miércoles, 27 de agosto de 2014

Cuento sobre la familia: ¿Cuándo mamá se volvió tan aburrida?

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En una tarde de domingo en casa de Juanita:

—¡Recordar es vivir! —dice la madre de Juanita.

—Sí —responde la tía—. ¡Qué buenos tiempos aquellos!

Y así duraron varios minutos recordando las travesuras y aventuras que vivieron siendo niñas.

Recordaban cuando creaban castillos imaginarios en el jardín y ellas eran unas princesas. También cuando realizaban concursos de canciones o inventaban historias para la televisión. Otras veces, eran grandes diseñadoras que fabricaban lindos vestidos para las muñecas y hacían desfiles de moda. 

Durante las vacaciones en el campo, se convertían en expertas exploradoras, subiéndose a los árboles, nadando en el río, admirando cada planta o diminuto insecto del camino.

Y así memoraron las pequeñas historias que vivieron siendo niñas y que llenaron sus años de infancia de aventuras y diversión. En aquella época no existía el miedo en ellas y todo era posible.

Después de escucharlas con atención, y viajar con la imaginación al pasado de la familia, Juanita preguntó:

­—Mamá, ¿cuándo te volviste tan aburrida?

La mamá, no supo que responder, la sorprendió bastante la forma como su hija la veía “aburrida”. Fue una pregunta que la hizo pensar mucho, tratando de recordar el momento cuando la vida se volvió tan seria. 

—No lo sé—respondió la madre—.Pero no pierdas nunca el corazón de niña, no dejes de divertirte...¡Toda la vida puede ser una gran aventura!...¡Puedes elegir la vida que tú quieras!

©Liliana Mora León

martes, 26 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor al prójimo: Mishka "un regalo de amor"

Cathi, una mujer periodista de un país muy rico, viajó a la India, y mientras caminaba cerca al hotel, un niño se le acercó y le dijo:
—Señora, por favor, cómpreme un par de zapatos.
Ella bajó la cabeza para ver quien le hablaba. Al hacerlo, vio a un pequeño niño, con la ropa rota y muy sucia, y los pies descalzos.
—Por favor señora, necesito zapatos —volvió a repetir el niño.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la mujer.
—Mishka —respondió el niño, y sabiendo que su nombre era especial agregó—; y significa “regalo de amor”.
—Mi nombre es Cathi —se presentó ella, mientras sonreía del ingenio del pequeño—, y hoy te daré ese regalo que me pides.
Al frente del lugar había un almacén, entraron y compraron los zapatos que el niño eligió. Al salir, Mishka dio las gracias y se marchó muy contento.
Otro día, nuevamente el niño, al verla salir del hotel, le pide un par de zapatos.
—¿Qué hiciste los que te compré? —preguntó Cathi.
—Los he regalado porque me quedaron pequeños —dijo Mishka algo apenado, pero con una leve sonrisa.
—Bueno, está bien —respondió Cathi después de poner a prueba su generosidad—. Yo también, más de una vez, compré zapatos que después me apretaron los pies.
Entraron a la tienda y compraron un nuevo par de zapatos, esta vez más grandes que los anteriores. El niño salió feliz con su regalo.
El tercer día, ocurre la misma escena, pero esta vez Mishka le pedía zapatos a otro turista. Cathi, como buena periodista decide poner atención a lo que pasaba y escuchó:
—Me parece que esos zapatos son de niña —le dijo el otro turista a Mishka.
—Señor, estos son los zapatos que me gustan, así se usan en la India —respondió Mishka con algo de picardía.
El hombre decidió comprarle los zapatos al gusto del niño, al fin de cuentas eran zapatos muy baratos, y qué sabía él de la moda en la India.
Cathi al ver a Mishka salir del almacén y separarse del turista, lo siguió sigilosa, para no ser descubierta.
—¿Mishka está engañando a los turistas? ¿Trabajará para algún ladrón que explota a los niños? —se preguntaba Cathi  mientras lo seguía por diversas calles y callejones de la ciudad.
Al final, llegaron a un callejón sin salida; era un sitio sucio y oscuro, que se veía bastante peligroso. Mishka dio un silbido, y después otro más fuerte, y de la nada comenzaron a llegar niños y niñas; todos muy pobres y más pequeños que Mishka.
Una niña sin zapatos salió presurosa dando brincos y diciendo:
—Mishka, ¿Me has traído mis zapatos?
—Sí —respondió el niño con una gran sonrisa—, por fin he podido traerlos, me los ha comprado un turista.
Cathi observó en el rostro de la niña una gran felicidad al probarse  sus zapatos, y aunque sus pies eran mucho más pequeños, inmediatamente salió a correr con  ellos. Al fijarse bien, también reconoció que dos niños llevaban puestos los zapatos que ella le había comprado a Mishka, mientras él seguía descalzo.
Ese día Cathi descubrió porque Mishka era: “Un regalo de amor”.
 ©Liliana Mora León

viernes, 22 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor y la vida: Un ángel en la tierra

Había una niña que se llamaba Bella, y desde muy chica, brillaba por su mirada radiante, una sonrisa contagiosa y una luz que todo lo iluminaba. Quienes la conocían siempre decían: “Que bello angelito”. 

