sábado, 16 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor al prójimo: La pelea entre el perro y el gato

Manuel tiene un don extraordinario: puede hablar con los animales. Recibió ese regalo del cielo, al tiempo que perdía la visión por una rara enfermedad. 

Él vive con dos mascotas, a las que cuida con gran amor. Tiene un perro muy sociable y tranquilo, leal y amante de la diversión. El otro habitante de la casa es un gato; inteligente y hablador, tierno y juguetón, y como todo gato bastante dormilón.

Un día, Manuel escuchó a sus mascotas discutir, con unos ladridos y maullidos muy altos, era una discusión bastante ruidosa, así que decidió poner atención.

—Él me quiere más a mí —decía el perro­­—, sin mi ayuda no podría cruzar las calles y evitar los obstáculos, conmigo va a todas partes.

­—Estás equivocado —contestó el gato—, a mí me ama más, conmigo pasa largas horas en el sofá.

Manuel al oírlos, y saber que su amor era la razón de la pelea les dijo:

—Por favor, paren de pelear, no discutan sin necesidad…yo los amo a los dos.
—Pero conmigo te ríes más mientras jugamos con la pelota en el jardín —dijo el perro.
—Yo te hago estar más sonriente cuando acaricias mi pelo —respondió el gato.
—Somos una familia, y en mi corazón hay lugar para los dos ­­—habló Manuel—. Juego a la pelota contigo, porque sé que te hace muy feliz —le dijo al perro—; y paso largo rato acariciando tu pelo porque cuando ronroneas sé que te gusta mucho ­ —le aclaró al gato.
El perro y el gato se sintieron tranquilos al escucharlo, él los amaba a los dos, aunque hiciera cosas diferentes con cada uno.
No lo olviden nunca —les dijo Manuel—, amar es hacer las cosas que al otro lo hacen feliz. 



                                           © 2014 Liliana Mora León


miércoles, 13 de agosto de 2014

Una historia de amor entre los animales: Wang y BeeGee

Era un amor de verdad, el que existía entre Wang y BeeGee. Se conocieron desde muy jóvenes en el zoológico de Johannesburgo. Fue el destino el que los unió, Wang nació en Japón, y ella en Canadá. Recorrieron miles de kilómetros, y varios continentes para enlazar sus vidas en Sudáfrica, al otro extremo de la tierra.
Crecieron juntos, y desde los seis meses compartían juegos. Poco o poco se hacían más grandes; el fuertemente valiente y ella bellamente tierna. Eran la pareja más bonita del lugar, quienes los visitaban no podían dejar de verlos, ellos eran divertidos y cariñosos. Poco a poco el amor fue creciendo entre los dos.
Como toda pareja enamorada, siempre se expresaban su afecto. A él le gustaba que ella le rascara la cabeza suavemente, y a ella que él la abrazara con dulzura. Y a pesar de todos los años que vivieron juntos, eso nunca cambió.
Ellos compartieron toda su vida, encerrados en un pequeño espacio. Soñaban con vagar libremente por la tundras de Canadá, el país de BeeGee. Pero esto nunca ocurrió. Ellos debían permanecer en África, dónde tantos los admiraban.
Aunque se amaron, nunca pudieron tener hijos, ya que necesitaban el frío para poder tenerlos. BeeGee hubiera sido una excelente mamá, capaz de pasar cinco meses sin comer por cuidar a sus pequeños…pero eso tampoco pudo ser.
El tiempo pasó, y la vejez les llegó a los dos y con ella las enfermedades. Ella se fue primero, su corazón dejó de latir en un mes de enero. Él, pasó sus últimos días extrañando a su amada, y dejó de hacer las cosas que más disfrutaba. Muchos intentaron llenarlo de regalos y premios para hacerlo feliz, pero nada parecía aliviar su tristeza.
Hasta que un día, una mañana de agosto, lo encontraron acostado en el lugar donde siempre dormía su amada, había muerto de soledad. Ese día el mundo estaba de luto, había muerto el Ultimo Oso Polar del África.
Después de 30 años de cautiverio, no había nadie más en aquella jaula. Cientos de periodistas cubrieron la noticia. Wang y BeeGee, nunca se imaginaron que sus vidas harían historia, y de su amor se hablaría en los mejores diarios del mundo.
Niños y niñas, padres, profesores, grupos amantes de los animales de todo el mundo, llegaron esa tarde al zoológico. Todos querían decirles adiós, y como muestra de agradecimiento, por tantos años de alegría, les hicieron una última promesa: 
¡No visitarían más osos polares en cautiverio!
                     © 2014 Liliana Mora León

