En sus primeros años, prefería jugar en el parque que
sentarse a leer un libro.
Cada vez que su madre la llamaba para leer, Lola le decía: ¡No quiero! ...y hacía una gran pataleta que a todo el mundo aterraba.
Al principio, a pesar de las rabietas de la pequeña, mamá le enseñó la ronda de las vocales y
aprendió a cantar: a e i o u…a e i o u. Lola descubrió que: ¡Las vocales eran divertidas!
Luego, mamá le mostró el vídeo del mono sílabo, y con
aquel entretenido animal formó parejas de dos en dos: ma me mi mo mu - pa pe pi po pu... ¡Lola daba brincos de la alegría!
Lola, también conoció los números. Supo que después del dos llegaba el tres. Contaba todo el tiempo sin parar: Una manzana, Dos muñecas, Tres pelotas...
La sorprendió mucho ver la sonrisa de mamá, cuando sumando palabras escribió por primera vez: “Amo a mi mamá”.
Ese día, Lola supo que las palabras podían hacer
felices a las personas…y surgió en ella el deseo de aprender más y más
palabras.
Muy contenta, aprendía palabras cada vez más grandes: De una...de dos...de tres...de diez letras y más. ¡Llego a crear palabras gigantes!
Poco a poco, Lola aprendió a leer palabras, y lo podía hacer a
cualquier hora y en cualquier lugar.
Comenzó leyendo cuentos chicos. Luego, libros cada vez más grandes. Comprendió que mientras más páginas tenía el libro, más duraba la aventura.
Si el día estaba lluvioso y no podía salir a jugar, ya no había ningún problema: ¡Un libro era su mejor compañía!
Cuando leyó la historia de Aladino y su lámpara maravillosa, le pidió al famoso genio...¡Más libros para leer!
Parece que el genio la escuchó: porque en los cumpleaños,
la navidad o cualquier fecha especial, le regalan más y más libros.
Ahora tiene tantos, que en su cuarto formó una montaña de libros, que crece y crece. ¡Cada día está más grande!
Lola comparte sus cuentos con sus amigos, adora cuando todos hacen parte de la misma historia.
También, regaló algunos de sus libros preferidos a la iglesia. Quiere que todos los niños pobres tengan un cuento que los haga soñar.
Pero una mañana, Lola pensó que nunca más volvería a leer. Cada vez que leía sentía un fuerte dolor de cabeza. Las letras las veía algo borrosas. Parecía que las palabras se
estuvieran desapareciendo de las páginas de sus libros.
Con llanto le contó a la mamá. Ella inmediatamente la llevó al doctor. Él, iluminó sus ojos con
una pequeña linterna, la miró con unos binoculares de científico y la puso a leer letras en un cartel.
Después de una larga espera en la sala del doctor, Lola salió de
allí luciendo unas gafas muy bonitas. ¡Parecía una niña más
inteligente!
Al llegar casa, se sintió aliviada. Al abrir
un libro, había recuperado las palabras perdidas ¡Esa gafas eran mágicas!
A veces, se siente triste cuando termina un libro. Quisiera que fuera más largo, para continuar el viaje. Pero después…recuerda que puede volver a leerlo cuantas
veces quiera, y...recobra la alegría.
Ahora con sus gafas mágicas, Lola lee que lee, y no para de leer.
Ayer, le contó a la mamá que tiene un nuevo deseo para Aladino:
¡Qué todos los niños del mundo amen los libros tanto como ella!
A veces, una amistad no comienza de la mejor manera. Y
eso fue lo que le ocurrió al pelícano Atolón y al pequeño pez Coralito.
Todo sucedió una mañana de invierno, cuando Atolón se
despertaba de un largo sueño. Mientras se desperezaba y extendía las alas, oyó
un ruido muy singular. Eran sus tripas que sonaban tanto como una orquesta. Al
poco, comenzó a bostezar, una y otra vez, abriendo su largo pico amarillo. No había dudas...¡Tenía tanta hambre que podría comerse un tiburón!
Al mirar su enorme buche se dio cuenta que no guardaba nada que comer. Así que, antes de darse un buen baño, y a pesar del inmenso frío, decidió
ponerse su bufanda azul y salir a pescar muy temprano.
Cuando se elevó sintió que el viento estaba helado, dio un vistazo por todas partes, y eligió un
lugar a pocos metros de la playa. Era un sitio poco profundo de aguas tranquilas. Sobrevoló la zona, y después
de mirar un rato decidió sumergir su cabeza. Con su pico potente capturó
fácilmente un pez que nadaba desprevenido en el agua.
Pero, Atolón, nunca se imaginó que aquel pez le daría
una gran lección de valor. De alguna manera, Coralito, el pequeño pez, logró
clavar una de sus aletas en el buche de Atolón, y se aferraba a él para evitar
ser devorado. Estaba completamente atorado, y el pelícano no lo podía tragar.
