jueves, 17 de octubre de 2019

Cuento sobre la familia: Sin ninguna huella


ADVERTENCIA: Este es un cuento muy apestoso, no apto para niños o niñas con barriguitas sensibles.


En mi familia mamá puede iniciar una guerra así tan rápido como llega un mal aire a la nariz. 

Hasta hace pocos días en mi casa reinaba la paz; los regaños y castigos en el comedor o la cocina eran batallas del pasado. 

Al final de cada comida mi madre estaba muy feliz; por más que inspeccionaba con sus grandes ojos de lupa no encontraba nada, nada de nada: ni un bocado de comida en mi plato, ni un grano de arroz en el sifón, ni un trozo de carne en la caneca, ni siquiera una gota de sopa en el suelo. 

El sábado pasado ella lucía muy orgullosa, tras servirme la comida en pocos segundos desaparecieron de mi plato: el puré de berenjenas amargas, la ensalada de col y hasta el pescado que olía como la rata muerta que sacaron del tejado. 

Yo la vi sonreír, creo que pensaba en su gran talento para hacerme comer todas las recetas que preparaba. Aunque para ella eran las más saludables del mundo, para mí eran las más horrorosas de todo el planeta. 

Ella sentía que era la mejor cocinera y yo la niña más obediente de toda la familia. Y para decirte la verdad, la purita verdad: ¡Ninguna de las dos cosas eran ciertas! 

Premiada por cumplir mi gran tarea de comer aquello, vimos películas toda la tarde. Pero al llegar la noche cuando estábamos en el sofá, así tan veloz como cae un rayo reinició la guerra. 

En un segundo, sin escuchar ningún ruido que nos advirtiera para salir corriendo antes de ser invadidas, un gas de asqueroso olor inundó toda la sala. 

Inhalamos sin querer aquel aire venenoso que nos dejó aturdidas. Y mientras yo me tapaba la nariz con un cojín, ella estaba como un sabueso buscando una presa: olfateó por derecha y por izquierda, por delante y por detrás, por arriba y por abajo... y allí encontró al culpable. 

Y aunque yo no había cometido tal delito, amenazándome con su dedo que disparaba palabras, me advirtió: 

—Si lo haces de nuevo te obligo a comer: ojos de vaca, sesos de cabra, hígado de gallina, patas de rana, mocos de caracol… ¡Y todo eso crudooo! ¿Me entendiste? 

De sólo escuchar aquello mis tripas se retorcieron y me dieron ganas de vomitar. Quedé paralizada y sin abrir la boca por miedo a que me torturara embutiéndome alguna de esas cosas horrorosas. 

Sabía que mamá cumplía los castigos que prometía. Así como el día que me hizo comer patas de gallo porque había oído que eran buenas para los huesos en crecimiento como los míos. 

Y mientras yo sufría de sólo recordar aquello, al otro lado del sofá estaba Thayson. Él, aliviado tras la explosión de esos gases apestosos; con una pata rascaba su gran panza y con la lengua afuera se limpiaba el hocico. 

Así acabaron mis días de comidas tranquilas y volvieron las peleas. Ahora Thayson permanece encerrado en el jardín mientras yo termino mi comida. Y aunque invente mil maneras, mamá ya no cree la excusa que me duele la barriga… y tiene razón pero no puedo con su sazón. 

Y tú, ¿Quieres venir a probar las recetas de mamá?

© 2019 Liliana Mora León



No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Gracias por tu comentario!