Nota: Cuento basado en la historia real de Wang y BeeGee, osos polares del zoológico de Johannesburgo.
Foto: http://www.fotos-bonitas.com/animales-enamorados/

Poema infantil: El abuelo en el tobogán



Me lanzo de pies, como un ciempiés
A veces de lado, comiendo un helado
Con la boca abajo, me da más trabajo
Si voy de cabeza, se va la tristeza.

Me dicen grandote, que soy cabezote
Que tengo cogote, también un bigote
Que soy monigote, como Don Quijote
Que no tengo edad, y quizás es verdad

Me miré al espejo, y me vi muy viejo
El pelo con canas, ¡Vaya cosas banas!
Estoy ya más chico, parezco un mico
Y todo me tiembla, casi como un flan.

Yo soy un abuelo, no tengo consuelo
Llegar hasta el suelo, me vuelve mozuelo
Pegarme un desliz, me hace feliz
¡Seguiré jugando, y rodando hasta el fin!

© 2015 Liliana Mora León

martes, 12 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor a los animales: La paloma de la paz

En una ciudad muy violenta, de un país en guerra, una noticia llamó la atención de los noticieros:  Cientos de palomas amanecieron muertas en una plaza de la ciudad. Según las investigaciones, habían muerto envenenadas.

Ante la noticia, un grupo de expertos se reunieron para hablar sobre el tema de las palomas, aves que abundaban en los parques y las plazas de los barrios.

—La gente se queja que las palomas están anidando en sus tejados y dañan sus fachadas con sus excrementos —dijo el representante de la comunidad—, es comprensible que envenenen a esa "plaga".

Luego, habló el delegado del gobierno local: —nuestra oficina ha estudiado el asunto, y un distinguido grupo de consultores nos han aconsejado: adicionar a su alimento un medicamento que con el tiempo no les permitirá tener más crías. Así acabaremos con ellas en corto tiempo.

Inmediatamente, respondió el profesor de una prestigiosa universidad:

—Dar un alimento que no les permite tener crías, es peligroso para otras aves. Toda ave que viva libre en la ciudad estaría en peligro. Ellas comparten el mismo alimento. Lo mejor es destruir sus nidos cuando tengan huevos, así no podrán nacer más palomas.

Ante la espantosa idea de ver cientos de huevos empollados destruidos, hablo el dirigente de una organización protectoras de animales:

—Para proteger la vida de las palomas, podemos capturarlas y llevarlas a otro lugar. Pueden habitar sitios lejanos dónde no molesten a nadie. Aunque es posible que con el cambio muchas no se adapten y mueran.

Luego, alzó la mano un niño para pedir la palabra. Era el hijo de uno de los expertos invitados, y quien por casualidad estaba allí. El pequeño conocía muy bien las palomas: las veía siempre en el parque de su barrio, y más de una llegaba a su ventana para saludarlo. No entendía cómo los adultos querían terminar con unas aves tan bonitas y tranquilas.

—¿Por qué los adultos no entienden? —preguntó el niño—, si hay tantas palomas en la ciudad es porque aquí se necesita mucha paz. Cuando se acabe la violencia, ellas podrán volar a otro lugar llevando su mensaje. 

Después de las palabras del niño, los adultos quedaron en silencio. Por un momento el pequeño pensó que sus palabras habían sido escuchadas y no se hablaría más del tema. Sin embargo; al poco tiempo los grandes continuaron su debate acalorado, buscando cómo acabar con las palomas de la ciudad.

