lunes, 11 de mayo de 2015

Cuento sobre la familia: El Cuaderno de la Esperanza



Era un día triste, el más triste de toda mi corta vida. Ese sábado, papá me dio la peor noticia, una que jamás me esperaba: enviaría a mi abuelo Polo a vivir en un ancianato.

Lo peor, era saber que lo mandarían a un pueblo lejano. Me acostumbre a tener al abuelo cerca y a visitarlo en bicicleta todas las semanas. Pero eso había llegado a su final. ¡No se había marchado y ya lo extrañaba!

¿Dónde queda “El olvido”? ¿Cómo se llega a “El olvido”? le preguntaba a todos y nadie conocía aquel lugar. Papá dijo que lo encontró por internet, según él: un buen precio para un buen lugar. Pero lo que temo es que internado allí, al final todos olviden al abuelo.

Yo quería estar con el abuelo todo el tiempo que nos quedaba. Y mientras lo ayudaba a hacer su equipaje, le dije que no quería que se marchara. Aunque intenté contener el llanto, las lágrimas me ganaron y comencé a llorar. 

Polo, como siempre,  me consolaba y me decía que todo estaría bien, que podía visitarlo en las vacaciones…Pero, para mí, las vacaciones estaban muy lejanas.

Luego de escuchar mi llanto, el abuelo me pidió que lo acompañara a la biblioteca,  buscó entre sus libros, y después de un tiempo tomó uno con sus manos. Admirado, le pregunté porque había escogido el libro más feo y viejo de todo el lugar.

Él se sentó en su sofá amarillo, y sonriendo me contó la siguiente historia:

"Este no es un libro, es el...¡Cuaderno de la Esperanza!

Cuando yo tenía tu edad, mis padres, me enviaron a la ciudad a estudiar en un internado. Siendo tan chico, yo no comprendía porque querían alejarme de ellos. Solamente me dijeron que era lo mejor para mi futuro.

Mis padres eran campesinos, pero querían  una vida diferente para mí. Eran personas sin mucho dinero, y decidieron vender la mejor parte de su finca, para pagarme un buen colegio en la gran ciudad.

Así llegué, un niño del campo entre los niños de la ciudad. Mi piel quemada por el sol resaltaba entre las pieles blancas de los compañeros. Yo, hablaba como la gente de mi pueblo; cambiando unas letras por otras, comiéndome algunas vocales, y diciendo dichos raros que nadie comprendía. Por eso, muchos chicos se burlaban de mí.

El primer año, soporté diversas travesuras de algunos niños de la clase, decididos a hacer hasta lo imposible, para que me expulsaran del colegio. Pero, yo siempre tenía un ángel guardián que me protegía, y sus planes fallaban.

Al finalizar año, unos pocos días antes del examen final, mi cuaderno de español desapareció de mi pupitre. ¡Eso sí era una gran tragedia para mí! Necesitaba una buena nota en el cuaderno y en el examen, de lo contrario perdería el curso y el cupo en el colegio.

Tenía miedo, mucho miedo. Si no lograba pasar la asignatura, todos los esfuerzos de mis padres quedarían en la nada…Lo que más temía era desilusionarlos, terminar con sus sueños, y volver al pueblo como un gran fracasado...

Pedí prestado el cuaderno de español a varios de mis compañeros de clase, pero todos se negaron. Estarían estudiando el fin de semana para la prueba final. Saqué algunos libros de la biblioteca y estudie todo el tiempo sobre gramática y ortografía. En el fondo, estaba decepcionado. Según mis cálculos, aunque obtuviera el máximo puntaje en el examen sin la nota del cuaderno perdería el año.

El lunes en la mañana, al llegar al salón de clases, vi que mi pupitre tenía la tapa levantada. Corrí hasta allí pensando que nuevamente habrían robado alguno de mis cuadernos. Pero lo que encontré fue una gran sorpresa: ¡Un regalo estaba escondido entre mis cuadernos! 

Al principio pensé que era un obsequio de mis padres. Pero el paquete no tenía ningún remitente. Tan solo estaba escrito mi nombre…No había dudas, era para mí, nadie más en el salón se llamaba como yo: Apolinar Sastoque.

Tomé el paquete y observé que estaba empacado con un viejo papel de regalo, arrugado de tanto uso. Luego, le quite las cintas, y al abrirlo vi este cuaderno que te estoy mostrando. Como puedes ver está hecho a mano, con caratulas de duro cartón.

En su interior, tiene hojas de diferentes tamaños, unas más chicas y otras más grandes. Algunas rayadas y otras en cuadritos. Unas con líneas negras y gruesas, y otras delgadas de suaves azules. Este cuaderno es todo un carnaval de formas y colores.

Pero lo que más me sorprendió, cuando lo vi por primera vez, y que me dejó sin palabras fue su contenido. En la primera página, además de mi nombre y apellidos, figuraba en letras en relieve la palabra: E S P A Ñ O L. Adentro; están escritos a mano, todos los contenidos que habíamos visto en la materia.

¡Quedé con la boca abierta! Algún compañero había gastado todo su fin de semana, haciendo este cuaderno. Busqué con más detalle y encontré una pequeña nota que decía: “Estoy feliz de que estés aquí”.

La frase cambió mi vida en  aquel lugar. Fue bonito sentir que alguien, me quería tanto para hacer algo así. Ese acto me llenó de ilusiones. Por eso, lo llamé “el cuaderno de la esperanza” y lo he llevado conmigo a todas partes. Gracias a un desconocido, pude pasar el curso y los sueños de mis padres aún eran posibles.