El pelícano, voló de regreso hasta la playa. Se posó
entre las rocas, y al abrir su enorme pico observó a un llamativo pez. Era un
hermoso “pez ángel llama”. Tenía un
cuerpo de rojo coral muy radiante, combinado con elegantes líneas negras. Lo
más atractivo, eran unas ondas de color azul encendido, que parecían brillar
como una llama.
Desde pequeño Atolón había comido cientos de peces,
moluscos y crustáceos, pero nunca había desayunado un pez tan hermoso y según
decían otros, ¡Muy sabroso!... Había hallado un delicioso desayuno para comenzar el día.
Mientras Atolón pensaba en comida, Coralito pensaba
en su vida, y en las veces que había estado en peligro. El pequeño pez, tenía
muchos enemigos, entre ellos; peces de mayor tamaño y varios tipos de aves. También
tenía uno grande y peligroso: el hombre. Si Coralito caía en sus
redes, pasaría el resto de sus días prisionero en una celda de cristal…un
acuario. Pero ahora, estaba luchando por su vida en la boca de un enorme
pelícano.
Atolón intentó tragárselo, pero era inútil; no lograba que el pez bajara por su pescuezo. Luego, tosió con gran fuerza, una
vez, y después otra, hasta que torció los ojos de tanto toser. Y al final, Coralito
salió disparado del buche del pelícano y
cayó de cabeza sobre una roca puntiaguda.
Con el impacto del golpe, Coralito perdió el
conocimiento por unos segundos. Luego, despertó y al ver las nubes, pensó que
estaba en el cielo, que ya había muerto. Pero cuando miró al lado, Atolón
estaba allí parado. El pez no podía creer que todavía estuviera vivo. También sabía
que si no lograba entrar al agua nuevamente, en poco tiempo moriría.
Ante la mirada del pelícano, Coralito, intentaba
escapar. Se arrastraba con pequeños movimientos entre las rocas, pero no
lograba avanzar…Estaba acostumbrado a nadar en el agua suave del mar, pero no a
arrastrarse entre las duras rocas de la playa.
Atolón admiraba a Coralito, tanto por su belleza como
por su lucha por conservar la vida. En breve, el ave se abalanzo nuevamente
sobre el pez. Coralito sintió miedo,
creía que había llegado su hora final. Intentó escapar, moviéndose por todos
lados, pero todo su esfuerzo fue inútil. El pelícano lo capturó nuevamente.
Esta vez Atolón no lo agarró con su potente y temido pico.
Lo capturó con sus alas y lo acomodó bajo las plumas de su ala izquierda. Atolón
se elevó con dificultad. Voló algunos metros sin soltar al pez, mientras el
pequeño agonizaba entre sus alas.
Cuando el mar se tornó de colores, y apareció la zona
de los arrecifes, el pelícano descendió con un elegante clavado, y soltó el cuerpo del pez en el agua. Coralito flotó en la superficie, no se movía ni
respiraba, como hacen los peces muertos.
Atolón, sintió pesar, pensó que sus esfuerzos por
salvarle la vida al pez no habían funcionado. Pero, a los pocos segundos, Coralito
comenzó nuevamente a respirar y con suaves movimientos reanudó su nado.
Coralito alzó la mirada, y vio que Atolón lo admiraba
desde el cielo. No entendía que había pasado, sólo sabía que el pelícano le
había salvado la vida. Al rato, Atolón emprendió el vuelo y se le vio a lo lejos pescar un
buen bocado.
Desde ese día los dos fueron amigos, y aunque no se
hablaban ni compartían juegos, disfrutaban de su lejana compañía. Coralito
admiraba la gracia de Atolón al volar, y el pelícano siempre contempló la
belleza del pequeño pez.
Fue una rara amistad la que allí nació. Algunos habitantes del mar decían
que el ángel no era el pez, sino Atolón, y que fue la llama del amor la que lo
convenció de respetar la vida de Coralito, el "pez ángel llama".
Muchos turistas de todo
el mundo, que bucean por los arrecifes del pacífico sur, aún pueden admirar la
belleza de Coralito. Un día, un hombre valiente, logró sacarle una buena foto...mientras se protegía de los picotazos y graznidos de Atolón, que siempre anda cerca para defenderlo.
Era un día triste, el más triste de toda mi corta
vida. Ese sábado, papá me dio la peor noticia, una que jamás me esperaba:
enviaría a mi abuelo Polo a vivir en un ancianato.
Lo peor, era saber que lo mandarían a un pueblo lejano. Me
acostumbre a tener al abuelo cerca y a visitarlo en bicicleta todas las
semanas. Pero eso había llegado a su final. ¡No se había marchado y ya lo
extrañaba!