A los cinco años, ella hacía lo mismo que cualquier niña de su edad: jugar, bailar, cantar, dibujar, saltar, reír y otras cosas divertidas. Pero de noche, desplegaba sus alas de ángel y viaja en sueños a sitios extraordinarios, dónde descubría el mundo y sus fantásticos habitantes.
Una noche viajó al pasado, y llegó al Jardín Colgante de Babilonia, allí conoció a una hermosa mariposa, quien le contó que dicho jardín había sido el regalo de un rey para su amada reina que estaba muy triste, pero ahora eran solo ruinas. También le contó a Bella, que una mariposa tan sólo vive unas semanas o unos pocos meses, su vida era muy corta.
—¡Que pesar que las cosas lindas duren tan poco! —dijo Bella a la mariposa.
—En la tierra todo pasa —le dijo la mariposa a la niña— por eso: No olvides valorar el tiempo.
Otra noche, voló a un desierto de África dónde esperaba encontrar algún animal fuerte y gigante, como un rinoceronte o un león; pero no fue así,  halló a un pequeño ratón, despierto y trabajando muy feliz entre la arena y las piedras. 
—Siendo tan pequeño ¿cómo puedes vivir en tan peligroso lugar? —preguntó Bella al ratoncito.
­El diminuto animal, le contó como fabricaba su madriguera en la arena y almacenaba comida para poder sobrevivir, su secreto era trabajar cuando los otros dormían.
—Si no eres muy grande, tienes que ser más inteligente —le respondió el ratón­­—,y para ser inteligente: No olvides aprender de todos, aún de los más pequeños.
El último viaje fantástico fue a la India. Allí sí vio a un enorme animal. Era un elefante, tan fuerte como 20 caballos,  con grandes orejas y una larga trompa. Él era el amo de la manada, y le dijo un secreto extraordinario: hace  miles de años los elefantes podían volar.
—¿Por qué ya no pueden volar? —preguntó la niña.
—Porque se necesitan alas para volar —respondió con nostalgia el elefante—, y las nuestras se convirtieron en dos grandes orejas cuando dejamos de amar.
Por eso, pequeña niña si no quieres dejar de volar no olvides practicar la bondad.
Y así, Bella fue creciendo con todas las enseñanzas de sus nocturnos amigos. Aprovechaba al máximo cada día, aprendía de todos y lo más importante amaba con el corazón, lo cual la hacía parecer un ángel en la tierra. 

 © 2014 Liliana Mora León
Imágenes: http://pixel-kawaii.blogspot.com/

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuento sobre la perseverancia: La flor de los sueños