Yo estaba decidido a encontrar al responsable de aquel acto de bondad. Al principio no puede identificarlo. Hasta que un día, el maestro de matemáticas me dio una buena pista: regañaba fuertemente a uno de mis compañeros, porque se le estaban cayendo las hojas escritas de su cuaderno.

Esa noche, salí de mi cuarto y  me escapé hasta el salón. Revisé el pupitre del compañero y encontré sus cuadernos; a todos les habían arrancado varias hojas. Luego, cuando vi detenidamente su letra, lo reconocí : ¡Era la misma persona!

Yo, quería hacer algo para él. Tomé mi pegante y me dedique a unir cada una de las hojas flojas de sus cuadernos. La tarea me llevó toda noche. Y al finalizar, le dejé una pequeña nota que decía: “Gracias, sé que fuiste tú”.

Cuando él llegó a la clase y leyó la nota quedó  muy sorprendido; miró atrás, me vio a los ojos y simplemente sonrío. Así nació una hermosa amistad que ha durado toda la vida.

Por eso, querido nieto, estoy seguro que en el nuevo lugar, en ese ancianato también  encontraré personas que estén felices de que yo esté allí… ¡Siempre ha sido así! "

Luego, agregó el abuelo: A pesar de vivir casi toda mi vida en la ciudad, sigo siendo un niño del campo, de un pueblo tan lejano como “El Olvido”. ¡Será bueno sentirme como en mi primera casa!.."

Después de escuchar la historia del abuelo, me quedé más tranquilo. Pensé que guardaría en su maleta su preciado cuaderno, pero no fue así. Lo puso en mis manos, me dio un beso y me dijo:

Este cuaderno de la esperanza ahora es para ti. Recuerda siempre que: aún en los peores momentos, algo muy bueno puede ocurrir.

Al día siguiente el abuelo se marchó a "El Olvido", aunque intentó disimular, sé que también estaba triste. Pero, ahora tengo la esperanza que allí encuentre alguien que lo ame tanto como yo y lo cuide mientras llegan mis vacaciones.

© 2015 Liliana Mora León

lunes, 20 de abril de 2015

Cuento infantil sobre la vida: Ágata y las estrellas



Hace muchos siglos, en un pequeño bosque del centro del África, una familia de gatas monteses comenzó el ritual de maullar en la noche oscura. Nadie sabía por qué hacían aquel ruido que a muchos lograba espantar el sueño. Hasta que Ágata, la gata menor, tuvo la valentía de contarle al mundo el motivo de tal locura.

Ágata, aprendió desde pequeña que hay palabras que no se escuchan con los oídos, y mensajes que flotan libres en el aire. Ella comprendió que se podían escuchar los luminosos mensajes de las estrellas.

La primera vez fue una noche de enero, un día al final del verano, cuando paseaba con su madre por un campo cercano a su escondite. Era el momento perfecto; del cielo colgaba una hermosa luna apenas creciendo, las nubes se habían marchado lejos, e incontables estrellas titilaban en la oscuridad. 


Ese día, la pequeña Ágata quedó sorprendida al escuchar a su madre maullarle al cielo. Nunca antes había oído a una gata hablar sola. Ella, permaneció en silencio esperando alguna respuesta, tal vez; una voz llegara del más allá, una hoja escrita cayera del cielo, o quizás un genio apareciera por arte de magia. Nada de eso ocurrió, reinó un mudo silencio de palabras, entre el ruido de los animales de la noche.



Luego de un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, la mamá de Ágata la miró a los ojos y con una enorme sonrisa gatuna le dijo: “Hija, tu destino será brillante…Serás una estrella y darás luz a muchos gatos del mundo en sus noches oscuras”. 


Cuando Ágata preguntó a su madre cómo sabía su futuro, ella le contestó: “Me lo han dicho las estrellas”. Ese día al escuchar ese hermoso mensaje del cielo, ella decidió que también quería aprender a escuchar las estrellas. Aunque, nunca se imaginó lo que tendría que vivir para que su deseo fuera una realidad. 

A medida que aprendió a escuchar las estrellas, ellas le contaron que todo estaba escrito, y nada sucedía por casualidad. Era un don especial regalado a la abuela, la madre y a Ágata. “ES un don para TRES de ELLAS”…le repetían las estrellas. 

Tampoco era casualidad que ella se llamara Ágata, pues según las tradiciones antiguas era una piedra preciosa valorada por regalar el conocimiento a todo el que creyera en ella. Esa gatica era una auténtica joya... 

Pero había un problema, Ágata sería la última gata de su familia con el don de hablar con las estrellas, por eso tendría que utilizarlo con gran sabiduría para el bien de todos los gatos y gatas de la tierra. Lo que ella hiciera con su talento, podría llegar a cambiar las noches del mundo. 

Con el tiempo, a pesar de vivir sus siete vidas, murieron de viejas la abuela y después la madre de Ágata. Al quedar sola, sintió una profunda tristeza y la embargó un sentimiento de abandono. Lo que a ella le causaba pesar a sus vecinos una gran alegría, pues solo quedaba una gata maullando en la noche.

Las cosas no eran fáciles, y en esos momentos de dificultad la gatica recordaba las palabras de mamá: “cada don trae su pequeña cuota de dolor”. Al principio, sintió incomprensión de los demás gatos. Algunos al verla durante largas horas observando el cielo y maullando decían muchas cosas: que se había vuelto loca, que era una lunática, y que perdía el tiempo haciendo nada. 

Al principio ella no se desanimaba, sabía que lo que hacía era importante aunque nadie lo entendiera. Dedicaba cada minuto de sus largas noches a escuchar las estrellas y guardaba sus mensajes, donde se esconden los mejores tesoros; en el corazón. 