—¡A veces los adultos no pueden entender las cosas simples! —dijo el niño muy desilusionado, antes de salir de aquel lugar.

© 2014 Liliana Mora León

sábado, 9 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor propio: El búho blanco de nieve

Erase una vez un búho joven, especial y maravilloso; aunque él no lo sabía. Tenía un lindo plumaje que con el pasar del tiempo se volvía cada vez más blanco, blanco.. ¡Tan blanco como la nieve!



El búho vivía la mayoría del año en el extremo del mundo, cerca del polo ártico, en una región tan fría que pocos animales pueden sobrevivir allí. Cuando llegaba el invierno, el pequeño tenía que volar miles de kilómetros hasta encontrar tierras más cálidas dónde buscar alimento. 


En su primer viaje lejano, siendo joven y fuerte, voló tanto que pudo llegar hasta el trópico, donde el calor dura todo el año. En ese territorio encontró un bosque con muchas aves, todas nuevas para él. El joven búho comenzó a compararse con cada una de ellas, admirando aquellas aves tan coloridas y diferentes a él.

Primero, observó con sus grandes ojos, a la guacamaya macao, con sus vivos colores amarillo, azul y rojo. Le pareció divertido poder tener plumas como la bandera de un país.


Luego, vio un gracioso loro arcoíris que posaba en la copa de un árbol, con su linda cabeza azul y roja, y sus alas de un verde encendido. Aunque le pareció un animal bastante ruidoso y siempre habían más de dos haciendo bulla.


Otro día admiró al tucán pico iris, un ave muy elegante con un hermoso cuerpo negro y amarillo. Tenía un pico largo, muy largo, en el que estaban pintados casi todos los colores del arcoíris.

El joven búho, al compararse con las demás aves, sentía que no era tan especial como aquellos pájaros llamativos. Quería saber por qué a él le faltaba algo de color en su plumaje. Así que decidió volar al árbol donde posaba su abuelo, un viejo búho que parecía saberlo todo. 

—Abuelo ¿Por qué no tengo un plumaje tan colorido como las otras aves? ­—preguntó el joven.

—Si no tienes el plumaje de tantos colores es que no lo necesitas —respondió el abuelo, esperando que con su breve respuesta, el joven quedara satisfecho.

— Pero... ¡Yo quiero plumas de muchos colores!

—Tú eres un búho blanco de nieve y no un ave tropical —dijo el abuelo—. Los búhos somos diferentes; mientras más blanco sea nuestro plumaje más podemos vivir, porque nos escondemos en la nieve y así escapamos de los cazadores. De no ser por el color de nuestras plumas ya hubiéramos desaparecido como lo han hecho cientos de aves, o estaríamos prisioneros en una jaula en cualquier lugar del mundo. 

—Yo quiero ser especial como esas aves —le respondió el joven al abuelo mientras miraba con tristeza sus plumas blancas.

—Tú ya eres un ave muy especial —dijo el viejo búho—, tienes unas plumas tan suaves que te permiten volar en silencio y así ser el mejor cazador. Además, tus alas son tan fuertes que puedes volar miles de kilómetros sin cansarte. ¡Tú eres único! —dijo el abuelo muy orgulloso de su nieto.

El joven pensó un largo rato, mientras comprendía lo que el abuelo le había dicho: ¡Tú eres único!¡Tú eres muy especial!...lo repetía en su cabeza una y otra vez... Luego rompió el silencio con gran emoción:

—¡Ya entiendo! ¡Ahora lo comprendo!—dijo mientras sonreía por su gran descubrimiento—, aunque no tenga plumas de los colores del arcoíris, con mis fuertes alas puedo volar hasta él. 

