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miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuento de amor a los animales : Kiko el gallito temeroso



Hace un tiempo, en una vieja granja del oeste, vivía Kiko; un gallo joven que no sabía cantar y mucho menos pelear. Era el pollo más temeroso que existió en aquel lugar, y para el dueño de casa, un gallo tan vergonzoso como ese, sólo podía tener un pronto final en el fogón.

El miedo de Kiko comenzó una mañana cuando tomaba su desayuno,  un gallo más grande y fuerte que él, se lanzó inesperadamente y le dio picotazos y golpes con sus grandes alas mientras le robaba su comida. Luego de la golpiza, lo amenazó: —Si le dices algo a tu mamá…la próxima vez te irá peor.

Con mucho valor y venciendo el miedo a lo que pudiera pasar, le contó a su mamá. Para su sorpresa, ella le respondió: ­—Ya estás grande, tienes que resolver solito tus problemas­—. Kiko se sintió triste al escucharla, estaba seguro que de ahora en adelante no tendría la ayuda de doña gallina.

Otra tarde, recibió una paliza peor que la primera. Kiko quedó mal herido, con las plumas rotas y una pata coja. Pero se armó de más valor y decidió contarle esta vez a su papá, esperando que él lo defendiera. Su padre, un famoso gallo de pelea bastante enojón, después de escucharlo, de mal genio le contestó:



 —Esa es la forma como los gallos aprender a pelear, eres un gallo y no una gallinita —se burló del hijo mientras batía sus alas y su cola, y hacía ruido como una—; la próxima vez que me vengas con esos cuentos, seré yo quien te coja a picotazos…¡Aprende a ser un gallo de verdad!¡Eres una vergüenza para esta familia!

Las palabras de papá gallo no lo dejaron nada aliviado, parecía que pelear era bueno para los demás, pero Kiko odiaba entrar a picotazos con otros gallos: ¡Él adoraba vivir en paz! Ese día decidió que era mejor callar y aguantar los golpes de los gallos granujas y grandulones.

La hora preferida para los ataques al pequeño, era la hora de la comida, y a punta de golpes lograban quitarle todo los granos de maíz que kiko quería llevar a su pico. El joven gallo estaba cada vez más flaco, daba pena verle los meros hueso cubiertos de plumas.

Su peor momento de terror, fue una noche de noviembre, cuando entró un astuto zorro al gallinero y lo agarró entre sus dientes. El animal cazador al sentirlo tan flaco y huesudo, prefirió soltarlo y  agarrar una gallina más gordita y más sabrosa. Pero Kiko, aturdido por lo ocurrido, quedó paralizado del miedo, estaba completamente mudo y desde esa noche no volvió a decir ni pio.

Todos se burlaban de él; ¡El gallo que no peleaba y no cantaba al amanecer! Pero una mañana todo cambió para Kiko. Cuando sin esperarlo, alguien lo defendió de los demás gallos que a picotazos le robaban su alimento. Miró a su defensor y encontró a un pequeño niño: Manuel, el hijo menor del dueño de la granja.

—Chite…corre…vete de aquí, aléjate, déjalo en paz —les gritaba el niño a los otros gallos y gallinas, mientras los perseguía con un palo y todos revoloteaban por ahí.

Por primera vez, Kiko pudo comer en paz y llevarse varios granos de maíz al buche…Con la barriga llena, se sentía más feliz, y con una enorme energía para correr hasta el atardecer.

Ese fue el primer día del resto de la vida de Kiko, sintió que alguien lo defendía en sus peores momentos. Sorprendido, se hizo más fuerte aquella mañana, ya no estaba solo en el mundo como él pensaba…Eso lo llenó de valor.