Ágata soportaba con paciencia todas las pruebas. No importaba el mal clima; las altas temperaturas de verano, bajo el frío del invierno, durante la fuerte lluvia o las tenebrosas tormentas, aún en medio de los rayos, ella permanecía cada noche afuera en su tarea. Sabía que su vida era corta y no podía desperdiciar el tiempo.

Más de una vez, se enfrentó a diversos enemigos nocturnos más grandes y peligrosos. Primero, luchó contra una enorme serpiente que intentaba comérsela de un bocado. Otra noche, trepar a un árbol la salvó de ser cazada por unas feroces y hambrientas hienas. Frecuentemente la correteaban jaurías de perros salvajes que la perseguían por diversión, pero ella lograba escapar.

Después de un largo tiempo haciendo lo mismo noche tras noche, Ágata, sintió que todo lo que hacía no tenía ningún sentido ¿Para qué tanto conocimiento?¿A quién le sirve todo lo que aprendo?  Se preguntaba ella. Desmotivada de una labor que parecía inútil, decidió abandonar la tarea y dedicarse hacer lo mismo que los demás gatos.

Al comentarle a las estrellas su decisión de abandonar sus encuentros de cada noche, las estrellas le contestaron: "El mayor don de cada gato es la libertad...pero no olvides que no se puede huir al destino"

A partir de ese día ella no volvió a mirar las estrella, y solo daba pequeños paseos nocturnos antes de ir a dormir. Pero una noche, cuando intentaba atrapar un ratón que se escondió entre varias piedras, molestó sin querer a un pequeño pero mortal explorador nocturno, un alacrán albino. 

El temido animal, la hirió con su gran aguijón inyectándole su peligroso veneno. Cuando vio al alacrán tuvo mucho miedo, sabía que ningún gato había sobrevivido a una picadura así. En pocos segundos, Ágata sintió un dolor insoportable en su pata, luego una sensación de ardor y en breves minutos, comenzó a sentir un adormecimiento que subía de su pata a otras partes del cuerpo.

Estaba segura que si no encontraba una cura inmediata en pocos minutos moriría. Sabia que las únicas que podían conocer un remedio eran las estrellas. Así que, apenada, pero motivada por el insoportable dolor, les preguntó a ellas. Fueron las estrellas de la constelación escorpión, las que le contaron a la gata que hierba silvestre tenía que masticar para curarse. Ella se arrastró con mucha dificultad hasta encontrarla, y allí tragó una y otra vez la amarga planta.

A los pocos días Ágata se había recuperado y estaba de nuevo con los pequeños astros luminosos de la noche. Ahora estaba convencida que las estrellas lo sabían todo y así como le habían salvado su vida, podía ella llegar a salvar la vida de otros gatos.

La gata aprendía de las estrellas, a la vista de muy pocos amigos y de muchos críticos. Pero quienes la conocían de cerca, observaron que mientras más hablaba con las estrellas más cosas sabía. Y así, poco a poco fue haciéndose fama de buena consejera y cada vez más gatos la buscaban para que los guiara en sus momentos difíciles…sus noches oscuras. 

Respondía toda clase de inquietudes. Algunos le preguntaban sobre el amor, otros con que gato o gata emparentarse, la forma de criar a los gaticos, la manera de vencer a un enemigo, cómo curar enfermedades, picaduras de alacrán y de serpientes, y cientos de problemas que aquejaban a los gatos. 

En ocasiones, uno que otro felino le consultaba con intenciones malvadas, querían aumentar su poder para dominar a otros gatos, adueñarse de territorios ajenos o atrapar con magia a una gata o gato que deseaban. Le ofrecían a Ágata enormes fortunas para que los aconsejara, pero ella los rechazaba. De la boca de la gata sólo salían los mensajes de las estrellas, nunca dijo nada que perjudicara a otros gatos. 

La sabiduría de Ágata, a medida que envejecía, le trajo fama y fortuna, aún sin ella buscarlas. Venían gatos de todo el mundo buscando su ayuda. Pero una preocupación se apoderó de la gata en sus últimos años. ¿Quién aconsejaría a los gatos después de su muerte? 

Le preguntó a las estrellas qué tenía que hacer, y ellas le contestaron: “Las respuestas a todas tus preguntas ya existen, sólo necesitas estar en silencio para escucharlas”  Después de meditarlo en silencio durante varias semanas, encontró que la única manera era enseñarles a otros gatos cómo desarrollar el mismo don. 

Pero antes de hacerlo, ella consultó a las estrellas, quienes al unísono le contestaron: “Todo don fue hecho para compartirlo con los demás" Desde ese momento y hasta el final de sus días, Ágata se dedicó a enseñar a otros gatos lo que aprendió de su abuela, su madre y de las estrellas. Y siempre decía a sus estudiantes: "Hay dones con los que se nace, y hay dones que se hacen"

Antes de morir la pequeña Ágata, viendo la tristeza de todos sus crecientes amigos les dijo: Recuerden que “Si hay un lugar en el cielo para 10.000.000.000.000.000.000.000.000 de estrellas, también hay un lugar para cada gato”. 

Después de su muerte, sus estudiantes le enseñaron a cientos, luego a miles y después se multiplicaron a millones de gatos. Y hoy después de tantos siglos, no existe un lugar en la tierra sin gatos que maúllen preguntándole a las estrellas…Todo gracias a Ágata, la gata que cambió las noches del mundo. 

© 2015 Liliana Mora León
Fuente de imagen animada:
http://decentscraps.blogspot.com/2014/04/animation_8.html

viernes, 20 de marzo de 2015

Fábula sobre el amor propio: La Princesa Rosa del Mar

Esta es la increíble historia de un pequeña ballena que no se  creía especial, hasta que un día, algo extraordinario cambió su vida.

