de su muerte? 

Le preguntó a las estrellas qué tenía que hacer, y ellas le contestaron: “Las respuestas a todas tus preguntas ya existen, sólo necesitas estar en silencio para escucharlas”  Después de meditarlo en silencio durante varias semanas, encontró que la única manera era enseñarles a otros gatos cómo desarrollar el mismo don. 

Pero antes de hacerlo, ella consultó a las estrellas, quienes al unísono le contestaron: “Todo don fue hecho para compartirlo con los demás" Desde ese momento y hasta el final de sus días, Ágata se dedicó a enseñar a otros gatos lo que aprendió de su abuela, su madre y de las estrellas. Y siempre decía a sus estudiantes: "Hay dones con los que se nace, y hay dones que se hacen"

Antes de morir la pequeña Ágata, viendo la tristeza de todos sus crecientes amigos les dijo: Recuerden que “Si hay un lugar en el cielo para 10.000.000.000.000.000.000.000.000 de estrellas, también hay un lugar para cada gato”. 

Después de su muerte, sus estudiantes le enseñaron a cientos, luego a miles y después se multiplicaron a millones de gatos. Y hoy después de tantos siglos, no existe un lugar en la tierra sin gatos que maúllen preguntándole a las estrellas…Todo gracias a Ágata, la gata que cambió las noches del mundo. 

© 2015 Liliana Mora León
Fuente de imagen animada:
http://decentscraps.blogspot.com/2014/04/animation_8.html

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor a los animales: ¡Mi gato se ha vuelto loco!



Tengo un gato un poco raro. Desde hace varios meses, parece que otro animal se apoderó de él. Y para que me creas lo que te digo, te voy a contar las locuras que hace. Al final tú decides si quieres tener un gato loco como el mío.

Antes, mi gato pasaba largas horas durmiendo en el sofá, y hasta roncaba como mi papá. Pero ahora, aunque tiene los ojos cansados y está bastante somnoliento, se niega darse una siesta. Hoy, parece un trompo y está dando vueltas y vueltas en el jardín intentando agarrarse la cola.

Su saludo cuando llego de la escuela, ya no es como antes; olvidó cómo dar el pequeño maullido, mover elegantemente su cola y restregar su olor en mi pantalón. Eso quedó atrás, se convirtió en un saltarín y parece más un sapo que un gato, lo cual dada su gran destreza para brincar, le queda muy bien.

De comida ni hablemos. No ha vuelto a recibir el atún, su plato preferido. Al abrirle una lata, lo huele profundamente y lo deja de lado. Para completar, la leche ya no le sienta bien. Mi mamá dice que se volvió intolerante a la lactosa   —parece que eso le pasa a todos los mayores—, y es posible que sea así, porque está bastante flatulento y con gases muy ruidosos y apestosos.

A veces lo pillo buscando huesos en el contenedor de la basura, y después que agarra uno no lo suelta por nada del mundo; lo muerte y lo muerte, una y otra vez,  aunque con sus débiles dientes nunca logra romperlo por completo. Da pena verlo luchar contra aquellos huesos sin nunca ganar una victoria. Su casa ya parece un cementerio, llena de huesos a medio roer por todos lados.

Sus juegos preferidos no son los mismos, abandonó su amado ratón de plumas, y no se pule las uñas con la alfombra dura y vieja de la entrada. Ahora, corre detrás de cualquier pelota o calcetín que lanzo al aire, y aunque intenta atraparlos con la boca siempre falla. Al final muy a su pesar, tiene que utilizar sus patas delanteras para capturarlos y moverlos.

Preocupados por él, lo hemos llevamos al doctor. El veterinario, lo subió a una camilla, le miró los ojos, le abrió la boca (pobre doctor con ese mal aliento de mi gato), exploró sus orejas, palpo su panza, lo paró en dos patas, y le movió la cola por todos lados.

Al final, después de un exhaustivo examen y muchas preguntas a mamá,  el veterinario nos dijo: 

—Físicamente su gato no tiene nada, está saludable, es completamente normal— Al oír aquello, respiramos aliviados, pero antes que diéramos un nuevo suspiro de aliento el doctor agregó: —Todo parece indicar que... ¡Su gato se ha vuelto loco!