¿Dónde queda “El olvido”? ¿Cómo se llega a “El olvido”?
le preguntaba a todos y nadie conocía aquel lugar. Papá dijo que lo encontró
por internet, según él: un buen precio
para un buen lugar. Pero lo que temo es que internado allí, al final todos olviden
al abuelo.
Yo quería estar con el abuelo todo el tiempo que nos
quedaba. Y mientras lo ayudaba a hacer su
equipaje, le dije que no quería que se marchara. Aunque intenté contener el
llanto, las lágrimas me ganaron y
comencé a llorar.
Polo, como siempre, me consolaba y me decía que
todo estaría bien, que podía visitarlo en las vacaciones…Pero, para mí, las
vacaciones estaban muy lejanas.
Luego de escuchar mi llanto, el abuelo me pidió que
lo acompañara a la biblioteca, buscó
entre sus libros, y después de un tiempo tomó uno con sus manos. Admirado, le
pregunté porque había escogido el libro más feo y viejo de todo el lugar.
Él se sentó en su sofá amarillo, y sonriendo me contó
la siguiente historia:
"Este no es un libro, es el...¡Cuaderno de la Esperanza!
Cuando yo tenía tu edad, mis padres, me enviaron a la
ciudad a estudiar en un internado. Siendo tan chico, yo no comprendía porque
querían alejarme de ellos. Solamente me dijeron que era lo mejor para mi
futuro.
Mis padres eran campesinos, pero querían una vida diferente para mí. Eran personas sin
mucho dinero, y decidieron vender la mejor parte de su finca, para pagarme un
buen colegio en la gran ciudad.
Así llegué, un niño del campo entre los niños de la
ciudad. Mi piel quemada por el sol resaltaba entre las pieles blancas de los
compañeros. Yo, hablaba como la gente de mi pueblo; cambiando unas letras por
otras, comiéndome algunas vocales, y diciendo dichos raros que nadie
comprendía. Por eso, muchos chicos se burlaban de mí.
El primer año, soporté diversas travesuras de algunos
niños de la clase, decididos a hacer hasta lo imposible, para que me
expulsaran del colegio. Pero, yo siempre tenía un ángel guardián que me protegía, y
sus planes fallaban.
Al finalizar año, unos pocos días antes del
examen final, mi cuaderno de español desapareció de mi pupitre. ¡Eso sí era una
gran tragedia para mí! Necesitaba una buena nota en el cuaderno y en el examen,
de lo contrario perdería el curso y el cupo en el colegio.
Tenía miedo, mucho miedo. Si no lograba pasar la
asignatura, todos los esfuerzos de mis padres quedarían en la nada…Lo que más
temía era desilusionarlos, terminar con sus sueños, y volver al pueblo como un
gran fracasado...
Pedí prestado el cuaderno de español a varios de mis
compañeros de clase, pero todos se negaron. Estarían estudiando el fin de
semana para la prueba final. Saqué algunos libros de la biblioteca y estudie
todo el tiempo sobre gramática y ortografía. En el fondo, estaba decepcionado.
Según mis cálculos, aunque obtuviera el máximo puntaje en el examen sin la
nota del cuaderno perdería el año.
El lunes en la mañana, al llegar al salón de clases,
vi que mi pupitre tenía la tapa levantada. Corrí hasta allí pensando que nuevamente
habrían robado alguno de mis cuadernos. Pero lo que encontré fue una gran
sorpresa: ¡Un regalo estaba escondido entre mis cuadernos! Al
principio pensé que era un obsequio de mis padres. Pero el paquete no tenía
ningún remitente. Tan solo estaba escrito mi nombre…No había dudas, era para
mí, nadie más en el salón se llamaba como yo: Apolinar Sastoque.
Tomé el paquete y observé que estaba empacado con un
viejo papel de regalo, arrugado de tanto uso. Luego, le quite las cintas, y al abrirlo vi este cuaderno que te estoy mostrando. Como puedes ver está hecho a mano, con caratulas de duro cartón.
En su interior, tiene hojas de diferentes tamaños,
unas más chicas y otras más grandes. Algunas rayadas y otras en cuadritos. Unas con líneas negras y gruesas, y otras delgadas de suaves azules. Este cuaderno es todo un carnaval de formas y
colores.
Pero lo que más me sorprendió, cuando lo vi por primera vez, y que me dejó sin palabras
fue su contenido. En la primera página, además de mi nombre y apellidos,
figuraba en letras en relieve la palabra: E S P A Ñ O L. Adentro; están escritos a mano, todos los contenidos que habíamos visto en la materia.
¡Quedé con la boca abierta! Algún compañero había
gastado todo su fin de semana, haciendo este cuaderno. Busqué con más detalle y encontré una pequeña nota
que decía: “Estoy feliz de que estés aquí”.