Desde sus primeros años, supo que era diferente: su piel era rosa y no azul como todas las demás. Su madre, que la amaba tanto le decía: —todas las Princesas son Rosa— y ella creía en las palabras de mamá.

Pero al entrar a la escuela muchas ballenas azules se burlaban de su color rosa, y en tono de chiste le decían : —Ballena rosa eres horrorosa—, y otras tantas cosas que la hacían sentir que era fea.

La pequeña tampoco cantaba tan bien como las demás ballenas. Desentonaba bastante y su canto era muy raro; nadie comprendía lo que decía. Y algunas ballenas en coro le cantaban: —Ballena si no está muda, canta como tartamuda...—. Ella permanecía en silencio escuchando y escuchando y escuchando...

Además, era muy temerosa, y su miedo comenzó cuando siendo niña escuchó que el mar era un monstruo inmenso, negro y profundo,  que se comía a las ballenas que se alejaban de casa. Todas sus compañeras de clase eran expertas nadadoras y ante su negativa a nadar lejos le gritaban: —La ballena rosa es una perezosa...

Así, fue creciendo la ballenita; escuchando las burlas de las demás. Pero ella se negaba a sentir rabia o rencor. Su madre le había enseñado que era necesario guardar en el corazón sólo las cosas bonitas. Y así lo hizo siempre. Pero ante tanta crítica, durante varios años, sentía que no valía nada, que su vida no era importante para nadie.

Hasta que un mes de agosto, cuando ya era una joven, todo cambió para ella. Llegó a su mar, una ballena reina, quien recorría el océano buscando a “La Elegida”. Según los libros sagrados de las ballenas, existía en el mundo sólo una ballena capaz de salvarlas de la extinción.

El tiempo final estaba cerca, y los adivinos decían que un gran maremoto acabaría con las ballenas del mar. La reina llegó al lugar donde los magos decían que habitaba “La Elegida”. Así que convocó una gran asamblea donde tenían que asistir todas las ballenas jóvenes de ese mar.

Con cantos y más cantos, fueron convocadas las ballenas, pero la pequeña, que creía que no valía lo suficiente se quedó en casa. Se presentaron una a una ante la reina. Algunas hacían demostraciones de su fuerza, otras entonaban cantos que se escuchaban a miles de kilómetros. Pero ninguna tenía la gran señal.

La reina preguntó si faltaban otras ballenas por presentarse. Ante lo cual, le informaron que sólo quedaba una ballena pequeña y temerosa, que no sería capaz de cumplir la gran misión. La reina insistió para que la trajeran ante ella.

Con miedo y mucha vergüenza, la pequeña rosa se presentó. Como no quería que la reina la viera con su piel de un color tan raro, se cubrió con una enorme vela de tela blanca que encontró en el mar.

Al verla, todos soltaron una enorme carcajada…parecía un gran fantasma. Uno de los asistentes le dijo a la reina: —Su majestad: he aquí ¡La ballena más tenebrosa! —y en tono de burla continuó—, perdón…¡La más temblorosa de este mar!  (Ja…ja…ja…reían todos, menos la reina).

Enredada con la inmensa tela, la pequeña nadó con dificultad hasta donde estaba la reina. Pero poco antes de llegar, una fuerte ola logró llevarse lejos la vela y la pequeña quedó desnuda en su piel rosa.

­La reina la observó con admiración, y  al verla temblar de miedo le dijo:

—No temas pequeña, nada malo te pasará— y luego agregó —Aunque no lo creas, Tú eres La Elegida. Tienes la gran señal que hablan todos los textos sagrados: Eres la ballena que en su piel lleva el color del amor…el rosa.

La pequeña ballena se negó a aceptarlo.

­—Pero si soy muy pequeña —dijo.

—La valentía de una ballena no está en lo grande que sea su cuerpo, sino en lo grande de su corazón —agregó la reina con seguridad—. El amor es la fuerza más poderosa que existe.

­—Su majestad, yo tampoco sé cantar muy bien —insinúo la ballena con su tímida voz—. Todos dicen que canto muy mal, y a veces ni yo entiendo lo que canto.

—Tu canto es diferente, porque tiene que ser entendido por todas las ballenas del mundo y no sólo por las de tu especie —expresó la reina—, es un don que te permitirá cumplir la importante tarea que te espera.

­­—Mi soberana ¿Cómo voy a salvar a todas las ballenas si soy tan miedosa y le temo al mar?

—Es normal que sientas temor —respondió la reina—, el miedo es el sentimiento que nos permite sobrevivir, y ese potente sentir tuyo te alertará del peligro y te guiará en tu misión.

Todos estaban asombrados de que la pequeña ballena rosa fuera la elegida. En ese momento, callaron y se sintieron mal al pensar en todas las veces que se habían mofado, ahora sus vidas dependían de ella.

Después de más y más excusas, la pequeña ballena no tuvo más que decir y partió con la reina al palacio del gran mar. Allí, asesorada por varios consejeros y maestros, comenzó a prepararse para su destino.

Muchas artes y talentos adquirió en aquel lugar: aprendió como nadar miles de kilómetros sin descanso; a cantar en todas las lenguas de las ballenas; a respirar profundo; a nadar muy hondo; y a comprender el movimiento de las olas y los sonidos del mar.

Cuando pasó todas las pruebas y estaba completamente preparada, partió a su gran misión. Nadó por todos los mares del planeta. En su camino conoció peces raros, delfines que también eran rosa, tiburones de muchas especies e infinidad de animales marinos asombrosos. También, observó los mares de siete colores y los más hermosos arrecifes del mundo. Se sintió muy afortunada de poder ver tanta belleza y nadar en libertad.