A la mañana siguiente, después del salir el sol, de  nuevo estaba Manuel en las puertas del gallinero. Aún en pijama y con la cara somnolienta, vigilaba que ningún gallo le quitara su comida a Kiko. Pero al intentar acercarse al gallito, éste, pensado que también lo golpearía salió huyendo y se escondió entre la paja…

El niño se puso a la tarea de aproximarse al animal. Cada día se ubicaba un paso más cerca del pollo. Hasta que un martes, cuando el gallito comía desprevenido, le tocó suavemente la cabeza. Era la primera vez que el Kiko sentía la ternura de una caricia…y de alguna manera quería estar allí cerrando sus ojos, y sintiendo aquel calorcito.

Días después, Kiko se sorprendió esperando a Manuel, quien nuevamente se le acercó y le tocó su cresta, y mientras le acariciaba sus plumas, le dijo unas palabras que el pollo nunca más olvidó: ¡Eres un lindo gallito! ¡Eres un gallito muy bueno!


Sí, Kiko escuchó cosas bonitas sobre él. Y eso lo hizo sentir muy bien. Algo cambió aquel día: se paró más derechito, extendió su largo pescuezo y levantó la cabeza, ya no caminaba mirando el piso, daba pasos más firmes, y parecía más grande y fuerte…¡Sentía que él también era especial!

La amistad entre Manuel y Kiko fue creciendo poco a poco. Hasta que llegaron a ser casi inseparables. Kiko caminaba detrás del pequeño y lo acompañaba a todas partes. Y aunque los demás gallos se burlaban y lo llamaban “perrito faldero”, a él no le importaba, tenía un buen amigo, alguien que lo amaba.

Para el dueño de casa, un gallo que no cantaba merecía un pronto final. Así que, una mañana de domingo llegó a sacarlo del gallinero, para preparar con él un delicioso almuerzo. Detrás corría Manuel, que con llanto le decía a su papá:

—¡Déjalo, ese es mi gallo! —luego le gritaba—, No pueden comerse mi pollo! ¡Él es mi amigooo...!

Después de mucho llanto, el niño logró convencer a su padre de soltar a Kiko. Y aunque lo dejó libre, le puso una condición, que pensó nunca lograría cumplir:

­—Si quieres que este gallo viva, tiene que aprender a pelear y a cantar —luego agregó con voz decidida—, tienes siete días, ni uno más, ni uno menos.

Después, de lo dicho por su padre, Manuel se dio a la tarea de enseñar al gallo. Sin pensarlo y sin experiencia, se convirtió en profesor. Pero, por más que lo intentaba, no lograba que Kiko fuera un gallo de pelea.



Se le ocurrió llevar a Kiko a una granja vecina, para que aprendiera de otros gallos. Al intentarlo, dos feroces perros lo persiguieron enojados hasta la cerca. Mientras Kiko, ante el miedo de ser mordido por aquellos canes, temblaba como una gelatina y entonaba un leve Ko..Ko..Ko…

—Por lo menos...¡Hoy dijo algo! —pensó Manuel mientras Kiko todavía tembloroso y negro del miedo, sentía que algo se destrababa en su garganta.

El viernes muy temprano, Manuel tomó el gallo con una mano, y con la otra trepó con dificultad a un árbol, un roble cercano. Cuando estaba en una rama alta, lanzó el gallo al aire, pensando que ante el miedo, reaccionaría igual que lo hizo ante los perros.  Pero Kiko solo repetía Ko..Ko…Ko…. Al llegar al piso, aún vivo y con las plumas alborotadas, salió corriendo de allí, pensando que Manuel se había vuelto loco y quería matarlo con tremendo susto.

Llegó el sábado. Manuel sabía que sería el último día con su amado gallo. Sin lograr ningún canto ni pelea, el domingo moriría sin remedio.Al principio Kiko, no quería acercarse, pero al poco tiempo, volvió a recordar que él era su amigo.

Manuel, lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le pidió perdón por lanzarlo desde el árbol. Luego, llegó la diversión: jugaron, saltaron, corrieron, comieron y bebieron, hicieron una larga siesta entre el pajar y fueron felices como nunca.