La frase cambió mi vida en aquel lugar. Fue bonito sentir que alguien,
me quería tanto para hacer algo así. Ese acto me llenó de ilusiones. Por eso,
lo llamé “el cuaderno de la esperanza” y lo he llevado conmigo a todas partes. Gracias a un desconocido, pude pasar el
curso y los sueños de mis padres aún eran posibles.
Yo estaba decidido a encontrar al responsable de
aquel acto de bondad. Al principio no puede identificarlo. Hasta que un día, el
maestro de matemáticas me dio una buena pista: regañaba fuertemente a uno de
mis compañeros, porque se le estaban cayendo las hojas escritas de su cuaderno.
Esa noche, salí de mi cuarto y me escapé hasta el salón. Revisé el pupitre
del compañero y encontré sus cuadernos; a todos les habían arrancado varias hojas.
Luego, cuando vi detenidamente su letra, lo reconocí : ¡Era la misma persona!
Yo, quería hacer algo para él. Tomé mi pegante y me
dedique a unir cada una de las hojas flojas de sus cuadernos. La tarea me
llevó toda noche. Y al finalizar, le dejé una pequeña nota que decía: “Gracias,
sé que fuiste tú”.
Cuando él llegó a la clase y leyó la nota quedó muy sorprendido; miró atrás, me vio a los
ojos y simplemente sonrío. Así nació una hermosa amistad que ha durado toda
la vida.
Por eso, querido nieto, estoy seguro que en el nuevo
lugar, en ese ancianato también
encontraré personas que estén felices de que yo esté allí… ¡Siempre ha
sido así! "
Luego, agregó el abuelo:
A pesar de vivir casi toda mi vida en la ciudad, sigo siendo un niño del campo,
de un pueblo tan lejano como “El Olvido”. ¡Será bueno sentirme como en mi primera casa!.."
Después de escuchar la historia del abuelo, me quedé
más tranquilo. Pensé que guardaría en su maleta su preciado cuaderno, pero no
fue así. Lo puso en mis manos, me dio un beso y me dijo:
Este cuaderno de la esperanza ahora es para ti. Recuerda
siempre que: aún en los peores momentos, algo
muy bueno puede ocurrir.
Al día siguiente el abuelo se marchó a "El Olvido", aunque intentó disimular, sé que también estaba triste. Pero, ahora tengo la esperanza que allí encuentre alguien que lo ame tanto como yo y lo cuide mientras llegan mis vacaciones.
Hace muchos siglos, en un pequeño bosque del centro del África, una familia de gatas monteses comenzó el ritual de maullar en la noche oscura. Nadie sabía por qué hacían aquel ruido que a muchos lograba espantar el sueño. Hasta que Ágata, la gata menor, tuvo la valentía de contarle al mundo el motivo de tal locura.
Ágata, aprendió desde pequeña que hay palabras que no se escuchan con los oídos, y mensajes que flotan libres en el aire. Ella comprendió que se podían escuchar los luminosos mensajes de las estrellas.
La primera vez fue una noche de enero, un día al final del verano, cuando paseaba con su madre por un campo cercano a su escondite. Era el momento perfecto; del cielo colgaba una hermosa luna apenas creciendo, las nubes se habían marchado lejos, e incontables estrellas titilaban en la oscuridad.
Ese día, la pequeña Ágata quedó sorprendida al escuchar a su madre maullarle al cielo. Nunca antes había oído a una gata hablar sola. Ella, permaneció en silencio esperando alguna respuesta, tal vez; una voz llegara del más allá, una hoja escrita cayera del cielo, o quizás un genio apareciera por arte de magia. Nada de eso ocurrió, reinó un mudo silencio de palabras, entre el ruido de los animales de la noche.
Luego de un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, la mamá de Ágata la miró a los ojos y con una enorme sonrisa gatuna le dijo: “Hija, tu destino será brillante…Serás una estrella y darás luz a muchos gatos del mundo en sus noches oscuras”.
Cuando Ágata preguntó a su madre cómo sabía su futuro, ella le contestó: “Me lo han dicho las estrellas”. Ese día al escuchar ese hermoso mensaje del cielo, ella decidió que también quería aprender a escuchar las estrellas. Aunque, nunca se imaginó lo que tendría que vivir para que su deseo fuera una realidad.
A medida que aprendió a escuchar las estrellas, ellas le contaron que todo estaba escrito, y nada sucedía por casualidad. Era un don especial regalado a la abuela, la madre y a Ágata. “ES un don para TRES de ELLAS”…le repetían las estrellas.
Tampoco era casualidad que ella se llamara Ágata, pues según las tradiciones antiguas era una piedra preciosa valorada por regalar el conocimiento a todo el que creyera en ella. Esa gatica era una auténtica joya...
