miércoles, 22 de abril de 2015

Cuento sobre el amor al prójimo: El amor de mamá gallina


En la granja, los pollitos se preguntaban si mamá gallina los quería tanto como antes. Parecía que en los últimos días, ella ya no los amaba igual. Había decidido que ninguno de sus hijos volvería a dormir bajo sus alas.

Aunque, los pollitos ya estaban bastante crecidos, adoraban dormir bajo el calor de mamá. Pero ella, siendo una gallina con mucho conocimiento, sabía que había llegado el tiempo para que durmieran cada uno en su propia cama.

Desde que salía el sol hasta que se escondía, mamá gallina trabajaba en el jardín. En las primeras horas del día, ella escarbaba la tierra con su pico, buscaba allí y allá, y conseguía gusanos y lombrices para sus pollitos. Una vez alimentados y felices, ella continuaba su labor.

Mamá gallina era la más trabajadora de toda la granja, no tomaba ningún descanso, ni se daba una siesta, como sí lo hacían: la vaca, la oveja, el cerdo y otros más. Ella nunca paraba, exploraba todos los prados seleccionando la paja más fina para construir una cama para cada hijo.

Pero, al intentar entrar la paja al gallinero, se dio cuenta que otras gallinas y el gallo Quiquiriquí, no querían más habitantes en ese lugar. Ella estaba muy enojada, sabía que sus pollitos serían cazados por algún zorro o perro salvaje si dormían afuera.

Entonces, encaró a las gallinas y a don gallo que se abalanzaron contra sus pollitos. Con fuertes picotazos los defendía a todos. Era tal el amor por sus hijos, que sacó fuerzas profundas y logró elevarse del suelo más de un metro. Como un pájaro grande, volaba con sus alas abiertas, así alejó a las otras gallinas de sus pollitos. Al verla parecía tener el valor de un águila…un águila con cresta.

Se armó tal alboroto, que todos los animales se enteraron de la pelea. En la historia de la granja, nadie había visto a una gallina tan valiente, defendiendo el derecho de sus polluelos a tener un lugar en el gallinero. La vaca la admiró como al toro más fuerte, y la oveja le temió como al lobo más feroz.

Poco a poco, uno a uno, los que se oponían fueron cediendo. El último en rendirse fue el gallo, quien al final dio un Quiquiriquí y voló de allí. Después de una larga lucha, mamá gallina pudo ingresar con cada uno de sus pollitos. ¡Había ganado esa batalla!

Al terminar la gran pelea, mamá gallina aunque cansada y algo malherida, construyó con mucho amor las camas para sus hijos. Consiguió la paja más delicada y la organizó hasta lograr un suave colchón. 

Así, en la primera noche en el gallinero, cada uno de los pollitos eligió su cama preferida. Luego, ella los acomodó, les dio un pico de buenas noches, y permaneció en la oscuridad protegiendo a sus chiquillos.           

Al avanzar la madrugada, mamá gallina observó que sus pollitos tiritaban de frío. No tenían mantas ni cobijas que utilizar, y las plumas de los pequeños aún eran chicas y delgadas para protegerlos de la baja temperatura. Tampoco podían dormir bajo sus alas, habían crecido mucho y algunos quedarían fuera.

Mamá gallina lo pensó un poco, y halló una solución. Trabajó con mucho cuidado, y sudó de dolor hasta que terminó la tarea. Al poco tiempo, los pollitos dejaron de temblar y pudieron dormir tranquilos.

En el amanecer, cuando el gallo inició su canto, y el sol comenzó a brillar, uno a uno fueron despertando los pollitos. ¡Todos quedaron asombrados al descubrir que una manta hecha de suaves plumas los protegía!

Ninguno sabía de dónde había aparecido una cobija tan calientita. Pero, al buscar a mamá gallina la encontraron…¡Sin plumas tiritando en un rincón!

Los pollitos no salían de la sorpresa, y ya no dudaron del amor de mamá. Sentían que...¡Mamá gallina era la mejor del mundo!

Ese día, todos en la granja comprendieron que: ¡El amor de mamá gallina no tenía límites!

© 2015 Liliana Mora León

lunes, 20 de abril de 2015

Cuento infantil sobre la vida: Ágata y las estrellas



Hace muchos siglos, en un pequeño bosque del centro del África, una familia de gatas monteses comenzó el ritual de maullar en la noche oscura. Nadie sabía por qué hacían aquel ruido que a muchos lograba espantar el sueño. Hasta que Ágata, la gata menor, tuvo la valentía de contarle al mundo el motivo de tal locura.