—¿Se ha vuelto loco? — preguntó mamá bastante asombrada.

—Sí, se ha vuelto loco —respondió el doctor con mucha seguridad—. Y no hay nada que podamos hacer por él, esto no tiene cura.

Salimos desilusionados de allí con nuestro gato loco en los brazos. Yo estaba muy triste. No quería perder a otra mascota.

Queríamos contarle a la abuela y pasamos por su casa. Ella, aunque no es médico, siempre da recetas para todo. No sé si eso lo aprende en la tele, escuchando la radio, leyendo sus libros sobre plantas o mirando al doctor OZ, pero ella lo sabe todo. Era posible que también supiera como curar a gatos locos.

Le contamos la historia con todos los detalles. Ella, callada como siempre, lo pensó muy bien, y después como toda una experta en la materia me dijo:

 —Es verdad, tu gato está loco   —nos reconfirmó la abuela mientras yo me negaba a aceptarlo—. Pero no cualquier locura   —agregó ella, yo pensaba que no podía ser peor—. No todas las locuras son iguales, y él está loco, muy loco.

­ —¿Loco? ¿muy loco?...no entiendo nada abuela.

Y ella me respondió:

—Mira hijo, normalmente un gato no es un perro y un perro no es un gato. Pero ahora tu gato es un perro.   

Realmente al escuchar la respuesta de la abuela, pensé que esa enfermedad era altamente contagiosa, ahora la que parecía estar loca era la abuela. Pero al ver mi cara de desconcierto ella me explicó:

—No todas las locuras son iguales ­—dijo mientras acariciaba a mi felpudo—. Y tu gato está loco…loco de amor por ti.

— ¿Loco de amor por mí?, pero abuela ¿qué locura estás diciendo?

­— Sí, tu gato te ama tanto que quiso volverse un perro cuando vio tu tristeza al morir tu viejo perro —respondió ella—­. Él quería que volvieras a sonreír. Intentó con esmero cada cosa que hacía tu perro, hasta que un día olvidó en verdad quien era.

Yo, quedé sin palabras un buen rato. Para mí, sólo los perros eran capaces de amar tan profundamente, así que cuando murió el mío, sentí que nadie me amaría tanto como él. Pero ahora este gato loco, me demostraba todo lo contrario.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – le pregunté a la abuela.

— Ámalo tanto como él a ti — fue la única respuesta de la abuela. No había pócimas, agüitas, ni yerbas para ayudarlo.

Últimamente, paso mi tiempo libre  enseñando a mi gato como olvidar ser un perro. Y creo que hemos avanzado un poco, se ve más feliz...pasa más tiempo durmiendo en el sofá que jugando en el jardín.

Desde ese día algo en mí cambió. Sé que aunque un amigo se marche, siempre encontraré otro que también me ame, eso sí, a su manera. 

Y ahora,  ¿Qué me dices tú? ¿quieres un gato tan loco como el mío?

©Liliana Mora León

sábado, 16 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor al prójimo: La pelea entre el perro y el gato

Manuel tiene un don extraordinario: puede hablar con los animales. Recibió ese regalo del cielo, al tiempo que perdía la visión por una rara enfermedad. 

Él vive con dos mascotas, a las que cuida con gran amor. Tiene un perro muy sociable y tranquilo, leal y amante de la diversión. El otro habitante de la casa es un gato; inteligente y hablador, tierno y juguetón, y como todo gato bastante dormilón.

Un día, Manuel escuchó a sus mascotas discutir, con unos ladridos y maullidos muy altos, era una discusión bastante ruidosa, así que decidió poner atención.

—Él me quiere más a mí —decía el perro­­—, sin mi ayuda no podría cruzar las calles y evitar los obstáculos, conmigo va a todas partes.

­—Estás equivocado —contestó el gato—, a mí me ama más, conmigo pasa largas horas en el sofá.