Pero había un problema, Ágata sería la última gata de su familia con el don de hablar con las estrellas, por eso tendría que utilizarlo con gran sabiduría para el bien de todos los gatos y gatas de la tierra. Lo que ella hiciera con su talento, podría llegar a cambiar las noches del mundo.
Con el tiempo, a pesar de vivir sus siete vidas, murieron de viejas la abuela y después la madre de Ágata. Al quedar sola, sintió una profunda tristeza y la embargó un sentimiento de abandono. Lo que a ella le causaba pesar a sus vecinos una gran alegría, pues solo quedaba una gata maullando en la noche.
Las cosas no eran fáciles, y en esos momentos de dificultad la gatica recordaba las palabras de mamá: “cada don trae su pequeña cuota de dolor”. Al principio, sintió incomprensión de los demás gatos. Algunos al verla durante largas horas observando el cielo y maullando decían muchas cosas: que se había vuelto loca, que era una lunática, y que perdía el tiempo haciendo nada.
Al principio ella no se desanimaba, sabía que lo que hacía era importante aunque nadie lo entendiera. Dedicaba cada minuto de sus largas noches a escuchar las estrellas y guardaba sus mensajes, donde se esconden los mejores tesoros; en el corazón.
Ágata soportaba con paciencia todas las pruebas. No importaba el mal clima; las altas temperaturas de verano, bajo el frío del invierno, durante la fuerte lluvia o las tenebrosas tormentas, aún en medio de los rayos, ella permanecía cada noche afuera en su tarea. Sabía que su vida era corta y no podía desperdiciar el tiempo.
Más de una vez, se enfrentó a diversos enemigos nocturnos más grandes y peligrosos. Primero, luchó contra una enorme serpiente que intentaba comérsela de un bocado. Otra noche, trepar a un árbol la salvó de ser cazada por unas feroces y hambrientas hienas. Frecuentemente la correteaban jaurías de perros salvajes que la perseguían por diversión, pero ella lograba escapar.
Después de un largo tiempo haciendo lo mismo noche tras noche, Ágata, sintió que todo lo que hacía no tenía ningún sentido ¿Para qué tanto conocimiento?¿A quién le sirve todo lo que aprendo? Se preguntaba ella. Desmotivada de una labor que parecía inútil, decidió abandonar la tarea y dedicarse hacer lo mismo que los demás gatos.
Al comentarle a las estrellas su decisión de abandonar sus encuentros de cada noche, las estrellas le contestaron: "El mayor don de cada gato es la libertad...pero no olvides que no se puede huir al destino"
A partir de ese día ella no volvió a mirar las estrella, y solo daba pequeños paseos nocturnos antes de ir a dormir. Pero una noche, cuando intentaba atrapar un ratón que se escondió entre varias piedras, molestó sin querer a un pequeño pero mortal explorador nocturno, un alacrán albino.
El temido animal, la hirió con su gran aguijón inyectándole su peligroso veneno. Cuando vio al alacrán tuvo mucho miedo, sabía que ningún gato había sobrevivido a una picadura así. En pocos segundos, Ágata sintió un dolor insoportable en su pata, luego una sensación de ardor y en breves minutos, comenzó a sentir un adormecimiento que subía de su pata a otras partes del cuerpo.
Estaba segura que si no encontraba una cura inmediata en pocos minutos moriría. Sabia que las únicas que podían conocer un remedio eran las estrellas. Así que, apenada, pero motivada por el insoportable dolor, les preguntó a ellas. Fueron las estrellas de la constelación escorpión, las que le contaron a la gata que hierba silvestre tenía que masticar para curarse. Ella se arrastró con mucha dificultad hasta encontrarla, y allí tragó una y otra vez la amarga planta.
A los pocos días Ágata se había recuperado y estaba de nuevo con los pequeños astros luminosos de la noche. Ahora estaba convencida que las estrellas lo sabían todo y así como le habían salvado su vida, podía ella llegar a salvar la vida de otros gatos.
La gata aprendía de las estrellas, a la vista de muy pocos amigos y de muchos críticos. Pero quienes la conocían de cerca, observaron que mientras más hablaba con las estrellas más cosas sabía. Y así, poco a poco fue haciéndose fama de buena consejera y cada vez más gatos la buscaban para que los guiara en sus momentos difíciles…sus noches oscuras.
Respondía toda clase de inquietudes. Algunos le preguntaban sobre el amor, otros con que gato o gata emparentarse, la forma de criar a los gaticos, la manera de vencer a un enemigo, cómo curar enfermedades, picaduras de alacrán y de serpientes, y cientos de problemas que aquejaban a los gatos.
En ocasiones, uno que otro felino le consultaba con intenciones malvadas, querían aumentar su poder para dominar a otros gatos, adueñarse de territorios ajenos o atrapar con magia a una gata o gato que deseaban. Le ofrecían a Ágata enormes fortunas para que los aconsejara, pero ella los rechazaba. De la boca de la gata sólo salían los mensajes de las estrellas, nunca dijo nada que perjudicara a otros gatos.