Ágata, aprendió desde pequeña que hay palabras que no se escuchan con los oídos, y mensajes que flotan libres en el aire. Ella comprendió que se podían escuchar los luminosos mensajes de las estrellas.

La primera vez fue una noche de enero, un día al final del verano, cuando paseaba con su madre por un campo cercano a su escondite. Era el momento perfecto; del cielo colgaba una hermosa luna apenas creciendo, las nubes se habían marchado lejos, e incontables estrellas titilaban en la oscuridad. 


Ese día, la pequeña Ágata quedó sorprendida al escuchar a su madre maullarle al cielo. Nunca antes había oído a una gata hablar sola. Ella, permaneció en silencio esperando alguna respuesta, tal vez; una voz llegara del más allá, una hoja escrita cayera del cielo, o quizás un genio apareciera por arte de magia. Nada de eso ocurrió, reinó un mudo silencio de palabras, entre el ruido de los animales de la noche.



Luego de un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, la mamá de Ágata la miró a los ojos y con una enorme sonrisa gatuna le dijo: “Hija, tu destino será brillante…Serás una estrella y darás luz a muchos gatos del mundo en sus noches oscuras”. 


Cuando Ágata preguntó a su madre cómo sabía su futuro, ella le contestó: “Me lo han dicho las estrellas”. Ese día al escuchar ese hermoso mensaje del cielo, ella decidió que también quería aprender a escuchar las estrellas. Aunque, nunca se imaginó lo que tendría que vivir para que su deseo fuera una realidad. 

A medida que aprendió a escuchar las estrellas, ellas le contaron que todo estaba escrito, y nada sucedía por casualidad. Era un don especial regalado a la abuela, la madre y a Ágata. “ES un don para TRES de ELLAS”…le repetían las estrellas. 

Tampoco era casualidad que ella se llamara Ágata, pues según las tradiciones antiguas era una piedra preciosa valorada por regalar el conocimiento a todo el que creyera en ella. Esa gatica era una auténtica joya... 

Pero había un problema, Ágata sería la última gata de su familia con el don de hablar con las estrellas, por eso tendría que utilizarlo con gran sabiduría para el bien de todos los gatos y gatas de la tierra. Lo que ella hiciera con su talento, podría llegar a cambiar las noches del mundo. 

Con el tiempo, a pesar de vivir sus siete vidas, murieron de viejas la abuela y después la madre de Ágata. Al quedar sola, sintió una profunda tristeza y la embargó un sentimiento de abandono. Lo que a ella le causaba pesar a sus vecinos una gran alegría, pues solo quedaba una gata maullando en la noche.

Las cosas no eran fáciles, y en esos momentos de dificultad la gatica recordaba las palabras de mamá: “cada don trae su pequeña cuota de dolor”. Al principio, sintió incomprensión de los demás gatos. Algunos al verla durante largas horas observando el cielo y maullando decían muchas cosas: que se había vuelto loca, que era una lunática, y que perdía el tiempo haciendo nada. 

Al principio ella no se desanimaba, sabía que lo que hacía era importante aunque nadie lo entendiera. Dedicaba cada minuto de sus largas noches a escuchar las estrellas y guardaba sus mensajes, donde se esconden los mejores tesoros; en el corazón. 

Ágata soportaba con paciencia todas las pruebas. No importaba el mal clima; las altas temperaturas de verano, bajo el frío del invierno, durante la fuerte lluvia o las tenebrosas tormentas, aún en medio de los rayos, ella permanecía cada noche afuera en su tarea. Sabía que su vida era corta y no podía desperdiciar el tiempo.

Más de una vez, se enfrentó a diversos enemigos nocturnos más grandes y peligrosos. Primero, luchó contra una enorme serpiente que intentaba comérsela de un bocado. Otra noche, trepar a un árbol la salvó de ser cazada por unas feroces y hambrientas hienas. Frecuentemente la correteaban jaurías de perros salvajes que la perseguían por diversión, pero ella lograba escapar.

Después de un largo tiempo haciendo lo mismo noche tras noche, Ágata, sintió que todo lo que hacía no tenía ningún sentido ¿Para qué tanto conocimiento?¿A quién le sirve todo lo que aprendo?  Se preguntaba ella. Desmotivada de una labor que parecía inútil, decidió abandonar la tarea y dedicarse hacer lo mismo que los demás gatos.