© 2014 Liliana Mora León


Puedes escuchar este bello cuento narrado por Rodo en su canal de You Tube:


martes, 29 de julio de 2014

Cuento corto sobre el amor al prójimo: La mejor maestra

Después de unas vacaciones de verano, los niños regresaron a clases como cada año, pero algo había cambiado para siempre: la maestra María no regresaría más, estaba lejos y no volvería jamás.
Después de la primera semana sin su presencia, tres de sus pequeños estudiantes hablaban a la hora del recreo sobre ella:
—¡Extraño mucho a la maestra! —dijo uno de ellos—. Con ella las clases eran muy divertidas, ahora son tan aburridas, siempre lo mismo: bla, bla, bla…
—Ella me enseñaba con mucha paciencia —dijo la segunda—, varias veces que me preguntó cuánto era 7 x 8, yo no la sabía, pero ella no me regañaba ni gritaba, como sí lo hace mi papá.
Por último, habló el más pequeño; un niño bastante tímido que poco se atrevía a hablar con sus compañeros. Al principio, dudó en contestar por miedo a lo que los otros pensaran, pero al final se atrevió a decir:
—Lo que más extraño de la maestra María, es que cada vez que me miraba sonreía y con ella nunca tenía miedo a hablar...¡He perdido a la única persona que me escuchaba!
© 2014 Liliana Mora León

sábado, 26 de julio de 2014

Cuento sobre el perdón y la familia: El solitario Juan




Juan tenía una familia muy numerosa, que vivía en una casa bastante pequeña. Entre tanta gente y tan poco espacio, era frecuente que los niños discutieran por la pérdida de algún juguete, o pelearan por la invasión de los pequeños “espacios propios”.


A pesar de las peleas, casi todos se reconciliaban a los pocos minutos y volvían a jugar como antes. Juan era la excepción; había decidido no volver a jugar con cada uno de sus hermanos y hermanas que de alguna manera lo molestaran. 

Cualquier razón era buena para pelear: tomar un juguete suyo, ponerle un apodo, reírse de él o algo que no le gustara.

Juan, lo decidió y así lo hizo, era un chico muy testarudo. Al principio, peleó con los más traviesos de la casa, pero después, poco a poco fue encontrando motivos para romper las relaciones con los demás. Día a día estaba más solo, y pasaba largo rato escondido en su pequeño espacio: un tubo de cemento en el jardín.

Al ver lo que estaba pasando, el padre de Juan fue a hablar con él en su escondite, y le preguntó:

—­¿Por qué peleaste con todos tus hermanos?

—¡Son un fastidio! —respondió Juan con una gran mueca y mal humor—.¡Viven todo el tiempo molestándome!

—Pero esa no es una razón para seguir disgustado y aislado de todos —le explicó el padre.

—Es mejor así, aquí nadie me molesta ­­—aclaró el niño con gran orgullo.

—Sí, tienes razón, viviendo solo y encerrado, no tienes quien te ofenda —confirmó el padre—. Pero también, alejas toda la alegría que puedes tener jugando con tus hermanos.

—Pero me cuesta mucho olvidar lo que me hicieron y volver a jugar con ellos —responde el niño.

—Hijo, en la vida todo se aprende—dijo el padre mientras con amor lo sacaba de su escondite y lo abrazaba dándole confianza—. Y aquí en nuestra familia, con tantos hermanos y hermanas, tendrás muchas oportunidades para aprender a perdonar. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí, papá —exclamó Juan—. Pero...¡No sé cómo!

—Hijo, antes acumulabas las ofensas de tus hermanos —explica el padre—. Qué te parece si ahora haces todo lo contrario y te dedicas a guardar en tu memoria los lindos detalles que ellos tienen contigo. Verás que siempre tienes razones para darles las gracias.

—Está bien, papá —respondió Juan—. Además, me aburro mucho estando tan solo. 

Desde ese día, Juan apreciaba cada cosa buena que sus hermanos hacían por él; desde enseñarle a jugar fútbol, explicarle como pasar un nivel de un videojuego, ayudarle con alguna tarea o simplemente llevarle la comida a la mesa.
Ahora Juan está mucho más feliz y se alegraba de tener una familia tan numerosa.