Hace muchos años en una hermosa tarde del mes de agosto, Ana ensayaba en el jardín sus últimos pasos de baile, mientras su madre descansaba tomando el sol. Nunca se imaginó que ese día descubriría algo mágico.
—Mamá, cuando sea grande quiero ser una gran bailarina —le dice Ana.
—Hija, si es lo que más te gusta hacer, hazlo siempre que quieras —le responde la madre.
—Sííí…, adoro bailar, y quiero ser muy famosa y salir en la televisión —dice Ana, dando vueltas y vueltas, como si ya estuviera ante las cámaras.
—La vida es el tiempo que te regalan para cumplir tus sueños —le responde la madre—. Y cuando haces lo que amas, eres feliz.
La madre se levantó de la mecedora donde descansaba y caminó a un lugar del jardín, donde estaban esparcidas flores amarillas y otras que parecían pequeños globos blancos, desde allí le dijo:
—Ven Ana, quiero enseñarte algo mágico.
Ante la magia, Ana abandonó inmediatamente la danza y corrió al rincón de las flores.
—¿Sabes cómo se llama ésta flor? —le preguntó la madre.
—No lo sé—respondió la niña—. Es una flor muy rara.
—Sí, es rara porque es una flor mágica —dice la madre, mientras toma una del suelo.
—¿Por qué es mágica? —preguntó la niña, sorprendida de que una flor de su jardín pudiera producir magia.
—Es mágica porque es la flor de los sueños ­—responde la madre—. Puedes pedirle un deseo para que algún día se convierta en realidad. ¿Quieres pedir el tuyo? —preguntó la madre.
—Sí, claro que sí —responde Ana, muy emocionada.
—Toma la flor con tus manos y colócala frente a tu cara, cierra los ojos y desde el corazón pídele lo que sueñas,…luego sopla y cuando termines abre los ojos.
Ana, siguió las indicaciones de su madre, y pidió ser una gran bailarina. Sopló muy fuerte y profundo, tan fuerte y profundo como su deseo de ser bailarina, y al abrir sus ojos el globo blanco había desaparecido completamente.
—Así como el viento fuerte de agosto eleva las cometas, elevará también tus sueños, y los hará llegar muy lejos —explicó la madre.
—¿Es tan fácil? —preguntó Ana.
­—Es fácil, pero debes estar muy atenta y nunca abandonar tu sueño —explica la madre—. Cada espiga blanca que hoy lanzaste al cielo, son las semillas de tus sueños. A lo largo de tu vida debes descubrir las señales que te mostrarán el camino para alcanzarlo.
­—Mamá, y ¿cómo sabré que voy bien? —preguntó Ana.
—Hija, cuando el camino que eliges trae alegría a tu corazón es el camino correcto.
Desde ese día, Ana amó a las pequeñas flores que crecían libres en cualquier lugar de la ciudad, y cada vez que las veía recordaba su sueño de niña. Eran tantas, que se alegraba que todos pudieran tener una para pedir por sus sueños.
Después de muchos años de practicar y practicar, y de seguir las señales que en su corazón sentía, Ana llegó a ser una famosa bailarina, y siempre agradeció a su madre el enseñarle la magia de creer en las flores de los sueños.


             © 2014 Liliana Mora León

sábado, 16 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor al prójimo: La pelea entre el perro y el gato

Manuel tiene un don extraordinario: puede hablar con los animales. Recibió ese regalo del cielo, al tiempo que perdía la visión por una rara enfermedad. 

Él vive con dos mascotas, a las que cuida con gran amor. Tiene un perro muy sociable y tranquilo, leal y amante de la diversión. El otro habitante de la casa es un gato; inteligente y hablador, tierno y juguetón, y como todo gato bastante dormilón.

Un día, Manuel escuchó a sus mascotas discutir, con unos ladridos y maullidos muy altos, era una discusión bastante ruidosa, así que decidió poner atención.

—Él me quiere más a mí —decía el perro­­—, sin mi ayuda no podría cruzar las calles y evitar los obstáculos, conmigo va a todas partes.

­—Estás equivocado —contestó el gato—, a mí me ama más, conmigo pasa largas horas en el sofá.

Manuel al oírlos, y saber que su amor era la razón de la pelea les dijo:

—Por favor, paren de pelear, no discutan sin necesidad…yo los amo a los dos.
—Pero conmigo te ríes más mientras jugamos con la pelota en el jardín —dijo el perro.
—Yo te hago estar más sonriente cuando acaricias mi pelo —respondió el gato.
—Somos una familia, y en mi corazón hay lugar para los dos ­­—habló Manuel—. Juego a la pelota contigo, porque sé que te hace muy feliz —le dijo al perro—; y paso largo rato acariciando tu pelo porque cuando ronroneas sé que te gusta mucho ­ —le aclaró al gato.
El perro y el gato se sintieron tranquilos al escucharlo, él los amaba a los dos, aunque hiciera cosas diferentes con cada uno.
No lo olviden nunca —les dijo Manuel—, amar es hacer las cosas que al otro lo hacen feliz. 