En su ruta encontró cientos de familias de ballenas, quienes la respetaron por su loable tarea y la alentaron a continuar su camino. Un día, en las costas del Japón, vio un mar de color rojo intenso, era la primera vez que veía algo así. Se acercó a la costa, y la ballenita lloró, lloró y lloró…al ver cientos de ballenas muertas atravesabas por arpones. No entendía porque los hombres podían hacer algo así.

Ella escapó varias veces de las redes de los pescadores, que la devolvían al mar por su pequeñez y por el raro color de su piel. Los hombres pensaban que una piel rosa era señal de que estaba enferma; nadie compraría su carne, sus aletas o su aceite en los mercados. Por primera vez, ella se sintió afortunada de ser diferente.

Un amanecer, mientras navegaba por el océano pacífico, en un instante el mar se volvió muy oscuro y no podía ver nada. Un fuerte movimiento la arrojó con fuerza al fondo del mar y un sentimiento de miedo se apoderó de su corazón. Ella estaba en la oscuridad total del mar profundo…era como si su mayor pesadilla de la niñez se hiciera realidad. Por un momento quedó paralizada, no sabía qué hacer. Pensó que el mar se la tragaría.

Luego, recordó el consejo de uno de sus maestros, y respiró muy profundo, una y otra vez. Hasta que logró calmarse. Ahora lo sabía: había llegado la hora del gran maremoto. Cerró los ojos y sintió en su piel la dirección hacia la cual se movía la onda, esas serían las primeras ballenas a las que tenía que avisar y así lo hizo.

La pequeña ballena, se llenó de toda su fuerza para resistir a los movimientos del furioso mar, nadó con mucha dificultad hasta que logró salir a la superficie y respirar de nuevo. Después, con todo el aliento comenzó a emitir su canto, una y otra vez. Este fue tan potente que en pocos minutos pudo dar aviso a varias manadas de ballenas migratorias que pararon su marcha para escuchar el canto, cambiar de dirección y ponerse a salvo. 

Y así lo hizo en cada una de las réplicas del terremoto, y de nuevos maremotos, salvando a cientos de ballenas en todos los mares. Pero a su paso, alertaba también a todos los animales del océano, y gracias a ella diversas especies marinas sobrevivieron al desastre. Sólo los hombres que no entendían el canto de las ballenas, no lograron huir del peligro.

Algunos animales que la vieron en aquella época, decían que a medida que pasaba el tiempo, más rosa se tornaba su piel, y mientras más vidas salvaba, más potente era su canto. Era como si el gran espíritu del mar la acompañara siempre, y el amor se hiciera más fuerte en su corazón.

Los habitantes del mar cuentan que la ballena rosa ha sido la más valerosa de todos los tiempos y todos los mares. Y aunque ella nunca lo supo, por su gran valentía,  la llamaron: “La Princesa Rosa del Mar”.

Desde hace muchísimos años nadie la volvió a ver. No se sabe qué pasó con ella. Pero, muchos aseguran que aún se escucha el eco de su inconfundible canto. 

© 2015 Liliana Mora León


Te invito a escuchar los hermosos cantos de las ballenas.
Alguno puede ser el canto de "La Princesa Rosa del Mar"

martes, 17 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor y la familia: Flores amarillas para mamá



Dedicado a mi amiga Milena y a su hijo Julian.


Mi papá murió hace 3 meses, y desde ese día he visto a mi mamá muy triste. Ella llora en silencio, la veo en las mañanas con los ojos chiquitos, la nariz  roja y la voz muy ronca. Ella no necesita decirme nada…sé que hizo durante la noche.

Ahora ya no se viste bonito como antes, no usa su perfume preferido y el cabello lo tiene todo desarreglado. Parece que la sonrisa la perdió en algún lado, y aún no logra encontrarla.

Yo, trato de ser valiente. ¡Extraño tanto a papá, me siento muy solo! Pero no quiero llorar para que mi mamá no se preocupe también por mí.

Aunque soy un niño poco divertido, intento ser gracioso para despertar en ella alguna leve sonrisa. Ahora, no soy tan desaplicado en clases como antes y hago menos travesuras en casa.

Me propuse ahorrar para comprarle a mi madre una bonita flor para el día de la mujer. Sería el primer año, sin que mi papá, le regalara flores amarillas.

Guardé cada moneda durante más de un mes, llevaba el dinero siempre en mi chaqueta del colegio. No quería que mamá lo encontrara en mi cuarto.

Pero, antes del día, sin darme cuenta, el dinero se me cayó cuando jugaba en el recreo. Lo busqué por toda la escuela, pero no puede encontrarlo ¡Todo estaba arruinado!...mamá no tendría sus flores amarillas como cada año.

El sábado en la noche le oré al niño Dios. De rodillas al lado de mi cama, le pedí que le trajera a mi mamita un bello regalo. Le dije a Dios lo que más le gustaba a ella: los helados de fresa, los chocolates, un vestido bonito y  las flores amarillas. Dios sabría qué regalo la haría más feliz. 

Ese domingo en la mañana me levanté rápido de la cama, y con un par de saltos ya estaba en la sala, pero nada pasó. No había paquetes en la chimenea, ni en la entrada de la casa y nadie había llamado a mamá para darle una sorpresa; parecía que Dios se había olvidado de mi oración.

Como cada domingo, fuimos con mi madre, a visitar la tumba de mi papá. Durante todo el camino al cementerio, esperaba que un milagro pasara. Miraba con atención en cada semáforo, en los carteles de la calle y en el cielo. Yo, buscaba por todos lados una señal de Dios...¡Pero no vi nada!