Manuel al oírlos, y saber que su amor era la razón de la pelea les dijo:

—Por favor, paren de pelear, no discutan sin necesidad…yo los amo a los dos.
—Pero conmigo te ríes más mientras jugamos con la pelota en el jardín —dijo el perro.
—Yo te hago estar más sonriente cuando acaricias mi pelo —respondió el gato.
—Somos una familia, y en mi corazón hay lugar para los dos ­­—habló Manuel—. Juego a la pelota contigo, porque sé que te hace muy feliz —le dijo al perro—; y paso largo rato acariciando tu pelo porque cuando ronroneas sé que te gusta mucho ­ —le aclaró al gato.
El perro y el gato se sintieron tranquilos al escucharlo, él los amaba a los dos, aunque hiciera cosas diferentes con cada uno.
No lo olviden nunca —les dijo Manuel—, amar es hacer las cosas que al otro lo hacen feliz. 



                                           © 2014 Liliana Mora León


martes, 15 de julio de 2014

Cuento sobre la amistad y la bondad: Sofía y su único amigo

La pequeña Sofía vivía en una lujosa mansión, llena de cuartos y más cuartos. 

Ella disponía de los mejores juguetes que el dinero pudiera comprar, pero no con quien jugar.

No tenía hermanos, ya que sus padres eran gente muy ocupada, y una hija era mejor que nada.


Amigos no conocía, sus padres evitaban que jugara con cualquiera.

Los perros y los gatos, tampoco estaban invitados, podían ensuciar tan hermoso lugar.

Adquirió fama de niña traviesa, y de sus aventuras más de una vez no salió ilesa.

Jugar a las escondidas, era su pasatiempo preferido. Y aunque nadie la buscara, ella seguía encontrando nuevos sitios para esconderse.

Una tarde, Sofía no aparecía. La madre comenzó a buscarla por todos lados: en cada uno de los 11 cuartos, en los 5 baños, la cocina, la despensa, la sala de visitas, el estudio, el cuarto de juegos, el comedor auxiliar y el principal...No lograba encontraba en esa casa tan inmensa.

Buscó en los muebles de la cocina, en la lavadora, llegó a revisar hasta en las cestas de la ropa sucia, pero no estaba por ningún lugar. Parecía que se hubiera esfumado.

De pronto, al entrar nuevamente al cuarto de Sofía, la madre escuchó un ruido en el armario. Al abrir la puerta, encontró allí a la pequeña en un rincón, muy acurrucadita y con un pequeño gatico entre sus brazos.

Al ver a su mamá, con una voz muy bajita, le dice:

—¡Silencio mamá, que está dormido!

—¿Dónde encontraste ese animal? —preguntó la madre bastante enojada.

—Entró por la ventana —respondió la niña.

—Tienes que dejarlo afuera, no puedes tener en casa a un animal callejero—ordenó la madre.

—¡No!¡Este es mi gato! —respondió la niña mientras lo apretaba fuerte contra su pecho, intentando que no saliera corriendo.

Unas lágrimas corrían por las mejillas de Sofía mientras su madre intentaba quitarle el pequeño gato.


—Por favor mamá, permite que se quede, él es mi amigo —imploró la niña—. Es mi único amigo.

Esas últimas palabras resonaron en la cabeza de la madre, "mi único amigo".

—Nosotros tenemos una enorme casa y él no tiene dónde vivir. Tú me has dicho que tenemos que ayudar a los necesitados y él necesita una casa y quien lo cuide—agregó Sofía.

Eso era verdad, en varias ocasiones la madre hablaba de ayudar a otros, intentando que Sofía no se volviera una niña egoísta entre tanto lujo y comodidad. Las palabras de la pequeña la hicieron recapacitar:

—Bueno, está bien, puedes quedarte con él —respondió la madre—. Tienes razón hija, hay que ayudar al otro sin mirar a quién, y si llega a nuestra casa no podemos cerrarle las puertas.

—¡Ni las ventanas! —respondió Sofía muy feliz de poder conservar a su único amigo.

© 2014 Liliana Mora León