Al atardecer, antes que Kiko volviera al gallinero, Manuel se despidió de su plumado amigo:

­—¡Fue un hermoso día! —y luego con  un gran abrazo y lágrimas en los ojos le dijo con voz entrecortada—¡Te extrañaré toda la vida, eres el mejor amigo que he tenido!

Kiko no entendía muy bien lo que pasaba y permaneció breves minutos entre los brazos del niño antes de entrar al gallinero.

Fue una noche larga para el niño, daba vueltas y vueltas en su cama, con los ojos abiertos, escuchando los diferentes ruidos del campo. Los perros aullaban de vez en cuando, los grillos entonaban su trinar sin descanso, y la lechuza sonaba en el viejo eucalipto...¡El único que no hacía ruido era Kiko!

Poco antes que saliera el sol, los gallos lejanos comenzaron a cantar. Manuel saltó de la cama y corrió al gallinero, convencido de poder detener a su papá; quien al punto de las seis de la mañana estaba en las puertas del lugar, listo y preparado para llevarse a Kiko.

El pequeño niño, se aferró fuertemente a la camisa de su papá y tirado en el piso evitaba que  su padre avanzara fácilmente…Kiko lo observaba todo desde adentro.

El padre de Manuel, bastante enojado, daba gritos al pequeño y con una mano tomó la correa de sus pantalones y le dio un gran latigazo en la cola. El niño lloró muy fuerte por el dolor, y entre lágrimas y sollozos pedía: ¡Canta Kiko!¡Canta Kiko!¡Canta…por favor!

¡Pero Kiko no cantó! En ese momento,  el gallito se lanzó contra el padre de Manuel y le daba picotazos…parecía el gallo más bravo de pelea de toda la región…luchó y luchó hasta que logró que el hombre soltara al niño…Todos los animales se quedaron admirados al ver el valor de aquel gallito.



Una vez liberado Manuel de su rabioso padre, Kiko subió al lugar más alto del gallinero: extendió su cuello, respiró profundo, abrió su picó y cantó una vez y después otra: Quiquiriquí… Quiquiriquí… Quiquiriquí…¡Entonó su canto tan fuerte que se escuchó hasta el pueblo más lejano!

Manuel, a pesar del fuerte dolor, estaba feliz y sonrió al escuchar a su amigo cantar…¡Lo habían logrado!. Kiko se salvó de terminar cocinado en el fogón.

Desde ese día ningún animal de la granja volvió a maltratar a Kiko. ¿Quién querría meterse con el gallo que venció al hombre?. Tampoco el padre de Manuel volvió a golpear al niño, cada vez que lo intentaba, estaba allí su más fiel defensor.

La familia del gallito estaba muy feliz. Su padre, el famoso gallo de pelea, sacaba el pecho orgulloso de tener un hijo tan valiente. Quería que Kiko participara en peleas, llegara a ser un gran campeón y ganara trofeos y medallas. Pero su hijo, nunca más volvió a pelear...

Desde que descubrió su voz, lo que Kiko amaba era cantar. En cada amanecer, desde el gallinero, despertaba con melodioso canto a todos en la granja y también a sus vecinos. 

—¡El amor hace cantar a cualquiera! ­— pensaba Manuel, cuando desde su cama escuchaba a su amigo.

Kiko, fue el único gallo que en la granja murió de viejo. Manuel lo despidió con lágrimas y flores, y lo enterró bajo el viejo roble, aquel desde el cual lo lanzó un día al aire. Para recordar su tumba, en una pequeña tabla de madera, le escribió con un lápiz negro de la escuela: “Kiko, mi más valiente amigo, al que nunca le gustaron las peleas”.

Liliana Mora León

viernes, 20 de marzo de 2015

Fábula sobre el amor propio: La Princesa Rosa del Mar

Esta es la increíble historia de un pequeña ballena que no se  creía especial, hasta que un día, algo extraordinario cambió su vida.

Desde sus primeros años, supo que era diferente: su piel era rosa y no azul como todas las demás. Su madre, que la amaba tanto le decía: —todas las Princesas son Rosa— y ella creía en las palabras de mamá.