Al comentarle a las estrellas su decisión de abandonar sus encuentros de cada noche, las estrellas le contestaron: "El mayor don de cada gato es la libertad...pero no olvides que no se puede huir al destino"

A partir de ese día ella no volvió a mirar las estrella, y solo daba pequeños paseos nocturnos antes de ir a dormir. Pero una noche, cuando intentaba atrapar un ratón que se escondió entre varias piedras, molestó sin querer a un pequeño pero mortal explorador nocturno, un alacrán albino. 

El temido animal, la hirió con su gran aguijón inyectándole su peligroso veneno. Cuando vio al alacrán tuvo mucho miedo, sabía que ningún gato había sobrevivido a una picadura así. En pocos segundos, Ágata sintió un dolor insoportable en su pata, luego una sensación de ardor y en breves minutos, comenzó a sentir un adormecimiento que subía de su pata a otras partes del cuerpo.

Estaba segura que si no encontraba una cura inmediata en pocos minutos moriría. Sabia que las únicas que podían conocer un remedio eran las estrellas. Así que, apenada, pero motivada por el insoportable dolor, les preguntó a ellas. Fueron las estrellas de la constelación escorpión, las que le contaron a la gata que hierba silvestre tenía que masticar para curarse. Ella se arrastró con mucha dificultad hasta encontrarla, y allí tragó una y otra vez la amarga planta.

A los pocos días Ágata se había recuperado y estaba de nuevo con los pequeños astros luminosos de la noche. Ahora estaba convencida que las estrellas lo sabían todo y así como le habían salvado su vida, podía ella llegar a salvar la vida de otros gatos.

La gata aprendía de las estrellas, a la vista de muy pocos amigos y de muchos críticos. Pero quienes la conocían de cerca, observaron que mientras más hablaba con las estrellas más cosas sabía. Y así, poco a poco fue haciéndose fama de buena consejera y cada vez más gatos la buscaban para que los guiara en sus momentos difíciles…sus noches oscuras. 

Respondía toda clase de inquietudes. Algunos le preguntaban sobre el amor, otros con que gato o gata emparentarse, la forma de criar a los gaticos, la manera de vencer a un enemigo, cómo curar enfermedades, picaduras de alacrán y de serpientes, y cientos de problemas que aquejaban a los gatos. 

En ocasiones, uno que otro felino le consultaba con intenciones malvadas, querían aumentar su poder para dominar a otros gatos, adueñarse de territorios ajenos o atrapar con magia a una gata o gato que deseaban. Le ofrecían a Ágata enormes fortunas para que los aconsejara, pero ella los rechazaba. De la boca de la gata sólo salían los mensajes de las estrellas, nunca dijo nada que perjudicara a otros gatos. 

La sabiduría de Ágata, a medida que envejecía, le trajo fama y fortuna, aún sin ella buscarlas. Venían gatos de todo el mundo buscando su ayuda. Pero una preocupación se apoderó de la gata en sus últimos años. ¿Quién aconsejaría a los gatos después de su muerte? 

Le preguntó a las estrellas qué tenía que hacer, y ellas le contestaron: “Las respuestas a todas tus preguntas ya existen, sólo necesitas estar en silencio para escucharlas”  Después de meditarlo en silencio durante varias semanas, encontró que la única manera era enseñarles a otros gatos cómo desarrollar el mismo don. 

Pero antes de hacerlo, ella consultó a las estrellas, quienes al unísono le contestaron: “Todo don fue hecho para compartirlo con los demás" Desde ese momento y hasta el final de sus días, Ágata se dedicó a enseñar a otros gatos lo que aprendió de su abuela, su madre y de las estrellas. Y siempre decía a sus estudiantes: "Hay dones con los que se nace, y hay dones que se hacen"

Antes de morir la pequeña Ágata, viendo la tristeza de todos sus crecientes amigos les dijo: Recuerden que “Si hay un lugar en el cielo para 10.000.000.000.000.000.000.000.000 de estrellas, también hay un lugar para cada gato”. 

Después de su muerte, sus estudiantes le enseñaron a cientos, luego a miles y después se multiplicaron a millones de gatos. Y hoy después de tantos siglos, no existe un lugar en la tierra sin gatos que maúllen preguntándole a las estrellas…Todo gracias a Ágata, la gata que cambió las noches del mundo. 

© 2015 Liliana Mora León
Fuente de imagen animada:
http://decentscraps.blogspot.com/2014/04/animation_8.html