© 2014 Liliana Mora León

miércoles, 16 de julio de 2014

Historia de amor al deporte: James Rodriguez, un héroe real

Sergio Felipe es un niño colombiano, que como tantos otros, ama el fútbol. Antes de poder caminar, ya le pegaba a la pelota con una fuerza increíble. Pronto cumplirá los 5 años, y es todo un goleador en su equipo barrial.

¿Sus ídolos?, los héroes del momento: Ronaldo y James Rodríguez. En el último mundial, la selección de Colombia fue eliminada por Brasil, y al final del juego, James, lloraba ante las cámaras por no pasar a la siguiente ronda.

­—¡Mamá, James está llorando! —dice Sergio algo desconcertado, nunca en su corta vida, había visto llorar a un hombre—.¡Míralo, está llorando! —le insiste a la madre.

—¡Sí Sergio, los hombres también lloran! —responde la madre­—. Está muy triste porque la selección no puede continuar en el mundial.

—¿Puede jugar otros partidos? —pregunta el niño, con cara de preocupado.

—¡Sí, por supuesto que sí, en la selección y con el Mónaco! —responde la madre.

—¡Uff…Que bueno! —dijo aliviado—. Mamí: ¡Cuando sea grande Yo quiero ser como él! ­— agregó el pequeño, mientras continuaba mirándolo en la tele.

—Sí hijo, es muy buen jugador —respondió la madre—. Además, vale la pena aprender de un hombre, que es capaz de llorar cuando se siente muy triste.

Días después, James pasó de la tristeza a la alegría, cuando ganó el Botín de Oro, como el goleador del mundial Brasil 2014. 

Y Sergio Felipe continúa jugando fútbol y soñando con su héroe real.



© 2014 Liliana Mora León

martes, 15 de julio de 2014

Cuento sobre la amistad y la bondad: Sofía y su único amigo

La pequeña Sofía vivía en una lujosa mansión, llena de cuartos y más cuartos. 

Ella disponía de los mejores juguetes que el dinero pudiera comprar, pero no con quien jugar.

No tenía hermanos, ya que sus padres eran gente muy ocupada, y una hija era mejor que nada.


Amigos no conocía, sus padres evitaban que jugara con cualquiera.

Los perros y los gatos, tampoco estaban invitados, podían ensuciar tan hermoso lugar.

Adquirió fama de niña traviesa, y de sus aventuras más de una vez no salió ilesa.

Jugar a las escondidas, era su pasatiempo preferido. Y aunque nadie la buscara, ella seguía encontrando nuevos sitios para esconderse.

Una tarde, Sofía no aparecía. La madre comenzó a buscarla por todos lados: en cada uno de los 11 cuartos, en los 5 baños, la cocina, la despensa, la sala de visitas, el estudio, el cuarto de juegos, el comedor auxiliar y el principal...No lograba encontraba en esa casa tan inmensa.

Buscó en los muebles de la cocina, en la lavadora, llegó a revisar hasta en las cestas de la ropa sucia, pero no estaba por ningún lugar. Parecía que se hubiera esfumado.

De pronto, al entrar nuevamente al cuarto de Sofía, la madre escuchó un ruido en el armario. Al abrir la puerta, encontró allí a la pequeña en un rincón, muy acurrucadita y con un pequeño gatico entre sus brazos.

Al ver a su mamá, con una voz muy bajita, le dice:

—¡Silencio mamá, que está dormido!

—¿Dónde encontraste ese animal? —preguntó la madre bastante enojada.

—Entró por la ventana —respondió la niña.

—Tienes que dejarlo afuera, no puedes tener en casa a un animal callejero—ordenó la madre.

—¡No!¡Este es mi gato! —respondió la niña mientras lo apretaba fuerte contra su pecho, intentando que no saliera corriendo.

Unas lágrimas corrían por las mejillas de Sofía mientras su madre intentaba quitarle el pequeño gato.


—Por favor mamá, permite que se quede, él es mi amigo —imploró la niña—. Es mi único amigo.

Esas últimas palabras resonaron en la cabeza de la madre, "mi único amigo".