Por fin, después de un larguísimo camino, llegamos al cementerio. Al entrar, compramos las flores violetas que le gustaban a papá, las que mantenía siempre en su escritorio. 

Mientras caminábamos, le pregunté a mamá, cómo se llamaban las flores preferidas de papá, y me dijo: "siemprevivas". ¡Me gusta ese nombre, siemprevivas! Aunque, no entiendo porque unas flores pueden vivir por siempre,... pero no mi papá.

Al ver tantas flores por todos lados, me puse muy triste, recordé que mi mamá hoy no tendría su regalo.

Pero al llegar a la tumba de papá, con una gran sorpresa me encontré:  En el césped del lugar, junto al nombre de papá... ¡Nació una bella flor amarilla para mi mamá! 

Yo, estaba muy feliz...¡Dios me había escuchado! Tomé la flor y con un enorme beso se la di a mi mamá.

Ella quedó asombrada, sabía que aquella flor sólo podía ser un regalo de papá. La llevó a su corazón, y la escuché decir: "gracias amor mio", y con su mano mandó un beso al cielo, allí donde ahora está papá.      

Y después de tanto tiempo... por fin ¡La vi de nuevo sonreír!        

¡Gracias Dios! ¡Gracias Papá! Ahora sé que no estoy solo.

© 2015 Liliana Mora León

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuento sobre el amor a los animales: ¡Mi gato se ha vuelto loco!



Tengo un gato un poco raro. Desde hace varios meses, parece que otro animal se apoderó de él. Y para que me creas lo que te digo, te voy a contar las locuras que hace. Al final tú decides si quieres tener un gato loco como el mío.

Antes, mi gato pasaba largas horas durmiendo en el sofá, y hasta roncaba como mi papá. Pero ahora, aunque tiene los ojos cansados y está bastante somnoliento, se niega darse una siesta. Hoy, parece un trompo y está dando vueltas y vueltas en el jardín intentando agarrarse la cola.

Su saludo cuando llego de la escuela, ya no es como antes; olvidó cómo dar el pequeño maullido, mover elegantemente su cola y restregar su olor en mi pantalón. Eso quedó atrás, se convirtió en un saltarín y parece más un sapo que un gato, lo cual dada su gran destreza para brincar, le queda muy bien.

De comida ni hablemos. No ha vuelto a recibir el atún, su plato preferido. Al abrirle una lata, lo huele profundamente y lo deja de lado. Para completar, la leche ya no le sienta bien. Mi mamá dice que se volvió intolerante a la lactosa   —parece que eso le pasa a todos los mayores—, y es posible que sea así, porque está bastante flatulento y con gases muy ruidosos y apestosos.

A veces lo pillo buscando huesos en el contenedor de la basura, y después que agarra uno no lo suelta por nada del mundo; lo muerte y lo muerte, una y otra vez,  aunque con sus débiles dientes nunca logra romperlo por completo. Da pena verlo luchar contra aquellos huesos sin nunca ganar una victoria. Su casa ya parece un cementerio, llena de huesos a medio roer por todos lados.

Sus juegos preferidos no son los mismos, abandonó su amado ratón de plumas, y no se pule las uñas con la alfombra dura y vieja de la entrada. Ahora, corre detrás de cualquier pelota o calcetín que lanzo al aire, y aunque intenta atraparlos con la boca siempre falla. Al final muy a su pesar, tiene que utilizar sus patas delanteras para capturarlos y moverlos.

Preocupados por él, lo hemos llevamos al doctor. El veterinario, lo subió a una camilla, le miró los ojos, le abrió la boca (pobre doctor con ese mal aliento de mi gato), exploró sus orejas, palpo su panza, lo paró en dos patas, y le movió la cola por todos lados.

Al final, después de un exhaustivo examen y muchas preguntas a mamá,  el veterinario nos dijo: 

—Físicamente su gato no tiene nada, está saludable, es completamente normal— Al oír aquello, respiramos aliviados, pero antes que diéramos un nuevo suspiro de aliento el doctor agregó: —Todo parece indicar que... ¡Su gato se ha vuelto loco!

—¿Se ha vuelto loco? — preguntó mamá bastante asombrada.

—Sí, se ha vuelto loco —respondió el doctor con mucha seguridad—. Y no hay nada que podamos hacer por él, esto no tiene cura.

Salimos desilusionados de allí con nuestro gato loco en los brazos. Yo estaba muy triste. No quería perder a otra mascota.

Queríamos contarle a la abuela y pasamos por su casa. Ella, aunque no es médico, siempre da recetas para todo. No sé si eso lo aprende en la tele, escuchando la radio, leyendo sus libros sobre plantas o mirando al doctor OZ, pero ella lo sabe todo. Era posible que también supiera como curar a gatos locos.

Le contamos la historia con todos los detalles. Ella, callada como siempre, lo pensó muy bien, y después como toda una experta en la materia me dijo:

 —Es verdad, tu gato está loco   —nos reconfirmó la abuela mientras yo me negaba a aceptarlo—. Pero no cualquier locura   —agregó ella, yo pensaba que no podía ser peor—. No todas las locuras son iguales, y él está loco, muy loco.

­ —¿Loco? ¿muy loco?...no entiendo nada abuela.

Y ella me respondió:

—Mira hijo, normalmente un gato no es un perro y un perro no es un gato. Pero ahora tu gato es un perro.   

Realmente al escuchar la respuesta de la abuela, pensé que esa enfermedad era altamente contagiosa, ahora la que parecía estar loca era la abuela. Pero al ver mi cara de desconcierto ella me explicó:

—No todas las locuras son iguales ­—dijo mientras acariciaba a mi felpudo—. Y tu gato está loco…loco de amor por ti.