La sabiduría de Ágata, a medida que envejecía, le trajo fama y fortuna, aún sin ella buscarlas. Venían gatos de todo el mundo buscando su ayuda. Pero una preocupación se apoderó de la gata en sus últimos años. ¿Quién aconsejaría a los gatos después de su muerte?
Le preguntó a las estrellas qué tenía que hacer, y ellas le contestaron: “Las respuestas a todas tus preguntas ya existen, sólo necesitas estar en silencio para escucharlas” Después de meditarlo en silencio durante varias semanas, encontró que la única manera era enseñarles a otros gatos cómo desarrollar el mismo don.
Pero antes de hacerlo, ella consultó a las estrellas, quienes al unísono le contestaron: “Todo don fue hecho para compartirlo con los demás" Desde ese momento y hasta el final de sus días, Ágata se dedicó a enseñar a otros gatos lo que aprendió de su abuela, su madre y de las estrellas. Y siempre decía a sus estudiantes: "Hay dones con los que se nace, y hay dones que se hacen"
Antes de morir la pequeña Ágata, viendo la tristeza de todos sus crecientes amigos les dijo: Recuerden que “Si hay un lugar en el cielo para 10.000.000.000.000.000.000.000.000 de estrellas, también hay un lugar para cada gato”.
Después de su muerte, sus estudiantes le enseñaron a cientos, luego a miles y después se multiplicaron a millones de gatos. Y hoy después de tantos siglos, no existe un lugar en la tierra sin gatos que maúllen preguntándole a las estrellas…Todo gracias a Ágata, la gata que cambió las noches del mundo.
Esta es la increíble historia de un pequeña ballena que no se creía especial, hasta que un día, algo extraordinario cambió su vida. Desde sus primeros años, supo que era diferente: su piel era rosa y no azul como todas las demás. Su madre, que la amaba tanto le
decía: —todas las Princesas son Rosa— y ella creía en las palabras de mamá.
Pero al entrar a la
escuela muchas ballenas azules se burlaban de su color rosa, y en tono de
chiste le decían : —Ballena rosa eres horrorosa—,
y otras tantas cosas que la hacían sentir que era fea.
La pequeña tampoco
cantaba tan bien como las demás ballenas. Desentonaba bastante y su canto era
muy raro; nadie comprendía lo que decía. Y algunas ballenas en coro le cantaban:
—Ballena si no está muda, canta como tartamuda...—. Ella permanecía en silencio escuchando y escuchando y escuchando...
Además, era muy temerosa,
y su miedo comenzó cuando siendo niña escuchó que el mar era un monstruo
inmenso, negro y profundo, que se comía
a las ballenas que se alejaban de casa. Todas sus compañeras de clase eran expertas nadadoras y ante su negativa a nadar lejos le gritaban: —La ballena rosa es una perezosa...
Así, fue creciendo la
ballenita; escuchando las burlas de las demás. Pero ella se negaba a
sentir rabia o rencor. Su madre le había enseñado que era necesario guardar en
el corazón sólo las cosas bonitas. Y así lo hizo siempre. Pero ante tanta
crítica, durante varios años, sentía que no valía nada, que su
vida no era importante para nadie.
Hasta que un mes de agosto, cuando ya era una joven, todo cambió para ella. Llegó a su mar, una ballena reina, quien recorría el
océano buscando a “La Elegida”. Según los libros sagrados de las ballenas, existía
en el mundo sólo una ballena capaz de salvarlas de la extinción.
El tiempo final estaba
cerca, y los adivinos decían que un gran maremoto acabaría con las ballenas
del mar. La reina llegó al lugar donde los magos decían que habitaba “La Elegida”.
Así que convocó una gran asamblea donde tenían que asistir todas las ballenas
jóvenes de ese mar.
Con cantos y más cantos,
fueron convocadas las ballenas, pero la pequeña, que creía que
no valía lo suficiente se quedó en casa. Se
presentaron una a una ante la reina. Algunas hacían demostraciones de su fuerza,
otras entonaban cantos que se escuchaban a miles de kilómetros. Pero ninguna
tenía la gran señal.
La reina preguntó si
faltaban otras ballenas por presentarse. Ante lo cual, le informaron que sólo quedaba una ballena pequeña y temerosa, que no sería capaz de cumplir la gran
misión. La reina insistió para que la trajeran ante ella.
Con miedo y mucha
vergüenza, la pequeña rosa se presentó. Como no quería que la
reina la viera con su piel de un color tan raro, se cubrió con una enorme vela de tela blanca
que encontró en el mar.