—Nosotros tenemos una enorme casa y él no tiene dónde vivir. Tú me has dicho que tenemos que ayudar a los necesitados y él necesita una casa y quien lo cuide—agregó Sofía.

Eso era verdad, en varias ocasiones la madre hablaba de ayudar a otros, intentando que Sofía no se volviera una niña egoísta entre tanto lujo y comodidad. Las palabras de la pequeña la hicieron recapacitar:

—Bueno, está bien, puedes quedarte con él —respondió la madre—. Tienes razón hija, hay que ayudar al otro sin mirar a quién, y si llega a nuestra casa no podemos cerrarle las puertas.

—¡Ni las ventanas! —respondió Sofía muy feliz de poder conservar a su único amigo.

© 2014 Liliana Mora León

domingo, 13 de julio de 2014

Cuento sobre el trabajo en equipo: El sol recto-curvo


La maestra María, dividió a sus estudiantes en dos grupos; uno de niñas y el otro de niños. Ambos tenían una tarea que completar: dibujar un hermoso sol, con una cara muy sonriente y unos rayos fuertes. 

Pero, había una condición: las niñas solo podían utilizar líneas curvas para construir el dibujo, y los niños hacerlo con líneas rectas.

A las niñas les quedó muy linda la cara del sol, redondita con unos ojos hermosos y expresivos, y una boca muy sonriente. Intentaron de mil maneras hacer los rayos largos y fuertes, pero tan sólo consiguieron que el sol quedara como un girasol.

El sol de los niños tenía unos rayos muy derechitos que parecían funcionar muy bien, pero no logró ser redondo, puntas le sobraban por todos lados. De la sonrisa del sol…ni hablar, siempre puntiaguda y parecía estar malhumorado.

Después del intento, la maestra, propuso a la clase dibujar entre todos el sol. Las niñas pintarían lo que necesitara líneas curvas y los niños las rectas. Fue un trabajo un poco más lento, ya que cada uno tenía que hacer una parte del dibujo y esperar su turno para hacerlo.

Al final de la clase... ¡Un hermoso sol apareció! 

© 2014 Liliana Mora León

Imagen: http://all-free-download.com

sábado, 12 de julio de 2014

Cuento: El saludo al sol

Al amanecer cuando llega el sol:

El gallo: canta
La cabra: bala
La vaca: muge
El cerdo: gruñe
El caballo: relincha
El perro: ladra
El pato: grazna
El gato: maúlla
La abeja: zumba
El asno: rebuzna
Y el hombre: ¡No dijo ni muuu...!

© 2014 Liliana Mora León


Imagen:Web 

Cuento sobre el amor al prójimo: El mundo es una caja de colores

 En un rincón de la clase del primer grado lloraba Ana, una de las pequeñas estudiantes. Aquello era muy raro, ella era una niña que siempre vivía feliz y sonriente.

—¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? —le pregunta la profe a la pequeña.

—Maestra, Juanita me ha dicho que soy muy fea —respondió la niña entre lágrimas y sollozos—. ¡La más fea de toda la clase!

—Eso no es verdad — le dice la maestra mientras le seca con ternura las lágrimas—. Eres una pequeña muy hermosa.

—¿Por qué has dicho eso Juanita? —pregunta la maestra un poco enojada.

—Porque ella es muy oscura —responde la niña un poco dudosa. ­

—Juanita, todos tenemos un color de piel con el que nacemos —explica la maestra—, unos son más claros y otros más oscuros, pero todos igual de bellos.

¿Niños y niñas han pensado en cómo sería el mundo si no existieran los diferentes colores? —preguntó la maestra a su clase.

—¡Muy aburrido! Como un día de lluvia —respondió el más travieso.

—Las flores serían todas iguales— dijo Ana.

—No existiría el arcoíris — agregó Juanita.

—¿Ya lo ven niños? —preguntó la maestra—.¡Es maravilloso que seamos diferentes!

Al final la maestra dio un gran suspiro y agregó:

¡El mundo es como una caja de colores, es más bella mientras más colores tenga!

© 2014 Liliana Mora León

Imagen: morguefile