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sábado, 1 de octubre de 2016

Cuento de amor a la naturaleza: ¡Los patos no sabemos volar!



Te voy a contar un cuento, que no es un cuento; y aunque no lo creas, y pienses que no es verdad, tiene mucho de realidad:

En una ciudad conocida como Bogotá, existen pequeños pantanos de agua llamados Humedales Algunos tienen nombres de animales, por ejemplo: El Burro, La Vaca y La Conejera; aunque en realidad en ellos no viven ni burros, ni vacas, ni conejos. Pero sí hay aves, muchas aves especiales.

En los humedales de la sabana habitan algunos pájaros que no existen en ningún otro lugar del planeta. ¿Te imaginas? Ni en China, ni en India, ni en Canadá, sólo en Bogotá.  

Doña Pata, es una de ellas. Es un ave bonita y también elegante. Al entrar al agua nada tan rápido que parece una campeona de olimpiadas. Pero lo malo es que no puede volar. Por más que intenta elevarse del piso no logra subir ni un metro.

Y aunque los patos de su especie no surcan los cielos, ella está muy orgullosa de pertenecer a su familia. Sabe que quedan muy pocos. Teme que algún día no exista nadie con su raro y enredado apellido. 

Doña Pata, no quiere terminar como su primo: el “Pato Zambullidor Andino”. Nunca lo volvieron a ver. De él sólo queda el recuerdo y algún viejo retrato pintado a mano. ¡Se extinguió!

Las amigas de doña Pata, unas aves que vuelan alto y conocen cada rincón de la ciudad,  le han dicho que: ¡Los humedales están desapareciendo! Le contaron también que a la “Tingua Bogotana”, un ave de hermosas plumas verdeazuladas y delgadas patas de bailarina, ahora poco la ven.

Preocupadas le chismosearon que llevan mucho tiempo, pero muchísimo, sin escuchar la serenata del pájaro "Cucarachero" Nadie sabe qué ha pasado con él, todos extrañan su alegre e inconfundible cantar: Tuiiti, Tuiiti, Tuiiti…


Doña Pata, teme que su familia también desaparezca de la tierra. Ahora que calienta sus tres huevos intenta por todos los medios limpiar su pantano. Con el pico atrapa lo que  más puede y lo lleva hasta el cesto de la basura. Agarra de todo: bolsas de papas fritas, botellas de gaseosa, miles de empaques de golosinas y muchas cosas más.

Cada día, como por arte de brujería, una nueva montaña de basura aparece. Aquel trabajo no tiene final. El humedal permanece con un asqueroso sabor que le hace doler las tripas, y un apestoso olor que le da ganas de vomitar.

— ¿Por qué los humanos no dejan la basura en su lugar?, se pregunta mientras lucha por encontrar comida en aquel sitio contaminado.

Cansada de trabajar sin descanso, y al escuchar la noticia que los gobernantes de su ciudad, aprobaron construir edificios en su humedal, doña Pata decidió buscar un nuevo hogar. Uno más limpio donde sus hijos puedan crecer sanos y su familia viva feliz.

— ¿Conocen un río cercano? —­preguntó a sus amigas las aves.

— Querida, tiene que salir por la puerta amarilla, camina hasta la esquina, cruza la calle y al frente encuentra el “Río Claro” —le indicó una de ellas.

Doña Pata estaba feliz. Nunca se imaginó que existiera un río tan cerca, y sobretodo, uno de aguas claras. Ella se dio prisa, empacó sus tres huevos y salió con paso rápido y afanado.

Era la primera vez que salía del humedal y con miedo enfrentó ese nuevo mundo. Al llegar a la gran avenida observó unos objetos gigantes movedizos. Eran como gusanos de metal de color rojo intenso que zigzagueaban por el asfalto. Estaban repletos de humanos con cara de preocupación.


En un aviso pintado en el costado de uno de esos extraños objetos, doña Pata leyó: “Prohibidos los patos”

— ¡En esta ciudad no quieren a los patos! —exclamó con tristeza.

Luego, al ver miles de autos de diferentes colores y tamaños que corrían a gran velocidad se preguntó:

— ¿Cómo voy a cruzar sin morir aplastada?

Y, como si ocurriera un milagro, como por un acto de magia, extendió sus alas y comenzó a volar sobre la gran avenida encima de todo el tráfico.

—¡Pero si los patos no sabemos volar! —exclamó doña Pata, aquello le pareció increíble.