Al verla, todos soltaron
una enorme carcajada…parecía un gran fantasma. Uno de los asistentes le dijo a
la reina: —Su majestad: he aquí ¡La ballena más tenebrosa! —y en tono de burla
continuó—, perdón…¡La más temblorosa de este mar! (Ja…ja…ja…reían todos, menos la reina).
Enredada con la inmensa tela, la
pequeña nadó con dificultad hasta donde estaba la reina. Pero poco antes de llegar, una fuerte ola logró llevarse lejos la vela y la pequeña
quedó desnuda en su piel rosa.
La reina la observó con admiración, y al verla
temblar de miedo le dijo:
—No temas pequeña, nada
malo te pasará— y luego agregó —Aunque no lo creas, Tú eres La Elegida. Tienes
la gran señal que hablan todos los textos sagrados: Eres la ballena que en su piel lleva el color del amor…el rosa.
La pequeña ballena se negó a aceptarlo.
—Pero si soy muy pequeña
—dijo.
—La valentía de una
ballena no está en lo grande que sea su cuerpo, sino en lo grande de su
corazón —agregó la reina con seguridad—. El amor es la fuerza más poderosa que existe.
—Su majestad, yo tampoco
sé cantar muy bien —insinúo la ballena con su tímida voz—. Todos dicen que canto muy mal, y a veces ni yo entiendo lo que canto.
—Tu canto es diferente, porque tiene que ser entendido por todas las ballenas del mundo y no sólo por
las de tu especie —expresó la reina—, es un don que te permitirá cumplir la importante tarea que te espera.
—Mi soberana ¿Cómo voy
a salvar a todas las ballenas si soy tan miedosa y le temo al mar?
—Es normal que sientas temor —respondió la reina—, el miedo es el sentimiento que nos permite
sobrevivir, y ese potente sentir tuyo te alertará del peligro y te guiará en tu
misión.
Todos estaban asombrados de que la pequeña ballena rosa fuera la elegida. En ese momento, callaron y se
sintieron mal al pensar en todas las veces que se habían mofado, ahora sus vidas dependían de ella.
Después de más y más
excusas, la pequeña ballena no tuvo más que decir y partió con la reina al
palacio del gran mar. Allí, asesorada por varios consejeros y maestros, comenzó
a prepararse para su destino.
Muchas artes y talentos
adquirió en aquel lugar: aprendió como nadar miles de kilómetros sin descanso; a
cantar en todas las lenguas de las ballenas; a respirar profundo; a nadar muy hondo;
y a comprender el movimiento de las olas y los sonidos del mar.
Cuando pasó todas las
pruebas y estaba completamente preparada, partió a su gran misión. Nadó por
todos los mares del planeta. En su camino conoció peces raros, delfines que también eran
rosa, tiburones de muchas especies e infinidad de animales marinos asombrosos. También,
observó los mares de siete colores y los más hermosos arrecifes del mundo. Se
sintió muy afortunada de poder ver tanta belleza y nadar en libertad.
En su ruta encontró
cientos de familias de ballenas, quienes la respetaron por su loable tarea y la alentaron a continuar su camino. Un día, en las costas del Japón, vio
un mar de color rojo intenso, era la primera vez que veía algo así. Se acercó a
la costa, y la ballenita lloró, lloró y lloró…al ver cientos de ballenas
muertas atravesabas por arpones. No entendía porque los hombres podían hacer
algo así.
Ella escapó varias veces
de las redes de los pescadores, que la devolvían al mar por su pequeñez y por
el raro color de su piel. Los hombres pensaban que una piel rosa era señal de que
estaba enferma; nadie compraría su carne, sus aletas o su aceite en los
mercados. Por primera vez, ella se sintió afortunada de ser diferente.
Un amanecer, mientras
navegaba por el océano pacífico, en un instante el
mar se volvió muy oscuro y no podía ver nada. Un fuerte movimiento la arrojó con fuerza al fondo
del mar y un sentimiento de miedo se apoderó de su
corazón. Ella estaba en la oscuridad total del mar profundo…era como si su
mayor pesadilla de la niñez se hiciera realidad. Por un momento quedó paralizada,
no sabía qué hacer. Pensó que el mar se la tragaría.
Luego, recordó el consejo
de uno de sus maestros, y respiró muy profundo, una y otra vez. Hasta que logró
calmarse. Ahora lo sabía: había llegado la hora del gran maremoto. Cerró los
ojos y sintió en su piel la dirección hacia la cual se movía la onda, esas
serían las primeras ballenas a las que tenía que avisar y así lo hizo.
La pequeña ballena, se llenó de toda su fuerza para resistir a los movimientos del furioso mar, nadó con mucha dificultad hasta que logró salir a la superficie y respirar de nuevo. Después, con todo el aliento comenzó a emitir su canto, una y
otra vez. Este fue tan potente que en pocos minutos pudo dar aviso a varias
manadas de ballenas migratorias que pararon su marcha para escuchar el canto,
cambiar de dirección y ponerse a salvo.