                                           © 2014 Liliana Mora León


miércoles, 13 de agosto de 2014

Una historia de amor entre los animales: Wang y BeeGee

Era un amor de verdad, el que existía entre Wang y BeeGee. Se conocieron desde muy jóvenes en el zoológico de Johannesburgo. Fue el destino el que los unió, Wang nació en Japón, y ella en Canadá. Recorrieron miles de kilómetros, y varios continentes para enlazar sus vidas en Sudáfrica, al otro extremo de la tierra.
Crecieron juntos, y desde los seis meses compartían juegos. Poco o poco se hacían más grandes; el fuertemente valiente y ella bellamente tierna. Eran la pareja más bonita del lugar, quienes los visitaban no podían dejar de verlos, ellos eran divertidos y cariñosos. Poco a poco el amor fue creciendo entre los dos.
Como toda pareja enamorada, siempre se expresaban su afecto. A él le gustaba que ella le rascara la cabeza suavemente, y a ella que él la abrazara con dulzura. Y a pesar de todos los años que vivieron juntos, eso nunca cambió.
Ellos compartieron toda su vida, encerrados en un pequeño espacio. Soñaban con vagar libremente por la tundras de Canadá, el país de BeeGee. Pero esto nunca ocurrió. Ellos debían permanecer en África, dónde tantos los admiraban.
Aunque se amaron, nunca pudieron tener hijos, ya que necesitaban el frío para poder tenerlos. BeeGee hubiera sido una excelente mamá, capaz de pasar cinco meses sin comer por cuidar a sus pequeños…pero eso tampoco pudo ser.
El tiempo pasó, y la vejez les llegó a los dos y con ella las enfermedades. Ella se fue primero, su corazón dejó de latir en un mes de enero. Él, pasó sus últimos días extrañando a su amada, y dejó de hacer las cosas que más disfrutaba. Muchos intentaron llenarlo de regalos y premios para hacerlo feliz, pero nada parecía aliviar su tristeza.
Hasta que un día, una mañana de agosto, lo encontraron acostado en el lugar donde siempre dormía su amada, había muerto de soledad. Ese día el mundo estaba de luto, había muerto el Ultimo Oso Polar del África.
Después de 30 años de cautiverio, no había nadie más en aquella jaula. Cientos de periodistas cubrieron la noticia. Wang y BeeGee, nunca se imaginaron que sus vidas harían historia, y de su amor se hablaría en los mejores diarios del mundo.
Niños y niñas, padres, profesores, grupos amantes de los animales de todo el mundo, llegaron esa tarde al zoológico. Todos querían decirles adiós, y como muestra de agradecimiento, por tantos años de alegría, les hicieron una última promesa: 
¡No visitarían más osos polares en cautiverio!
                     © 2014 Liliana Mora León

Nota: Cuento basado en la historia real de Wang y BeeGee, osos polares del zoológico de Johannesburgo.
Foto: http://www.fotos-bonitas.com/animales-enamorados/

Poema infantil: El abuelo en el tobogán



Me lanzo de pies, como un ciempiés
A veces de lado, comiendo un helado
Con la boca abajo, me da más trabajo
Si voy de cabeza, se va la tristeza.

Me dicen grandote, que soy cabezote
Que tengo cogote, también un bigote
Que soy monigote, como Don Quijote
Que no tengo edad, y quizás es verdad

Me miré al espejo, y me vi muy viejo
El pelo con canas, ¡Vaya cosas banas!
Hoy soy más chico, parezco ya un mico
Las manos me tiemblan, tanto como un flan.

Yo soy un abuelo, no tengo consuelo
Llegar hasta el suelo, me vuelve mozuelo
Pegarme un desliz, me hace feliz
¡Seguiré jugando, y rodando hasta el fin!

© 2015 Liliana Mora León

martes, 12 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor a los animales: La paloma de la paz

En una ciudad muy violenta, de un país en guerra, una noticia llamó la atención de los noticieros:  Cientos de palomas amanecieron muertas en una plaza de la ciudad. Según las investigaciones, habían muerto envenenadas.

Ante la noticia, un grupo de expertos se reunieron para hablar sobre el tema de las palomas, aves que abundaban en los parques y las plazas de los barrios.

—La gente se queja que las palomas están anidando en sus tejados y dañan sus fachadas con sus excrementos —dijo el representante de la comunidad—, es comprensible que envenenen a esa "plaga".

Luego, habló el delegado del gobierno local: —nuestra oficina ha estudiado el asunto, y un distinguido grupo de consultores nos han aconsejado: adicionar a su alimento un medicamento que con el tiempo no les permitirá tener más crías. Así acabaremos con ellas en corto tiempo.

Inmediatamente, respondió el profesor de una prestigiosa universidad:

—Dar un alimento que no les permite tener crías, es peligroso para otras aves. Toda ave que viva libre en la ciudad estaría en peligro. Ellas comparten el mismo alimento. Lo mejor es destruir sus nidos cuando tengan huevos, así no podrán nacer más palomas.

Ante la espantosa idea de ver cientos de huevos empollados destruidos, hablo el dirigente de una organización protectoras de animales:

—Para proteger la vida de las palomas, podemos capturarlas y llevarlas a otro lugar. Pueden habitar sitios lejanos dónde no molesten a nadie. Aunque es posible que con el cambio muchas no se adapten y mueran.