Pero al entrar a la escuela muchas ballenas azules se burlaban de su color rosa, y en tono de chiste le decían : —Ballena rosa eres horrorosa—, y otras tantas cosas que la hacían sentir que era fea.

La pequeña tampoco cantaba tan bien como las demás ballenas. Desentonaba bastante y su canto era muy raro; nadie comprendía lo que decía. Y algunas ballenas en coro le cantaban: —Ballena si no está muda, canta como tartamuda...—. Ella permanecía en silencio escuchando y escuchando y escuchando...

Además, era muy temerosa, y su miedo comenzó cuando siendo niña escuchó que el mar era un monstruo inmenso, negro y profundo,  que se comía a las ballenas que se alejaban de casa. Todas sus compañeras de clase eran expertas nadadoras y ante su negativa a nadar lejos le gritaban: —La ballena rosa es una perezosa...

Así, fue creciendo la ballenita; escuchando las burlas de las demás. Pero ella se negaba a sentir rabia o rencor. Su madre le había enseñado que era necesario guardar en el corazón sólo las cosas bonitas. Y así lo hizo siempre. Pero ante tanta crítica, durante varios años, sentía que no valía nada, que su vida no era importante para nadie.

Hasta que un mes de agosto, cuando ya era una joven, todo cambió para ella. Llegó a su mar, una ballena reina, quien recorría el océano buscando a “La Elegida”. Según los libros sagrados de las ballenas, existía en el mundo sólo una ballena capaz de salvarlas de la extinción.

El tiempo final estaba cerca, y los adivinos decían que un gran maremoto acabaría con las ballenas del mar. La reina llegó al lugar donde los magos decían que habitaba “La Elegida”. Así que convocó una gran asamblea donde tenían que asistir todas las ballenas jóvenes de ese mar.

Con cantos y más cantos, fueron convocadas las ballenas, pero la pequeña, que creía que no valía lo suficiente se quedó en casa. Se presentaron una a una ante la reina. Algunas hacían demostraciones de su fuerza, otras entonaban cantos que se escuchaban a miles de kilómetros. Pero ninguna tenía la gran señal.

La reina preguntó si faltaban otras ballenas por presentarse. Ante lo cual, le informaron que sólo quedaba una ballena pequeña y temerosa, que no sería capaz de cumplir la gran misión. La reina insistió para que la trajeran ante ella.

Con miedo y mucha vergüenza, la pequeña rosa se presentó. Como no quería que la reina la viera con su piel de un color tan raro, se cubrió con una enorme vela de tela blanca que encontró en el mar.

Al verla, todos soltaron una enorme carcajada…parecía un gran fantasma. Uno de los asistentes le dijo a la reina: —Su majestad: he aquí ¡La ballena más tenebrosa! —y en tono de burla continuó—, perdón…¡La más temblorosa de este mar!  (Ja…ja…ja…reían todos, menos la reina).

Enredada con la inmensa tela, la pequeña nadó con dificultad hasta donde estaba la reina. Pero poco antes de llegar, una fuerte ola logró llevarse lejos la vela y la pequeña quedó desnuda en su piel rosa.

­La reina la observó con admiración, y  al verla temblar de miedo le dijo:

—No temas pequeña, nada malo te pasará— y luego agregó —Aunque no lo creas, Tú eres La Elegida. Tienes la gran señal que hablan todos los textos sagrados: Eres la ballena que en su piel lleva el color del amor…el rosa.

La pequeña ballena se negó a aceptarlo.

­—Pero si soy muy pequeña —dijo.

—La valentía de una ballena no está en lo grande que sea su cuerpo, sino en lo grande de su corazón —agregó la reina con seguridad—. El amor es la fuerza más poderosa que existe.

­—Su majestad, yo tampoco sé cantar muy bien —insinúo la ballena con su tímida voz—. Todos dicen que canto muy mal, y a veces ni yo entiendo lo que canto.