— ¿Loco de amor por mí?, pero abuela ¿qué locura estás diciendo?

­— Sí, tu gato te ama tanto que quiso volverse un perro cuando vio tu tristeza al morir tu viejo perro —respondió ella—­. Él quería que volvieras a sonreír. Intentó con esmero cada cosa que hacía tu perro, hasta que un día olvidó en verdad quien era.

Yo, quedé sin palabras un buen rato. Para mí, sólo los perros eran capaces de amar tan profundamente, así que cuando murió el mío, sentí que nadie me amaría tanto como él. Pero ahora este gato loco, me demostraba todo lo contrario.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – le pregunté a la abuela.

— Ámalo tanto como él a ti — fue la única respuesta de la abuela. No había pócimas, agüitas, ni yerbas para ayudarlo.

Últimamente, paso mi tiempo libre  enseñando a mi gato como olvidar ser un perro. Y creo que hemos avanzado un poco, se ve más feliz...pasa más tiempo durmiendo en el sofá que jugando en el jardín.

Desde ese día algo en mí cambió. Sé que aunque un amigo se marche, siempre encontraré otro que también me ame, eso sí, a su manera. 

Y ahora,  ¿Qué me dices tú? ¿quieres un gato tan loco como el mío?

©Liliana Mora León

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuento: El mejor regalo para una princesa



Hace muchos años en un reino lejano, existía un Rey muy anciano. Al final de sus días, él conservaba un deseo sin realizar: casar a su hija, la única heredera de la corona.  

Pero la tarea, no era nada fácil. Desde que llegó a la edad de casarse, la princesa había rechazado a varios de sus pretendientes. Ella era diferente a otras princesas. Tenía una hermosura sin igual, con grandes rizos dorados, una piel de porcelana y ojos azules, tan profundos como el mar. A pesar de su gran belleza, brillaba en sencillez, no ostentaba lujos, y las joyas le parecían cosas inútiles.

La princesa disfrutaba de la naturaleza, del canto de los pájaros y las flores del jardín. Más de una vez, disfrazada como alguna de sus damas de compañía, escapaba entre la servidumbre para visitar un lago cercano al palacio. Era el lugar que más amaba de su reino, allí admiraba las bellas aves que migraban en algunos meses del año.

Una tarde mientras paseaba por la orilla del lago, creyó que había sido descubierta. Ella tropezó con un joven que asombrado pareció reconocerla, pero al final él siguió su camino y ella continúo tranquila con sus escapadas del palacio.

Llegaba el final de la vida del rey, así que ordenó a sus pregoneros visitar cada rincón de su tierra y otros reinos, dando este  mensaje: “El hombre más valiente que presente la joya más preciada para la princesa se casará con ella”.

Llegó la fecha convocada por el Rey, y así uno a uno, fueron llegando los caballeros a la corte, todos de familias nobles y muy ricos:

—Princesa, presento a vuestra merced esta corona de diamantes— dijo un noble príncipe que viajó desde un país lejano—, ha pertenecido a mi familia desde hace varios siglos, es la joya más valiosa que poseemos.

Luego, fue el turno para el segundo hombre:

—Honorable princesa, que mejor que un anillo con un enorme rubí, para realzar la belleza de sus delicadas manos de seda  —se expresó un rico comerciante —, he realizado un viaje hasta Asia donde invertí una fortuna para comprar una joya digna de una reina.

Después se presentó un hombre, alto y muy decidido:

—Su majestad, como conoceréis he viajado por el mar y conquistado tierras extranjeras —dijo el explorador con aplomo y orgullo—, a muestra de los tesoros encontrados os traigo este collar de esmeraldas, un botín obtenido en una gran batalla contra los nativos de otro continente.

Todas las joyas eran hermosas, y los hombres valerosos, pero la princesa no lograba decidirse. Ninguno había despertado su corazón. 

En ese momento, se escuchó un alboroto a la entrada del salón. Era un joven que deseaba entregar su regalo a la princesa. El Rey ordenó a los guardias que permitieran la entrada al muchacho.

Al entrar, la princesa vio a un joven alto y apuesto, con ropas sencillas pero pulcras. El joven, se postró ante la princesa y así le habló:

—Su majestad, soy un humilde granjero, no poseo tesoros, ni riquezas, ni títulos. Tampoco he ganado batallas en otros continentes —se expresó el joven—, pero vendí todo lo que poseía para comprar una vieja barca y realizar un viaje a una tierra remota. En el largo camino recorrido, vencí muchos obstáculos, para poner a sus pies este sencillo presente que espero alegre su corazón.

En ese momento, el joven colocó en el piso la bolsa tejida de fibras de paja que llevaba en su espalda, y un raro ruido salió de ella. —todos se preguntaban qué tesoro podía estar en un empaque tan ordinario y qué ruido era ese—. De allí, el joven saca con delicadeza un presente que la princesa con una gran sorpresa, observó con admiración: 

Era un hermoso Cisne Negro. Un ave majestuosa, de plumaje negro azabache y un elegante pico rojo. Un animal nunca antes visto en el reino.

Cuando la princesa vio tan hermosa ave, miró a los ojos al muchacho, y lo reconoció: él era el hombre con quien había tropezado aquella vez en el lago. El joven enamorado de la princesa, le había guardado su secreto, y se limitaba a cuidarla desde lejos de bandidos y ladrones.

La princesa, después de admirar cada presente, por fin se decidió:

  —Todos los honorables caballeros son dignos de desposar a cualquier princesa. Pero sólo uno ha traído el único presente capaz de alegrar mis días. Sólo uno me conoce tan bien para saber lo que más adoro. Sólo uno ha guardado mis secretos. Y sólo uno lo ha dado todo por conseguir este amor. 