Luego, alzó la mano un niño para pedir la palabra. Era el hijo de uno de los expertos invitados, y quien por casualidad estaba allí. El pequeño conocía muy bien las palomas: las veía siempre en el parque de su barrio, y más de una llegaba a su ventana para saludarlo. No entendía cómo los adultos querían terminar con unas aves tan bonitas y tranquilas.

—¿Por qué los adultos no entienden? —preguntó el niño—, si hay tantas palomas en la ciudad es porque aquí se necesita mucha paz. Cuando se acabe la violencia, ellas podrán volar a otro lugar llevando su mensaje. 

Después de las palabras del niño, los adultos quedaron en silencio. Por un momento el pequeño pensó que sus palabras habían sido escuchadas y no se hablaría más del tema. Sin embargo; al poco tiempo los grandes continuaron su debate acalorado, buscando cómo acabar con las palomas de la ciudad.

—¡A veces los adultos no pueden entender las cosas simples! —dijo el niño muy desilusionado, antes de salir de aquel lugar.

© 2014 Liliana Mora León

sábado, 9 de agosto de 2014

Cuento sobre el amor propio: El búho blanco de nieve

Erase una vez un búho joven, especial y maravilloso; aunque él no lo sabía. Tenía un lindo plumaje que con el pasar del tiempo se volvía cada vez más blanco, blanco.. ¡Tan blanco como la nieve!



El búho vivía la mayoría del año en el extremo del mundo, cerca del polo ártico, en una región tan fría que pocos animales pueden sobrevivir allí. Cuando llegaba el invierno, el pequeño tenía que volar miles de kilómetros hasta encontrar tierras más cálidas dónde buscar alimento. 


En su primer viaje lejano, siendo joven y fuerte, voló tanto que pudo llegar hasta el trópico, donde el calor dura todo el año. En ese territorio encontró un bosque con muchas aves, todas nuevas para él. El joven búho comenzó a compararse con cada una de ellas, admirando aquellas aves tan coloridas y diferentes a él.

Primero, observó con sus grandes ojos, a la guacamaya macao, con sus vivos colores amarillo, azul y rojo. Le pareció divertido poder tener plumas como la bandera de un país.


Luego, vio un gracioso loro arcoíris que posaba en la copa de un árbol, con su linda cabeza azul y roja, y sus alas de un verde encendido. Aunque le pareció un animal bastante ruidoso y siempre habían más de dos haciendo bulla.


Otro día admiró al tucán pico iris, un ave muy elegante con un hermoso cuerpo negro y amarillo. Tenía un pico largo, muy largo, en el que estaban pintados casi todos los colores del arcoíris.

El joven búho, al compararse con las demás aves, sentía que no era tan especial como aquellos pájaros llamativos. Quería saber por qué a él le faltaba algo de color en su plumaje. Así que decidió volar al árbol donde posaba su abuelo, un viejo búho que parecía saberlo todo. 

—Abuelo ¿Por qué no tengo un plumaje tan colorido como las otras aves? ­—preguntó el joven.

—Si no tienes el plumaje de tantos colores es que no lo necesitas —respondió el abuelo, esperando que con su breve respuesta, el joven quedara satisfecho.

— Pero... ¡Yo quiero plumas de muchos colores!

—Tú eres un búho blanco de nieve y no un ave tropical —dijo el abuelo—. Los búhos somos diferentes; mientras más blanco sea nuestro plumaje más podemos vivir, porque nos escondemos en la nieve y así escapamos de los cazadores. De no ser por el color de nuestras plumas ya hubiéramos desaparecido como lo han hecho cientos de aves, o estaríamos prisioneros en una jaula en cualquier lugar del mundo. 

—Yo quiero ser especial como esas aves —le respondió el joven al abuelo mientras miraba con tristeza sus plumas blancas.

—Tú ya eres un ave muy especial —dijo el viejo búho—, tienes unas plumas tan suaves que te permiten volar en silencio y así ser el mejor cazador. Además, tus alas son tan fuertes que puedes volar miles de kilómetros sin cansarte. ¡Tú eres único! —dijo el abuelo muy orgulloso de su nieto.

El joven pensó un largo rato, mientras comprendía lo que el abuelo le había dicho: ¡Tú eres único!¡Tú eres muy especial!...lo repetía en su cabeza una y otra vez... Luego rompió el silencio con gran emoción:

—¡Ya entiendo! ¡Ahora lo comprendo!—dijo mientras sonreía por su gran descubrimiento—, aunque no tenga plumas de los colores del arcoíris, con mis fuertes alas puedo volar hasta él. 

© 2014 Liliana Mora León