—Tu canto es diferente, porque tiene que ser entendido por todas las ballenas del mundo y no sólo por las de tu especie —expresó la reina—, es un don que te permitirá cumplir la importante tarea que te espera.

­­—Mi soberana ¿Cómo voy a salvar a todas las ballenas si soy tan miedosa y le temo al mar?

—Es normal que sientas temor —respondió la reina—, el miedo es el sentimiento que nos permite sobrevivir, y ese potente sentir tuyo te alertará del peligro y te guiará en tu misión.

Todos estaban asombrados de que la pequeña ballena rosa fuera la elegida. En ese momento, callaron y se sintieron mal al pensar en todas las veces que se habían mofado, ahora sus vidas dependían de ella.

Después de más y más excusas, la pequeña ballena no tuvo más que decir y partió con la reina al palacio del gran mar. Allí, asesorada por varios consejeros y maestros, comenzó a prepararse para su destino.

Muchas artes y talentos adquirió en aquel lugar: aprendió como nadar miles de kilómetros sin descanso; a cantar en todas las lenguas de las ballenas; a respirar profundo; a nadar muy hondo; y a comprender el movimiento de las olas y los sonidos del mar.

Cuando pasó todas las pruebas y estaba completamente preparada, partió a su gran misión. Nadó por todos los mares del planeta. En su camino conoció peces raros, delfines que también eran rosa, tiburones de muchas especies e infinidad de animales marinos asombrosos. También, observó los mares de siete colores y los más hermosos arrecifes del mundo. Se sintió muy afortunada de poder ver tanta belleza y nadar en libertad.

En su ruta encontró cientos de familias de ballenas, quienes la respetaron por su loable tarea y la alentaron a continuar su camino. Un día, en las costas del Japón, vio un mar de color rojo intenso, era la primera vez que veía algo así. Se acercó a la costa, y la ballenita lloró, lloró y lloró…al ver cientos de ballenas muertas atravesabas por arpones. No entendía porque los hombres podían hacer algo así.

Ella escapó varias veces de las redes de los pescadores, que la devolvían al mar por su pequeñez y por el raro color de su piel. Los hombres pensaban que una piel rosa era señal de que estaba enferma; nadie compraría su carne, sus aletas o su aceite en los mercados. Por primera vez, ella se sintió afortunada de ser diferente.

Un amanecer, mientras navegaba por el océano pacífico, en un instante el mar se volvió muy oscuro y no podía ver nada. Un fuerte movimiento la arrojó con fuerza al fondo del mar y un sentimiento de miedo se apoderó de su corazón. Ella estaba en la oscuridad total del mar profundo…era como si su mayor pesadilla de la niñez se hiciera realidad. Por un momento quedó paralizada, no sabía qué hacer. Pensó que el mar se la tragaría.

Luego, recordó el consejo de uno de sus maestros, y respiró muy profundo, una y otra vez. Hasta que logró calmarse. Ahora lo sabía: había llegado la hora del gran maremoto. Cerró los ojos y sintió en su piel la dirección hacia la cual se movía la onda, esas serían las primeras ballenas a las que tenía que avisar y así lo hizo.

La pequeña ballena, se llenó de toda su fuerza para resistir a los movimientos del furioso mar, nadó con mucha dificultad hasta que logró salir a la superficie y respirar de nuevo. Después, con todo el aliento comenzó a emitir su canto, una y otra vez. Este fue tan potente que en pocos minutos pudo dar aviso a varias manadas de ballenas migratorias que pararon su marcha para escuchar el canto, cambiar de dirección y ponerse a salvo. 

Y así lo hizo en cada una de las réplicas del terremoto, y de nuevos maremotos, salvando a cientos de ballenas en todos los mares. Pero a su paso, alertaba también a todos los animales del océano, y gracias a ella diversas especies marinas sobrevivieron al desastre. Sólo los hombres que no entendían el canto de las ballenas, no lograron huir del peligro.