Era la primera vez que cruzaba el cielo, y un furioso viento de agosto le hizo dar una voltereta cual cometa, y uno de sus huevos saltó al aire. Ajustando su rumbo descendió veloz para alcanzarlo y logró atraparlo antes que llegara al suelo. Pero sin darse cuenta aterrizó estrellada contra un arbusto de arrayan.

Dolorida se levantó, revisó sus huevos y respiró aliviada al verlos sin rasguños. Después de un descanso, siguió las indicaciones de sus amigas hasta llegar al “Canal del Río Claro”.  Caminó por el puente para admirar el río desde arriba, pero lo que observó la dejó con el pico abierto:

Más, y más, y más basura… ¡Basura por todos lados! Aquello era un depósito de trastos viejos, camas, colchones, mesas, cartones, ladrillos, ropa, llantas, mugre y mugre y más mugre…Y, nuevamente, en el fondo, el agua gris verdosa maloliente que le daba tanto dolor de panza.

— ¿Dónde está el Río Claro? —se preguntó—. ¡Guácala, esto huele muy mal! —, dijo mientas se tapaba el pico con las plumas de sus alas.

Siendo un animal muy inteligente, no se dio por vencida y se le ocurrió una brillante idea:

— ¡Ya sé! Caminaré hasta la cima de la montaña, e iré al páramo donde nacen los ríos. Allí encontraré agua pura.

Doña Pata, emprendió nuevamente el camino, era fácil orientarse mirando la gran montaña que estaba parada justo donde el sol salía cada mañana.

Al rato, encontró un nuevo peligro: eran dos gatos callejeros, de cuerpo negro y patas blancas, tenían grandes ojos amarillos que asustaban en la noche y les daban mirada de malosos:


—¡Esta es nuestra calle! —gritó uno  de ellos.

—¡Lárguese  de aquí! —Masculló el otro—. Devuélvase por donde vino.

—Tranquilos amigos... no se preocupen —respondió doña Pata mientras protegía sus huevos—. Yo sólo quiero llegar a la cima de la montaña.

—¡Nosotros odiamos los patos con su horrible Cuac, Cuac, Cuac! —agregó el gato más viejo.

Luego, la corretearon sin cesar y le lanzaban arañazos con sus garras. En medio de la pelea, acorralada en un rincón, temblando de miedo y con sus huevos pegados al corazón,  ella sintió que su cuerpo cambiaba y sus alas crecían rápidamente:

— ¡Esto es maravilloso! ¡Estoy volandooooo! —resopló asombrada mientras veía a los gatos mirando al cielo con cara de bobos.

Después de pasar tremendo susto reanudó el viaje. A medida que subía la montaña, menos gente había y el agua más limpia parecía. Y lo mejor de todo, no encontró ni una pizca de basura.

Tras varias horas de camino, con las patas ya cansadas, las plumas sudorosas y el pico seco, se enfrentó al mayor enemigo que encontró en el viaje: el hombre. Un cazador experimentado con un rifle en el hombro le disparó varias balas, pero ninguna logró dar en el blanco. Ella no comprendía qué pasaba, y tras escuchar un nuevo estallido, apuró el vuelo y logró escapar de una muerte segura. Sin duda, ¡era su día de suerte!

Después de varios kilómetros subiendo y subiendo la montaña, por fin llegó al “Humedal El Paraíso”. Era el cielo de los animales en la tierra. Cruzó una enorme puerta sin pagar la entrada y leyó en un pequeño aviso: ¡Bienvenidos todos los patos!...


Ilusionada entró al que sería su nuevo hogar. Aquel era un sitio hermoso. El ruido del agua fluyendo era una melodía que nunca había escuchado ¡Era un lago de ensueño!

Cansada de tan extenso viaje guardó rápidamente sus huevos, y con una enorme sed se lanzó presurosa al agua. ¡Estaba helada pero sabrosa! Al sumergir la cabeza encontró deliciosos gusanos y peces pequeños, eran todo un manjar.

Doña Pata veía cientos de aves surcar el cielo y sintió que los árboles desprendían un agradable aroma. De pronto, sin esperarlo, escuchó un ruido muy fuerte. Tras el estruendo, volvió el horroroso olor, aquel que pensaba había dejado atrás.

Asustada pegó un gran brinco, abrió los ojos y cuando miró alrededor lo reconoció: estaba en su viejo humedal, entre el agua sucia y la basura. El ruido ensordecedor del tractor le señalaba que los humanos estaban construyendo el nuevo barrio. Mientras, ella permanecía en el nido calentando sus tres huevos.