En ese momento la princesa se inclinó y tomó entre sus manos al Cisne Negro y agregó: —Este es el hombre con el cual me casaré.

Dos lágrimas de alegría corrieron por las mejillas del joven. Mientras, asombrados y murmurando, los demás caballeros abandonaron indignados el salón. 

El Rey estaba orgulloso de la princesa, quien eligió el amor siguiendo los latidos de su corazón. Él podía morir en paz, ahora estaba tranquilo…ella gobernaría con justicia e igualdad.

El joven granjero y la princesa se casaron, en una hermosa pero sencilla boda a orillas del lago. Su historia corrió por todo el reino. Muchas leyendas surgieron sobre el ave, algunos, acostumbrados sólo a ver cisnes blancos, decían que era cosa de brujería. Otros, opinaban que el joven era un hechicero que había engañado a la princesa, sólo así un plebeyo podía conquistar a un princesa de tal belleza. 

Pero al final de los tiempos y después de una vida larga y fecunda juntos, brilló la verdad: el gran hechizo que hizo el joven granjero era su amor sincero.


© 2014 Liliana Mora León
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jueves, 30 de octubre de 2014

Cuento sobre el amor: La última mariposa mágica


Cuenta la abuela, que hace mucho tiempo, volaban en estas tierras mariposas mágicas. Eran hermosas mariposas de cuerpo luminoso, y grandes alas azules con pequeños bordes rojos. Dice, que cuando volaban parecían estar tocando una bella melodía, que hipnotizaba a todo aquel que las veía.
Según la abuela, ella conoció una mariposa mágica, hace muchos, muchos años, antes que la gran ciudad creciera tanto, y se comiera al pequeño pueblo con sus árboles viejos y frondosos, miles de flores silvestres y pequeñas quebradas de aguas cristalinas.
Ella cree que fue un hechizo o algo así, pero cuando la vio por primera vez, nunca más dejó de pensar en la mariposa azul. Más, desde el día que la abuela de la abuela le contó, que las mariposas mágicas concedían un deseo a todo aquel que lograra amarlas.
Desde niña la abuela tenía un gran deseo: conocer el verdadero amor, y sabía con certeza que eso era lo que le pediría a la mariposa azul. Así que comenzó a plantar hermosas flores en el jardín de su casa y a dispersar semillas silvestres por todos los prados cerca de su hogar.
Con los meses, cientos de flores fueron creciendo, entre ellas: lavandas, margaritas, pensamientos, azucenas y azaleas. Llegaron muchos tipos de mariposas que disfrutaban del néctar de las flores de la abuela, pero no aparecía por ningún lado su anhelada mariposa azul.
Pero un día, después de varios años de paciente espera, vio por primera vez una mariposa azul. La mariposa se posó por unos instantes en una margarita y con su trompa tomaba el néctar de la flor, luego emprendió nuevamente el vuelo alejándose del lugar.
La mariposa regresó varias veces al jardín, se alimentaba de una flor y descansaba brevemente tomando el sol. La abuela intentaba atraparla con las manos pero la mariposa era muy rápida y emprendía el vuelo antes que pudiera lograrlo.
Una mañana mi abuela estaba decidida a capturarla para pedirle su deseo. Ya conocía las flores preferidas de la mariposa azul y la esperó allí, muy quieta y sin hacer ningún ruido. Cuando vio la mariposa posarse en una flor cercana, le arrojó rápidamente una vieja red que encontró en la casa. 

Después de mucho esperar por fin logró atraparla. No había ningún movimiento. Con mucha cautela abrió la red para evitar que la mariposa escapara antes de pedirle el deseo. Pero la mariposa no podía huir, tenía un ala rota, la red era tan pesada que logró dañarla. A pesar que intentaba volar una y otra vez, sus esfuerzos eran en vano y no lograba emprender el vuelo.

Mi abuela cuenta que entristeció enormemente cuando vio esa hermosa mariposa sin poder volar. Ese día lloró amargamente y se lamentó haberla lastimado, y le decía una y otra vez palabras que salían del fondo de su corazón: —Lo siento, lo siento mucho, no quería hacerte daño, perdóname por favor…te amo bella mariposa.

En ese momento, no sabía si la mariposa moriría prontamente, así que decidió pedirle su deseo antes que fuera demasiado tarde. Mirando a la frágil mariposa que sufría por su ala herida, sin dudarlo un segundo le dijo:

—Te he esperado mucho tiempo mientras he cuidado miles de flores para ti. Tú eres una hermosa mariposa mágica, que concede un deseo del corazón, yo te pido con amor y gratitud por tu gran belleza que... puedas volver a volar.

En ese momento ocurrió la magia; una de las lágrimas de la abuela se convirtió en esfera de luz y rodó rápidamente hasta el ala de la mariposa, al llegar a ella toda la mariposa se encendió en una hermosa luz, y pronto logró emprender su melodioso vuelo.

La abuela estaba feliz de verla nuevamente volar. Era verdad, la mariposa concedía el deseo. Ese fue el último día que vio a la mariposa azul en su jardín. 

Aunque la abuela pensó que con el vuelo de la mariposa, su deseo había terminado, no fue así. Ese día, conoció a su nuevo vecino, un joven de alma buena, que con el tiempo fue su gran amor...mi abuelo.

A veces cuando ayudo a la abuela a arreglar sus flores me dice:

—Aunque nunca veas una mariposa azul, no olvides que la magia está en el verdadero amor.

Y yo, cuando miro a la abuela y al abuelo juntos, sé que es así.

© 2014 Liliana Mora León

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