Algunos animales que la vieron en aquella época, decían que a medida que pasaba el tiempo, más rosa se tornaba su piel, y mientras más vidas salvaba, más potente era su canto. Era como si el gran espíritu del mar la acompañara siempre, y el amor se hiciera más fuerte en su corazón.

Los habitantes del mar cuentan que la ballena rosa ha sido la más valerosa de todos los tiempos y todos los mares. Y aunque ella nunca lo supo, por su gran valentía,  la llamaron: “La Princesa Rosa del Mar”.

Desde hace muchísimos años nadie la volvió a ver. No se sabe qué pasó con ella. Pero, muchos aseguran que aún se escucha el eco de su inconfundible canto. 

© 2015 Liliana Mora León


Te invito a escuchar los hermosos cantos de las ballenas.
Alguno puede ser el canto de "La Princesa Rosa del Mar"

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuento sobre la discapacidad: Un sueño hecho canción



Ramón es un joven que ama cantar. Desde que descubrió la música comenzó a tararear canciones. Las clases de música de los martes y viernes, son sus preferidas. Ahora toca la guitarra, pero sin duda, lo que más adora es cantar.

En ocasiones Ramón se ofrecía para cantar, pero siempre le respondían: —¡NO! !TÚ NO!— Algunos estudiantes dicen que es “raro” o “lento”, y los maestros temen que olvide las canciones o suene desentonado. 

Por lo general, Ramón vivía aislado del resto y era victima frecuente de las bromas y los malos tratos de otros estudiantes. Pero él tenía un gran sueño que lo mantenía motivado a pesar de todo.

El concurso de música del colegio era la gran oportunidad que tenía Ramón para cumplir su sueño. Los concursantes tenían que enviar una grabación de su canción y utilizar un seudónimo. Los sobres con los nombres reales, permanecerían sellados hasta el día de la premiación.

Así que puso manos a la obra. Después de pensarlo, eligió la canción, la ensayó una y otra vez, y con la ayuda de su padre la grabó. El mismo quedó sorprendido cuando escuchó su voz por primera vez en una grabación, estaba tan feliz, que brincó de alegría por todos lados al sentir que podía ser el ganador.

Después de varias semanas de una larga espera, por fin llegó el día de la premiación. La calificación del jurado era importante, pero también contarían los aplausos del público para definir al ganador.

Al iniciar la canción de Ramón, nadie lograba reconocer aquella hermosa voz; grandiosa, clara y con una fuerza increíble. Al concluir la canción todos comenzaron a aplaudir emocionados, nunca habían escuchado en el colegio algo así.

—¡Uff, tengo suerte que nadie sepa quién canta! —pensaba Ramón—, de lo contrario nadie me aplaudiría, ellos creen que soy un tonto.

Aún faltaba la decisión final del jurado, quienes después de deliberar un corto rato, dieron así el nombre del ganador:

— Por decisión unánime del jurado el ganador del concurso de la canción es: “Soñador”.

—¡Ese es! ¡Ese es! ¡Ese es! —coreaban todos mientras aplaudían.

Después de más vivas y más aplausos, todos guardaron silencio a la espera de conocer el nombre real de “Soñador”. Mientras; el rector subió a la tarima, abrió el sobre sellado, y sin salir del asombro expresó:

—El ganador del concurso del mejor cantante es… Ramón Pérez García, de séptimo grado.

Al oír el nombre, los compañeros de salón y profesores de Ramón, quedaron asombrados y con la boca abierta, ¡No lo podían creer! Nunca imaginaron que aquel joven pequeño, con ojos achinados y extremadamente tímido, fuera el ganador.

Cuando salió feliz a recibir el premio, los más sorprendidos fueron aquellos que lo molestaban diciéndole: “Ramón el mongol”, no porque fuera de Mongolia, sino porque nació con una rara enfermedad que algunos despectivamente llaman “mongolismo”. Ellos recibieron una gran prueba que él no era ningún tonto.