Al ver aquello exclamó con preocupación:

—¡¿Qué pasará con mi familia si los patos no sabemos volar?!
                                                                  
 © 2014 Liliana Mora León

jueves, 10 de julio de 2014

Cuento de amor al agua: Los tres paticos y el gran tesoro



















Era un bello día, una tarde de linda primavera en el estanque del parque. Tres pequeños patos, jugaban alegres en círculos, persiguiéndose uno al otro, mientras mamá pata los miraba divertirse.

—¿Qué les parece si hoy tenemos una gran aventura? —dijo mamá pata — Iremos a buscar un gran tesoro.

—¡Qué divertido! —dijo el primero con su gorra en la cabeza—. Seremos como los piratas.

—¡Podemos hacer una gran expedición! —agregó el segundo con su elegante corbatín

—¡No quiero perderme!­—expresó el más chiquitín que era bastante temeroso.

­—Caminaremos todos juntos, como un gran equipo, —lo tranquilizó mamá pata—ninguno se perderá, y encontraremos más rápido el tesoro.

Y así, los tres pequeños y mamá, salieron alegres a buscar el tesoro. Sólo ella conocía muy bien lo que buscaban. El camino fue difícil, el sol calentaba muy fuerte, y recorrieron varios kilómetros sin tomar una gota de agua.

Ellos daban saltos, pasos rápidos y graznidos por aquí y por allá. Los patos preguntaban a mamá una y otra vez: ¿Es éste el tesoro? ¿Qué tan cerca estamos? ¿Ya vamos a llegar?...y mamá, respondía pacientemente las preguntas de los tres inquietos chiquitines.

¡Por fin!... después de un extenso viaje, mamá pata divisó a lo lejos lo que tanto andaban buscando, y emocionada les gritó:

—¡Corran, corran rápido, estamos llegando! ­­

En ese momento, olvidaron el cansancio y todos salieron apresurados detrás de mamá. Uno tras otro como en fila india, organizados del más grande al más pequeño. ¡Ellos saltaban dichosos de alegría!

—¡Felicitaciones mis pequeños! — dijo orgullosa doña pata después de tan larga y agotadora travesía
— Hemos encontrado el tesoro

­—¿Mamá dónde está el oro?­ —preguntó el hermano mayor.

—No todo tesoro es oro, hay cosas que no son oro, pero son todo tesoro 
—aclaró mamá pata, pero ninguno de los tres comprendió lo que decía.

—¿Cuál es el tesoro? —preguntó esta vez el pato del corbatín esperando encontrar un gran botín y armar  un festín.

—¡El agua! —responde emocionada—. ¡El agua pura y cristalina; ese es nuestro tesoro!
—¿El Agua? —exclamaron los tres a la misma vez, con enormes ojos y el pico muy abierto.
—Sí, el agua —repitió ella.

Aquel era un sitio hermoso, un pequeño lago de agua dulce, tan clara que se podía mirar el fondo y más allá.

— Pero en nuestro estaque también hay agua —dijo el hermano mayor algo desilusionado.

— El agua del estanque está contaminada, la gente arroja basura en nuestro hogar —dice tristemente, mientras ve a sus hijos
— por eso, mis pequeños, tenemos que buscar agua limpia para beber; si tomamos agua sucia nos dolerá la panza y se inflará tanto como la de una gansa.
Después de lo dicho por doña pata, todos cansados de tan extenso viaje y con una enorme sed, se lanzaron presurosos al lago, zambulleron su pico y bebieron deseosos una y otra vez. Era el agua más deliciosa que habían probado en sus vidas. 
Luego, una vez que la sed se marchó, nadaron felices jugando con la corriente. Se divertían montones viendo sus imágenes reflejadas en el agua transparente, era la primera vez que veían sus caras como en un espejo...un espejo natural de agua tan limpia como un cristal.
De un momento a otro, el pato más pequeño, que se había alejado del grupo gritó a sus hermanos:
—¡Está brillando, está brillando!
Todos nadaron hasta donde él estaba, y miraron atentamente el sitio que su hermano señalaba con la cabeza; era el lugar donde los dorados rayos del sol, que resplandecían como el oro, se encontraban con el agua de cristal. Allí, entre oro y cristal, estrellas parecían brillar y chispas de diamantes comenzaban a titilar...¡Habían encontrado el tesoro!

© 2014 Liliana Mora León