Y así lo hizo en cada una
de las réplicas del terremoto, y de nuevos maremotos, salvando a cientos de ballenas en todos los mares. Pero a su paso, alertaba también a todos los
animales del océano, y gracias a ella diversas especies marinas sobrevivieron al
desastre. Sólo los hombres que no entendían el canto de las ballenas, no lograron huir del peligro.
Algunos animales que la
vieron en aquella época, decían que a medida que pasaba el tiempo, más rosa se tornaba su piel, y
mientras más vidas salvaba, más potente era su canto. Era como si el gran espíritu
del mar la acompañara siempre, y el amor se hiciera más fuerte en su corazón.
Los habitantes del mar
cuentan que la ballena rosa ha sido la más valerosa de todos
los tiempos y todos los mares. Y aunque ella nunca lo supo, por su gran valentía, la llamaron: “La Princesa
Rosa del Mar”.
Desde hace muchísimos años nadie la volvió a ver. No se sabe qué pasó
con ella. Pero, muchos aseguran que aún se escucha el eco de su inconfundible canto.
Mi papá murió hace 3
meses, y desde ese día he visto a mi mamá muy triste. Ella llora en silencio,
la veo en las mañanas con los ojos chiquitos, la nariz roja y la voz muy ronca. Ella no necesita decirme nada…sé que hizo durante la noche.
Ahora ya no se viste
bonito como antes, no usa su perfume preferido y el cabello lo tiene todo desarreglado.
Parece que la sonrisa la perdió en algún lado, y aún no logra encontrarla.
Yo, trato de ser
valiente. ¡Extraño tanto a papá, me siento muy solo! Pero no quiero llorar para que mi
mamá no se preocupe también por mí.
Aunque soy un niño poco
divertido, intento ser gracioso para despertar en ella alguna leve sonrisa.
Ahora, no soy tan desaplicado en clases como antes
y hago menos travesuras en casa.
Me propuse ahorrar para comprarle a mi madre una bonita flor para el día de la
mujer. Sería el primer año, sin que mi papá, le regalara flores
amarillas.
Guardé cada moneda
durante más de un mes, llevaba el dinero siempre en mi chaqueta del colegio. No
quería que mamá lo encontrara en mi cuarto.
Pero, antes del día, sin darme cuenta, el dinero se me cayó cuando jugaba en el recreo. Lo busqué por toda la escuela, pero no puede encontrarlo ¡Todo estaba
arruinado!...mamá no tendría sus flores amarillas como cada año.
El sábado en la noche le oré al niño
Dios. De rodillas al lado de mi cama, le pedí que le trajera a mi mamita un
bello regalo. Le dije a Dios lo que más le gustaba a ella: los helados de fresa, los chocolates, un vestido bonito y las flores amarillas. Dios sabría qué regalo la haría más feliz.
Ese domingo en la mañana me levanté rápido de la cama, y con un par de saltos ya estaba en la sala, pero nada pasó. No había paquetes en la chimenea, ni en la entrada de la casa y nadie había llamado a mamá para darle una sorpresa; parecía que Dios se había olvidado de mi oración.
Como cada domingo, fuimos con mi madre, a visitar la tumba de mi papá. Durante todo el camino al cementerio, esperaba que un milagro pasara. Miraba con atención en cada semáforo, en los carteles de la calle y en el cielo. Yo, buscaba por todos lados una señal de Dios...¡Pero no vi nada!
Por fin, después de un larguísimo camino, llegamos al cementerio. Al entrar, compramos las flores violetas que le gustaban a papá, las que mantenía siempre en su escritorio. Mientras caminábamos, le pregunté a mamá, cómo se llamaban las flores preferidas de papá, y me dijo: "siemprevivas". ¡Me gusta ese nombre, siemprevivas! Aunque, no entiendo porque unas flores pueden vivir por siempre,... pero no mi papá. Al ver tantas flores por todos lados, me puse muy triste, recordé que mi mamá hoy no tendría su regalo. Pero al llegar a la tumba de papá, con una gran sorpresa me encontré: En el césped del lugar, junto al nombre de papá... ¡Nació una bella flor amarilla para mi mamá!
Yo, estaba muy feliz...¡Dios me había escuchado! Tomé la flor y con un enorme beso se la di a mi mamá. Ella quedó asombrada, sabía que aquella flor sólo podía ser un regalo de papá. La llevó a su corazón, y la escuché decir: "gracias amor mio", y con su mano mandó un beso al cielo, allí donde ahora está papá.
Y después de tanto tiempo... por fin ¡La vi de nuevo sonreír! ¡Gracias Dios! ¡Gracias Papá! Ahora sé que no estoy solo.