Desde ese día, todo cambió para Ramón, ya no era el chico raro y lento que muchos discriminaban, sino un gran triunfador. Todos querían tenerlo de amigo, más aún, después que ganó un concurso en la televisión nacional. 

Ramón, sigue cosechando éxitos y demostrando al mundo que alcanzar los sueños es posible para quien cree en ellos...no importa lo que piensen o digan los demás.

©Liliana Mora León

sábado, 9 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor propio: El búho blanco de nieve

Erase una vez un búho joven, especial y maravilloso; aunque él no lo sabía. Tenía un lindo plumaje que con el pasar del tiempo se volvía cada vez más blanco, blanco.. ¡Tan blanco como la nieve!



El búho vivía la mayoría del año en el extremo del mundo, cerca del polo ártico, en una región tan fría que pocos animales pueden sobrevivir allí. Cuando llegaba el invierno, el pequeño tenía que volar miles de kilómetros hasta encontrar tierras más cálidas dónde buscar alimento. 


En su primer viaje lejano, siendo joven y fuerte, voló tanto que pudo llegar hasta el trópico, donde el calor dura todo el año. En ese territorio encontró un bosque con muchas aves, todas nuevas para él. El joven búho comenzó a compararse con cada una de ellas, admirando aquellas aves tan coloridas y diferentes a él.

Primero, observó con sus grandes ojos, a la guacamaya macao, con sus vivos colores amarillo, azul y rojo. Le pareció divertido poder tener plumas como la bandera de un país.


Luego, vio un gracioso loro arcoíris que posaba en la copa de un árbol, con su linda cabeza azul y roja, y sus alas de un verde encendido. Aunque le pareció un animal bastante ruidoso y siempre habían más de dos haciendo bulla.


Otro día admiró al tucán pico iris, un ave muy elegante con un hermoso cuerpo negro y amarillo. Tenía un pico largo, muy largo, en el que estaban pintados casi todos los colores del arcoíris.

El joven búho, al compararse con las demás aves, sentía que no era tan especial como aquellos pájaros llamativos. Quería saber por qué a él le faltaba algo de color en su plumaje. Así que decidió volar al árbol donde posaba su abuelo, un viejo búho que parecía saberlo todo. 

—Abuelo ¿Por qué no tengo un plumaje tan colorido como las otras aves? ­—preguntó el joven.

—Si no tienes el plumaje de tantos colores es que no lo necesitas —respondió el abuelo, esperando que con su breve respuesta, el joven quedara satisfecho.

— Pero... ¡Yo quiero plumas de muchos colores!

—Tú eres un búho blanco de nieve y no un ave tropical —dijo el abuelo—. Los búhos somos diferentes; mientras más blanco sea nuestro plumaje más podemos vivir, porque nos escondemos en la nieve y así escapamos de los cazadores. De no ser por el color de nuestras plumas ya hubiéramos desaparecido como lo han hecho cientos de aves, o estaríamos prisioneros en una jaula en cualquier lugar del mundo. 

—Yo quiero ser especial como esas aves —le respondió el joven al abuelo mientras miraba con tristeza sus plumas blancas.

—Tú ya eres un ave muy especial —dijo el viejo búho—, tienes unas plumas tan suaves que te permiten volar en silencio y así ser el mejor cazador. Además, tus alas son tan fuertes que puedes volar miles de kilómetros sin cansarte. ¡Tú eres único! —dijo el abuelo muy orgulloso de su nieto.

El joven pensó un largo rato, mientras comprendía lo que el abuelo le había dicho: ¡Tú eres único!¡Tú eres muy especial!...lo repetía en su cabeza una y otra vez... Luego rompió el silencio con gran emoción:

—¡Ya entiendo! ¡Ahora lo comprendo!—dijo mientras sonreía por su gran descubrimiento—, aunque no tenga plumas de los colores del arcoíris, con mis fuertes alas puedo volar hasta él. 

© 2014 Liliana Mora León


Puedes escuchar este bello cuento narrado por Rodo en su canal de You Tube: